La puerta se abrió despacio

Por: Carlos José Pérez Sámano *

 

Se abrió la puerta. Horacio descubrió que no estaba solo.

Ella por fin había llegado.

Por fin.

Horacio la había esperado adentro de su cuarto. Tenía miedo de salir, el mundo ya no era el mismo desde que ella se había marchado.

Si se había animado a salir, fue hasta la cocina. El mundo terminaba al final del pasillo, en la puerta gris del departamento que daba a la escalera.

El mundo de Horacio, sin ella, era un mundo sin sol, ni cielo. Era un mundo de techo y focos. Era un mundo de aire enrarecido y de tiempo sin horas. Las horas indefinidas después de la siesta, cuando la tarde parece mañana o la mañana parece tarde. Cuando los días se confunden con los años, los años se confunden con las tardes y las semanas. Cuando los relojes marcan los meses y los calendarios las horas.

Al principio era normal. La vida sin ella y sin palabras. La alacena que se fue vaciando poco a poco. Las cartas que se fueron acumulando debajo de la puerta. El teléfono que no sonaba menos de nueve veces. Que sonaba, que sonaba, que sonaba, hasta que dejó de sonar.

Puso a prueba su idea de que no era necesario cambiarse la ropa. Y mucho menos lavarla. Tiempo después compraría lo erróneo de lo que le habían enseñado en la escuela: las ratas sí pueden nacer de la ropa sucia.

Descubrió que por no lavarse los dientes, éstos empezarían a podrirse y a los meses, a caer.

Alimentarse no requirió el mayor esfuerzo, el sabor de los hongos que crecían dentro del refrigerador no era tan malo.

Tomaba el líquido café que salía del lavamanos, imaginando que era una deliciosa agua fresca sabor tamarindo.

La vida, sin ella, adquiría un nuevo significado. Un significado vacío pero real, como un pájaro lleno de aire. Horacio era un perro sin plumas desde que Helena lo dejó.

“Voy a un viaje” le había dicho. Pensó que regresaría al pisar el tercer escalón después de la puerta. Sabía que lo amaba y que no podría vivir sin él. Pero no.

Días antes lo había invitado: “¿No me quieres acompañar?” Pero Horacio no supo qué decir. Helena sólo es Helena cuando está en su casa, entre sus paredes, en sus brazos.

Nunca había estado así. Horacio con Horacio. Sin mamá, ni papá y el “ponte tu suéter”, sin Luis o Jorge y el famoso “ya vámonos”. Sin Romina y sus gestos de desaprobación, y claro, hasta ese momento sin Helena. No, ahora era él para sí mismo. Una oportunidad para enfrentarse a sus sombras y tal vez, solo tal vez, a partir de eso, conocer qué luz las provocaba.

Un regalo de la vida para plantearse la existencia.

Pero nada. Horacio se descarapelaba de ausencia. Cambiaba de piel para no ser nadie. Se escondía tras las sucias sábanas, tras las cortinas cerradas, tras las barbas que se llenaban de sebo.

Horacio siempre pensó que Helena no se había ido. Que era otro de sus caprichos. Que regresaría pronto. Que seguro estaba sentada en los escalones de afuera. Por eso se encerró en la casa y no quiso saber nada.

Hasta que llegó Helena.

La puerta se abrió despacio.

Horacio descubrió que no estaba solo y gritando con toda la fuerza de su corazón:

-“¡Helena! ¡Llegaste!”

Y Helena con una gran sonrisa dijo:

-“No cariño, no llegué. Se me olvidaron las maletas”

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*Poeta y escritor mexicano. Ha viajado por Europa y África. Autor de los libros “Cuentos desde aquí” y “África, sueños de sobras largas”. Actualmente escribe en su web: El mejor escritor del mundo.