Presentamos el texto El periodista-La intuición del español Azorín, seudónimo de José Augusto Trinidad Martínez Ruiz (1873-1967). Ensayo tomado de “El artista y el estilo” (1928).

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Un adolescente se halla sentado ante una mesita; tiene delante un rimero de cuartillas; con ligera, presta, rauda pluma, va trazando renglones, ennegreciendo los blancos papeles; se detiene a veces; borra una palabra; escribe, rápidamente, otra. Por la ventana se ve la fronda verde de un huerto; más allá, resaltando en el azul límpido cielo, se columbra la mole dorada, eminente, de un castillo moruno. El artículo que ese adolescente está escribiendo es para un semanario del pueblecito. Con gran fe, con ardimiento, con pasión, ha ido ese mozo trazando los renglones en las blancas cuartillas. Y luego, en la modesta imprenta, ansioso, sin perder un minuto, ha visto cómo esas cuartillas iban transformándose en letras (impresas). Y más tarde, con el periódico en la mano, húmedo, oliendo a tinta fresca, ha leído y vuelto a leer el artículo. En todo el pueblo, seguramente, lo estarán leyendo a estas horas; no cabe duda de que esta prosa es viva, amena, enérgica, rápida, pintoresca. Y pasan dos o tres días de la semana; ya el domingo ha quedado atrás; es preciso pensar en el original para el próximo número; otra vez el joven, ante la mesa, en el cuartito desde el que se atalaya el secular castillo moruno, traza febrilmente renglones en las cuartillas blancas. ¿Cómo describir la ansiedad, la pasión, la fe que anima a este mozo? No piensa, en todas las horas del día, sino en estos artículos suyos que han de ser publicados en el semanario del pueblo. ¡Simpáticos periodiquitos semanales de los pueblos españoles! En cada año, en una hora determinada del año, hay un pueblecito español, seguramente un joven, sentado ante las cuartillas, que luego, andando el tiempo, ha de ser un gran periodista. Los años pasan; del pueblo, ese joven ha saltado a la capital de la provincia; de esa ciudad ha ido luego a Madrid. Ha comenzado a vivir intensamente la vida. Ha conocido a los hombres; la experiencia humana –en todos los órdenes, en el social, en el político, en el literario– es la gran escuela del periodista. La adversidad ha puesto a prueba su amor al periodismo. ¡Qué lejos están ya el cuartito en el pueblo y el viejo castillo moruno resaltante en el límpido azul! Sin orden, a placer, según los azares de la vida, este mozo que nosotros hemos imaginado y en quien acaso hayamos puesto algo de nuestra personalidad  ha ido leyendo toda suerte de libros. Su pasión es la palabra exacta, clara, precisa, expresiva. Cuando escribe, desea que todos, en el señor ancho, vasto, del periódico, puedan comprender lo que dice. ¡Cuántos escritores, profundos, cultos, eruditos, escriben en los periódicos! ¡Y qué pocos periodistas! Un gran periodista –católico, Luis Veuillot– ha definido el periodista en pocos y esenciales rasgos: <<el talento del periodista –ha dicho este verdadero maestro del periodismo–; el talento del periodista, consiste en la prontitud, el rasgo y, ante todo, la claridad. El periodista no dispone más que de unas cuartillas y de una hora para exponer el problema, batir al adversario y dar su parecer; si escribe una palabra que no sea eficaz; si escribe una frase que el lector no comprenda inmediatamente, ese periodista no sabe su oficio. Que se apresure; que sea límpido; que sea sencillo. La pluma de un periodista goza de todos los privilegios de una conversación atrevida; debe el periodista usar de esas prerrogativas. Pero nada de énfasis; sobre todo, que no caiga en la tentación de buscar la elocuencia.>>  Así ha hablado un maestro. ¡No usar, no buscar, no ansiar la elocuencia! La elocuencia es la enemiga del capital del buen periodista. ¿Y quién le habrá enseñado al periodista esas cualidades esenciales que el maestro francés expresa en su definición? ¿Cómo aprender, en una escuela, la rapidez, la intuición repentina, el sentido de la actualidad, la serenidad dominadora en la polémica, la gracia y el ingenio que van ocultando la lección moral, en un breve artículo, y va poco a poco descubriéndola, hasta llevar dulcemente al lector hasta el final, es decir, hasta las conclusiones que deseábamos hacerle abrazar e inculcarle?

Y si esas cualidades son innatas, no se enseñan, ¿cómo podrán, tampoco, enseñarse las excelencias que debe reunir en su persona un organizador de periódicos? Un gran periódico es una máquina formidable y delicadísima; el menor choque, la más ligera impulsividad, en más leve apasionamiento, desconciertan el delicado organismo y hacen tambalear toda la máquina. ¡Cuánto tacto, serenidad, conocimiento del medio ambiente, experiencias de los hombres, se necesitan para llevar serenamente, con naturalidad, esa máquina poderosísima y sutil de un gran diario moderno! ¿Se aprenderá ese arte en alguna academia? Puede ser que la guerra sea una ciencia; pero las batallas las gana el arte. Y el arte –en la guerra y en el periodismo, tan parecido  a la guerra–; el arte es la intuición rápida del momento, de las circunstancias y de la psicología de las muchedumbres.

¿Queréis que el periodismo decaiga, languidezca, muera? Coartad, limitad, restringid la libertad de iniciativas de un director u organizador de periódico. El periodismo, en el redactor del periódico, es instinto; en el organizador o director, es iniciativa libre, espontánea, renovada todos los días. El limitar esa libertad es desanimar al periodismo entero. Y a la larga, nadie más que el propio periodista –aparentemente beneficiado– sería quien padeciese más de esa limitación infecunda.

 

 

1928