La cuestión es que las tierras no eran suyas, así que, ¿cómo hacerse con ellas? Muy fácil. Primero ofrézcale un precio de mierda al campesino por su tierra. Él no se la venderá, porque no quiere irse o porque el precio que le ofrecen le parece irrisorio o ambas cosas.

 

Por: Daniel Jiménez Cardona

Una vez le pregunté a un médico que había terminado sus estudios en Francia por qué no se había quedado allá. Me respondió: “¿Para qué? Colombia es el mejor vividero del mundo; solamente tenemos unos problemas de guerrilla, pero nada más”.

Esta sola oración tiene una carga discursiva mucho más allá de lo ordinario, pero, por cuestiones de espacio, reflexionemos únicamente sobre dos puntos. Primero, “Colombia es el mejor vividero del mundo”. ¿En serio? No supe qué decirle en aquel momento, pero ahora tengo palabras para explicar lo que pasaba por mi cabeza. Gobernaba el presidente que prometió acabar con la guerrilla y nunca pudo; Colombia, un país cuyo conflicto armado se recrudecía con desapariciones forzadas, masacres y desplazamiento masivo, según el médico, era “el mejor vividero del mundo”.

El segundo punto es el de la guerrilla. “Solamente tenemos unos problemas de guerrilla”. Me sorprende (nunca ha dejado de sorprenderme) cómo profesionales altamente especializados, con estudios en los países más avanzados en ciencia y tecnología del mundo, crean o quieran creerse el cuento de que de cuanto problema ha habido en Colombia es culpable la guerrilla.

Término inexacto, además, porque en Colombia no ha habido solo una, sino varias y con perfiles ideológicos particulares, pero ese es un tema que precisará otro análisis. El punto es que la guerra en Colombia continúa y parece que su reino no tendrá fin.

Parecerá no estar relacionado con usted, señor lector, pero, ¿se ha preguntado alguna vez por qué la gente se va al extranjero? Tal vez sí lo ha hecho y no lo comprende, porque cree que, aunque no sea rico, tiene la libertad de comprarse un perro caliente, un tinto (porque en Colombia se produce el mejor del mundo), ver el reality de turno o pensar a través del espejismo de la libertad de prensa.

Dirá usted que miento, porque podré publicar este artículo, pero la verdad es que el asunto no es tan simple. Usted irá viendo la correlación a medida que lo lee. En primer lugar, porque son quienes tienen el dinero los que patrocinan las publicaciones periódicas (para no hablar de los libros). Y, en segundo lugar, porque quienes pueden escribir en los medios de mayor circulación están sujetos a una línea editorial que asfixia su libertad de expresión.

No me malentienda; tener una línea editorial en sí no es malo, entre otras cosas porque es lo que le da identidad a cada medio. El problema comienza cuando hay situaciones o información altamente sensibles que deberían darse a conocer, con base en los principios éticos del periodismo, como, por ejemplo, que el público tiene derecho a saber, y la información se oculta o los dueños del medio de marras mandan a callar al periodista que la ha desenterrado.

Así que cuando se pregunte o escuche alguna conversación o programa televisivo o radial en que se hable de porqué se va la gente o sobre las causas del desplazamiento forzado, le pido que tenga otras consideraciones.

Pongo por caso una consideración humanitaria. Todos hemos visto en las calles a los desplazados rogando por comida o vendiendo sus productos a los precios más miserables y pensamos que no quieren trabajar de verdad o que “son pobres porque quieren”.

Para ilustrar la situación, doy un ejemplo: en la ciudad de Pereira, donde viví casi 18 años, una noche vi a un hombre ofreciéndole a uno de estos campesinos 1.000 pesos por un bulto de yuca. Haga la cuenta usted mismo: ¿cuánto pesa un bulto de yuca y a qué precio la venden en la tienda o en el supermercado?

Por supuesto, este abusivo intermediario sabía que a las 8 de la noche probablemente el otro no tenía ni un peso para comprarse siquiera una empanada y quién sabe dónde iría a dormir. Eso pensando en que estaba solo, pero no sabemos si tenía una familia esperándolo para poder comer algo esa noche, pues posiblemente no habían podido comer en todo el día.

