LAS ARAÑAS DE MARTE

A lo mejor no estemos tan lejos de ese momento, y el alborozo por el arribo del Perseverance a Marte es apenas otra manera de disimular los temores que se multiplican con cada paso que damos sobre la tierra.

 

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra Stella Maris

En las fantasías de algunos poetas, Marte es una suerte de reino prometido, de lugar de redención donde ponerse a salvo de  los estropicios causados por los humanos en la tierra.

En Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, los hombres recién arribados presienten un zumbido cósmico: la respiración de un insecto invisible -acaso arácnido- y  gigantesco, que al final resulta ser una de las formas de sus propios miedos.

En La guerra de los mundos, de H.G. Wells, los marcianos invaden la tierra, materializando antiguos horrores humanos frente a lo extranjero, lo desconocido.

En el primer caso nosotros somos los alienígenas. En el segundo son los marcianos. En ambos las formas del temor son las mismas, con distinto ropaje.

Para los antiguos romanos, tan inclinados a invadir tierras de bárbaros, Marte era la divinidad que inclinaba la balanza a su favor en los combates. Debe ser por eso que los Estados Unidos de América “Destinados por la Providencia para plagar de miserias al mundo en nombre de la libertad”, según la célebre proclama de Simón Bolívar, han cultivado una fascinación especial por ese planeta, coronada ahora con la llegada del robot Perseverance a territorio marciano.

El robot explorador, sujetado por una  “grúa celestial”, alcanzó su objetivo después de recorrer cerca de 480 millones de kilómetros, en un viaje iniciado el 20 de julio de 2020.

El tiempo de ingreso y descenso en la atmósfera marciana fue calificado por los científicos de la NASA como “Siete minutos de terror”.

Como ustedes habrán advertido, hay claras reminiscencias religiosas en el lenguaje utilizado. La misma palabra Perseverance tiene entre los protestantes un profundo sentido  ontológico. Eso para no hablar de la grúa celestial o los siete minutos de terror que, según algunos, anteceden al juicio final.

Hay en esa obsesión con Marte algo crispado, nervioso: es la exaltación de quien busca con afán un amuleto extraviado entre sus cachivaches.

Ni siquiera, Venus, con sus obvias connotaciones sexuales, ha merecido semejante atención.

Pero, ¿cuál es ese amuleto? Todos los indicios apuntan a la palabra agua, ese elemento clave para la supervivencia de los seres vivos, al menos  en estos confines del universo. “Misiones previas constataron que antes de convertirse en un planeta helado, Marte fue lo suficientemente caliente como para albergar océanos de agua líquida”, expresó uno de los muchos científicos entrevistados por los medios de comunicación.

De modo que la búsqueda de agua está detrás de esta colosal inversión. No es el simple y romántico espíritu explorador que los consumidores  de información creen ver en este tipo de acciones prometeicas. Las viejas conjeturas de un planeta inhabitable en el que la contaminación, las basuras y el desabastecimiento amenazaban la supervivencia de las especies ha empezado a hacerse realidad.

No por casualidad el agua cotiza en la bolsa de valores, al lado del petróleo, el oro y los cereales: cada día escasea más y, por lo tanto, se hace más valiosa.

La gran literatura siempre ha sido visionaria. Abundan los ejemplos de escritores y obras que se anticiparon a su tiempo. Pero su don tiene que ver menos con la adivinación que con la lucidez: ésta última es la capacidad para escudriñar con los ojos bien abiertos en los pliegues de la realidad y descubrir en ellos los  primeros esbozos del rumbo que tomarán los acontecimientos grandes y pequeños.

Un ejemplo de ello es La broma infinita, la colosal novela del  autor estadounidense David Foster Wallace (1962-2008). En sus más de mil páginas, Wallace postula una Norteamérica futura en la que Estados Unidos ha absorbido a sus vecinos y utiliza su territorio, entre otras cosas, para arrojar millones de toneladas de basura altamente tóxica, que no tarda en ocasionar malformaciones en humanos y animales.

En uno de sus delirios con drogas duras, un indigente que cruza como un fantasma por la novela, se asoma al borde de su lucidez y se pregunta si no llegará el día en que  ya no habrá donde arrojar las basuras, porque la tierra y los mares están envenenados y entonces los exploradores saldrán a buscar planetas para convertirlos en algo así como vertederos galácticos de basura y surtidores de agua.

A lo mejor no estemos tan lejos de ese momento, y el alborozo por el arribo del Perseverance a Marte es apenas otra manera de disimular los temores que se multiplican con cada paso que damos sobre la tierra.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada