Para algunos de esos seres, lejos de ser una manera extrema de aislamiento, la soledad es otra forma del diálogo con el universo a través de sus criaturas.
Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris
Please may I go out and howl?
Marilla Waite Freeman
La voz de las cosas
Todo empieza con el encuentro entre, digamos, una mujer nacida el 21 de febrero de 1871 en Honeoye Falls y el narrador de su historia, un hombre de los siglos XX y XXI nacido en un país del que apenas recibe resonancias lejanas, que vive y trabaja en un poblado llamado Siberia, en las estribaciones de las montañas Catskills. El lugar: una tienda de anticuario y un mercado de las pulgas, esos sitios de los que el tiempo no se decide a irse del todo y le habla al visitante y posible comprador desde el corazón de objetos hace tiempo en desuso: relojes despertadores que arrancaron del sueño a gente ya muerta, mesas en las que familias de varias generaciones atrás celebraron la Navidad o el Día de Acción de Gracias, almanaques donde se marca el final y comienzo de una guerra o ventanas de casas derribadas por el olvido y la indolencia.
Y, de vez en cuando, libros.
Arrastrado por esa fuerza misteriosa que, a falta de un nombre mejor, llamamos intuición, Heredia –así pide el narrador que se le nombre –recorre varios de esos mercados antes de regresar a casa, donde se enfrenta a los descubrimientos que van a cambiar su vida para siempre: varias libretas y cuadernos protegidos por sobrias y elegantes tapas, en las que ya es posible adivinar la índole de la propietaria.
Es el sábado 24 de noviembre de 2007. Esos descubrimientos tienen nombre propio y la voz que cuenta los presenta así: “Hoy conocí a Marilla. Hoy supe de su existencia. Pudo no haber ocurrido. Este día extraviado de noviembre pudo haber sido otra cosa muy distinta. Pero aquí estoy de regreso a mi refugio y todo lo que hago o lo que pienso tiene un nombre, una presencia, que hace tres o cuatro horas no existían”.
Tiene en sus manos los cuadernos donde Marilla consignaba sus apuntes de clase en la universidad, sus reflexiones sobre la obra de autores amados y no pocas veces olvidados por los lectores, así como su propia labor creadora expresada en ensayos, artículos y bocetos de ficciones. Ya en la página 27 del libro Heredia da cuenta de su estado de ánimo en un breve aparte subtitulado Permiso para aullar:
“Domingo 25 de noviembre de 2007.
“Ahora todo es Marilla. Es mediodía del domingo y el resto del mediodía será ella: el humor de Marilla, la inteligencia de Marilla, la belleza de Marilla, Marilla aquí y ahora en este extraño futuro, más allá de su vida. Mañana volveré a trabajar y a hacer de todo un poco allá en el mundo, el estanque volverá a enturbiarse y los esfuerzos por atrapar la maravilla serán esporádicos, interrumpidos, dificultosos”.
El nombre completo de la mujer es Marilla Waite Freeman. La escueta reseña de Wikipedia la presenta así: “Marilla Waite Freeman (febrero 21, 1871- octubre 29,1961) fue una destacada bibliotecaria, conocida por sus ideas innovadoras en el servicio de bibliotecas. Para el tiempo de su retiro de la Biblioteca Pública de Cleveland, en 1940, era conocida como una de las bibliotecarias más conocidas y queridas del país”. El resto es un desarrollo en detalle de su carrera pública, propio de cualquier hoja de vida.
El libro de las revelaciones
Justo donde terminan los tecnicismos de la Hoja de vida empiezan el misterio y la maravilla. De estos últimos se ocupa el escritor colombiano Gustavo Arango (Un ramo de Nomeolvides, Santa María del Diablo, Resplandor) en su novela La mujer biblioteca, publicada en Oneonta, Nueva York, bajo el sello de Ediciones El Pozo en febrero de 2022. Son dos tomos en los que el autor teje, a lo largo de 1137 páginas, la trama de un universo en el que discurren la ficción, la biografía, la historia, la autobiografía (alusiones a sus hijos, sus relaciones con las mujeres, su devoción por ciertas películas) y la poesía en una de esas aventuras totalizadoras tan escasas en la literatura contemporánea, marcada por la premura y los imperativos del mercado.
Arango se dedicó durante años a seguir los pasos de Marilla –“María, la de mente brillante”, según las raíces hebreas y teutónicas del nombre– con obstinación febril de enamorado. Como un detective insomne, rastreó sus huellas en objetos y archivos, desde su nacimiento hasta la larga agonía en un hospital de White Plains, Nueva York. El resultado es este libro sobre otros libros: los del propio autor, los que leía la protagonista y los que ella misma hubiese podido escribir. El relato se estructura a través de capítulos breves y otros más extensos en los que se cruzan las percepciones personales del narrador, los datos autobiográficos soltados al azar, la recreación de momentos fundamentales en la Historia de Estados Unidos como la llegada de los peregrinos fundadores a bordo de la embarcación Mayflower, La Guerra de Secesión y La Gran depresión de 1929, así como la primera y segunda guerra mundial. Todo eso tiene como propósito último darle tiempo, cuerpo y lugar a una obsesión: la vida y obra de Marilla Waite Freeman.
