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 “Yo creo que llevo veinte años odiando y amando la televisión.  Las épocas de nuestra vida se pueden fijar en el recuerdo en función de la programación.”

Roger Wolfe Escritor británico.

Por: Diego Firmiano

Teníamos en casa un televisor que  llamábamos Freud. Mi abuela lo trajo una mañana, lo instaló en la sala principal y lo bautizó con ese nombre. Recuerdo que fuimos de  los primeros que tuvimos un aparato de esos en el sector, por lo que los vecinos creían que nosotros éramos profundamente ricos. Y no, no poseíamos dinero, a mi abuela se lo había regalado un amante que consiguió en una fiesta que organizó el club de la tercera edad en la ciudad. El abuelo jamás asistía a esos grupos, se oponía a creer que estaba viejo  y, tampoco se daba cuenta de lo que pasaba con su esposa. Su actitud hacia la vida era un estado de meditación entre sus libros.

Freud en casa fue la gran emoción, fue como si un nuevo integrante de la familia hubiese nacido. Jamás habíamos experimentado tanta alegría colectiva en el hogar, al menos no desde la muerte de ese mal presidente que nos gobernó con esa dictadura de años de prohibiciones. Por eso mi abuelo leía como un comunista encantado, porque era la única libertad de elección; el presidente ese, sabía que la mitad de sus gobernados no sabían leer.

Freud era la alegría general; era como tener un tercer ojo y un ojo vidente que nos dejaba espiar a las personas y mirarlas sin el riesgo de que nos vieran. No había nada más emocionante que saber lo que pasaba con la vida de los otros, y ya no necesitábamos recurrir a  Doris la vecina para que nos contara las cosas que sucedían con la gente del barrio; Freud era nuestra fuente de primera mano, y era mayor que Doris, pues nos dejaba saber sobre la vida no sólo de nuestros vecinos sino de personas que jamás habíamos visto antes. Freud siempre estaba en la sala principal, era su posición oficial, igual que un buda transmutando por las ocho sendas. Era el gato japonés Maneki-neko diciéndonos: “enciéndeme por favor”. Era el santuario donde todos en la casa peregrinábamos de una u otra forma y  al menos una hora al día.

Suany, mi abuela, por ser la dueña de Freud cuando se trataba de estar concentrada en sus programas personales, era la completa gurú zen. Nos sentábamos a su lado, y solo escuchábamos de cerca su dificultosa respiración; veíamos lo que ella veía y nos gustaba sus programas de animales silvestres y de vida natural, pero nos carcomía la curiosidad sobre el origen de ese horrible nombre del televisor.  Roy y yo nos pusimos de acuerdo e impulsados por querer una respuesta interpelamos a la abuela sobre el nombre y ella nos afirmó que se llamaba así y punto, ella era la jefa y su voz era la voz de Dios.

Mis hermanos y yo nos matábamos la cabeza pensando sobre ese extraño nombre y movidos por la curiosidad ideamos varias teorías infantiles -quizás era el nombre del amante de la abuela- decía Roy, o como el nombre nos sonaba domestico, nos parecía más el nombre de un perro, pero mi hermana Sandy, al escucharnos  dijo: “es el nombre de un doctor loco”, luego nos lanzó una mirada por el rabillo de su ojo y se fue a su cuarto. Nos miramos con cara de incógnita. No lo podíamos creer, dudamos sobre el hecho de que tenía que ver un aparato como ese con un doctor. Pero tiempo después nos dimos cuenta que si era verdad, era el nombre de un psicoanalista y  cocainómano, que bajo los efectos del narcótico  hacia experimentos psicológicos con niños, mujeres y ancianos. De la historia real de ese doctor loco, -como lo llamaba Sandy- a los efectos secundarios  y diversos que producía en todos nosotros en casa, no había mucha diferencia.

Freud era la barraca de feria donde toda mi familia veía la naturaleza del mundo; todos esos canales habían remplazado las charlas en la mesa alrededor de un pan y cocoa caliente. Ya Jesucristo no era el centro de la familia sino Freud, la unidad familiar estaba mediada por las transmisiones y nuestra vida social era una opinión divergente de las emisiones. Ahora si creí que nuestra familia era una aldea: la realidad, la ficción, el divertimento y la reflexión eran uno solo, en nuestra propia opinión.

