Este año se cumple el centenario de la publicación de uno de los relatos más originales e inquietantes de la literatura moderna: La transformación (Die Verwandlung), de Franz Kafka (1883-1924), conocido durante años en el mundo de habla hispana y en otras lenguas con el título de La metamorfosis (también éste sufrió la correspondiente mutación). Su origen está documentado en las cartas que Kafka escribió a su novia, la berlinesa Felice Bauer, a la que conoció el 13 de agosto de 1912 en Praga.

Por: Jaime Fernández*

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La primera noticia del relato aparece en una carta fechada tres meses después, el 17 de noviembre, en la que le anuncia que piensa escribir “un cuento que me ha venido a la mente en la cama, en plena aflicción, y que me asedia desde lo más hondo de mí mismo”. A los seis días le dice que “es ya muy de noche, he dejado el cuento en el que, por otro lado, hace ya dos noches que no trabajo nada, y que calladamente está empezando a crecer y convertirse en una historia de más envergadura”. Ante la sugerencia de Felice para que se lo diera a leer, le responde que no lo haría ni aunque lo hubiese terminado, ya que estaba escrito “de un modo sencillamente ilegible”.

“Lo que quiero es leértelo yo. Sí, eso sería lo bonito, leerte el cuento y, al mismo tiempo, verme obligado a tener tu mano en la mía, pues la historia es un poco terrorífica (…), te daría un miedo espeluznante, pero tú a lo mejor sentías agradecimiento, pues miedo es, por desgracia, lo que te debo estar dando todos los días con mis cartas”.

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Fotografía del compromiso de Felice Bauer y Franz Kafka

En otro párrafo le confiesa que “en este momento mi ánimo está excesivamente sombrío y tal vez no debiera haberte escrito. También al héroe de mi cuento le han ido hoy las cosas excesivamente mal, y ello no es sino el último escalón de su desdicha, que se está haciendo constante”.

En la carta del día 24, comenzada la noche anterior, sábado, le comunica que la historia ha avanzado ya hasta un poco más de la mitad y que, en conjunto, no estaba descontento con ella. “Pero en cuanto a nauseabunda –añade-, lo es de un modo ilimitado, y cosas como esas, te das cuenta, provienen del mismo corazón en el que tú habitas y toleras como morada. No te entristezcas por esto, pues quién sabe, cuanto más escriba y más me libere, más puro y digno de ti llegue quizá a ser, si bien quedan aún, desde luego, muchas cosas en mí que es preciso echar fuera, y las noches no podrán ser lo suficientemente largas para un quehacer, por lo demás, tan en el más alto grado voluptuoso”.

Al día siguiente, el domingo por la mañana, fue a casa de su amigo el escritor Oskar Baum, donde, según le refirió a Felice, hizo una lectura de parte del cuento que, pese a algunas interrupciones indeseadas, concluyó a primeros de diciembre. Sin embargo, no se publicaría hasta noviembre de 1915, en un volumen doble de “La Biblioteca del Juicio Final”, que dirigía el joven editor Kurt Wolff.

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Oskar Baum tenía la misma edad de Kafka. Estaba ciego. Era pianista y crítico musical

Un pasaje en los Diarios, fechado un año antes de la escritura del relato, presagia el estado de ánimo de Gregor Samsa, el “héroe” del cuento. Franz no había conocido todavía a Felice, pero en los últimos meses especuló en dos ocasiones sobre el futuro sombrío que le aguardaba. Entonces tenía veintiocho años, una edad en la que, según la costumbre de la época, la mayoría de los jóvenes ya estaban comprometidos o casados, como sus amigos Max Brod y Oskar Baum.

