Siempre hablaba de Manuel Mejía Robledo y de su tío Alfonso, el escritor y poeta. “Los hombres más grandes que ha dado Pereira”. ¿Qué es la grandeza? Una mentira fabulada por los hombres para reducir el miedo a lo minúsculo de la existencia, insignificante como todo lo humano.

Para Rigoberto y su causa perdida: la literatura pereirana 

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María Mejía Robledo

Por: Camilo Alzate González

Todos los días por la tarde mi abuelito, un hombre minúsculo y moreno que parecía un motorcito jamás quieto, arrimaba a la casa en su carro oxidado bautizado “Satélite”. “Satélite” era un Land Cruiser del 74 con dos peculiaridades: color celeste igual a los pitufos, un extraño lenguaje por medio del cual se comunicaba con mi abuelito. Ciertos ruidos indicaban que el motor estaba cansado, el traqueteo nervioso decía que la puerta no se sentía bien, algún chirrido anunciaba la falta de aceite, el calor debajo de las piernas tenía que ver con las conexiones eléctricas, el humo blanco expresaba la transpiración del radiador, así sucesivamente. Era un conjunto de señales incomprensibles que podía derivar en la certeza de la necesidad de cambiar bujías, recargar la batería, en la seguridad de que las llantas no estaban pegando bien al piso, en el sencillo hecho que el pequeño “satélite”, por algún capricho estaba “desforzado”.

Abuelito hablaba un segundo lenguaje destinado a comunicarse en voz alta consigo mismo. Cengue, es un vocablo cuyo significado permanece oculto hasta hoy, lo gritaba cuando algún atarván (entendíamos) sobrepasaba la vía. Cartuchitos era la denominación que él mismo daba a las bolsas plásticas, que otras veces se llamaban taleguitos. Embotado era un estado particular de las serosidades digestivas, cuya causa invariable era un exceso de condimento. Barriguetas era yo. Barrigueticas mi hermano.

Había un tercer lenguaje, soplado en voz baja, en murmullos, con el que mi abuelito mordía su locura del día a la noche. Dialogaba con sujetos inexistentes, les hacía reproches, contándoles cosas, mientras caminaba por los pasillos de la casa en las madrugadas. Mi hermano y yo llegamos a una conclusión: hablaba con sus antepasados, esa extraña proyección de sí mismo, esa sombra de existencias sepultadas en la neurosis y la memoria atormentada del viejo. Fue un alcohólico incurable, también.

Dos paradas obligadas tenía el recorrido de las tardes. En la galería, en el punto exacto dónde vendían el bazuco, que llamaban la calle de las papas. El viejo nos entregaba un machete que guardaba bajo el asiento, echaba el cerrojo y se apeaba a comprar artefactos inútiles dentro de un almacén de insumos agrícolas. Los siguientes 5 minutos “Satélite” era rodeado lentamente por una neblina de sujetos sin dientes con costales, que brotaban de las alcantarillas, que besaban apasionadamente botellas con una sustancia amarilla espesa. Esos seres surgidos de otro mundo golpeaban las ventanas, sonreían con gestos macabros y decían cosas en otro lenguaje que mi abuelito nunca comprendió, pero que nosotros, con los años, hemos empezado a entender. Nunca debíamos abrirles la puerta del carro.

Otras veces parábamos en el Café Anarkos, un lugar dónde había muchos señores muy viejos sentados. Unos miraban con ojos extraños a la muchacha que les servía el café. Otros jugaban billar. Nunca podré olvidar el olor que ventila, aun hoy, ese sitio: es como una mezcla dulce de orín de anciano con tinto de greca. Un olor enervante, alucinante. Un hilo que se clava en la nariz. Aplastado en el Café Anarkos, en la misma mesa, sin cambiar de ropa, estaba Julio, el enigma más raro de nuestra infancia. ¿Quién era ese viejo con los dientes retorcidos del color de la yema del huevo y un reloj de oro en la mano izquierda y un bastón de madera en la derecha, que se peinaba hacia atrás y tenía hundidas unas pecas marrones de textura arenosa en el rostro?

