Nunca tuve certeza si mi profesor era “terraplanista” o solo quiso salir al paso con esa explicación, pero de las leyes de Kepler nunca nos habló y su forma de concebir el mundo y la historia estaban “terraplanadas”. Hoy 5 de enero 2020 será el perihelio.

 

Por / Juan Camilo Molina

Cuando estaba en el colegio, un profesor nos indicó erróneamente la idea de que el invierno se daba cuando la tierra estaba más lejos del sol y el verano cuando estábamos más cerca, eso sí, pensando en la hegemónica visión europea (diciembre invernal y junio veraniego).

Luego de esta clase tuve curiosidad y busqué en una enciclopedia ilustrada (no había internet entonces), pero la explicación no coincidía: verano e invierno no se daban de forma única, o, mejor dicho, había dos veranos y dos inviernos anuales, y estos dependían del grado de inclinación de la tierra respecto al sol y no de cuál era la distancia que ella tenía respecto al astro.

Así, en diciembre la inclinación de la tierra favorecía al hemisferio sur para contar con una luz directa (perpendicular) y amplia por lo que se daba el verano, mientras que en el hemisferio norte sucedía lo contrario con una luz oblicua y disminuida en su invierno, roles que se invertían en junio.

Verano austral. Fuente / Wikimedia.

Adicionalmente, la idea de la distancia con respecto al sol era errónea en otro punto: la traslación de la tierra en su elipse alrededor del sol indicaba lo contrario, pues existía el perihelio, el momento en que la tierra está en su punto más cercano al sol, precisamente en diciembre, al contrario del afelio, punto más lejano en junio.

La paradoja es que el verano no es más intenso en el sur por estar más cerca del sol, ya que nuestro hemisferio contiene mayor cantidad de agua lo que genera una especie de “colchón absorbente” de los rayos solares, mientras que el del norte aumenta su temperatura por tener mayor masa continental y, dato curioso, con cinco días más de duración por la velocidad menor de la tierra en esa instancia.

Hoy 5 de enero 2020 será el perihelio (ver).

Para nosotros, en la mitad del mundo y en el intersticio intertropical, la inclinación no se afecta en este baile pendular y tenemos el equilibrio de nuestra docena de horas de día y de noche, permaneciendo continuamente en “equinoccio” (“igual noche” o igual número de horas de noche y de día).

Asociamos por esto el invierno con época de lluvias (coincidente con el equinoccio), y el verano de tiempo soleado y más seco (coincidente con el solsticio), aunque esta percepción varía pues en algunos territorios el invierno significa mayor calor por efecto de la humedad.

Equinoccio Solsticio Equinoccio Solsticio
Año Primavera (norte)
Otoño (sur)
Verano (norte)
Invierno (sur)
Otoño (norte)
Primavera (sur)
Invierno (norte)
Verano (sur)
2019 20/03 21/06 23/09 22/12
2020 20/03 20/06 22/09 21/12
2021 20/03 21/06 22/09 21/12

 

De igual forma encontré que celebramos el año nuevo en el solsticio decembrino del verano austral por esta visión occidental y que no siempre fue así. De hecho, sería más interesante celebrarlo en marzo, durante el equinoccio vernal (o de primavera) para el norte y otoñal para el sur, cuando la posición de la tierra permite que la distribución de la luz sea igual en su superficie y que se toma como punto de referencia del año tropical (365d 5h 48m 45,9s).

Incluso los europeos celebraron el inicio de año en marzo hasta el medioevo, sin pensar en estas razones cosmológicas, sino por la herencia romana que dedicaba seis meses a las divinidades alternados por otros seis con el nombre de su posición (del quinto al décimo).

Marzo era el mes de inicio de la primavera, en el que se conmemoraba a Marte, padre de Rómulo y Remo y dios de la guerra (martial), y se seguía con las dedicatorias a Venus y la apertura (abril) de las cosechas y flores, y a las diosas Maia (mayo) y Juno (junio).

