De su bolsillo y riesgo, Santiago Madriñán recorrió parte del Caribe en velero (como también lo hizo Jacquin), buscó una a una las plantas y especímenes ilustrados en los textos del holandés y pasó días enteros en bibliotecas de Alemania, Colombia, Holanda, Austria y Eslovaquia, sumando detalles para recorrer los pasos de su lejano precursor. 

Por: Uniandes

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Señales particulares

Santiago Madriñán, magíster y doctor en botánica de la Universidad de Harvard. Actualmente es el director del Laboratorio de Botánica y Sistemática de Los Andes, donde es profesor e investigador desde hace 16 años. Fue investigador también en el Real Jardín Botánico de Kew en Londres y en el Jardín Botánico de Nueva York. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran los libros: Monograph of Rhodostemonodaphne (Lauraceae) (2004), Flora ilustrada del páramo de Chingaza: guía de campo de plantas comunes (2004) y varios artículos sobre sistemática molecular y morfología de plantas publicados en revistas internacionales.

10 de junio de 2013 La ‘Montaña de Nieve’

Después de caminar un par de kilómetros entre Los Alpes, su instinto lo hace desistir. Cae la noche y Santiago Madriñán regresa asustado, con mucho frío. A esa hora es una locura trepar solo Der Schneeberg –la ‘Montaña de Nieve’, la más alta de la baja Austria– para buscar una casa del siglo XVIII que tal vez ya no existe y de la que nadie le da indicios, pero que lo obsesiona. Por ahora solo cuenta con unos cálculos de Google Maps que sacó un par de meses atrás, en Bogotá.

En el bosque, entre la niebla y lejos de Viena, recuerda que apenas un mes antes había presentado en Austria la edición de lujo de su libro sobre las plantas americanas de Nikolaus Joseph Jacquin, un holandés aventurero que murió en 1817 y fue el primero en realizar una expedición botánica en Colombia, incluso antes de José Celestino Mutis. Recuerda, en medio de la nada, que ese había sido hasta entonces un gran sueño.

Nikolaus Joseph, un botánico prolífico, se le había vuelto un reto personal a Santiago desde hacía más de una década. Mientras oscurece, repasa cómo narró las aventuras y adversidades del holandés en las costas de las Antillas y del Caribe entre 1754 y 1759, cómo reconstruyó sus pasos y hasta reimprimió las ilustraciones a color de las plantas que recolectó Nikolaus.

Para eso, de su bolsillo y riesgo, Santiago recorrió parte del Caribe en velero (como también lo hizo Jacquin), buscó una a una las plantas y especímenes ilustrados en los textos del holandés y pasó días enteros en bibliotecas de Alemania, Colombia, Holanda, Austria y Eslovaquia, sumando detalles para recorrer los pasos de su lejano precursor. Y ahora está aquí, buscando entre las gotas de lluvia un ‘espejismo’ aún después de publicar el texto. ¿A dónde quería llegar?

Santiago no es montañista ni escalador, es un biólogo dispuesto a enfrentar Los Alpes vestido de yín, con una chaqueta simple, un suéter y, más que nada, una imagen fija en la mente –aunque, por si acaso, la carga para todas partes–. Esa es, en últimas, su única pista: una acuarela de 1773 que vio en la tapa de una colección de cinco volúmenes sobre la flora de Austria, obra también de Nikolaus Joseph, y que se grabó en la memoria. Ahí aparecen una casa, una capilla y dos picos alpinos. Justo los que busca ahora.

Regresa al carro, abandonado en la carretera unos kilómetros atrás. Debe buscar cómo pasar la noche. Ya en la silla del conductor agarra el libro que acaba de lanzar y se aferra a él. Es el que le ha abierto puertas en este país. Al lado tiene la acuarela por la que ha atravesado medio mundo. Con sus pistas sobre Jacquin y la ayuda de Internet, cree que la casa está en la ‘Montaña de Nieve’. Fueron horas simulando en el computador el plano, imaginándose e intuyendo el ángulo del dibujo. Ahora duda.

Salido de quién sabe dónde, un hombre delgado, de unos 50 años, de pelo largo y rubio, se dirige hacia su carro. Se ve amable. Viene con botas, abrigado. Parece vivir cerca aunque no luce como austríaco. Pregunta, con asombro y en alemán, qué hace por ahí a esa hora. Santiago intenta responderle en inglés. La suerte está de su lado, la charla cambia de idioma.

– Soy biólogo, acabo de publicar este libro –le dice mientras le enseña el texto con orgullo.