Ahora le pido que piense en la causa del ejemplo mencionado. ¿Por qué un hombre vendería por 1.000 pesos un bulto de yuca? ¿Para consumir drogas? Le digo que conozco el tema y por lo que vi en él, es decir, tanto en su rostro como en su indumentaria, lo más seguro es que ese día ni siquiera media cerveza se había tomado, ni siquiera una gaseosa.

Entonces, ¿quizás se gastó la plata en uno de los casinos pequeños que hay ya por todas partes en las zonas urbanas de Colombia? Lo más probable es que aquí la respuesta sea negativa también, pues por la misma razón que ya mencioné, no habría tenido la cantidad suficiente para echarles monedas a las máquinas. ¿O se gastó la plata del día en putas? Siga imaginando cuanto motivo de esta clase quiera, pero permítame plantearle una razón más plausible.

Ese campesino no estaba vendiendo a ese precio sus productos por lo que sea que hubiera pasado ese día; ni siquiera por estar sin techo recién llegado a la ciudad y sin recursos. Esos no son más que síntomas del problema de fondo y aunque le suene solo a una vieja consigna de izquierda, el problema de fondo es la guerra.

Pregúntese: ¿qué hacen todos estos desplazados en las ciudades?, ¿por qué están ahí? La respuesta se encuentra a cientos de kilómetros, en las montañas y otras zonas rurales de Colombia. Si ha prestado suficiente atención a lo que he venido diciendo, sabrá que me refiero a que la guerra comenzó ahí, en el campo.

Ahora bien, estos fenómenos no dejan indemne a ninguna economía. Usted y yo, y todos los colombianos, hemos sufrido las consecuencias de la guerra, aunque no hayamos estado disparando fusiles en el monte, en nombre del bando que sea.

Cuando vemos que los precios de los alimentos son cada vez más altos, normalmente les echamos la culpa a los tenderos que traen los productos. No obstante, la realidad es otra: no hay infraestructura suficiente para tecnificar la agricultura, de modo que los procesos de producción y transporte de las cosechas son mayores y el precio sube.

Pero al campesino no le llega ninguna utilidad por ese aumento, sino que va a parar a los bolsillos de los intermediarios, que en general representan a las empresas que finalmente empaquetan y envían el producto al consumidor final, es decir, usted y yo y nuestras familias.

Para ilustrar esto, le hago una invitación: la próxima vez que salga a vacaciones no vaya a Cartagena, a Santa Marta o a alguna de las islas del Caribe (o a Miami, según sus posibilidades). Vaya, por ejemplo, a Quinchía. La zona urbana es pequeña y ahora le parecerá pacífica. Tiene una biblioteca que comparte edificio con una sede del SENA. Además, hay también programas a distancia de la Universidad Tecnológica de Pereira y, aunque el anterior desapareció en un incendio, hay un templo católico donde puede ir a rezar o a misa, si lo desea. “Entonces, ¿de qué se queja?”, pensará usted.

Me quejo porque esas cosas bonitas que le he contado no son más que algo como la punta de un témpano de hielo del Ártico, conocido en inglés como iceberg. Forman una pequeñísima parte, la cara “amable”, de un enorme bloque que no es visible porque está cubierto por el mar, que en este caso está hecho de tensiones políticas y sociales muy profundas.

Recuerde, por ejemplo, que fue allí que Álvaro Uribe, hace años, ordenó (y eso que no era el Fiscal) la captura de más de 100 personas, con la excusa de que eran colaboradores de las FARC. Al final tuvieron que dejarlos en libertad a todos, pero el daño ya estaba hecho.

Y me quejo precisamente porque muy pocos van a las zonas rurales de pueblos como ese. Como decía, lo invito a que, en sus próximas vacaciones, para hacer turismo ecológico, vaya a ese pueblo y luego se suba en un todoterreno (jeep) que lo pueda conducir a alguno de sus corregimientos, como Irra, para dar un ejemplo, o algunas de las veredas cercanas.