En la tarde del 21 de noviembre de 1911 su antigua niñera había acudido a visitarlo. Era la segunda vez que lo hacía en poco tiempo. La primera no lo encontró en casa, y esta segunda Franz quería que le “dejasen en paz y dormir”, por lo que mandó decir que había salido fuera. Los recuerdos que guardaba de la mujer no eran nada benévolos: tenía la cara “amarilla negruzca, cuadrada” y una verruga, “que tanto me gustaba entonces”, en algún lugar de la mejilla. “¿Por qué me habrá educado tan mal?”, se preguntó. Sin embargo, él se recordaba como un niño “dócil”, de carácter “tranquilo y formal”, como la propia mujer reconocía años después. Incluso ahora, en su casa, no le dejaba dormir por culpa de “la vivacidad” con que charlaba en la antesala con la cocinera y la institutriz. “Piensa que soy un caballero alto y sano, en la hermosa edad de veintiocho años, que me gusta recordar mi adolescencia y que, sobre todo, sé lo que debo hacer conmigo”. Pero la realidad era otra:

“Estoy aquí, tumbado en el canapé, expulsado del mundo, de una patada, a la espera del sueño que no quiere venir, y si viene, me rozará tan sólo; tengo las articulaciones lastimadas por el cansancio, mi cuerpo reseco camina temblando hacia el abismo, con excitaciones de las que no debo tener plena conciencia; las sacudidas de mi cabeza son asombrosas Y ahí están esas tres mujeres ante mi puerta; una me elogia tal como era, la otra, tal como soy. La cocinera dice que me iré enseguida (quiere decir sin rodeos) al cielo. Así será”.

 

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Portada de la primera edición de “La transformación”, en la que Kafka se opuso a que se representase la imagen del bicho monstruoso en el que se transformó Gregor Samsa

El tono de esta entrada del Diario evoca la angustiosa soledad de Gregor Samsa tras su destierro del mundo de los humanos, su parálisis absoluta, propia casi de un inválido, la fatiga física, enfermiza, y ese cuerpo “reseco” que “camina temblando hacia el abismo”, como el del bicho monstruoso en el que se transformó, desgajado de la cabeza pensante, y los ojos y los oídos en alerta, escrutando sin descanso cuanto ocurre a su alrededor.

Tampoco es casualidad que Kafka concibiera el relato en la cama y en el dormitorio de la casa de sus padres, con quienes vivía. Aunque el cuento comience con la frase: “Cuando una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, se encontró en su cama transformado en un bicho monstruoso”, también habría podido empezar con esta otra: “Cuando una mañana, Gregor Samsa se despertó de unos sueños agitados, imaginó en la cama que se transformaba en un bicho monstruoso”. O también: “Una noche Gregor Samsa soñó que se transformaba en un bicho monstruoso”.

Lo que en realidad debió de ocurrir es que, después de unos sueños agitados, una mañana Kafka imaginó acostado en su cama que Gregor Samsa se despertaba una mañana en la cama transformado en un bicho monstruoso. En este escritor la imaginación y el sueño deambulan por el mismo sendero. Sus relatos y novelas son como sueños que tenía despierto.

 

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Una páginas de los “Diarios” de Kafka

La primera pregunta que plantea la lectura de La transformación es por qué el joven Gregor se despertó convertido en un animal monstruoso. Desde hacía cinco años, a raíz de la reclusión del padre en el apartamento como resultado del fracaso en un negocio, era el sostén de la familia: los padres, dos personas físicamente debilitadas, y Grete, su única hermana de dieciséis años.

Gracias a las comisiones que cobraba por su trabajo de viajante de comercio en una empresa de tejidos pudo saldar las deudas contraídas por el padre y hasta proyectar para Grete una carrera de violín en el conservatorio, plan que sin duda sobrepasaba las modestas pretensiones de un estamento social como al que pertenecían los Samsa, pero que encajaba con las inclinaciones musicales de la muchacha.

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Franz Kafka de niño junto a dos de sus tres hermanas

 

Todos vivían de su salario, que ganaba a costa de pequeños pero punzantes sacrificios. Además de los madrugones, debía aguantar a un jefe insoportable y dormir muchas noches en fondas desangeladas. Hasta tal punto aborrecía el trabajo que, si no hubiera sido por los padres, se habría despedido de él hacía tiempo. Incluso inmediatamente después de la transformación abrigará la esperanza de despedirse, cuando pagase las deudas de la familia (cinco o seis años todavía, según sus cálculos).

