LOCOS DE PUEBLO

Incluso llegan a ser pintados en murales o retratados para antologías fotográficas que preserven lo característico del lugar. Se transforman en imágenes del paisaje que todos reconocen y expresan cariño, de esta manera la imagen idealizada del loco pueblo se ubica en el lugar perfecto, en postales o en un mural.

Escribe / Christian Camilo Galeano Benjumea. Fotografías / Jessica Arcila Orrego

Frank, un loco de pueblo que dejó a su familia y terminó en las calles consumiendo drogas no perdió la cordialidad  con aquellos que tenían un trato amable con él o le compartían algún alimento. “Bueno, yo tengo dos hijas, una vive por el coliseo con sus hijos, a veces paso a visitarla y saludar a los nietos, aunque no suelo quedarme porque yo soy un loco de la calle. La calle tiene sus peligros hombre, hay que caminarla con mucho cuidado”. Días después el cuerpo Frank fue hallado desmembrado en un lote a las afueras del pueblo. Su cabeza estaba separada de cuerpo al igual que su pene, ambas partes fueron cortadas con sevicia, dejando tras de sí el rastro de la tortura. Al parecer, tuvo un conflicto con un miembro de un grupo dedicado al microtráfico, deudas pendientes, dosis sin pagar y sólo la barbarie podía acabar con el problema. Cuando la locura no encaja en el molde del paisaje cultural ésta termina borrada.

Todo pueblo tiene su Careloco, El Negro, La Yudis o un Frank, aquellos personajes estrafalarios que deambulan por las calles, que van de arriba para abajo hurgando en las basuras o con cajas de cartón para tener con qué comprar un pan o un bareto. Son queridos y tolerados por los habitantes del pueblo, muchos les regalan ropa o dan comida para que puedan saciar el hambre del día o calmar el frío de la noche.

Incluso llegan a ser pintados en murales o retratados para antologías fotográficas que preserven lo característico del lugar. Se transforman en imágenes del paisaje que todos reconocen y expresan cariño, de esta manera la imagen idealizada del loco pueblo se ubica en el lugar perfecto, en postales o en un mural. De esta manera es despojado de las contradicciones y las miserias que encarna, ya no es un hombre que sufre en las calles que se debe ayudar, sino una artesanía.

Pero estos hombres de carne y hueso que padecen la inclemencia del clima, la ansiedad de una adicción, el abandono en las calles o el delirio de una enfermedad mental, son convertidos en personajes típicos, en otras palabras, pasan a ser artesanías vivas de un territorio. Si las ciudades tienen la característica de anular o desaparecer a aquellos habitantes de calle que son desagradables, los pueblos, debido a una espacialidad reducida, realizan un movimiento más sutil sobre las anormalidades: las convierte en piezas folclóricas del paisaje que conducen al mismo resultado, la anulación del otro.

¿Qué mecanismo se configuran en los territorios rurales a través de los cuales un loco de pueblo pasa a ser una pieza folclórica del paisaje? Al trasladar la mirada a las calles de cualquier pueblo se observa cómo los habitantes  reconocen que ese personaje hace parte del lugar, habita las calles y su vida se da en ellas. En muchas ocasiones los locos del pueblo duermen al lado de un colegio o incluso en un andén de la alcaldía o en los escalones del templo principal. Pero este reconocimiento opera como un acto de mala fe, ya que no reconoce al individuo sino a la imagen del personaje típico de la cual no se debe buscar su bienestar o garantizar sus derechos. En la miseria de su existencia cumple el papel perfecto dentro de la idiosincrasia del pueblo.

Otro movimiento que se da en las relaciones del pueblo con sus locos, parte de lo inofensivos de estos personajes y que no representan ningún peligro para los ciudadanos, así empiezan a ganarse el aprecio, un aprecio mediado por una distancia en el trato y el contacto. Bajo esa lógica el loco del pueblo puede entrar en crisis producto de la abstinencia o una recaída debido a un trastorno psiquiátrico severo que padece y las personas simplemente lo ven como un espectáculo, un show. De esta manera los otros son tolerados, y la sociedad no debe preocuparse por ellos, buscar un lugar o un tratamiento para calmar sus padecimientos o hambre.

Se puede dirigir, entonces, la mirada a las calles de cualquier pueblo para observar cómo algunos locos deambulan con un costal al hombro, fisgonean en la basura, otros van por las cafeterías pidiendo alguna moneda. Otro se golpea el rostro con sus manos desesperadamente, los fieles ingresan en un templo al lado de la alcaldía mientras el sacerdote inicia la homilía,  el loco del pueblo padece una crisis, y todo continúa con la normalidad de siempre. Así, los locos  pasan a ser un producto del folclor pueblerino, en la medida de que son tolerados y, hasta cierto punto, queridos, en tanto no sobrepasen los límites de sociedades conservadoras.

¿Qué pasa cuando estos límites son rotos por algún loco de pueblo?  Acontecen actos de limpieza, es decir, son llevados a otros pueblos, asesinados, desaparecidos por una ‘mano negra’ o por el ‘duro’ del pueblo, bajo la mirada complaciente de los habitantes del lugar. Algunos se llegan a lamentar, pero agradecen que aquel personaje que estaba “haciendo daños” se haya marchado. Porque con sus acciones estaba perturbando la tranquilidad del lugar, por eso es mejor que solo estén aquellos que puedan cumplir el papel de artesanía viva en el marco del paisaje cultural pueblerino.

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