Julio César Mejía era un tipo que sólo se delimitaba con referencias exteriores. Por haber sido el dueño de media Altagracia, dónde despilfarró tierras, vacas, negocios de compra de café, tirando la plata en putas y borracheras. O por ser el tipo que más sabía de ganado dentro del Café Anarkos y sus alrededores. Por ser el tío materno de mi abuelito. O por desplegar la honra que le merece esa fama de mediocre, tan pereirana, tan nuestra: ser el hermano menor de Manuel y Alfonso Mejía Robledo, dos prohombres olvidados de esta ciudad de descuidos. Hoy, la fama de todos esos juntos es una reputación de auténticos desconocidos.

O por ser el último tío que le quedó vivo a mi abuelito. El último sobreviviente de su familia de prohombres ilustres.

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Alfonso Mejía Robledo

Julio abordaba el “satélite” e invariablemente nos daba una moneda de un peso a mi hermano y a mí. Se aprestaba a escuchar los múltiples dialectos de mi abuelito. No supimos en que lengua hablaba Julio porque su voz no se recuerda. Puede ser que nunca la escucháramos. Puede que la escucháramos y estuviera empolvada en un armario extraviado. Prefiero creer que su único lenguaje era el silencio de los muertos. Recuerdo, eso sí, esas muelas amarillas y apestosas que le salían a veces en mitad de la cara, al momento que escupía los gargajos. Si hubiera que pintar a Julio era un señor grande, grueso, encorvado, que masticaba algo todo el tiempo. Se parecía un poquito a Borges, o mejor, Borges siempre me ha recordado a Julio. Mi hermano llegó a la conclusión que masticaba las palabras y el olvido, por eso nunca salían de su boca.

Mi abuelito por el contrario nunca paró de hablar. El día que murió su cadáver mudo parecía negarse a sí mismo. Le relataba a Julio sus proyectos irracionales para la finca, le hablaba de las manchas de los terneros que nunca llegó a comprar, del color de las patas de los caballos enfermos y flacos que se morían de aburrimiento en un establo destruido, le comentaba la alimentación de los marranos o la nueva receta que la Federación había dado para acabar con la broca. Renegaba por el precio del café, insultaba el viento que se llevó por los cielos el techo del beneficiadero, despotricaba de la última granizada que había quemado todo el plátano. Vociferaba, hablaba, alegaba sólo, enfurecido cuando un trancón varaba el pequeño “satélite” o cuando los huecos de la carretera nos sacudían. Julio movía la cabeza y masticaba. Sólo eso, masticar y musitar el lenguaje de los muertos.

Una vez llegábamos a la finca mi abuelo se transformaba en niño con un machete al cinto. La boñiga de las vacas le sabía a infancia. Julio demostraba enterrarse en un doloroso olvido. Se sentaba a mirar como un ciego la espalda lejana de la ciudad. El tono de sus ojos cambiaba y entonces por su cabeza empezaban a pasar imágenes de esa otra Pereira, que se estaba desmoronando cuando caían vencidas las casas de bahareque, cuando se hundían sucesivamente los techos de barro de esos viejos caserones en la séptima y la octava dónde luego crecieron edificios de 12 y 15 pisos. Esa Pereira vieja de apellidos conocidos y familias de toda la vida comenzó a refugiarse, perseguida por un estruendo que no se supo bien qué era. Las señoras se ocultaban en costureros e interminables misas, los hombres en los Cafés con perfume de orín, hasta que el tiempo empezó a matarlos con una sevicia impecable. Uno por uno. La radio ya no ponía bambucos. Los puestos del Café Anarkos iban quedando vacantes.

De Julio se contaban muchas cosas. Que negociaba con ganado sin pararse de esa mesa coja del Café Anarkos, comprando y vendiendo miles de cabezas con notas escritas a mano que el portador presentaba en las fincas cuando iba a recoger las bestias. Que sabía el peso exacto de una res con mirarle las ancas. Que había acumulado tierras extensas cafeteras con vegas muy lindas y buenas aguas, que fue propietario de líneas de mulas y hasta de una fonda. También que tenía una hija ilegítima que nunca conoció la familia. Que le prestaba plata a cualquiera y hacía negocios de palabra, sin papeles ni hipotecas, y fue arruinándose poco a poco hasta quedarse con nada y poco más, postrado masticando el silencio en una mesa de Café mientras evaporaba orín de su cuerpo.

