¿Divulgamos ciencia en Colombia?

Hablando de Plutón pudimos ver en mi última entrega cómo  unas personas de distintos países por alguna intención pueden ayudarnos a ver el potencial para descubrir que tenemos como humanos. Por otro lado creo que varios de nosotros hemos escuchado historias en las que un grupo trabaja unido y consiguen un gran logro. La ciencia, como muchas otras empresas, es una actividad que se realiza en grupo, de manera que todos  a los que les concierne cierta área o investigación pueda hacer sus avances y darlos a conocer, o tenga a quién presentarle las dudas que le ataquen.

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Sciencenter, Ithaca, New York. Tomada de www.wintercasciari.com

Por Yotas Trejos:

Además de ser una actividad colectiva, es una actividad hereditaria, queriendo decir que quienes hacen ciencia aprenden de quienes la hicieron antes, así se evita que los problemas atacados y solucionado tengan que enfrentarse de nuevo en una generación posterior. Poder heredar el conocimiento anterior nos da la posibilidad de entregar algo nuevo y propio en la siguiente. Quien se entregue a realizar ciencia con sólo su propia habilidad se arriesga inevitablemente a encontrarse con problemas, paradojas o imposibilidades experimentales que pueden llevarle toda una vida solventar y otros ya habían resuelto.

En esta ocasión quisiera hablar no de los logros obtenidas en la ciencia gracias a la curiosidad colectiva, sino de los logros por hacer sentir dicha curiosidad a las personas que pueden tener dificultades principalmente económicas para enterarse de ellas. Para esto los dejaré con un texto de Carl Sagan quien contó en el libro El Mundo y sus Demonios la historia de Sciencenter, fundado en Ithaca, ciudad en la que vivía y trabajaba siendo testigo y partícipe de la siguiente historia:

La población de mi ciudad, Ithaca, Nueva York, duplica su número hasta un total de cincuenta mil personas cuando la Universidad de Cornell y el Ithaca College están en funcionamiento. Étnicamente diversa, rodeada de tierra cultivada, ha sufrido, como gran parte del noreste de Estados Unidos, la decadencia de su base manufacturera del siglo XIX. La mitad de los niños de la escuela elemental Beverly J. Martín, donde iba nuestra hija, viven por debajo del nivel de pobreza. Estos niños eran una preocupación constante para dos profesores de ciencias voluntarios, Debbie Levin e Lima Levine. No les parecía correcto que para algunos, es decir, para los hijos de los profesores de Cornell, por ejemplo, ni siquiera el cielo tuviera límites. Otros no tenían acceso a los poderes liberadores de la educación científica. En la década de los sesenta empezaron a hacer visitas regulares a la escuela arrastrando su carrito de biblioteca lleno de productos químicos domésticos y otros artículos familiares para transmitir algo de la magia de la ciencia. Soñaban con crear un espacio en el que los niños pudieran tener una sensación personal, de primera mano, de la ciencia.

En 1983, Levin y Levine pusieron un pequeño anuncio en nuestro periódico local invitando a la comunidad a comentar la idea. Se presentaron cincuenta personas. De este grupo salió el primer comité de directores del centro científico. En un año consiguieron un espacio para exponer en la primera planta de un edificio de oficinas que estaba por alquilar. Cuando el dueño encontró a un inquilino que pagaba, empaquetaron los renacuajos y el papel tornasol y los llevaron a otro local vacío.

Hicieron más traslados a otros almacenes hasta que un hombre de Ithaca llamado Bob Leathers, un arquitecto conocido en todo el mundo por el innovador diseño de campos de juego comunitarios, trazó y donó los planos para un centro científico permanente. Las empresas locales ofrecieron el dinero suficiente para adquirir un solar abandonado de la ciudad y contratar un director ejecutivo, Charles Trautmann, ingeniero civil de Cornell. Leathers y él fueron a la reunión anual de la Asociación Nacional de Constructores en Atlanta. Trautmann explica que contaron la historia de «una comunidad decidida a hacerse responsable de la educación de sus jóvenes y consiguieron donaciones de muchos artículos clave como ventanas, tragaluces y maderas».

