Cada tanto, la función tenía que terminar. Fuera de escena, el conteo regresivo de esa bomba de tiempo que llevabas en el pecho me atormentaba como una bala atravesada en la garganta.

 

Malva Schaleck (1882-1944). Mujer enferma en la cama.

Por: Juan Alejandro Echeverri

Siempre supe que esto iba a pasar, pero nunca estuve preparado para que pasara. El recuerdo me abruma. Durán hacía llorar el acordeón. Movías la cabeza con una cadencia infantilmente dulce. Te mirabas las manos, como si sintieras lástima de ti misma, como diciendo: “estos garfios no son míos”. Jamás voy a perdonar que no me hayas regalado unos ojos verdes y cristalinos como los tuyos, y que me hayas enseñado a llamar las cosas por su nombre, pero nunca me hayas preparado para ser capaz de nombrar tu ausencia. Siempre fue igual: vivías, solo, por verme vivir a mí. Querías y necesitabas un descanso. Aun así regabas las matas, hacías migas, tenías energía de sobra para burlarte de los años y por eso buscabas cualquier excusa para no quedarte postrada en una cama. Ambos fingíamos, tratábamos de no tomarnos los años muy en serio, después de todo la vida no podía ser más que una bizarra obra de teatro. Por momentos el personaje desbordaba al actor, pero la muerte –concreta, pragmática, impopular– era inmune a la retórica. Cada tanto, la función tenía que terminar. Fuera de escena, el conteo regresivo de esa bomba de tiempo que llevabas en el pecho me atormentaba como una bala atravesada en la garganta. Ahogado por la predecible fatalidad del futuro, repetía, suplicando, que el mundo sin ti era como apagar el sol por los siglos de los siglos. Pero el cielo se mostraba insensible y sordomudo. Únicamente encontré consuelo recordando a Piglia decir que la muerte era una revancha “de la especie sobre el individuo”, y que la realidad está hecha de una lógica tan siniestra e inesperada que “todo siempre puede ser peor aún”. Por último, prometí jamás hacer simulacros de despedida en tu presencia, y rogué que jamás me invitaras a los tuyos porque tendríamos que morirnos al mismo tiempo.