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Señales particulares

Nikolaus Joseph von Jacquin (1727-1817), holandés nacido en Leiden, fue un médico, biólogo y uno de los más prolíficos autores sobre botánica en el siglo XVIII en Europa. Pisó suelo colombiano, realizando una expedición botánica. Estudió medicina y botánica en la Universidad de Leiden. Describió en sus libros cerca de 2 mil nuevas especies de plantas y publicó cerca de 3.500 especies de plantas (y algunos hongos y líquenes) en 12 títulos, la mayoría de ellos presentados en varios volúmenes y coloreados a mano. En 1752 se estableció en Viena donde la emperatriz austriaca Maria Theresa le ofreció los cargos de doctor imperial de la Corte y de profesor de medicina. Gracias a su pasión por la botánica y sus constantes visitas a los jardines del Palacio de Schoenbrunn conoció al emperador Francisco I, quien le ofreció costearle un viaje botánico de recolección de especímenes por el Caribe, financiado por la Corte Imperial. Jacquin pasó casi cinco años en América. De este viaje, que finalizó en 1759, publicó una lista de especies recolectadas (297), descritas en detalle e ilustradas con placas de cobre (184) en el libro Selectarum Stirpium americanarum historia. En 1780 publicó una segunda edición de lujo, esta vez con acuarelas a lápiz. Además de estas, publicó 12 obras, varias con hasta cinco volúmenes, con colecciones de plantas de diferentes zonas de Europa. En 1762 fue presidente para asuntos de Minas y Minerales en la Academia de Minería recién fundada en Schemnitz. También fue profesor de botánica y de química y director de los Jardines Botánicos de la Universidad de Viena, donde llegó a ser rector en 1809.

El hombre reacciona con calidez. Le muestra la acuarela. Michael Stahl (así se presenta el hombre) dice no saber dónde es eso. Santiago, que además de aventurero es profesor de biología en la Universidad de los Andes, le muestra los picos en la imagen y Michael asiente. Cree que pueden estar pasando la montaña. Igual, no es hora de ir a comprobarlo. Le pide que espere unos minutos.

Después de unos minutos, Michael regresa. Viene con una sonrisa. Santiago baja la ventana.

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Un hogar en la oscuridad

Ya completamente de noche, a Santiago se le viene a la cabeza la primera vez que se interesó por Nikolaus Joseph. Fue más o menos en 1992, recién terminada su maestría en biología en Harvard. En esa época trabajaba en el Jardín Botánico Guillermo Piñeres de Cartagena. Allá descubrió que muchas plantas endémicas de la región habían sido mencionadas por el holandés. Sin embargo, pocos bibliófilos y botánicos sabían de él. En Austria sí se conoce mucho, pero su viaje a América se tenía como “algo pasajero”, sin la importancia real, recuerda.

Otra cosa que se le viene a la cabeza es que su entusiasmo se fortaleció cuando encontró que un tipo tan famoso como José Celestino Mutis lo mencionaba y hasta tenía un libro de lujo del mismo Nikolaus, de 1780, entre su colección. Esa obra, llamada Selectarum stirpium americanarum historia, fue a dar a la Biblioteca Nacional, en Bogotá, y allá mismo la encontró Santiago.

– ¿Quiere pasar la noche en mi casa? A mi familia y a mí nos gustaría mucho –dice amable el alemán. Es su salvador.

Al entrar ve a la esposa de Michael, Jutta, y a sus cuatro hijos adoptados: Jessica, Pascal, Patricia y Leonie. Son encantadores. Viven con y para la naturaleza, en medio del bosque. Los otros miembros de la familia se quedan afuera, cada uno en su casa: una cabra, un burro, un pavo real, un cerdo… La noche la sazonan las inspiradoras historias de Santiago. Michael, fascinado, le promete acompañarlo, al amanecer, para seguir la búsqueda. Miran la acuarela y calculan.

Quizás no es tan lejos.

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Cartagena de Indias, en velero

Entre sus historias, Santiago les cuenta cómo, después de su doctorado en Harvard, descubrió el primer libro de Nikolaus y cómo, en la Biblioteca Nacional de Viena, dio con la biografía manuscrita. La letra era difícil y, más aún, había que interpretar el alemán antiguo. Cada hallazgo lo inspiraba más, lo empujaba… Los Stahl también se entusiasman. Quieren entender cómo Nikolaus, con todos los riesgos, se embarcó patrocinado por el emperador Francisco I, quien le pagó el viaje para recolectar especies. A cambio, el botánico se ganó un salario vitalicio y la oportunidad única de explotar su pasión. En casi cinco años visitó las Antillas Menores, Aruba, Curaçao, la costa norte de Venezuela, Haití, Jamaica, Cartagena de Indias  y Cuba.

Al emperador le gustaban las frutas exóticas, las plantas para cultivar en Europa, los árboles, los pájaros y todo lo que le ayudara a decorar sus jardines exóticos en el Palacio de Schoenbrunn. A Nikolaus le gustaba la botánica. Por eso aprovechó para tomar muestras, sacar datos y, en 1759, publicar una lista de todo lo que encontró en uno de sus libros.

Pero lo que más cautiva a los Stahl es la ruta que sigue Santiago, pisando las huellas de Nikolaus en el siglo XXI, recogiendo las mismas plantas, tomando las mismas fotos, averiguando qué desapareció y qué no… Sin patrocinio. Y buscando, ahora, una casa envuelta en el misterio.

Al entrar en velero por Bocachica, tal como lo hizo Nikolaus, Santiago descubrió de dónde salía uno de los fragmentos de las cartas que le llegaban al emperador.

