Además de la ciudad los unía la rebeldía: vivieron los sesenta, la década rebelde por antonomasia; eran hijos del rock, de la revolución cubana y de Mayo del 68, que directa o indirectamente cambiaron sus vidas.

 

Por: Jaime Flórez Meza

Eran tres jóvenes de familias acomodadas que decidieron conocer su ciudad a fondo y vivirla hasta el límite. En la década maravillosa (los años sesenta) Andrés Caicedo, un adolescente tímido, tartamudo y delgado, disfrutaba el rock and roll en la voz demoníaca de Mick Jagger y las guitarras agresivas de Brian Jones y Keith Richards. Jones moriría en 1969 a los 27, alimentando una suerte de eslogan generacional que podría ser “vive rápido, muere joven”.

El muchacho también se deleitaba con otra música de raíces africanas que por aquellos años aún no se conocía con el nombre de salsa, pero que se oía y bailaba persistentemente en esa ciudad cálida y mágica en la que había nacido en 1951. Debido a su profunda timidez y a una particular sensibilidad hacia el arte, el muchacho se refugiaba en la lectura y la escritura. A los 14 años escribió su primer cuento.

“Él me leyó ese primer cuento y me quedé sin palabras”,[1] recuerda Rosario, una de sus tres hermanas (era el único hijo varón). “Y ese amor por los libros me hizo entender desde muy temprana edad que yo estaba ante la presencia de un artista, de un Escritor con mayúscula, y desde ese momento me concentré en motivarlo a que continuara escribiendo”,[2] añade. Además de la literatura, los amores del joven eran el teatro y el cine: fue dramaturgo, guionista y un admirable crítico cinematográfico.

A aquello de vivir rápido y morir joven habría que agregar “dejar obra”, toda vez que en su período de actividad (1965 – 1977), dejó una vasta obra cuya divulgación e interés han aumentado con el correr del tiempo, gracias a su familia que guardó celosamente sus numerosos e inéditos manuscritos, y a Sandro Romero Rey y Luis Ospina, el tercer personaje de esta historia, que han sido sus principales editores.

Carlos Mayolo, el segundo personaje, había nacido en Cali en 1945. Como rareza de su vida, estudió derecho durante algún tiempo en la Universidad Santiago de Cali,[3] antes de dedicarse por entero al mundo audiovisual, primero al cine durante veinte años como realizador, guionista, productor y actor, y luego a la televisión, en la que sobresalió como director. En ambos medios fue un innovador y un anarquista, un ganador y un perdedor.

En sus últimos años, ante la imposibilidad de poder concretar sus proyectos audiovisuales (a pesar de su enorme talento los canales televisivos ya no le daban trabajo), se dedicó a escribir, a hacer un poco lo que su amigo Andrés Caicedo había hecho desde la adolescencia. Ambos se autodestruyeron: Caicedo en el acto, con 25 años; Mayolo, como diría el otro protagonista de la historia (Luis Ospina), de a poco, a lo largo de cuarenta años de excesos, hasta que el 3 de febrero de 2007, a los 61, su corazón se detuvo para siempre.

Andrés Caicedo y Carlos Mayolo. Fotografía / El reloj cultural

Pues bien, Luis Ospina es el sobreviviente de este singular grupo que fue y sigue siendo conocido como el Grupo de Cali, aunque de él también hicieron parte Ramiro Arbeláez, Eduardo Carvajal y Sandro Romero, entre otros.

Sin embargo, los miembros más notables fueron aquellos tres jóvenes que innovaron la forma de hacer cine, literatura y crítica cinematográfica en un país que parecía llegar tarde a todo o al que todo le llegaba tarde: el propio Ospina diría una vez que la revuelta de Mayo del 68 recién llegó a Colombia en 1971.

