Por Iván Cocherín, también conocí caminando por la calle, a Leonardo Quijano, poeta y pintor, quien terminaría su vida en estado lamentable, llevando bajo un brazo los cartapacios con esbozos y dibujos.

 

Por / Jorge Triviño

Cursaba quinto año de bachillerato. Era un día viernes en la mañana, y realizábamos una sesión del Centro Literario en nuestra escuela Camilo Torres, en el barrio Chipre de la ciudad de Manizales. Se hacía una ronda de preguntas de cultura general, y en aquella ocasión, quienes ganaran en varias rondas, recibirían libros de la biblioteca de autores caldenses, donados por la gobernación de Caldas.

Afortunadamente, yo fui uno de los ganadores del libro.

Era una novela: Al chinchorro le han caído estrellas, con un título un tanto sugestivo, que tenía como portada a un pescador en su balsa, y dentro de ella, varios peces, en la proa.

Su estilo —al comienzo— me pareció bastante agradable, poético, dulce y ameno; lo cual instigó mis deseos de leerla lo más pronto posible y fue así, como durante varias noches pude disfrutar aquella obra.

Al final, aparecían reseñadas otros títulos como: Nadie, Túnel, Esclavos de la tierra, El sol suda negro, Carapintada y Barbacoa; pero una nueva sorpresa me esperaba: la dirección del autor, era nada más, ni menos: Carrera 7ª Número 9-14, Chipre, Bellavista… ¡justo frente a mi escuela!

Ya sabía que allí vivía el escritor.

Pasado algún tiempo, y por esas cosas del destino, conocería el interior de su hogar, que el poeta compartía con su esposa, la señora Mery, una mujer alegre, bondadosa y —además culta— pues leía ávidamente los libros de la biblioteca del escritor, y a veces, hacía algunos apuntes de sus lecturas y comentarios de sus autores favoritos.

También sus hijos Edgar, Ivonne, Iván Felipe (q.e.p.d.) —el más pequeño—, Sergio Adrián y su adorado perro, que le seguía por los corredores de la casa.

Iván Cocherín

Tuve ocasión de ser su compañía por las calles de la ciudad de Manizales, y tener conversaciones con Jaime Bedoya Martínez, El Pijao rebelde, con los poetas: Dorian Uribe González, Javier Arias Ramírez, Bonel Patiño Noreña, con el historiador Héctor López López, con los escritores: José Vélez Saenz y José Naranjo; aparte del mecenas Alberto Gallego Estrada, quien escribe el prólogo de su novela: Al chinchorro le han caído estrellas; con el director de la revista Aleph, el señor, Carlos Enrique Ruiz, con el escritor y compositor y alcalde de Marmato, Miguel Giraldo Rodas; con el señor Rodrigo Acevedo, director de la oficina de asuntos científicosya dolorosamente desaparecida—; con el locutor, cantante y escritor Jairo Castro Eusse.

       Por Iván Cocherín, también conocí caminando por la calle, a Leonardo Quijano, poeta y pintor, quien terminaría su vida en estado lamentable, llevando bajo un brazo los cartapacios con esbozos y dibujos.

Publicaba por esa época un periódico de humor llamado Al revés, que podían disfrutar los lectores, pues se entregaba gratuitamente en distintas oficinas de los patrocinadores. Tiempo después, bautizaría con el mismo nombre a una pequeña editorial que poseía una tarjetera Chandler, donde montaba los tipos para hacer las publicaciones.

Sin embargo, el periódico —por su gran formato— era impreso con alguno de los linotipos de la ciudad.

Como yo viajaba cada ocho días a la ciudad de Pereira, por asuntos pecuniarios, él me encargaba que comprara otro periódico de la misma temática llamado El Fuete, que tenía caricaturas y un humor bastante fino, parecido al de “Coche”, como llamaban al poeta cariñosamente.

Acostumbraba enviarle siempre un ejemplar al director del periódico de la ciudad de Pereira, cada vez que lo imprimía.

Su periódico se distinguía por tener una sección llamada Postal galante, que dedicaba a una de las secretarias de cada una de las instituciones y que escogía previamente—. Las homenajeadas se sentían muy halagadas por el bardo— después de leerlas.

Poseía, además, otra sección llamada: Horoscopeta, donde con retruécanos y comparaciones graciosas le daba a cada lector el destino de acuerdo con su signo zodiacal. Era realmente creativo y jocoso, arrancaba risas y carcajadas. Sus apuntes alegraban realmente.

Cocherín era un hombre extraordinario en su forma de ser y de tratar a los demás, razón por la cual le dieron el titulo más hermoso que pueda recibir una persona: Poeta.

       “Dejen pasar al poeta” le decían los gobernadores y alcaldes, y le abrían calle de honor.