Cuando papá llegaba fatal del trabajo, nos decía: “hijos, dos muertos arrastran a un vivo” y nosotros sabíamos que papá quería que le desamarramos los cordones de sus zapatos y que le pusiéramos las babuchas de león que le hacían sentir el rey de la casa. Luego como si fuera tener un cetro y con ello el control de todo, se desparramaba en la silla central  y nos daba la orden de mover la perilla del televisor de izquierda a derecha, y así  exploraba todo el contenido de Freud. Nos ordenaba buscar el canal de deportes, o si no, el canal de tele ventas, y creo que eso era su hobby y su única autoridad paterna bien ejercida en casa. Mi madre, jamás le hizo una pelea a mi padre por la cantidad de horas que pasaba junto a Freud ya que ella sabia que él, después de llenarse de horas televisivas, como por inercia iba a hacerle el amor como si fuera la primera vez en su vida. Como si algún poder subconsciente le llenara de poder y furia.

Luego de que mi padre abandonaba el sillón y se desligaba de ese psicólogo parlanchín de  Freud, yéndose a la cama,  mis hermanos y yo salíamos de nuestro cuarto a hurtadillas, bajábamos al living y nos poníamos  a los pies de la pantalla, tratando de buscar los animalitos salvajes que estábamos acostumbrados a ver con la abuela, pero  nos aburríamos pronto, porque solo pasaban personas desnudas, haciendo aeróbicos o ejercicios en equipo.

Apagábamos la tele y mi hermana Sandy, nos decía: “vamos a ver algo en vivo y en directo”, y nos llevaba a guindar por la cerradura de la puerta a papa y mama mientras gemían, como si fuera una pelea de lucha libre. -Quizás están danzando- pensábamos Roy y yo, pero Sandy que era la mayor sabia que no era así. Sin entender nada, nos asustamos, y nos íbamos a nuestro dormitorio con muchas preguntas;  sólo disfrutábamos de las sonrisas suaves de nuestros padres en la mañana, era como si en la noche anterior hubiesen hablado con Dios.

Freud producía en la familia un efecto humano increíble, al punto de creer que cada vez que nos sentábamos al frente de él, empezaba una sección psicológica: mama lloraba con las novelas mexicanas y venezolanas, papa se aterrorizaba de los noticiarios, mi abuela creía estar en el paraíso cuando veía esos antílopes correr por las mesetas de África, y mi abuelo… mi abuelo nunca pasó tiempo frente a Freud, porque decía que no gastaba su tiempo, sino que lo invertía mejor leyendo sus propios libros. Nunca lo entendimos.

Fue un largo año de estar acostados en el sillón marrón, escuchando y viendo a Freud, aprendiendo cosas nuevas, experimentando actitudes, escuchando voces internas, e imaginando lo que nunca se nos había pasado por la cabeza. Soñábamos con imágenes vivas cargadas de sonido y color; el único que hablaba dormido durante la noche era el abuelo. Cuando el cura decía desde el púlpito el domingo que Dios nos hablaba internamente, Roy y yo nos miramos a la cara, y nos alegramos por el toque divino de Freud en nuestras almas.

Así Roy se volvió onanista; Sandy descubrió las modas actuales; mi abuela se enlistó en un tour por África del cual no ha vuelto y del cual mi abuelo ni cuenta se ha dado; mi padre adquirió nuevas formas de hacerle el amor a mama, aunque como presentí, creo que le hace el amor a Sofía Vergara; mi madre aprendió a hacer postres para invitar a Doris la vecina con su esposo Francisco (Pancho) para crear camarería. Yo por mi parte después de ese año encontré la televisión tan educativa que cada vez que encendían a Freud para mostrarnos el mundo y sus virtudes,  me retiraba a otra habitación a leer un libro del  abuelo. Aunque fuera una revista de esas de selecciones, o alguna novela de Mario Mendoza.

Supe que donde había un psicólogo tecnológico, o sea un televisor, había personas que no estaban leyendo; el abuelo solía decir que esa era la nueva forma de como el  Estado dominaba y gobernaba a las personas. Quienes se posaban frente a Freud, aprendían a tomar decisiones tele-dirigidas, o sea a obedecer; imitaban modas que contradictoriamente nos proponían ser genuinos, uniformándonos a todos y nos daba la imagen hecha, robándonos la posibilidad de crearla por medio de nuestros propios mecanismos.

Freud en casa no era tan malo, realmente no era Satán en casa, solo era la nueva epifanía tecnológica.