Ospina nació en Cali en 1949. De los tres fue el único que estudió cine y, cómo no, fue el cine lo que los juntó. Ospina estudió en la Universidad de California en Los Ángeles, mejor conocida como la UCLA. Conocía a Mayolo desde que era niño, desde el día de la explosión de siete camiones militares cargados de dinamita en 1956. Ahí, en medio de la peor tragedia que había vivido la ciudad y que también afectó su vivienda familiar, inició una amistad con aquél. Hubieran querido tener una cámara para filmar ese acontecimiento que le cambió la fisonomía a esta capital de provincia.

Quince años después sí disponían de una cámara para filmar otro acontecimiento que la había transformado radicalmente: los VI Juegos Panamericanos. Los avatares de la ciudad, tanto trágicos como alegres y festivos, oscuros y resplandecientes, definieron su rumbo como cineastas pues durante veinte años Cali fue, de una u otra manera, el tema de su filmografía.

Además de la ciudad los unía la rebeldía: vivieron los sesenta, la década rebelde por antonomasia; eran hijos del rock, de la revolución cubana y de Mayo del 68, que directa o indirectamente cambiaron sus vidas. Querían ser actores de su época y no solo espectadores. Y para ello hay que empezar por la ciudad natal.

Caicedo intentó ser actor de teatro con el TEC (Teatro Experimental de Cali), de la mano del maestro Enrique Buenaventura, pero no tardó en dejarlo para dedicarse a sus anchas a la literatura, de hecho había escrito guiones para teatro antes de volcarse a la narrativa y a los artículos sobre cine. En 1972, tras el fracaso del montaje de su obra El mar (que no fue el primero ni el único), decidió abandonar el teatro. En 1971 fundó el Cine Club de Cali en el barrio San Fernando, y fue ahí donde su camino se cruzó con el de Mayolo y Ospina, que se unieron al proyecto.

Escribió algunos guiones para cine, uno de ellos Angelita y Miguel Ángel, que codirigió con Mayolo en 1972 y nunca concluyó. En 1974 fundó la revista Ojo al Cine, de la cual se publicaron cinco números. El cine club y la revista, que dirigió hasta su muerte, fueron los proyectos que tuvo en común con Ospina y Mayolo.

En 1973 realizó su primer viaje a EE UU, más exactamente a Houston, donde vivía su hermana Rosario. Tenía el propósito de vender sus guiones en Hollywood y allá se dirigió para ofrecerle un guion de un western al director y productor Roger Corman. Sus guiones fueron rechazados.

Noche sin fortuna, título de su novela inconclusa, fue tomado como tal para hacer un notable documental que rastrea su vida y obra y dialoga con sus amigos. En él Francisco Forbes y Álvaro Cifuentes, sus realizadores, recrean, en una lúdica animación, el guion que Andrés pretendía ver en el celuloide bajo la producción de Corman.

Caicedo en medio de Ramiro Arbeláez (izq.) y Luis Ospina (der.) en la cabina de proyección del Teatro San Fernando. Fotografía / Eduardo Carvajal

En 1971 Mayolo y Ospina filmaron su primera obra juntos, el documental Oiga vea. El tema era, como ya se mencionó, los Juegos Panamericanos, pero como llegaron tarde a su inicio no les quedó otra que “derivar en estado de alerta”, como dice el maestro Manfred Max-Neef,[4] y así se dedicaron a otra cosa que los medios y el documental oficial no podían mostrar: la otra cara de los Juegos, esto es, la mirada de la gente que no tenía dinero para las entradas a los recintos deportivos y se quedaba por fuera de ellos, o de los que a duras penas sí sabían que la ciudad era sede de los más importantes juegos deportivos de América, por estar abocados a la dura sobrevivencia diaria.

En definitiva, de los que fueron marginados del acontecimiento que le estaba cambiando la cara a una ciudad que, supuestamente de ese modo, se estaba modernizando, a costa del arrasamiento de gran parte de su patrimonio arquitectónico. El paso del tiempo ha demostrado que los artistas caleños, muchos de los cuales se congregaron en un sitio denominado Ciudad Solar, entre ellos los del Grupo de Cali, hicieron mucho más por esa inserción en la modernidad que aquella justa deportiva.