Enseguida venían los meses quinto, sexto, séptimo (septiembre), octavo (octubre), noveno (noviembre) y décimo (diciembre); luego, el mes dedicado a Jano (enero) y se finalizaba con la dedicación a Plutón (febrero).

Se cree que esta influencia de doce meses vino de los egipcios, una vez conquistados, y sus sugerencia a Julio César  para que en el año 46 antes de Cristo determinara el calendario juliano y más adelante cambiará el quinto mes con su propio nombre (julio), lo que imitó César Augusto con el mes sexto (agosto).

Fuente / Todo calidad.

De todas formas, existen visiones alternativas sobre si este fue el orden que se impuso, ya que se conoce la influencia que tenía Jano como dios de las dos caras y su simbología de ver hacia atrás y adelante en la celebración de año nuevo.

El hecho es que, tras diversas modificaciones, el 24 de febrero de 1582 –luego de una propuesta de expertos de la universidad de Salamanca, el jesuita Christopher Clavius y el físico Aloyisius Lilius– el Papa Gregorio XIII decidió reorganizar el calendario juliano, ya que tenía un desfase que acabaría por modificar varias de las celebraciones litúrgicas, impulsando el calendario “gregoriano”.

Dentro de sus medidas graduales, además de mantener el año bisiesto, se eliminaron 10 días de ese año (5 al 15 de octubre) y restauró el año nuevo el 1 de enero.

Con el paso del tiempo fue adoptado por los países católicos europeos y sus colonias (hasta 1585), aunque en las zonas de influencia de otras iglesias se utilizó hasta el siglo XX debido a la brecha de 13 días, con cortes igualmente curiosos como: en el mundo protestante-anglosajón, el cambio se dio en 1752, pasando del 2 al 14 de septiembre en Inglaterra, Estados Unidos y Canadá; en las zonas de influencia ortodoxa se tardará más: en Egipto el año nuevo de 1875 pasó con el salto del 20 de diciembre al 1 de enero; 1918 en Rusia, donde se pasó del 1 al 14 de febrero; y 1924 en Grecia, que adopta el cambio del 16 de febrero al 1 de marzo.

Fuente / Wikimedia.

Finalmente, no podemos olvidar a las culturas ancestrales de nuestros países andinos, para quienes existe una cosmovisión diferente. Al no tener estaciones marcadas por la inclinación de la tierra, se conmemora el sol en sus diferentes pasos.

Una explicación llamativa es la que refiere al movimiento de las sombras durante el transcurso de un año. Así, si observamos la sombra del sol sobre un objeto, desde abril a septiembre se mueve hacia la derecha, mientras que desde octubre a marzo lo hace hacia la derecha, y en dos días (equinoccios del 21 de marzo y 21 de septiembre) lo hace de forma perpendicular (el día sin sombra, o del sol recto), lo que marca la enunciación de meses con sombras cortas para los equinoccios y sombras largas para los solsticios.

Por este motivo, el equinoccio de marzo correspondía con el nuevo año, la primavera y florecimiento, y el giro hacia la derecha estaba dedicado al mundo masculino con la celebración (Raymi) del inti (sol, 21 junio) y kapac (nueva vida, 21 de diciembre), mientras que el giro hacia la izquierda al mundo femenino de la luna (killa, 21 de septiembre) y Pawkar (florecimiento, 21 de marzo).

Nunca tuve certeza si mi profesor era “terraplanista” o solo quiso salir al paso con esa explicación, pero de las leyes de Kepler nunca nos habló y su forma de concebir el mundo y la historia estaban “terraplanadas”.

De todos modos, confío que, en medio de esta complejidad y crisis de contexto, acabadas estas fiestas veraniegas de navidad en el sur, en los que nuestra casa común se aproxima en su máximo punto al sol, nos dispongamos a pasar estos días de solaz y a celebrar este nuevo año, confiando que las promesas que nos hemos hecho no caigan ad kalendas graecas[1].

[1] Expresión romana para indicar que algo no se haría, ya que los griegos no contaban con la división de las calendas o meses de ellos.