De los hermanos de Julio, el tal Alfonso y el tal Manuel Mejía Robledo, se dicen muchas cosas, muchas más de las que realmente se saben. Que el primero inauguró la poesía en una ciudad sin inspiración y sin poetas. Que luego inauguró la novela Pereirana con una historia de franceses. Que fue embajador. Que era amigo del Presidente liberal Eduardo Santos. Que lo trajo dónde hoy queda la escuela Boyacá para una exposición. Que allá mi abuelito siendo apenas un mozo le dio la mano al Presidente y recibió un beso de Lorencita Villegas, su mujer. Que tuvo un almacén en la plaza donde importaba Cadillacs para este villorio lleno de mulas, que ni siquiera tenía ni carreteras.

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Imagen tomada de: http://simicpereira.org

El segundo dizque encabezó la construcción de la vía a Manizales y otra que va para Armenia. Dizque fundó una sociedad para mejorar la ciudad como se le hacen mejoras, por decir, a una parcela o una zanja de yuca. Se dice que viajó por Europa, que se autoformó y que murió extrañamente en la flor de la edad sin dejar hijos ni mujer conocida pero si mucha plata. Se dice que mi hermano no se llamó Federico sino Manuel por culpa suya, o al menos eso quiso creer nuestro abuelito. Se dice que fue un ciudadano ejemplar. Se cree que era masón.

Lo único que mi abuelito heredó de Manuel Mejía Robledo, su tío, al que no recordaba porque había muerto cuando contaba dos o tres años, fue una bandeja de plata con inscripciones, que vendieron por kilos en una chatarrería cuando la casa fue rematada por los bancos y hubo que despojarse de los cerros de basura y cosas inútiles que el viejo se había dedicado a recolectar pacientemente con su jubilación de odontólogo. También había un taburete de madera del que se creyó había llegado con Manuel Mejía en barcos y trenes desde Checoslovaquia. Ese taburete se lo comieron juntos el tiempo y el comején como dos buenos compadres.

A la tarde, cuando el sol de los venados ponía colorada la cordillera, nos regresábamos. Julio despertaba de su olvido y retornábamos a esta ciudad que por entonces tremolaba, convulsionaba con el cataclismo de la modernización, con las balaceras, con la construcción de bonitos edificios. Babel cafetera de Fenicios, bandoleros y estafadores. Mi hermano y yo estábamos cansados de coger culebras, mearnos encima del café seco y hostigar a los marranos pequeños. Nos encantaba el aullido mortal de los marranitos cuando los colgábamos de las patas, el ronco quejido de la marrana que nos miraba impotente. A veces les dábamos patadas. Luego los dejábamos tranquilos y nos íbamos a correr por el potrero acosando las vacas, disparándoles en la panza con un rifle de diábolos que había en la finca.

01Mi abuelito cargaba el café, lo pesaba con una romana de los años de la violencia, montaba racimos, pimpinas de leche y quesos. En la doce con carrera sexta se bajaba Julio. A veces mi abuelito le regalaba billetes, otras veces le daba una gaja de plátanos. Habitaba una casa que, de la misma manera que los Cafés dónde se desterraron los ancianos, sólo puede adivinarse a través de su aroma; allí se mezclaba el olor del bahareque, que a su vez es una combinación entre la humedad de las tejas de barro, el cagajón de las ratas que caminan por dentro de las paredes y el inconfundible mareo de la guadua podrida. Nunca podrá entenderse la sensación que produce este aire, si no se ha venido a un pueblo cafetero, si no se ha tomado chocolate dentro de sus salones. Cuando llueve el olor se hace más pesado, más infecto y opresivo. Cuando alguien fuma en el hogar, el olor acaba por adherirse a todo lo que invada el recinto. Ese caserón, que tenía más de cuarenta metros de fondo, especie de caverna fría y penumbrosa, era el lugar dónde Julio se recogía con Adela, una mujer que nunca había sido su esposa, que no le dio retoños pero tenía los propios, varios muchachos que no eran hijos de Julio.