Se puede afirmar que el mejor testimonio audiovisual de lo que representó para Cali y Colombia el histórico certamen, fue el trabajo que la dupla realizó con una pasión, una recursividad y una crítica social que fueron una profunda bocanada de aire fresco para el género documental dentro del esporádico cine que se hacía en Colombia.

Y es que los Panamericanos se realizaron en medio de la tremenda agitación social que vivía el país -el Mayo de 68 postergado- con las violentas huelgas estudiantiles y los paros obreros que lo sacudieron al año siguiente de la fraudulenta victoria de Pastrana Borrero en las elecciones presidenciales de 1970.

Con ese contexto sociopolítico de fondo, Ospina y Mayolo le dieron voz y presencia al ciudadano de a pie, a las personas de las clases populares y así plasmaron lo que nadie había hecho en un documental colombiano: cómo sentían y percibían los habitantes de la periferia urbana y social un evento elitista. Ese fue el criterio para realizar su siguiente colaboración documental, Cali: de película (1973), sobre la decembrina Feria de Cali, una de las fiestas más famosas de Colombia.

Caicedo, entretanto, seguía escribiendo compulsivamente. Además de sus cuentos y sus críticas de cine para los diarios caleños, escribía una novela que había iniciado en Los Ángeles, California, y que concluiría en la población de Silvia, en el vecino departamento del Cauca, la mítica ¡Qué viva la música!

El cine le había dejado ciertas frustraciones: el inconcluso argumental con Mayolo, sus guiones rechazados en Hollywood que ni siquiera había podido encontrar quién se los pudiera corregir y adaptar al formato requerido. Solo el Cine Club y la revista semestral Ojo al cine y, en suma, su desaforada cinefilia, lo mantenían conectado al séptimo arte.

No. 2 de la revista Ojo al cine. Archivo / Luis Ospina

En 1975 consiguió publicar, con financiación de su madre, el relato El atravesado, al que le añadió el cuento breve Maternidad, que, según se hermana Rosario, Andrés consideraba su obra maestra.[5] ¡Qué viva la música! seguiría sin editor durante un largo tiempo, hasta que a inicios de marzo de 1977, después de enviarla a muchas editoriales (que la rechazaban), dos intentos de suicidio, una novela inacabada y una abundante obra literaria aún inédita, vería la luz por conducto del Instituto Colombiano de Cultura, con prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda.

Pero ni el verla al fin publicada, ni el número seis de Ojo al cine en preparación, ni la programación de su cine club, ni Ospina, ni Mayolo, ni sus demás amigos, ni su familia, ni nadie más le hicieron desistir de morir por mano propia el 4 de marzo de 1977, fiel a sí mismo hasta la muerte. Y con ella “se llevó el poema y a nosotros solo nos dejó el borrador”,[6] dijo alguna vez Mayolo.

Andrés Caicedo. Fotografía / Fernell Franco

El escenario de sus cuentos y de su más celebrada obra, ¡Qué viva la música!, es, por supuesto, Cali. Una ciudad en la que respira libertad pero a la vez opresión, como en Calicalabozo, que acaso expresa mejor que cualquier otro de sus relatos ese estado. Era, quizás, una relación de amor y repulsión.

La imagen que tanto Caicedo como Ospina y Mayolo construyeron de Cali estaba muy lejos de la imagen turística, institucional y publicitaria que los medios mostraban. No podía ser de otra manera tratándose de unos iconoclastas. Es, como se ha dicho, una mirada crítica, marginal y desconcertante, si se quiere, pero que está atravesada por el humor. Un ácido y negro sentido del humor.

Y es una imagen cínica que traslada la lucha entre Eros y Tánatos a una candente capital de provincia, la tercera más grande de Colombia. Fue una pelea que Caicedo y Mayolo perdieron en la realidad y ganaron en la ficción de sus palabras, imágenes y sonidos.

