El manatí podría correr la misma suerte que 99,9% de las especies que han pisado la Tierra: extinguirse y desaparecer, por cuenta de la caza y los cambios en su hábitat. En Colombia un grupo de biólogos busca, en la genética, las claves para salvarlos.

manaties

Por: Mauricio Laguna Cardozo / Uniandes
Nadan entre aguas oscuras, lo que dificultó a los primeros navegantes europeos en América describirlos –pensaron que se trataba de sirenas, pero únicamente su gran aleta se asemejaba–. Los rollizos animales que nadaban junto a sus embarcaciones eran manatíes, mamíferos que hoy, 520 años después, son tan vulnerables a la extinción que nadie sabe cuántos quedan. Como los conquistadores en la búsqueda de tesoros, las colombianas Susana Caballero y Paula Satizábal rastrean muestras genéticas en los ríos para salvarlos.

Los cazadores dicen que su carne sabe a res, a pescado y a cerdo, dependiendo del lugar del cuerpo, y que sus huesos sirven como utensilios u objetos rituales. Una verdadera tentación para las poblaciones ribereñas de los ríos del manatí en Colombia.

Pero la caza no es el único problema para la ‘vaca marina’. Los biólogos temen la endogamia, dado que los manatíes recorren diferentes ríos en procura de alimento, aguas cálidas o pareja. Barreras geográficas, corrientes fuertes o vegetación insuperables provocarían poca diversidad genética y que cualquier cambio drástico en el ambiente o una enfermedad arrasen poblaciones enteras.

¿Superan esos obstáculos?

Esa fue la pregunta que llevó a la bióloga Paula Satizábal a identificar la distribución geográfica de los dos tipos de manatí de río que habitan en Colombia: el manatí Caribe en el norte y el Amazónico en el sur.

Pero los manatíes no se dejan ver fácilmente. En los remansos de los ríos apenas se perciben las trompas que toman aire y desaparecen sin rastro. La genética es la herramienta para seguirles la pista en aguas oscuras.

El rastro, la alegría…

Desde Australia –donde estudia un doctorado en recursos naturales– e incluso por Skype, Paula Satizábal transmite su pasión por los manatíes. Los investiga hace cinco años y, como sus compañeros, ha hecho lo impensado. Susana Caballero –directora del Laboratorio de Ecología Molecular de Vertebrados de la Universidad de los Andes y asesora de investigación de Paula– llegó a desenterrar los restos de un manatí que un cazador acababa de destazar para comer. Ocurrió en Perú y Susana lavó cuidadosamente el cráneo del animal con un cepillo de dientes.

En la investigación, cuentan ellas, el hallazgo de cualquier fragmento de ADN de manatí es una fiesta. Hasta una muestra de materia fecal. Sangre, fragmentos óseos o de piel son pistas…

Los fondos, la plata, no abundan. Al menos no como su amor por estos animales. “Yo tenía, cuando pequeña, todo un zoológico de muñecos de peluche”, dice Caballero en el laboratorio donde se hizo el análisis para el estudio. Ahí suelta un dato que impacta: las muestras han sido recogidas por diversos investigadores durante 20 años en busca de preservar a los manatíes.

Antes de que Paula y Susana se unieran a esta historia, la situación del manatí era aún peor. Con el siglo XX y las tecnologías para preservar la carne, la cacería creció indiscriminadamente hasta su prohibición en Colombia en 1969. Pero la persecución continuó y muchas crías de los manatíes sacrificados quedaban a merced de ‘vacamarineros’ o de autoridades que no sabían qué hacer. La mayoría moría.

Nadie, como cuenta Paula, quería proteger manatíes en el país, entre otras, por temas de orden público. La Fundación Omacha, de Colombia, y un puertorriqueño llamado Antonio Mignucci-Giannoni lograron estabilizar animales rescatados y trabajaron con ellos en semicautiverio hasta que en 2004 ellos mismos ejecutaron el Plan Nacional de Conservación de Manatíes que creó el Gobierno colombiano.

Pero de nada servía tenerlos en un lugar donde solo se reprodujeran entre ellos. La endogamia es su otra amenaza.

Los manatíes debían recorrer los ríos, pero cientos de arpones los esperaban.

Aliados inesperados

“La gente no tiene otra opción, son pescadores, el día en que les caiga un manatí en las redes se hacen su Navidad”, comenta Paula. Sus colegas entendieron lo mismo e involucraron a las comunidades al programa. Así empezó el trabajo educativo con los ribereños que, para sorpresa de los biólogos, tenían también mucho que enseñarles.