Julio se murió a finales de 1996. Era el último representante arruinado de una tradicional casta de aristócratas pereiranos poderosos y ricos, de los que ya no queda nada. Ni el recuerdo de su gloria. Ni el pasado de sus obras. Ni el presente de sus nombres en parques o monumentos. La antigua casona de la familia Mejía Robledo, con cuatro entradas y hasta un portal para guardar las vacas, ocupaba casi toda una manzana en la calle 22, dónde hoy se alza un edificio de consultorios médicos.

Para mi abuelito, Julio César fue la materia viva, la resurrección muda, la persistencia arruinada de esa gloria que nunca tuvo como suya, pero que lo enorgulleció con una jactancia mediocre y sin méritos: ser el sobrino de Manuel y Alfonso Mejía Robledo, a quienes apenas si había conocido en su niñez, de los que conservaba una bandeja, una silla coja y el poema Mater Dolorosa, escrito por su tío Alfonso a la matriarca Januaria Robledo, viejita con cara de cráter de la que hubo un cuadro en un pasillo.  Esos versos, que nunca he leído ni quiero leer, le recordaban a mi abuelito la memoria de su propia madre: María Mejía Robledo, hermana menor de Julio, Alfonso y Manuel, mujer de rostro hermoso que el cáncer con el marido borracho despedazaron mano a mano, cuando rozaba por los cuarenta. Mi abuelito, un muchacho moreno y minúsculo como un motorcito, jamás pudo recuperarse del golpe. Le concedió su existencia al aguardiente.

02Lo recuerdo hablando en murmullos con sus antepasados, recorriendo los pasillos de otra casa que se tragó el alcohol, en interminables madrugadas. Musitaba una tormenta que tenía por dentro, una angustia que inundaba con aguardiente hasta derribarse doblado. Al tanto que este país de mierda se derrumbaba afuera, mi abuelito estuvo infectado de dolor toda su vida, derrumbándose por dentro. A diferencia de Julio César que fue derrotado por la vida, él era un derrotado por la muerte ajena.

A veces, cuando nos lo encontrábamos en el centro durante los últimos años, mi hermano y yo nos íbamos a beber con él. Andaba rodeado de vagos, hampones o mendigos que le escuchaban sus historias para pedirle monedas. Iba a todas las misas de la catedral. Nos decía que pidiéramos por él. Sacaba fotos de su mamá en un carriel lleno de papeles, facturas y billetes de lotería. Guardaba las cartas de sus novias de adolescencia y escribía un “libro” que llamaba Divagaciones. Hablaba de Julio. Siempre hablaba de Manuel Mejía Robledo y de su tío Alfonso, el escritor y poeta. “Los hombres más grandes que ha dado Pereira”. ¿Qué es la grandeza? Una mentira fabulada por los hombres para reducir el miedo a lo minúsculo de la existencia, insignificante como todo lo humano. Una creación fantasmal para soportar el peso del desastre. Un estado que se alcanza con la quinta botella de aguardiente encima. Mi abuelito, que con los años se fue encogiendo todavía más por la edad y el consumo desproporcionado de alcohol, murió sobrio tirado en el piso de una casa que ya no era la suya. Había perdido la finca por deudas, la esposa por borracho y hasta el “satélite” varado en chatarra.

Está en un cementerio que tiene mi nombre, al lado de Julio César Mejía Robledo, unas bóvedas más acá de Manuel Mejía Robledo y más abajo de su madre María, el verdadero amor de su vida.

El día de su entierro no paró de caer agua en el San Camilo, como si las nubes de la ciudad que lo embriagó talando su felicidad se pusieran de acuerdo para llorar por él. Hay noches que voy al Pavo, a emborracharme de lágrimas en su memoria. Cuando los meseros preguntan, digo: “pónganme la canción de mi abuelito”. Ellos, que lo conocieron, dejan sonar la voz de Pedro Vargas que se vuela como un mal pájaro: Acuérdate de Acapulco María bonita, María del alma…