Después de que lo haga, cuéntenos qué tan fuerte fue el dolor de cabeza que tuvo debido que el vehículo no solo no iba por una carretera pavimentada, sino que la carretera misma está en tan mal estado que, no es una hipérbole, hace saltar y tambalear al vehículo hasta el último minuto del trayecto, debido a la cantidad de piedras y rocas salientes en la vía, si así se le puede llamar. “¿Y eso qué tiene qué ver?”, me preguntará, y yo le contestaré, “tiene todo que ver”. Doy una explicación a continuación.

Para ir por esas carreteras no sirve un vehículo ordinario. Se necesita un vehículo potente y estable, porque uno normal lo dejaría varado en carretera, cosa que no es buena a una hora del hospital más cercano o, si está de buenas, a 30 o 40 minutos de la casa más cercana.

Estos datos son importantes por lo siguiente: la mayoría de esos vehículos en las zonas rurales son muy viejos, a veces tienen más de 30 años de uso y emplean grandes cantidades de gasolina en su funcionamiento; dadas las distancias que hay entre la finca o parcela del campesino y el casco urbano, el viaje se hace costoso y, por supuesto, quien transporte la mercancía producida por un campesino no lo va a hacer gratis.

Cobrará el transporte más el precio del producto, lo cual, teniendo en cuenta los altos precios de la gasolina en nuestro país, terminará quebrando al agricultor, pues debido a su bajo poder adquisitivo carece de medios propios para llevar todo a las zonas urbanas, o sea, gastará en el cultivo y almacenamiento de la cosecha más de lo que le van a pagar por la misma.

El intermediario lleva esa cosecha a otras empresas que son las que dejan el producto listo para nuestro consumo, lo cual aumenta el costo. Luego vamos al supermercado y nos quejamos de que todo está muy caro, porque fulano y perencejo son unos ladrones, frecuentemente “la guerrilla”, porque tiene presencia en el campo.

Ahora volvamos al campesino que vemos todos los días en el centro de nuestras ciudades. Este abandono del Estado para desarrollar una infraestructura física que permita la circulación libre de los diferentes objetos de venta que, incluso desde un punto de vista neoliberal (que no comparto), es necesaria para alcanzar una economía saludable, es la primera forma de violencia.

Todo lo mencionado integra una de las razones del desplazamiento a las ciudades. El campesino se desplaza porque está quebrado, porque sus cosechas ya no valen nada y junto con su familia está pasando hambre. Pero vienen igualmente otras causas que seguramente usted estaba esperando que mencionara. Trataré de resumirlas.

Cuando miles de campesinos, a pesar de lo que he dicho o por la razón que fuera, decidieron quedarse en sus parcelas, comenzaron a ser amenazados y asesinados. ¿La causa para este tipo de violencia? La tierra, en un país tan rico en recursos naturales como Colombia, vale muchísimo.

Los terratenientes de las zonas correspondientes vieron, en esas tierras que no les pertenecían, el potencial para expandir los monocultivos que tan buenas utilidades les traían o criar la cantidad de ganado que quisieran, porque ellos sí tienen modernos vehículos propios y frecuentemente no necesitan de intermediarios, sino que su capacidad económica les permite llevar el producto al consumidor final.

La cuestión es que las tierras no eran suyas, así que, ¿cómo hacerse con ellas? Muy fácil. Primero ofrézcale un precio de mierda al campesino por su tierra. Él no se la venderá, porque no quiere irse o porque el precio que le ofrecen le parece irrisorio o ambas cosas.

Muy bien. Van pasando los años y, no queriendo vender el campesino, el terrateniente, apuntando a que hay subversivos en la zona que le cobran vacunas o no le permiten producir (cosas que con demasiada frecuencia son falsas), de cuya presencia no es culpable el campesino, forma grupos paramilitares que se juntan con algunos sectores extremos de las Fuerzas Armadas, con los cuales van de finca en finca forzando a los campesinos a irse o masacrando familias enteras, bajo el discurso de que colaboran con la guerrilla o por cualquier otra cosa que se les ocurra.