Paula Satizábal con Julieta,  una manatí del río Sinú. Foto: Susana J. Caballero.

Paula Satizábal con Julieta,
una manatí del río Sinú.
Foto: Susana J. Caballero.

Pero había un obstáculo más. Las comunidades facilitaron muestras, señalaron dónde los habían visto y mostraron cómo reconocer los rastros que las vacas marinas dejan donde se alimentan. Los que habían convivido por generaciones con el manatí comenzaron a hacer su aporte. Después de cinco años de trabajo, los manatíes liberados tenían mejores expectativas.

Aunque haya flujo genético, un individuo que llegue a una población muy diferente podría no adaptarse y fue ahí, en 2008, cuando Susana y Paula aparecieron. La invitación de Omacha para la liberación de unos manatíes fue su primera oportunidad de trabajar con mamíferos acuáticos que tanto habían apasionado a Paula desde historias mitológicas hasta películas como Liberen a Willy.

A las primeras que se les siguió la pista fue a las hembras. En su trabajo de pregrado Paula hizo un análisis del ADN mitocondrial heredado vía materna, encontró diferencias en las poblaciones del país e identificó los mejores lugares para liberar manatíes. Igualmente, se detectó que las hembras permanecían cerca de sus lugares de origen, lo que despertaba el interés por lo que ocurría con los machos.

¿Migraban o había barreras entre poblaciones?

Cosas de machos

Continuaban las dudas sobre la diversidad genética y empezó una nueva etapa en el estudio. Para resolver la incógnita, urgía tener el rastro genético de los machos, tomado de lo que se conoce como marcadores nucleares. Se recolectaron más muestras y se analizaron de nuevo las ya tomadas por las Corporaciones Autónomas Regionales (CARs). El ADN ahora contaría las aventuras de los manatíes macho.

La segunda parte del estudio fue el trabajo de maestría de Paula Satizábal, que contó con la dirección de Susana Caballero y la codirección del puertorriqueño Mignucci-Giannoni, quien dirige el Centro de Conservación de Manatíes de su país. Los resultados fueron publicados en la revista Plos One.

Los datos fueron esperanzadores: el flujo genético está siendo generado por los machos. La diversidad, impulsada por los ciclos del río, es significativa en el Amazonas, lo que incluso hace pensar que los manatíes de toda América podrían proceder de esa región. Allí, las corrientes obligan a los manatíes hembras y machos a migrar a aguas más profundas en época de sequía.

En cuanto al manatí del Caribe, se encontró flujo entre diferentes ríos, incluso entre el Sinú y el Magdalena, lo que indicaría que los manatíes macho atraviesan parte de la costa colombiana en búsqueda de parejas. Estas excursiones resultarían verdaderas aventuras, pues los manatíes necesitan beber agua dulce.

Saber todo eso fue un gran paso. Pero aún falta trabajar en corredores ecológicos, tratamiento de aguas contaminadas o mantenimiento de ecosistemas de humedales hasta tachar al manatí de la lista roja de especies en peligro de extinción. Paula, por ahora, ahonda en su conocimiento de trabajo con comunidades, guardianes de primera línea. Susana guía el trabajo de varios investigadores con todo tipo de vertebrados. En ninguna de las dos se desvanece la pasión, quieren que las futuras generaciones también puedan conocer a las sirenas de los ríos colombianos.

140408-manatiesig

LA INVESTIGACIÓN: El proyecto nació gracias al Programa Nacional de Manejo y la Conservación de Manatíes en Colombia, del Ministerio de Ambiente y la Fundación Omacha. El objetivo fue iniciar un estudio de genética de poblaciones con las muestras que las Corporaciones Autónomas Regionales CARs habían colectado.
Más tarde se unió la Dirección Regional de la Producción (Direpro) de Loreto, en la Amazonía Peruana, con el interés de incluir muestras colectadas del manatí amazónico en Perú. Igualmente, contó con la codirección de Antonio A. Mignucci-Giannoni, director del Centro de Conservación de manatíes de Puerto Rico.

INVESTIGADORAS:

Paula Satizábal
Magíster en ciencias biológicas de la Universidad de los Andes.

Susana J. Caballero
Bióloga de la Universidad de los Andes y doctora de la Universidad de Waikato (Nueva Zelanda). Directora del Laboratorio de Ecología Molecular de Vertebrados de la Universidad de los Andes.