Cuando algunos lo califican como un escritor costumbrista, creo que están bastante equivocados, nada más lejos de la realidad. Él se ufanaba —y con consciencia— de haber trabajado como minero, cogedor de café, cogedor de arroz, como payaso de circo, como pescador y en todos los demás oficios que relata en sus novelas.

Considerarlo como un pensador de izquierda, porque hablar del proletariado es un error, pues era un hombre que tenía una sensibilidad bastante fina y quería un mundo más equitativo para todos los seres que conoció, además de sufrir las afugias y dificultades inherentes a la escasez económica en la que creció.

Era un hombre universal en su pensamiento, y admirador y amigo personal de poetas que pertenecieron al movimiento del Greco Quimbayismo, a quienes no tuve acceso, pues lo visitaban a menudo —y yo— era tan solo quien le hacía mandados y portaba a veces su maletín cargado de libros que vendía a quienes podía mientras caminaba por la ciudad; además de llevar —algunas veces— los manuscritos de su columna en la página editorial del periódico La Patria, de la ciudad de Manizales. Las columnas las escribía en horas de la mañana, en una máquina de escribir Olivetti, siendo bastante avezado en esa lid.

Guardaba con mucho cariño fotos con varios escritores y poetas. Una de ellas, con Pablo Neruda, cuando vino a la ciudad de Manizales a dar una conferencia, en el marco de un Festival Internacional de Teatro.

En la sala de su casa había una preciosa acuarela del poeta, escritor y compositor Iván Cocherín, pseudónimo de Jesús González Barahona.

Había nacido en el corregimiento de San Juan de Marmato, en el municipio de Marmato, Caldas en el año 1909. “Era hijo de María Engracia Barahona, barequera que solo ejercía la actividad en las orillas del río Cauca, y Jesús González, de profesión minero, que explotó las vetas auríferas en la ruta al Páramo de Letras, por Maltería en Manizales.”[1]. Falleció en 1982 en la ciudad de Manizales.

Poco antes de fallecer, mientras me encontraba en la sala de su casa, supe por parte de él que el director de la revista Aleph, Carlos Enrique Ruiz, publicaría un artículo acerca de Coche y de sus obras, lo cual fue celebrado con mucho entusiasmo, pues consideraba que los homenajes deben hacerse en vida, cosa que también opinaba su esposa Mery.

Ese mismo día salió un artículo donde se hacían varias confidencias acerca de su vida personal y literaria.

Cuando digo que era un poeta no lo digo en vano, pues sus obras, más que panfletarias, honran la metáfora, de manera excelsa.

Daré unos pocos ejemplos, pues cada una de las obras que escribió son un fiel reflejo.

De Al chinchorro le han caído estrellas:

       Colgó los ojos del techo de paja, como si quisiera ahorcarlos.

       Las orillas estaban agrietadas de sequía. Tarjadas como los labios de los moribundos que agonizan de fiebre amarilla.

       Un hombre con muletas pasa clavando puntos suspensivos en el asfalto. Los automóviles desfloran el silencio de la hora.[2]

       De su obra El Túnel:

       El llanto se escurría por los párpados de los paraguas y las ventanas se habían puesto gafas blancas.

       En el filo de la montaña apareció una tajada de luna amarilla como un párpado trasnochado.

      Era el frío derretido como nieve en las almas de los presidiarios.[3]

De la novela Nadie:

     Los mineros no conocemos el día, porque en los socavones la noche es eterna y cuando salimos ya se ha ido un sol mal encarado que a veces sale como quejándose de las muelas.

      Eran dos corazones cocidos con párpados negros.

      La cabellera de mi pipa se despeinó al viento.[4]

Me contó Coche, un día, antes de salir en una buseta hacia el centro de la ciudad, que en alguna ocasión se encontraba con el poeta y dibujante Leonardo Quijano en la ciudad de Bogotá. Habían acabado de autorizarle unos dibujos para una remodelación en uno de los ministerios del gobierno, y le habían adelantado dinero para iniciarlos, y para celebrar, se pusieron a jugar billar. Agrega que el dibujante se acostó sobre la mesa y agitando brazos y pies, en fuerte tono, gritaba: “garitero: cuente tiempo.”

       Aún recuerdo su rostro sereno, su corazón sincero y su afabilidad; además de su alegría, cuando al pasar le decían: “poeta” y me repito: “Era, en verdad, un poeta”

 

Notas

[1] Ortiz Parra, Leonardo. Marmato tierra codiciada. Página 97. Libro en edición digital.

[2] Cocherín, Iván. Al chinchorro le han caído estrellas.  Novela. Biblioteca de autores caldenses. Séptima época. Volumen 45. Imprenta Departamental de Caldas. Manizales, Caldas. Colombia.

[3] Cocherín, Iván. Túnel. Editorial Arbeláez. Noviembre de 1943.

[4] Cocherín, Iván. Nadie. Novela. Editorial Krucigrama. Medellín.