Acaba de finalizar en Calarcá la décima versión del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales. Allí se dieron cita entre el 4 y el 10 de septiembre algunos de los intelectuales más destacados del panorama actual de las letras, nutriendo una variada programación cuyo eje central fue la pregunta por el papel del arte y la literatura después del conflicto.

Pablo Montoya, Martha Bello, Santiago Gamboa y Ángel Castaño durante una de las charlas del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales.

 

Redacción TLCDLR

Martha Nubia Bello, docente de la Universidad Nacional e investigadora del Centro Nacional de Memoria Histórica, coordinadora del informe ¡Basta ya!, recordó que la violencia la tocó en forma directa cuando en un pequeño pueblo de Arauca algunos familiares de su madre fueron asesinados en una incursión paramilitar, lo que ocasionó el exilio de toda la familia hacia Venezuela. En el 2005 ella misma tuvo que irse del país por el clima de amenazas que se vivía contra los defensores de Derechos Humanos. “La violencia no solo ha sido una condición de mi vida sino también mi objeto de estudio”, puntualizó la investigadora, quien conversó con los escritores Santiago Gamboa y Pablo Montoya.

“Yo pertenezco a una de esas pocas familias de Colombia que no tienen víctimas directas o cercanas”, comentó a su vez Santiago Gamboa, columnista y autor de novelas como Necrópolis y Vida feliz de un joven llamado Esteban. Sin embargo, tuvo que vivir los años de zozobra y terror de la guerra de los carteles del narcotráfico contra el Estado colombiano. Para él, dijo, el miedo a las bombas de Pablo Escobar fue el referente más concreto y cercano de violencia.

Carolina Sanín conversa con Martha Nubia Bello sobre la literatura y la guerra en Colombia.

Pablo Montoya, autor de novelas como Los derrotados o Tríptico de la infamia, laureado con el premio Rómulo Gallegos, explicó que buena parte de su literatura intenta conciliar la paradoja que le supuso ser simpatizante de la izquierda armada de los años setenta y a la vez víctima de ella. “A finales de los setenta había un entusiasmo por las luchas guerrilleras. Mi papá, que era un hombre frustrado y con muchos problemas en su existencia, fue asesinado en Barranca por una brigada del Ejército de Liberación Nacional que llegó a extorsionar un colega suyo mientras tomaban café por la tarde. He tratado de hacer un duelo por la muerte de mi padre en mis novelas. Pienso que buena parte de mi literatura tiene que ver con resolver esa paradoja”. Las novelas de Montoya suelen abordar desde sus personajes el papel de los intelectuales en tiempos de crisis y coyunturas históricas dramáticas. “Cuando el intelectual se mezcla con el militar, es este último quien triunfa”, aseguró el escritor, que desconfía profundamente de los poderes y prefiere una literatura independiente, a favor de las víctimas y de la verdad.

Performance La llorona, de Yorlady Ruiz, en el Luis Vidales

Para Santiago Gamboa, sin embargo, la cuestión no es tan simple. Aquel recordó que la cultura de occidente nace justamente con una guerra, la guerra de Troya, y con el supuesto poeta –o grupo de poetas– llamado Homero que quiso narrar esa guerra. El arte que puede “transmitir eso que tiene una inquietante belleza, como el Guernika”. Es a pesar de todo un aporte individual, que no puede ceñirse ni encauzarse en grandes proyectos de nación. Una postura similar planteó la escritora Carolina Sanín, quien considera que se ha escrito poco sobre los guerreros, sobre su experiencia en la guerra que definió la historia de este país. El riesgo es una narrativa que en aras de la paz o el respeto a las víctimas se olvide de esos otros relatos y esas otras voces que también fueron protagonistas de la violencia.

“Esta paz nos va a dejar con muchos problemas”, afirmó Pablo Montoya, llamando a no caer en el conocido estereotipo que apuntó García Márquez a propósito de la literatura sobre la Violencia bipartidista, una literatura que se dedicó a hacer listas de muertos olvidándose de los vivos. “La paz favorece a los poderosos. Es un acuerdo entre quienes hicieron daño, un acuerdo entre victimarios. Que nuestros textos sean claros en quiénes son los grandes responsables del mal”, concluyó el escritor.