IR A LA VIDA PARA COMPARTIR VIDA

Les conté entonces que la semana santa la había dedicado a mi hijo Cristian y su proyecto de grado. Está trabajando alrededor de educación y conflicto a partir de algunas obras literarias.

 

Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris

Casi un año después, con este temita de las clases remotas y virtuales, hemos tenido reunión de área presencial. O bueno, algo que se le pareció. Según la directriz, los profesores debemos presentarnos en la sede de trabajo para coordinar, desde allí, el acompañamiento a los estudiantes, mientras autorizan alternancia.

Bajé de mi salón para caminar un rato, estirar las piernas, descansar la espalda, mientras llegaba la hora de la asesoría bilingüe a grado undécimo. Caminé alrededor de la cancha, bajo los mangos, hasta que encontré a la colega Gloria engolosinada con una bolsita de chontaduro y miel. Subimos nuestros tapabocas para un saludo bioseguro y cálido. Reímos, me convidó, acepté. Hablábamos de lo extraño que es llegar al colegio, no tener a los estudiantes de aquí para allá y tampoco estar en esas reuniones eternas de las semanas institucionales. En esas, apareció Daniel preparado para trotar sus veinte minutos antes de volver a la biblioteca para esas llamadas en que lee poemas a los estudiantes.

Atendiendo al tiempo sin encontrarnos los tres, físicamente, Daniel prefirió aplazar su rutina para después. Gloria destapó el porta con fruta que tenía para el mediodía y así nos animó más a la charla. Haciendo planes para las próximas guías, recordamos el polémico taller de la profe Sandra Caicedo sobre los falsos positivos. Acomodábamos su intención a nuestras propias preguntas y actividades, cuando les sugerí visitar el Parque Monumento de Trujillo. Me miraron curiosos, inquietos por saber de qué les hablaba.

Les conté entonces que la semana santa la había dedicado a mi hijo Cristian y su proyecto de grado. Está trabajando alrededor de educación y conflicto a partir de algunas obras literarias. Así que la excusa para el viaje fue Que me busquen en el río de Adelaida Fernández Ochoa. Les conté de qué se trataba la obra, de lo que Cristian fue a buscar, lo que encontramos, de lo intranquila que estoy desde entonces.

Daniel percibió una inquietud más profunda de la que alcanzaba a darme cuenta. Hizo las preguntas claves y pude llorar como quería hacerlo mientras regresaba con Cristian y veía el Cauca. En ese viaje me contuve. No sé. Quise ser la mamá fuerte que da fuerza a su hijo. Creo que en su silencio y en lo mucho que me consintió durante el regreso, el vinito de La Unión, los souvenirs del Museo Rayo en Roldanillo, la cena en Cartago, me estaba diciendo que tanta muerte, tanto llanto, tanta ira, tanto dolor, le afirmaban la búsqueda de eternidad en lo cotidiano. Me avergoncé de detener al bibliotecario de su rutina para confesarle estas nimiedades de madre. Pero el hombre de las letras supo leer con piedad mi corazón para brindarme la tranquilidad necesaria. A veces, Xiomara, se necesita ir a la vida para compartir vida, sentenció mientras me abrazaba. Le agradecí y le pedí que siguiera, que no me avergonzara más deteniendo su marcha por escuchar estas banalidades. Agoté su tiempo de actividad física. Se despidió, estiró y corrió una vuelta.

Gloria y yo lo observamos. Celebramos tener un compañero como él. Nos agradecimos volvernos a ver y estar ahí, compartiendo los sueños, la vida. Le prometí prestarle la novela para ver cómo podíamos llevarla al aula. Regresé a mi salón, a mis asesorías, a los sueños nubosos de mis chicos, que dudan, setecientos años después de Dante, que el infierno, el purgatorio y el paraíso existan. La Comedia no es un conjunto de alegorías que se puedan extraer con pinzas y diseccionar en el quirófano. El infierno está en la corrupción del que no invierte en los materiales que factura, en la soberbia del empresario de transporte que en nombre de la rentabilidad no favorece rutas de acceso.

También existe el cielo, este instante, en el que mi hijo deja su tesis para preparar el café que trae a la mesa de estudio compartida. La gata salta a su regazo y él la acaricia. El piano que viene de la radio me recuerda los pasos de un Dios que acaba de entrar con el viento, nos besa en la frente y brinca los muros del patio, para conversar con la vecina, en el rumor de la máquina con la que sigue cosiendo los retazos de familia.

La frescura a su paso se torna en melancolía segundos después, cuando tomo el libro para preparar la presentación prometida a mis compañeros de área. En el trayecto de la profesora de la novela, leo mi propio trayecto. La profesora que protagoniza esta novela en 1990 es igual a la profesora que la pudo haber leído en el 2007, cuando se publicó. Es la misma que la lee hoy, 30 años después de las masacres de Trujillo. Las distintas voces que pueblan las páginas de Adelaida como ese montón de voces tantas veces escuchadas en los pasillos de las aulas sobre ese caleidoscopio que junta las enfermedades del ganado con las ecuaciones de trigonometría, los paseos al río como actividad de educación física.

“Donde adjetivas muerto yo conjugo amar”, aventuro un nombre para las diapositivas. La resiliencia, como beneficio de ese trámite entre la ficción y el recuerdo. La empatía posible cuando se da al nombre en la cuadrícula del registro, un rostro y una historia a través de la narración. Busco un pasaje solidario para darme la razón: “Ella pensó que éramos dos viudas del mismo hombre, ojalá temporales porque no podíamos descartar que apareciera, ella se hacía la fantasía que Gerardo su hubiera ido con otra, que estuviera de parranda como no era él, pero otros hombres sí, que se pierden y vuelven como si nada, en el mundo hipotético de su esperanza podía darse el caso con Gerardo, él iba a volver, era hombre de un solo matrimonio y de un recuerdo: el mío”.

¿Qué ha cambiado?, Cristian, pregunto. Nada, mamá, me responde. En el ejercicio constante de la lectura y la imaginación, el cuerpo desmembrado se remembra, no sigue el curso del río sin doliente. Parece poco, ¿verdad? Sin embargo, olvidar es el primer paso para la negación. Invisibilizar facilita el camino de los que actúan a la sombra de los tiranos.

@JaiberLadino