¿Pero quién era Marilla Waite Freeman, aparte de la querida y conocida bibliotecaria mencionada en la reseña?
Decir que era un misterio es eludir de entrada la responsabilidad de la respuesta: en últimas, todo ser humano es un gran misterio para sí mismo y para los otros.
De lo que se trata en la novela de Gustavo Arango es de asistir y tratar de aprehender las múltiples dimensiones de ese misterio. Una lectura fácil podría verla como una pionera de los movimientos de liberación de la mujer. Otra mirada podría enfocarse en el tópico de la soledad de los grandes espíritus. Una todavía más prosaica nos mostrará una joven desairada por el amor que se refugia en los libros.
Nada más ajeno a la esencia de esta mujer. En el relato, ni siquiera podemos hablar de una persona hecha de libros: Marilla era los libros, sus libros. Estaba tocada por su gracia. En esa medida, el de bibliotecaria fue para ella un cargo que la mantenía cerca de sus seres amados. Gozoso, pero un cargo, al fin y al cabo. Sólo así se entienden los múltiples sentidos del título de la novela: La mujer biblioteca (The Library Lady, en inglés).
Amante de las adivinanzas y acertijos (conumdrum, en inglés), intuía que el más indescifrable de los acertijos es el mismo Dios. O el universo, o como lo quieran llamar las dudas y certezas de cada quien. Al mismo tiempo, sabía que las palabras son lo único capaz de acercarnos a las cambiantes manifestaciones de lo inefable, algo que el filósofo Ludwig Wittgenstein exploraría hasta los confines de la locura. Para la muestra aquí tenemos uno de esos juegos mentales:
Pregunta: why was Goliath surprised when he was struck by a stone?
Respuesta: Because such a thing never entered his head before.
Esas inclinaciones nos muestran bien temprano una de las muchas facetas del ser de Marilla: su fino sentido del humor. El siguiente es apenas un ejemplo:
“Ruth y Marilla asistieron a la boda de su sirviente de color. De veras fue una fiesta colorida, escribió Marilla. Ruth y yo éramos las únicas personas descoloridas”.
Cartografía de una obsesión
Fue Ernesto Sábato quien anotó que sólo se puede escribir de veras sobre las cosas que nos obsesionan. Animado por el propósito de aproximarse al objeto de su obsesión, el narrador ofrece datos que le permitan al lector fijarla en la realidad, o al menos en esa ilusión de realidad conocida con el nombre de Historia. Aludiendo a los antepasados de Marilla escribe:
“Los hechos que aquí se cuentan tuvieron lugar en 1622. De los 102 peregrinos que se establecieron en Plymouth, sólo la mitad tendría descendencia. A principios del siglo XXI cerca de 35 millones de personas pueden remontarse unas quince generaciones y encontrar entre sus ancestros a algunos de ellos. El viudo Miles Standish se casaría en 1624 con Barbara London, quien había llegado a la colonia un año antes. La pareja tuvo siete hijos. John Alden y Priscilla Mullens tuvieron once hijos que sobrevivieron hasta la edad adulta. Su árbol genealógico es el más frondoso de todos. Además de Marilla Waite Freeman y Henry Wadsworth Longfellow, la actriz Marilyn Monroe y el comediante Dick Van Dike fueron frutos de ese árbol”.
Durante toda la novela Heredia vuelve una y otra vez a su certeza de que, por una suerte de designio o azar, el de Marilla y el suyo hacen parte de un destino común, capaz de trascender tanto las convenciones del espacio y el tiempo como las de los límites entre la vida y la muerte. Así lo expresa en la página 56, donde se alude a la jornada del martes 27 de noviembre de 2007:
“Cuando pienso en Marilla me pregunto por qué fue tan fácil para ella –supongo que fue fácil– decidir quedarse sola, pasar casi un siglo en el mundo sin ceder a la debilidad de poner sobre los hombros de otro ser su debilidad o su destino. Siempre he admirado a aquellos que no han necesitado vivir grandes desastres para curarse de anhelos, esos seres singulares de sabiduría innata que no esperan del mundo más de lo que puede darles”.
Para algunos de esos seres, lejos de ser una manera extrema de aislamiento, la soledad es otra forma del diálogo con el universo a través de sus criaturas. Para unos es la comunión con la naturaleza. Para otros el encuentro con Dios en el silencio y para casi todos, una animada conversación con los libros. A esa estirpe pertenecía Marilla. Se hizo bibliotecaria no para cuidar de los libros en tanto objetos útiles, como en su condición de portadores de un legado eterno del que los autores son simples intermediarios, más allá de la intolerable soberbia mundana de muchos de ellos. Eso la ponía por encima del culto a la personalidad y la dotaba de una gran capacidad de comprensión, paso imprescindible para alcanzar el sentimiento que le es afín: la compasión.