El primero, que era un  lector consumado, voraz y sistemático y un adorador de la música salsera, había puesto como epígrafes de ¡Qué viva la música! un verso de la canción Cabo E, interpretada por Ricardo Ray y Bobby Cruz: “Qué rico y qué bajo Changó”,[7] que expresa una ambivalencia de gozo y decadencia; y una frase de Malcolm Lowry, el alcoholizado escritor británico que murió de una sobredosis etílica y de antidepresivos a los 47 años, autor de Bajo el volcán y que dejó, como Caicedo, la mayor parte de su obra inédita: “Con una mano me sostengo y con la otra escribo”.[8] Caicedo vivió así hasta que un día ya no pudo sostenerse más.

A pesar de la autodestrucción que rodeó y acabó con sus vidas, el vitalismo de Eros parecía imponerse:

Con el tiempo y con la izquierda uno se da cuenta de que esa misma ciudad placentera tenía otras clases sociales y que esas otras clases sociales reaccionaban a la ciudad placentera distinto, como es la salsa, el baño en el río y otra cantidad de costumbres que hay en el Valle del Cauca. Todo eso me fue dando una ciudad que fui asimilando poco a poco. Entonces todas las películas tratan de cómo llegar al amor a Cali.[9]

Un punto en común que tenían los tres era su obsesión, si cabe decirlo así, por la marginalidad, reducida no solo a la miseria sino a todo lo que puede estar al margen de la sociedad y la cultura, como ellos mismos lo estaban.

Pero tras la desaparición de Andrés, y acaso para exorcizarla, Ospina y Mayolo acometieron la realización de su más ambicioso y polémico filme hasta la fecha: Agarrando pueblo (1978), un importante referente del cine colombiano.

A partir de aquella expresión que tomaron de uno de sus personajes reales de Oiga vea (“¡Con que agarrando pueblo…!”, que en Colombia significa engatusar al otro), Ospina y Mayolo hicieron algo absolutamente inusual hasta entonces en el cine de este país: construyeron un falso documental, cine dentro del cine, para develar cómo muchos documentalistas manipulaban la miseria con el fin de participar en festivales cinematográficos internacionales y alcanzar notoriedad.

La trama es ésta: un director, interpretado por Mayolo, recorre con su camarógrafo zonas deprimidas de la ciudad de Cali filmando a toda suerte de habitantes de la calle, para luego hacer un montaje con escenas de una joven familia empobrecida, cuyos falsos miembros han sido escogidos, contratados y preparados para la ocasión: están planeando el engaño que les permitirá exhibir su trabajo en Europa; pero, en el momento de la filmación de la secuencia final, un extraño irrumpe y lo echa todo a perder: era Luis Alfonso Londoño, el de la susodicha frase lapidaria, a quien habían conocido durante el rodaje de Oiga vea.

Este cortometraje de 27 minutos establece una complicidad con el espectador, que entra en el juego que le proponen los realizadores, tanto los del guion como los de la producción, y en ambos casos está Mayolo, haciendo de director y dirigiendo en la realidad junto a Ospina. El camarógrafo en la ficción, Eduardo Carvajal, era en realidad camarógrafo, además de ser un destacado fotógrafo.

En cuanto a los demás actores, incluido Londoño, eran actores no profesionales. Agarrando pueblo jugaba así con la delgada línea entre ficción y realidad. Esta vez los dos cineastas trabajaron con un guion cuidadosamente elaborado, como habían hecho con su primer argumental, Asunción (1975), rodado en Bogotá. Caicedo no los acompañó en estas aventuras audiovisuales.

Luis Alfonso Londoño en Agarrando pueblo Fotografía / Eduardo Carvajal

Con Agarrando pueblo Ospina y Mayolo acuñaron la expresión “pornomiseria”, que ponía en cuestión ese cine documental latinoamericano que explotaba la miseria de la gente para difundirla en el denominado Primer Mundo  a través de los circuitos cinematográficos intelectuales, como una forma de expiación de culpas en esos países que, a cambio, promovían, exhibían y premiaban esas producciones.