Al final, el terrateniente ha ganado por partida doble: ahora puede producir más gracias al despojo de estas tierras y, como tiene más y mejores medios de transporte, gastará menos, lo que le supondrá enormes utilidades, en un círculo vicioso que no está dispuesto a romper jamás, al punto de que intimidará o asesinará a otros en zonas por cuyas tierras no hay ni siquiera nadie ofreciendo dinero, solamente con el fin de sembrar el terror de manera tan profunda que al campesino ni se le ocurra volver a su tierra.

Se hace realidad entonces un dicho que a la mayoría le suena a lugar común: que “los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”.

Adicionalmente, queda evidenciado que el terrorismo de Estado, ya sea de manera activa, como lo mencioné aquí, o pasiva, al no aprehender y llevar ante la justicia a los responsables, verdaderamente existe, lo cual constituye una de las causas de la expansión de los cordones de miseria en las ciudades, que narcotraficantes y bandas delincuenciales, entre otros grupos, aprovechan para realizar sus actividades, de las cuales no es necesario hacer un inventario aquí.

Asumo que el sentido de la vista del lector es saludable, pues puede leer este artículo y por lo tanto podrá también, si quiere, ver la miseria en las calles del centro y, al menos desde lejos, en su vehículo o cuando va en taxi o en autobús, los mortecinos colores de las casas que están justo donde comienzan los barrios marginales.

Finalmente, se preguntará usted de dónde saco toda esta historia. Le doy cifras. Según las informadas por CODHES, publicadas en la web, 5.921.924 personas han debido desplazarse a otros municipios o ciudades para proteger su integridad y la de sus familias. Esta situación ubica a Colombia como el segundo país a nivel mundial con mayor número de desplazados internos, superado solo por Siria.[1]

 Según otro dato publicado en el mismo artículo, actualmente el 98% de la población desplazada vive por debajo del umbral de pobreza, y de estas el 82,6% en pobreza extrema.

 Y,alrededor de 4 millones de colombianos han decidido irse del país, y 400.000 de estos están en condición de refugio, es decir, que han tenido que huir a causa de persecución política o violencia.

 Solo en España, siguiendo cifras de mayo del presente año, viven 394.038 colombianos.[2] En cuanto a los asesinatos selectivos de líderes sociales, diferentes organizaciones sociales cuentan 311 muertos desde enero de 2016 hasta junio de 2018.[3] Y desde 2011 hasta noviembre de 2016 habían sido asesinados 124 miembros del movimiento Marcha Patriótica, por mencionar solo una de muchas organizaciones.[4]

De manera que cuando durante estos meses el Gobierno y otras fuentes han querido decir que las causas han sido “líos de faldas”, “venganzas personales” o han tenido el descaro de decir que la maestra que tuvo que desplazarse del sur de Bolívar estaba relacionada con el Clan del Golfo, quieren, simple y llanamente, tapar el sol con un dedo.

En este caso, quieren ocultar el carácter sistemático de los crímenes, a pesar de la abrumadora evidencia que demanda intervención humanitaria y acción de las autoridades competentes de inmediato.

Sin embargo, es difícil que ello ocurra. Será al propio pueblo colombiano al que le tocará decidir si deja las cosas así o si quiere presionar para que haya cambios, porque en el fondo lo que quieren es que olvidemos, que perdamos la memoria por completo, para que los que de ellos carecen de empatía con la gente común y corriente puedan continuar la opresión, por medio de una guerra sin fin.

[1] https://canaltrece.com.co/noticias/refugiados-colombia-migracion/

[2] https://elpais.com/internacional/2018/05/14/america/1526291945_103973.html

[3] https://secure.avaaz.org/en/petition/Gobierno_Colombiano_Organizaciones_DDHH_Corte_Penal_Internacional_ESTAN_MATANDO_NUESTROS_LIDERESAS_DENUNCIA_A_LA_COMUNID/?rc=fb&utm_source=sharetools&utm_medium=facebook&utm_campaign=petition-539407-Gobierno_Colombiano_Organizaciones_DDHH_Corte_Penal_Internacional_ESTAN_MATANDO_NUESTROS_LIDERESAS_DENUNCIA_A_LA_COMUNID&utm_term=Kwgnnb%2Ben

[4] https://colombia2020.elespectador.com/pais/el-mapa-de-los-asesinatos-contra-marcha-patriotica