Así lo atestigua su relación con el escritor Floyd Dell, a quien profesa un sentimiento de ternura que no le impide ser rigurosa y a menudo implacable con su obra. Sabe con creces que la condescendencia es fatal para un escritor. Por eso la biblioteca era para ella un sitio de encuentro, en el que la formación de públicos capaces de valorar con criterio una obra era una herramienta irrenunciable. Cuando corresponde, el amante debe ser implacable con el amado, parecía ser su consigna en esos casos.
En esa tarea de formación de conciencias críticas a partir de las bibliotecas puso toda su energía y su imaginación, al parecer inagotables. Todos los caminos eran válidos para alcanzar ese propósito: talleres, jornadas de lectura, aprovechamiento de los lenguajes del cine para acercarse a los libros y conferencias sobre poesía orientadas por invitados o por ella misma.
Sus dotes de lectora amorosa se apoyaban en una gran capacidad organizadora, cualidades invaluables en una bibliotecaria digna de ese nombre. Esa condición la condujo a un recorrido ascendente por instituciones de prestigio nacional. Marilla no fue inferior a esas expectativas. Eso explica que hasta los críticos más acérrimos no ahorraran elogios a la hora de referirse a su trabajo. Sabían que una sociedad no puede edificarse sin echar cimientos en la educación y la cultura. Entre las bibliotecas que fundó y dirigió o contribuyó a crear, se cuentan las de Michigan City, Cleveland y Davenport; también prestó sus servicios en las bibliotecas públicas de Chicago y Newark, así como en la biblioteca de la base militar de Camp Dix (New Jersey) durante la Primera Guerra Mundial. Eso sin hablar de sus aportes a la creación de programas de lectura en hospitales y puntos de atención de combatientes durante la guerra.
No se trataba pues de una mujer refugiada en los libros. El amor que les profesaba era una manera de insertarse en su tiempo con la ayuda de grandes espíritus. Y esa es otra de las fuerzas que surcan la novela: los libros, las historias, los poemas como parte del fuego que anima al mundo. Lo suyo fue un intento de aproximarse a la totalidad del universo, haciendo suya la máxima Nada humano me es ajeno, de Publio Terencio Africano, citada por san Agustín.
Para ello impartió conferencias y publicó numerosos artículos y ensayos enfocados a mostrarles a los lectores las bibliotecas como espacios siempre abiertos a nuevos mundos. Durante sus pesquisas, siempre rodeadas de presagios y mensajes en clave, Heredia se encontró un día con un ensayo de Marilla cuyo título es en sí mismo una invitación: Teoría del juego. El juego, ese componente de la vida que les permite a quienes están atentos a sus señales adentrarse por caminos insospechados.
Mas que de palabras, ciertos libros están hechos de años: son añejos, al modo de esos vinos que dejan en el paladar el regusto a la madera milenaria de los toneles donde se templaron. Lo suyo es una mezcla de “sangre de toro y tierra”, para decirlo con una imagen afortunada del poeta Guillermo Constaín. A esa estirpe pertenece esta novela.
Y como nada humano les es ajeno, Heredia y su singular historia de amor –a esta altura del relato ya sabemos que lo es– con la bibliotecaria gravitan en la frontera que aproxima la vigilia y el sueño. De esas excursiones regresan con grandes recompensas para el lector: visiones de lo eterno manifestado en lo fugaz, arrobamientos místicos y certezas del paso del tiempo sobre los seres y las cosas. No resulta azaroso que, aludiendo a la clase impartida a un grupo de estudiantes de la universidad donde trabaja Heredia, surjan de repente las primeras líneas de aquellos versos del poeta colombiano José Asunción Silva:
Las cosas viejas, tristes, desteñidas,
sin voz y sin color, saben secretos
de las épocas muertas de las vidas
que ya nadie conserva en la memoria,
y a veces a los hombres, cuando inquietos
las miran y las palpan, con extrañas
voces de agonizantes, dicen, paso,
casi al oído, alguna rara historia,
que tiene oscuridad de telarañas,
son de laúd y suavidad de raso.
De esas cosas viejas, tristes, desteñidas, vueltas al mundo por el poder vivificante del verbo, están hechos los trazos de este mapa titulado La mujer biblioteca. Heredia y Marilla sospechan hacia donde conducen las líneas de ese mapa y eso los une con lazos que no son de este mundo. Como no lo son los caminos que condujeron a su encuentro en una tienda de anticuario ese sábado 24 de noviembre de 2007.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada
https://www.youtube.com/watch?v=zGUd8kI3YF8


