En los últimos tres años nos han dejado tres maestros de la agroecología, pioneros de las luchas en defensa de nuestros recursos naturales, pero nos quedan sus enseñanzas y el profundo legado de su trabajo y de su esfuerzo.

 

Por: Carlos Julio Castillo Ríos*

Muchos años después, frente al pelotón opositor a la agroecología, recordaría Mario Mejía Gutiérrez (nacido en Marsella y fallecido el 15 de agosto de este año), la siguiente vivencia: “Cuando era niño, mi abuela me llevó a conocer la televisión en un almacén que exponía a la venta los electrodomésticos que les daban la bienvenida a los años 60. Luego de ver un rato un programa en dicho aparato, ella me dijo: ‘Vámonos para la casa, que esa cosa embolata la mente’”.

Mario Mejía Gutiérrez. Fotografía / Cortesía

El comienzo de este relato afectivo tiene un aire de un libro de García Márquez, en boca de uno de los padres de la agroecología en Colombia, agrónomo no alineado; alude a un testimonio de la misma época en la que la Revolución Verde también aparecía con furor en el escenario, con sus agroquímicos, bajo la promesa de salvar al mundo del hambre; bella utopía que parece un juramento hipocrático para todos los que estudian las ciencias agropecuarias: Pero, la Revolución Verde, al igual que la televisión,  embolató las mentes.

Posteriormente, Mario Mejía y otros afines a la agroecología, ya mayores de edad y de pensamiento, tendrían que emprender una cruzada frente a la tendencia mundial de someter la Agricultura a la dependencia de químicos de síntesis de laboratorio, aunque eso les costara sus prestigios y quizás renunciando a jugosos sueldos, si no se hubieran opuesto a tal barbaridad. Mario, por ejemplo, tuvo que migrar de Caldas para el Valle del Cauca, tal vez porque algunos le sugirieron la frase: “Con su cuento, a otra parte”; y así fue, ya que su discurso no calaba en medio de los áulicos de la famosa Revolución Verde.

Aníbal Patiño. Fotografía / Cortesía

De Aníbal Patiño (fallecido hace tres años), profesor de la Universidad del Valle, se recuerda cómo renegaba frente a la expansión de la caña de azúcar en el Valle del Cauca, y cómo advertía que ojalá no nos fuera a pasar factura el atentado que se estaba cometiendo contra la seguridad alimentaria, ya que dicho cultivo estaba desplazando tanto al maíz, al fríjol y a las hortalizas como el pepino, el tomate, el pimentón, que se sembraban en las planicies y, poco a poco, iban ascendiendo hacia las laderas, pues las fábricas de sacarosa demandaban más y más volúmenes de caña. ¡Qué paradoja cuando hoy el mundo entero emprende campañas contra la diabetes y los padres de familia acusan a las compañías productoras de golosinas como culpables directas de la obesidad infantil!

Gonzalo Palomino Ortiz. Fotografía / Cortesía

Por su parte, Gonzalo Palomino Ortiz (1936-2018), corroncho bacano de nacimiento, profesor de la Universidad del Tolima, también se la jugó por la agroecología y la defensa del medio ambiente. Al igual que Mario y Aníbal, era convocado a dar charlas en las nacientes ONG ambientales de los años 80, mucho antes de que éstas mutaran a constituirse en empresas contratistas del Estado, las que –en ese entonces– eran miradas con recelos y tachadas de ser nidos de “neo-hippies”. Este es el mayor tributo que recuerdo de Gonzalo Palomino: era un consultor ad honorem.

Es curioso que los tres anteriores pioneros se hayan marchado de este mundo en seguidilla: 2017-2018-2019, sin que importe el orden de partida. Cada año se fueron despidiendo de sus discípulos como queriendo decir: “Ya estuvo bueno; ahí les queda el legado. Allá ustedes si lo dejan perder”. Y así es, temas ambientales que hoy ocupan las cátedras de las universidades, en seminarios y postgrados, desconocen quiénes fueron los que, a fuerza de terquedad y de señalamiento social, impusieron tópicos como la agroecología, la conservación de espacios naturales, el diálogo de saberes con los campesinos, afros, mestizos e indígenas, y con la vida misma.

Hoy, que encontramos nuevos expertos, muy sabidos por cierto, pero que cobran caro, no es fácil asumir los gastos para asistir a sus conferencias –demasiado onerosas–, por lo que solo se benefician unos cuantos que quieren seguir ese mismo camino de ser “iluminati” muy cotizados.

Hoy, son bastantes los ambientalistas de renombre; no haremos la lista, pues fácilmente se encuentran en el buscador del señor Google, y algunos son contemporáneos de los ya citados pioneros. La diferencia está en que los mitos, por lo general, nacen de la imaginación popular. No obstante, a Mario, a Aníbal y a Gonzalo se les reconocía en esos espacios comunitarios que son considerados como marginales. ¡Qué bueno que hayan sido así, si no, el mundo sería muy aburrido sin ellos!

A quien no hemos podido seguirle la pista de su destino, fue al profesor Bejarano un ingeniero industrial que inventó el sistema de riego que lleva su nombre, con un funcionamiento simple pero tan versátil, que hasta los israelíes lo podrían haber acusado de plagio. Él le jalaba a la agricultura orgánica y leía el iris de los ojos, diagnosticando enfermedades y aconsejando aliviar con naturismo. En La Cumbre, Valle del Cauca, quizás lo recuerden en su finca La Natalena, recibiendo pacientes que depositaban su fe en los tratamientos homeopáticos de este valioso y creativo ambientalista.

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Al realizar esta pesquisa tras el reciente fallecimiento de Mario Mejía Gutiérrez, hallamos a otros ilustres ausentes, como Rafael Colmenares Faccini (2017), Herney Patiño (2016) y Wendy Townsend, en este año, quien vendía chocolatinas de frutos amazónicos, para costearse la participación en eventos académicos; seguramente, la lista de estos personajes y sus proezas es más larga, y nos disculparán por no hacer una remembranza de sus maestros, los que no alcanzo a mencionar en esta breve reseña, como sí del Mono Hernández o del profesor Van der Hamen, éste último en boca de todos los capitalinos, por la reserva que lleva su nombre.

¿Renegados? Claro que sí, y quién no quisiera serlo, cuando Greta Thunberg, una chiquilla sueca de apenas doce años, nos señala que hoy, a los adultos, nos cabe la culpabilidad por atropellar este bello planeta azul, y no hacer nada al respecto.

Los que hemos reseñado, pueden descansar en paz, en la Madre Tierra, puesto que ellos hicieron lo suyo. A nosotros, nos toca seguir su ejemplo, continuar su altruista legado, y recordar siempre sus lecciones de vida y de Academia.

*Agrónomo de la Universidad de Caldas, ha sido impulsor de proyectos agroecológicos, en sus diferentes etapas vitales. Durante varios años ha acompañado procesos sociales entre indígenas y campesinos en el sur de Colombia, y en su trabajo como funcionario del Parque Natural de Los Nevados, en Manizales. Actualmente, labora en la Corporación Autónoma Regional de Caldas, CORPOCALDAS.