Para contrarrestar estos sinsabores se dedicaba en los ratos libres a pequeños trabajos de carpintería, como el marco dorado en el que había insertado la fotografía de una revista ilustrada. Su madre era la única persona de la familia que parecía tomarse en serio esa curiosa afición. No tenía novia, aunque en el pasado cortejase a la camarera de un hotel y hasta intentase ennoviarse con la cajera de una sombrerería.

Gregor creía que sus sacrificios se ajustaban a las expectativas que habían depositado en él sus progenitores, en particular su padre, y que éstos aceptaban el reparto de papeles y funciones derivado de la nueva situación. En aquellas circunstancias adversas para la familia se sentía recompensado tanto por el reconocimiento de estar cumpliendo un elogiable cometido como por el hecho de costear los estudios de Grete.

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Los padres de Franz Kafka, Hermann Kafka y Julie (Löwy de soltera)

 

Entonces, ¿cuál fue la causa de su transformación? Por más que el narrador se abstenga de ofrecer alguna pista, y parezca que se debió a un lamentable azar, resulta tentadora la pregunta que el propio Gregor rehusó formularse: ¿qué hizo para que tamaña desgracia se abatiera sobre él y sobre los suyos? Se trata de una pregunta cuya respuesta no resulta difícil de colegir del curso y desenlace de la historia. Cuando los hombres se proponen buscar la causa de la misteriosa desgracia que se ha abatido sobre ellos, tienen que convertirla en culpa para poder comprenderla. Por dolorosa que resulte, la culpa será más humana que una causa objetivamente incomprensible.

Una posible respuesta a esa pregunta es que Gregor habría sido castigado con la transformación en un bicho a causa del exceso de amor propio que, como una sanguijuela, intentó extraer de la invalidez laboral del padre, un motivo que Kafka había abordado dos meses antes (septiembre de 1912) en La condena, su primer relato largo, sólo que en éste el hijo se hace cargo del negocio familiar tras la aparente jubilación del padre y el fallecimiento poco tiempo antes de la madre. Incluso el deseo de protección que proyecta sobre su hermana menor encierra una dudosa autocomplacencia.

La transformación que por la fuerza de las circunstancias experimenta el joven Gregor, al pasar casi súbitamente de hijo primogénito a jefe en funciones de la familia, tendrá su reverso en su transformación, no menos súbita, aunque esta vez sin ninguna circunstancia aparente que la fuerce, en un parásito gigantesco, un inválido abocado a una muerte temprana.

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Página manuscrita de “La transformación”

 

En el curso del relato el lector podrá comprobar que el padre jamás se resignó a su papel de dependiente de Gregor y que desconfiaba de la supuesta valía de éste para asumir las responsabilidades propias de un cabeza de familia. Sospechaba que algún día pudiera ocurrir un percance que arruinase las mediocres conquistas alcanzadas por el hijo, dejándolos a expensas de la miseria. Todo era cuestión de tiempo. No se equivocó.

La otra posible respuesta, compatible con la anterior, a la pregunta acerca del motivo de la transformación es que habría sido el efecto lógico de la extrañeza que Gregor sentía en su familia y en el trabajo. La transformación desenmascaró una realidad que hasta entonces sólo se había insinuado. Una anécdota reveladora de esa extrañeza la aporta el narrador cuando señala de pasada que Gregor acostumbraba a encerrarse en su cuarto bajo llave, hábito adquirido en sus viajes de trabajo, cuando tenía que dormir en habitaciones extrañas. Resulta que en su propia casa se sentía como un inquilino.

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Franz Kafka y su hermana menor Ottla a la que siempre se sintió muy apegado

 

No sabía, aunque quizá lo intuyera, que las pocas palabras que intercambiaba habitualmente con su familia lo alejaban de ella hasta el punto de sentirse a su lado como un animal, es decir, el ser vivo más próximo al hombre en la escala de la evolución, pero del que, sin embargo, se ve separado por la disparidad de sus respectivos lenguajes. El que Gregor compartiese la lengua con sus allegados no significa que hablasen el mismo idioma.

 

(…fin de la primera parte)

*Jaime Fernández. España. Es periodista, escritor y autor de ensayos literarios. Ensayo publicado originalmente en el blog: En Lengua Propia.