Era, también, una forma de exportar miseria social y cultural. Y contra esa explotación de personas con esa finalidad se fueron lanza en ristre en el manifiesto que escribieron y luego presentaron en París, en el estreno mundial de su filme. Como Agarrando pueblo era un título difícil de traducir en otros idiomas, optaron por rebautizarla como Los vampiros de la miseria. Que era como ellos veían a los realizadores de un cine al que también llamaban “miserabilista”. Pero las críticas hacia la película por lo que se consideraba un contrasentido arreciaron, y también las alabanzas.

La idea del vampiro cultural, del cineasta como un vampiro que succiona a sus indefensos actores para luego vender su obra como un producto cultural, va a desarrollarse ya a un nivel dramatúrgico en las dos siguientes producciones: Pura sangre (1982), de Ospina, y Carne de tu carne (1983), de Mayolo. El vampirismo literario de Caicedo, ávido lector de Poe y Lovecraft, estuvo presente.

Pura sangre, dedicada a su memoria, fue el primer largometraje de Ospina, que desde su adolescencia conocía lo que llegó a ser una leyenda urbana en Cali, la de un individuo que la crónica roja bautizó como “Monstruo de los mangones”, un supuesto violador y asesino en serie de niños a inicios de los sesenta, que además, según la prensa amarillista, succionaba su sangre.

Otra versión sostenía que los crímenes eran ejecutados para mantener con vida a un multimillonario de la ciudad que sufría una extraña enfermedad y precisaba transfusiones de sangre diariamente para sobrevivir. Ospina se decantó por esta versión, escribió el guion con Alberto Quiroga y encargó a Mayolo uno de los personajes: Perfecto, uno de los choferes del magnate azucarero que necesitaba recibir sangre de niños y jóvenes de piel clara como la suya. El inescrupuloso hijo del millonario encarga a Perfecto y a Ever, el otro chofer, la siniestra tarea de conseguir la sangre por la vía de los asesinatos sistemáticos.

Una ciudad oscura y esquizoide es el marco de este relato de violencia y brutal humor negro; una parábola cruel y visionaria de la descomposición política, moral y social que atormentaría a Colombia por las próximas décadas y hasta la actualidad.

En su momento, lo cierto es que Pura sangre fue elogiada como el mayor logro técnico en la historia del cine en el país, amén de las críticas que resaltaban su contenido. Para Ospina lo fundamental era combinar el episodio del “monstruo de los mangones” con el mito universal de Drácula, o sea el gran señor que vive en un castillo y vive de la sangre. No hay castillos en Cali, sino que el señor actúa desde el pent-house de un edificio, y no tiene colmillos sino que lo hace con jeringas… Se trata de transformar un mito universal y volverlo moderno y, además, de hacer una parábola sobre el poder. Todas las historias de vampirismo son parábolas sobre el poder.[10]

Florina Lemaitre y Roberto Forero en Pura sangre. Fotografía / Archivo Luis Ospina

En la navidad de 1983 Mayolo estrena su primer largometraje, Carne de tu carne, en la cual Ospina se desempeña como montajista. Será otra característica de los cineastas que si la obra era dirigida por Mayolo, Ospina se encargaría del montaje. El guion es de Mayolo, Jorge Nieto y Elsa Vásquez.

A diferencia de Pura sangre, el relato de Carne de tu carne transcurre en un período anterior, a mediados de los años cincuenta, cuando el país era gobernado por el general Rojas Pinilla, que desarrollaba un plan de modernización nacional después de haber detenido la guerra civil que se había desatado entre liberales y conservadores desde finales de la década anterior, conflicto que se conoce como La Violencia.

Pese a ello el general era un dictador y en el momento del relato su régimen estaba a menos de un año de caer. La película recrea la mencionada tragedia del estallido de los camiones cargados con dinamita en agosto de 1956, hecho mejor conocido como la Explosión de Cali.

Bajo ese escabroso contexto político y social Mayolo presenta una relación incestuosa entre dos adolescentes medio hermanos –Margareth y Andrés Alfonso– de una familia de la alta sociedad caleña.

