Suicidio01

 

Por: Jossy Pen

Las tardes de los domingos siempre fueron lentas. La de ese domingo abismal también lo fue. El color se hacía opaco y se metía por los ojos. Inundaba el cerebro, asfixiaba la piel, el cuerpo. El tiempo corría al ritmo de su juego: quería agotar la vida y lo conseguía. Se carcomía los muebles, las sillas. Pintaba nubes sin colores, grises, tristes. Y yo, parado en la mesa, comiendo palomitas o sueños, o devorando el tiempo, miraba el techo. Los bordes blancos se volvían pesados y turbios, machacaban la retina, golpeaban el pecho con una maseta. No se podía ver nada, ni bajar los párpados, ni besar pestañas. Todo se movía con gran lentitud. El espíritu era una pluma que silbaba en la eternidad y no importaba su melodía. Una mancha de ron en la camisa hacía crujir la arena, los huesos, temblar la sangre, llenar la boca de sal. Los labios se despedazaban por suspiros, los dientes se partían a si mismos, las encías se hinchaban de cemento. La garganta  era una rama pisada por una soga bien ajustada por el amor, las manos, salvavidas con fuerzas agotadas, las piernas levitaban sobre la mesa haciendo sus delicados pasos de ballet. Mi cuerpo no se acoplaba y decidí cerrar los ojos antes que ver la caída del sol.