–Era una vista muy bonita. En esa época se orientaban por las montañas, no había boyas –les cuenta Santiago y describe, también, zonas agrestes y espinosas. Nikolaus no se metió en las montañas y su misión de recoger plantas vivas que dieran frutos la cumplió junto al mar.

En Cartagena, Nikolaus anduvo por el monte y el pie de la Popa, la Quinta, Getsemaní, Manga, Barú, Tierrabomba y Pasacaballos. Más de la mitad de las plantas que publicó son de Colombia.

 –En Getsemaní y Manga ya no hay nada– les dice Santiago preocupado, aunque en Barú encontró todas las plantas que vio el holandés hace más de 200 años. –Lástima que con el ecoturismo está cambiando el paisaje.

Hay que madrugar. Las historias de las siete embarcaciones de Nikolaus, de la imposibilidad de calcular el precio de las expediciones del holandés, de las cartas del emperador sobre cuándo zarpar para no dañar las muestras pueden esperar.

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8 de junio de 2013 Ahora es un hospital

No es la primera vez que Santiago duerme en el centro de Europa. Dos noches atrás cerró los ojos con la calma que le daba haber pisado la casa donde pasó sus últimos días Nikolaus Joseph, a unos cuantos kilómetros de ahí, cruzando la frontera, en Eslovaquia. Esa vez no tuvo que atravesar ninguna montaña pero sí debió esculcar documentos públicos y averiguar por todas las propiedades de la familia Jacquin en el siglo XVIII para descubrir que, contrario a lo que muchos pensaban, no había fallecido en Viena.

Viajó hasta Banská Štiavnica y se convirtió en un personaje llamativo. Sus historias, su libro y su búsqueda lo hicieron ver como un viajero cinematográfico en una tierra curiosa y de brazos abiertos. Hubo invitaciones a un trago, a una cerveza, a un almuerzo… Y en cada casa, un pequeño indicio. Hasta que llegó a un hospital, o a lo que fue… En ese mismo pedazo de suelo había vivido Nikolaus. Entró y se tomó las fotos. La edificación estaba abandonada.

Encontrar la casa de la acuarela, quizá, sería más difícil.

11 de junio de 2013 Los campos de cacería

Al amanecer, Madriñán despierta alegre, aunque el clima es gris. Es difícil que en estas montañas no llueva. Der Schneeberg está a 2.076 metros de altitud y le da agua potable a todo Viena. Se dice que tiene la mejor agua potable del mundo. Sus picos se alcanzan a ver, en días soleados, desde algunas partes de la ciudad e incluso desde Bratislava en Eslovaquia.

Michael le ofrece un sombrero y botas a Santiago. Desayunan y parten. En el camino la lluvia los empapa, mientras cruzan zonas que mezclan cientos de tonos de verde, maquillado con el blanco y gris de la neblina. Aunque pareciera haber sol, es imposible que se filtre. Ellos hablan, siguen con las historias de Nikolaus. Creen que van por buen camino. Santiago también pregunta. Admira la paz interior de Michael y su armonía con la naturaleza. La demuestra con su pericia en el bosque.

Cruzan la montaña y como si un rayo de sol cayera encima de ella, Santiago ve la casa. Está allí, es idéntica a la foto. No resiste y se suelta en llanto. Ni en el lanzamiento de su libro se emocionó tanto. Fue ganarle al tiempo, a la adversidad, quizás es un triunfo de su obstinación, de su temple.

Michael comparte su emoción. Sus pies se aceleran y llegan hasta la casa. Ve el plano exacto. Los dos picos al fondo, la pequeña capilla a la derecha. Corre hasta ella. Todo está intacto. Parece un sueño. Se toman fotos con Michael. Intenta hacer el mismo encuadre que vio en la acuarela e imitar la imagen de Nikolaus, como ya lo había hecho con cerca de 300 plantas, animales o paisajes. Pero esta vez el valor es distinto…

De repente aparecen un par de hombres. Son del acueducto de Viena, los encargados de vigilar la casa que ahora hace parte de la reserva natural del país. Nadie vive allí, pero conserva, incluso, los mismos colores. Les cuenta su historia, apoyado por su amigo alemán. Se ríen de saber que hubieran podido llegar por el otro lado de la montaña, en carro, con un permiso especial. Un par de días después vuelve, con licencia y con un clima mejor. Ya sabe todo, sabe que era la casa de los campos de cacería del Conde de Hoyos, un español de la época.

Los hombres, además, le tienen una nueva perla. Uno de ellos vive en el Castillo Schloss Stixenstein, otra de las acuarelas que hay en uno de los cinco volúmenes de los libros de Jacquin sobre la flora de Austria. Lo invitan allí. Es la última foto que le falta.

****  Este año, Santiago planea volver a Der Schneeberg, la ‘Montaña de Nieve’. Los Stahl esperan ansiosos su visita. Así lo hacen sentir en un correo electrónico enviado por Michael: “Lo esperamos. Con cariño, Jutta, Jessica, Pascal, Patricia, Leonie… y los animales”