Nuevamente en clave metafórica se alude a uno de los períodos más violentos de la historia del país a través de la metamorfosis fantasmal que experimenta la muchacha a semejanza del espanto popular colombiano de la Madremonte, que cuidaba los bosques y campos.

A nosotros nos tocó la violencia, a mí me tocó las salidas de las jaulas de pájaros de la violencia[11] por la ciudad. No se podía sino rezar el rosario a las seis de la tarde, las ventanas las tocaban, a la gente la mataban. Siempre viví como en esa ciudad llena de avatares…,[12] decía Mayolo.

La Explosión de Cali y el represivo contexto dictatorial son como el colofón provisional de una de las múltiples catástrofes sociales sufridas por el país. Como también se había abordado en Pura sangre, la decadencia de una élite vallecaucana vinculada a la producción de azúcar es representada con el cinismo característico del grupo caleño.

Carne de tu carne fue el primer intento de hacer en el cine colombiano lo que el escritor Álvaro Mutis llamaba gótico tropical: una transposición de personajes, motivos, símbolos y mitos de un romanticismo fantasmagórico, gélido y de ambientes góticos europeos al ambiente cálido y al bosque andino de regiones colombianas como el Valle del Cauca, lo cual a primera vista resultaría una paradoja.

No obstante, la película de Mayolo mostró que esa abstracción no solo era posible sino una forma creativa y novedosa de recrear en el cine nacional hechos y aspectos cruciales en la historia de una ciudad y un país empleando signos no realistas, combinando mitos de carácter romántico y universal como el vampiro con otros locales y bucólicos como la Madremonte; justamente en esa interacción tenía sentido ese gótico tropical.

Como había hecho el realismo mágico en la literatura hispanoamericana, un gótico tropical cinematográfico podía contar esas dolorosas y conflictivas historias de una manera alucinante, parabólica y, por supuesto, crítica.

Carlos Mayolo preparando una escena en el rodaje de Carne de tu carne. Fotografía / El País Cali

Después de esta fantasía gótica y delirante el director optó por hacer una obra sencilla, sentimental y corta, pero con un trasfondo social turbio y político: el mediometraje Aquel 19, de 1985.

Esta vez Mayolo se remonta al año 1965 y ubica su relato en el barrio Obrero de Cali. Una nostálgica banda sonora, presidida por el bolero Aquel 19 en la voz del dominicano Alberto Beltrán y el acompañamiento de la Sonora Matancera, adoptado como himno por los seguidores del equipo futbolístico América de Cali (que el 19 de diciembre de 1979 consiguió su primer campeonato profesional), secunda el enamoramiento de dos jóvenes separados por diferencias partidistas: el padre de la novia es conservador, en contraste con la familia del novio.

Y como si se tratara de un Romeo y una Julieta de un barrio popular caleño, deciden perpetuar su amor más allá de esas fatales discrepancias que aun subsistían y pesaban socialmente en los tiempos del Frente Nacional, el pacto de alternación gubernamental por 16 años entre los partidos liberal y conservador.

Siempre infatigable, Mayolo realizó por entonces el documental Cali, cálido, calidoscopio, antes de enfrascarse en su segundo y más celebrado largometraje, La mansión de Araucaima (1986), basado en la novela homónima de Álvaro Mutis, cerrando así su capítulo de gótico tropical.

Entretanto, Ospina realiza Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos (1986), un documental sobre el ya mítico escritor desde la perspectiva de sus amigos y sobrevivientes del Grupo de Cali, como tributo, pero acaso también para desentrañar su leyenda y su legado tras nueve años de ausencia permanente.

Esta obra parecía cerrar el círculo: el grupo que a lo largo de dos décadas (setenta y ochenta) había aportado la más sólida filmografía en el cine colombiano hasta entonces, el que por su producción tan prolífica, imaginativa y desafiante fue llamado “Caliwood”, se disolvía.