Antes de empezar a construir se tuvo que derribar parte de la vieja cabaña que había en el solar. Los miembros de una fraternidad de Cornell se prepararon. Provistos de cascos y martillos demolieron la casa alegremente. «Es el tipo de cosas que suelen traernos problemas cuando las hacemos», decían. En dos días sacaron doscientas toneladas de escombros.

Lo que siguió fueron imágenes surgidas directamente de una América que muchos de nosotros tememos que haya desaparecido. Siguiendo la tradición de la construcción de establos de los pioneros, todos los miembros de la comunidad —albañiles, doctores, carpinteros, profesores universitarios, fontaneros, granjeros, los más jóvenes y los más viejos—, todos se arremangaron para empezar a construir el centro científico.

«Se mantuvo un horario continuo de siete días a la semana —dice Trautmann— para que todo el mundo pudiera colaborar en cualquier momento. Todos recibían una tarea. Los voluntarios con experiencia construyeron escaleras, pusieron suelos y azulejos y cortaron las ventanas. Otros pintaron, clavaron clavos y transportaron suministros.» Unas dos mil doscientas personas de la ciudad dedicaron más de cuarenta mil horas. Aproximadamente, el diez por ciento del trabajo de construcción fue realizado por personas condenadas por delitos menores; preferían hacer algo para la comunidad que quedarse en la cárcel con los brazos cruzados. Diez meses después, Ithaca tenía el único museo de ciencia del mundo construido por la comunidad.

Sagan Planet Walk, Sciencenter. Ithaca, New York. Tomada de www.sciencenter.org
Sagan Planet Walk, Sciencenter. Ithaca, New York. Tomada de www.sciencenter.org

Entre las setenta y cinco exposiciones interactivas que destacan los procesos y principios de la ciencia se encuentran: el Magicam, un microscopio que los visitantes pueden usar para reflejarlo en un monitor de color y fotografiar cualquier objeto con un aumento de cuarenta veces; la única conexión pública del mundo con la Red Nacional de Detección de Rayos basada en un satélite; una cámara fotográfica de 1,80 x 3 metros en la que se puede entrar; un hoyo fósil sembrado con esquisto local donde los visitantes buscan fósiles de trescientos ochenta millones de años y se pueden quedar los que encuentran; una boa constrictor de dos metros y medio de largo llamada Spot y una serie asombrosa de otros experimentos ordenadores y actividades.

Levin y Levine todavía están allí, enseñando como voluntarios a tiempo completo a los ciudadanos y científicos del futuro. La Fundación DeWitt Wallace-Reader’s Digest da apoyo y extensión a su sueño de llegar a chicos que de lo contrario tendrían negado el acceso que les corresponde por derecho a la ciencia. A través del programa nacional de la fundación YouthALIVE, los adolescentes de Ithaca reciben una intensa tutoría para desarrollar su capacidad científica, resolución de conflictos y habilidades laborales.

Levin y Levine creyeron que la ciencia debía llegar a todos. Su comunidad estuvo de acuerdo y se comprometió a realizar el sueño. En el primer año visitaron el Centro de Ciencia cincuenta y cinco mil personas de los cincuenta estados y de sesenta países. No está mal para una ciudad tan pequeña. Hace que uno se pregunte lo que podríamos llegar a conseguir si trabajásemos todos unidos en la creación de un futuro mejor para nuestros hijos.

 

El libro fue publicado en el 1996, no había todavía un internet rápido y Sciencenter apenas estaba comenzando. Pocos años después de la fundación, el lugar estaba tan lleno de posibles proyectos a mostrar que el espacio disponible para ubicar cada uno era insuficiente. Así que se tuvo que planear una ampliación y para 1999 hubo una campaña para expandir el área de Sciencenter más de 9 kilómetros cuadrados, la campaña recaudó el suficiente dinero para comenzar el proyecto en el año 2003, coincidiendo con el aniversario 20 de la fundación del centro. Entre las diversiones actuales hay una llamada Sagan Planet Walk que consiste en un modelo del sistema solar a una escala de uno en cinco mil millones, con el Sol en el pueblo de Ithaca, el planeta enano Plutón en Sciencenter y los planetas a escala en el medio. La estrella más cercana Alpha Centauri, se representa con una estación en Hawaii.

