LA CRÍTICA LITERARIA Y SUS DESVENTURAS

Hacia finales del medioevo aparecen unos críticos raros llamados exégetas que se dedicaban a interpretar libros religiosos y de derecho, que en el fondo vienen siendo lo mismo…

 

Escribe / Rafael Patrocinio Alarcón Velandia – Ilustra / Stella Maris

No es de dudar, aunque tampoco se puede dar certeza, esa que muchos añoran y validan, que hace unos 50.000 años en una oscura caverna un homínido superior que había aprendido a cazar y pescar, por lo cual su organismo, especialmente su cerebro, ya era depósito de transformaciones genéticas que le hicieron evolucionar hacia la capacidad del habla y del pensamiento. En ese recinto de resguardo este homínido expresó algo e inmediatamente los miembros del clan lo miraron extrañados escrutándolo, queriendo saber qué era lo que decía y por qué lo decía. Además, intentaban comprender al hablador en el contexto que habitaban. Nacía la crítica en este indefinible momento.

Mucho tiempo después, unos 40.000 años, cuando la oralidad se había desarrollado y los conocimientos se transmitían de generación en generación, con memorias prodigiosas y a la vez con exuberante fantasía donde se confundía en las fabulaciones lo real con lo imaginario o lo imaginario con lo real, qué más da, algún ocioso, uno más de cualquier época y cualquier lugar, le dio por crear unos signos confusos que significaran los sonidos de su oralidad, creando el alfabeto y de allí las palabras y las oraciones.

En esa escritura primigenia vinieron aterrizar –como cualquier oportunista– los críticos, otros seres extraños más ociosos que gastaban el tiempo escribiendo, con la idea narcisista de innumerables lectores, como cualquier escritor del siglo XXI. Esos críticos iniciales, parásitos como muchos de los actuales, que acechaban al texto y al escritor como jaguar a su presa.

Con la escritura, el modelo de la crítica se fue perfeccionando o ¿distorsionando? Creo que más lo último. Mil años antes de Cristo en Asia ya se ejercía un modelo de crítica sobre los textos, algunos de los cuales fueron censurados por ser políticamente incorrectos –expresión que tomo prestada del léxico moderno de los censurados por su opinión– o de atentar contra la moral, ¿moral de quién? O por decir cualquier cosa que no gustara al poder o a los de sin poder, no importa, lo importante era acabar con el escribidor, pues esa incipiente estética se validaba más que el texto en sí.

Este ejercicio lo perfeccionaron los griegos antiguos (unos 700 años a. C), vale decir, porque los actuales poco de poco si los comparamos y casi estoy seguro que desconocen a sus más ilustres antepasados que en un proceso de evolución crearon la tragedia y la escribieron. Pues, los críticos del momento no se hicieron esperar y organizaron un clan, entre otras cosas origen de los feudos literarios actuales, para colocar en el patíbulo a los escritores o a los personajes de sus obras. Sin mediar ningún diálogo criticaban a diestra y siniestra, igual que ahora, más llevados por sus pasiones que por los planteamientos, como lo anotaba el ensayista y crítico literario mexicano Jorge Cuesta al decir: “El sentimiento no es enemigo de la razón; pero quien se opone a la razón lo hace con el sentimiento”. No importa, siempre ha sido y seguirá siendo así.

 

Avanza y se recicla la crítica

Los romanos que le copiaban todo a los griegos, envidiosos como cualquier escritor actual, desde el siglo II a. C se les ocurrió algo muy maligno que ni el diablo en cualquiera de sus formas ha querido avalar: crearon los géneros literarios y, a la vez, la crítica literaria. Salgamos de la bobada e ignorancia que eso fue inventado en la era moderna por ingleses, franceses, alemanes o italianos, no así los españoles que nunca dan para tanto a pesar de ser los campeones de la presunción, la cual ha sido transmitida a los clanes literarios actuales. Hablaba de los romanos que se dedicaron a atacarse entre ellos, por lo que se descalificaban a través de sus escritos, colocando en la palestra al escritor bisoño o experimentado que atentaba contra sus conocimientos y las estructuras del buen escribir, según ellos. ¿Qué es esto de buen escribir?