Sus dos miembros más notables seguirían sus respectivos caminos en la producción audiovisual. Mayolo incursionaría en la televisión, dirigiendo, entre otros importantes trabajos, la serie Azúcar (1989), otra vez con temática vallecaucana. Ospina cambiaría de soporte, pasando a la producción en video y realizando una serie de documentales en los cuales su ciudad seguiría estando presente, entre ellos una despedida anticipada en 1990 que tituló Adiós a Cali (Ah, Diosa Kali), una despedida simbólica y real a la “Cali actual, tan lejana de aquella de su juventud, de brisa a las cinco de la tarde, con casas y calles amplias y largas caminatas respirando sin temor a los ladrones y al humo”,[13] observa la investigadora María Fernanda Arias Osorio, agregando que el cineasta “no soportó más estar comparando diariamente este derrumbe con sus recuerdos y se marchó”.[14]

Pero antes de marcharse realizó en 1991 una trilogía sobre determinados personajes y oficios populares tanto en su ciudad como en cualquiera otra: A la carrera (sobre el mundo de los taxistas), Al pie (sobre los lustrabotas o “emboladores” en la jerga colombiana) y Al pelo (sobre peluqueros). Posteriormente se instalaría en Bogotá.

Más que cualquier otro cineasta Ospina ha recreado una ciudad que, además, ha sido pionera en la cinematografía del país: el primer largometraje mudo se hizo en Cali (María, adaptación de la novela de Jorge Isaacs, en 1921), como también el primer filme sonoro (Flores del Valle, 1941) y el primero en color (La gran obsesión, 1954).

Luis Ospina ante una foto de Andrés Caicedo Fotografía / Archivo Luis Ospina

Veinte años después del final de un grupo y una era (1971 – 1991) que cambió para siempre la historia del cine en Colombia, como único sobreviviente de la terna fundamental y vital de ese grupo, Luis Ospina empezó a juntar los fragmentos visuales de la vida literaria y cinematográfica de Andrés Caicedo con los de la de Mayolo y la suya propia para alumbrar en 2015 el documental de toda una vida de cinefilia y amistad: Todo comenzó por el fin; que es, como dijo el propio Ospina, el testamento del Grupo de Cali.

De tres vidas de imágenes, sonidos y palabras que, forjadas sobre todo “en la experiencia adquirida al mirar las películas una y otra vez, y leer y discutir incansablemente acerca de ellas, eran mucho más conscientes de lo que significaba el lenguaje cinematográfico como posibilidad no sólo de denuncia (…) sino de creación estética”.[15]

 

Notas

[1] Rosario Caicedo, entrevista, en “Andrés Caicedo: retrato de un niño transgresor”, Arcadia, 2016/09/07, https://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/andres-caicedo-rosario-caicedo-entrevista-que-viva-la-musica-infancia-del-escritor/53860.

[2] En la misma entrevista.

[3] Cfr. Centro Virtual Isaacs, http://cvisaacs.univalle.edu.co/carlos-mayolo/.

[4] Economista chileno, ganador del llamado Premio Nobel Alternativo en economía. Autor de La economía descalza y Desarrollo a escala humana, entre otros libros.

[5] Cfr. Rosario Caicedo, op. cit.

[6] Carlos Mayolo, en el documental Andrés Caicedo: unos pocos buenos amigos.

[7] ¡Qué viva la música! , 2a. ed. en S.C.C., Bogotá: Plaza y Janés, 1987, p. 7.

[8] Ibíd., p. 7.

[9] Carlos Mayolo, en “Carlos Mayolo: genio y demencia”, El Espectador, 2015/05/07, https://www.elespectador.com/noticias/cultura/carlos-mayolo-genio-y-demencia-articulo-559328

[10] Luis Ospina, en María Fernanda Arias O., Historia (s) del cine, Bogotá: Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la UNAD, 1997, p. 170.

[11] Los “pájaros” eran asesinos a sueldo de jefes conservadores.

[12] Carlos Mayolo, en “Carlos Mayolo: genio y…”, op. cit.

[13] María Fernanda Arias O., op. cit., p. 176.

[14] Ibíd., p. 176.

[15] Ibíd., p. 169-170.