Me parece sorprendente lo que se puede lograr con el empeño humano y algo de buena dirección. Tal vez sea difícil repetir en una ciudad más desinteresada como alguna colombiana tal hazaña, pero es fácil encontrar proyectos que han sido positivos para la divulgación científica al menos en el mundo occidental. Podemos ver mayor cantidad de divulgadores además de mayor cantidad de medios en los que se transmite dicha divulgación, podemos encontrar proyectos de divulgación científica de menor alcance, menos ambiciosos pero que también es la unión de trabajadores interesados en compartir su conocimiento y adquirir nuevos de los demás. La llegada de Youtube, por ejemplo, ha facilitado mantener a muchas personas al tanto de conocimientos científicos actuales y antiguos así como de muchos otros temas. Las técnicas que usan son tan variadas como lo pueden ser los demás videobloggers sobre otros temas.

Uno de los canales que me han resultado más entretenidos es In a Nutshell , que en sus comienzos se llamó Kurzgesagt, más difícil de pronunciar. En este canal se tratan temas como “¿qué pasaría si tuviéramos un agujero negro en el bolsillo?” o la paradoja de Fermi. Como es de esperarse el grupo Kurzgesagt está conformado por animadores y personas interesadas en ciencia. Por otro lado, Derek Muller es un comunicador de la ciencia que en el canal Veritasium pretende colocar en práctica los resultados que tuvo en su doctorado. Dentro de sus intenciones está comenzar cada video con los temas que no se han comprendido adecuadamente o que suelen ser interpretados erróneamente, lo que hace que a veces sean un poco burlescos porque hace entrevistas sobre estos malentendidos y graba a las personas fallando en las preguntas. Michael Stevens, otro videoblogger, se concentra en preguntas científicas –y algunas filosóficas- que tienen a veces la sensación de ser ridículas como “¿cuál es la velocidad de la oscuridad?2, 2¿es la sopa cereal?”, “¿de qué color es un espejo?”; o preguntas más serias como “¿a quién le pertenece la Luna?”, “ ¿por qué sentimos nostalgia?”, “ ¿qué tan grande puede ser una persona?” Todo esto en su canal Vsauce. Él considera que todo tema es interesante si se logra relacionar correctamente con la persona a la que se le dirige la información. Además junto a estos canales también está SciHow o Minute Physics, cada uno es una manera de acceder a divulgación científica a la que cualquier curioso con internet puede llegar.

¿Qué hacemos en el país para divulgar la ciencia? Lo agradable de la respuesta, es que pareciera que hay personas preocupadas por hacer divulgación, no sólo sobre los temas típicos de ciencia, sino sobre las mismas investigaciones que se realizan en el país. En las ciudades grandes como Bogotá y Medellín, hay proyectos como el Parque Explora, o el Planetario distrital que hacen divulgación de diferentes maneras. La UdeA tiene la revista Mínima Acción y en general Medellín apoya muchas actividades científicas además de permitir la entrada gratuita a estratos bajos y medios en gran cantidad de estas actividades.  En Pereira, con proyectos nuevos ha  estado el grupo de Astronomía Orión, que dedica una vez al mes a dictar charlas sobre temas distintos de investigación a nivel divulgativo en la biblioteca del Banco de la República, y  también realiza talleres didácticos de astronomía en los colegios. En la ciudad de Cali, el grupo de aficionados a la astronomía (Asafi) realiza semanalmente actividades de divulgación científica y también comentan noticias sobre las últimas misiones hechas en la Nasa. En Univalle, aunque su continuidad es dudosa, ha funcionado la Carpa de Melquiades, que consistía en presentar varias curiosidades matemáticas a la población universitaria y a algunos colegios. La revista digital conCiencia es una de las primeras revista de divulgación científica en el país y está funcionando desde principios de este año.

Esta vez no fue ciencia, sino de quiénes la comunican. Parte de la responsabilidad de la labor de divulgar corresponde al investigador. Varios de quienes realizan las actividades mencionadas son estudiantes universitarios, que han notado que llamar la atención sobre las curiosidades de la ciencia, mostrar que aunque tenga sus complicaciones estas son superables y el pago de un descubrimiento compensa constantemente la dificultad, es importante si se quiere comunicar la ciencia. ­­ Así podemos hacer más cercano el conocimiento científico a quienes nos rodean.