Hacia finales del medioevo aparecen unos críticos raros llamados exégetas que se dedicaban a interpretar libros religiosos y de derecho, que en el fondo vienen siendo lo mismo, pues, tanto unos como otros, se dedican a las normas para el buen comportamiento individual y colectivo, así no sepamos qué es buen comportamiento, ni mucho menos qué es individual o colectivo. Si dudan de lo que estoy diciendo, los invito a dedicar un tiempo al estudio del léxico de psicólogos, sociólogos y antropólogos ¡Se me olvidaba! También de unos que se llaman filólogos, los más peligrosos de todos.

Esos exégetas y los actuales están convencidos, avalados por la academia oficial, que dieron inicio a la hermenéutica. Ese convencimiento, no es más que informarnos que nunca han leído algo de los Diálogos de Platón, ni Los pensamientos para uno mismo de Marco Aurelio, las enseñanzas del cínico Diógenes Laercio y sus seguidores, o a Cicerón en De senectute, entre otros múltiples, por lo cual les recomiendo no escribir tantas obras: primero, porque es una tarea de alto riesgo de no contar con los lectores que imaginan y la frustración puede que no sea superada; segundo, porque es posible que no estén preparados para ser lapidados por una crítica que no los estima y que no han leído ni leerán su obra; por último, en la actual situación del país la literatura es considerada como un arma de rebelión y de gran peligro para la estabilidad del Estado, no social, usted será el enemigo. Mejor dedíquese a leer y deje las pretensiones.

El problema de la evolución de la hermenéutica o de los hermenéuticos, auto catalogados como críticos literarios, fue la dispersión de miradas, suposiciones y posturas, conformando diásporas en diferentes asentamientos con sello de intelectuales, las cuales fueron aprovechadas por personajes de claustros universitarios, grupos literarios, tertulias y demás clanes similares para crear algo tan tenebroso como la supuesta crítica literaria. Esta hace ver a Hades como invitado al paraíso de Dante, el florentino medieval, valga la explicación porque en la actual liga italiana de fútbol hay varios jugadores que se apellidan Dante, con los cuales se pueden confundir aquellos lectores de revistas deportivas o ligeras de modas, o, peor aún, por escritores pichones que desprecian la lectura.

Vuelvo, excúseme desocupado lector que a veces me voy por las ramas o me distraigo. Les decía que durante todo el siglo XX se formaron escuelas muy diversas de crítica literaria y unos personajes extraños vestidos de académicos que las practicaban y no perdían cualquier reunión, tertulia, simposio o congreso para desgarrarse las vestiduras, trompada va y trompada viene, eso sí, siempre con los cerebros edematizados por el whisky, ginebra, coñac, vodka o vino; el ron apareció después; ni la cerveza ni la chicha daba categoría para empuñetarse en los debates, no se llegaba a tanto con nuestras bebidas plebeyas.

 

Disciplinar la crítica

Esas escuelas de teorías literarias, mejor sus teóricos, han ejercido el papel de reductores de cabezas, pues cualquiera que se aparte o desconozca sus dogmas o preceptos es catalogado de ignorante o simplemente un imbécil, y lo confinan al ostracismo. A Roberto Arlt le cayeron sus críticos de la época porque “no sabía escribir”, y posteriormente hicieron los mismo con Juan Carlos Onetti, para no hablar de Cervantes Saavedra, García Márquez y Paul Auster, cuyos pellejos fueron recuperados después de una laboriosa y paciente labor de estética y cirugía plástica.

Hablaba de los teóricos de la crítica literaria que se expandieron durante el siglo XX y lo que va del XXI. Lo preocupante ha sido la implementación en la crítica literaria de los modelos aplicados al estudio de las ciencias naturales, especialmente de las llamadas “duras” como la física, la química, las matemáticas y las estadísticas, todas ellas cimiento del positivismo científico. Ahí sí,  cierre y vámonos. Dichas ciencias naturales siempre han buscado certezas, como las religiones, aunque últimamente sus golpes científicos han sido tan grandes y desconcertantes que han reducido su discurso a probabilidades, en eso Martín Heidegeer se les adelantó cuando dijo que “el hombre es un ser de posibilidades” y también le cayeron encima sin dialogar con él. La literatura, por el contrario, nunca a pretendido dar certezas, está destinada a crear incertidumbres a través del cuestionamiento de nuestras formas de pensar, sentir y actuar. Nos invita a tener otras visiones como individuos y como sociedad, a ser menos rígidos y más pluriculturales. Muchos críticos literarios no han entendido esto, sino pregúntele a Saramago o a Ernesto Sábato que los sufrieron y que, aunque estén muertos, se les puede preguntar leyendo sus obras como Ensayos sobre la ceguera y Antes del fin.

Pensar que la crítica literaria debe ser un ejercicio académico regido por normas de las ciencias naturales y escrita bajo el rigor de ellas, sin lo cual no adquieren el estatus de artículo o capítulo “académico” legalmente válido, es desconocer precisamente la esencia de la literatura, que es el diálogo. Un diálogo entre un individuo que le dedica horas de su vida a plasmar en una hoja en blanco una serie de combinaciones de letras del alfabeto para expresar una forma de sentir la vida y el mundo, y así hablar con lectores desconocidos sobre, también, sus sentimientos y pensamientos. Ese diálogo es la esencia de una crítica literaria, es mutua y de doble sentido, no enclavado en una postura teórica, en un ataque personal, en la estética del texto o en su gramática como trataron de acabar con Héctor Rojas Herazo cuando publicó En noviembre llega el arzobispo o a García Márquez con El otoño del patriarca, criticándolos de “errores ortográficos y mala escritura” (para confirmar esto se puede consultar las críticas en los suplementos literarios de diarios del país de dichas épocas).  

Ahora bien, si consideramos que la esencia de la crítica literaria es el diálogo, el cual lo podemos ejercer a través de conversar con otro escrito, como lo dijo Hans Georg Gadamer y lo afirmó también Walter Benjamín al comentar lo que debe ser un ensayo y la crítica. Entonces, ¿qué le quita o le pone que dicho escrito no esté regido por delineamientos académicos positivistas, o por las famosas normas APA? Mediante ellas, algunos “académicos” exigen, además, referencias del sitio y la hora de lectura del texto a referenciar en la bibliografía. Y esto no es un chiste ni una exageración de quien aquí escribe, al cual varias veces en la academia le han sido exigido esto último. Recurrí a la poca imaginación que me quedaba e inventé una cafetería bohemia de pseudointelectuales con sus correspondientes días y horas de frecuencia y así validar mi referencia bibliográfica.

Todo lo expuesto hasta ahora me explica, en parte, la ausencia de una crítica literaria en nuestro medio y fuera de él, que permita el diálogo con el otro, ese diálogo abierto alejado de posturas y teorías, que permita conversar con el texto que nos dice algo sobre algo, que nos lleve a preguntarnos por otros mundos en los cuales no hemos pernoctado y sumergirnos en épocas pasadas o futuras que nunca alcanzaremos a vivir. No es la destrucción del autor o de su obra, es el diálogo con la fantasía y la realidad, esa es para mí la verdadera crítica. Así que vengan las críticas.

*Médico Psiquiatra, Máster en Psicogeriatría. Magister en Literatura, Candidato a Doctor de Literatura. Codirector del Grupo Literatura y Psique.

Correo electrónico: alarcon@utp.edu.co