MANUAL PARA CONVIVIR CON SU PRIMER CARRO

Es menester informar que también a usted lo va a acompañar la obligación moral de compararlo con otros carros semejantes en cada semáforo, parqueadero público o privado…

 

Escribe / Santiago Martínez Chávez – Ilustra / Stella Maris

Aunque en muchas partes del mundo precisen el término a coche o automóvil, estoy seguro que en todos los rincones de Colombia el vocablo preciso es carro. Significa lo mismo aquí en Bogotá, en Ocaña o en el Bajo Atrato, y porque soy primerizo en esto de tener carro he decidido construir un manual para que usted recuerde la experiencia de convivencia (porque sí, convive con él) o para que se prepare y me vuelva a leer el día en que compre el suyo.

Usted convive con su carro porque debe existir de forma respetuosa con él al menos un par de años, por varios cientos de horas de tráfico y es que no es para menos, en un terruño como este, del tercer mundo, sigue siendo un lujo poder movilizarse en ese habitáculo de latas y cristales, sostenido y aguantado por cuatro ruedas de caucho negro e impulsado por un complejo sistema de válvulas, pistones, bloque y cilindros que cobran vida por medio de la combustión que, como todo lujo, cuesta. Sobre todo, en una ciudad llena de huecos, socavones, hundimientos y caos como lo es la Atenas suramericana de Antanas, Bogotá.

Aunque por lo general pese algo más de una tonelada y sea capaz de llevarlo a usted, con toda su familia, su perro, su gato y su amigo pegado, un carro no es más que otro pedazo frágil, quebradizo y sobre todo inconsciente de usted mismo, algo que bien puede ser suyo en forma real y material y que, aunque lo ate con un cinturón de tres puntos al asiento del conductor no es su cuerpo. Qué paradoja, ¿no lo cree?

Empecemos el manual revelando algo que hasta el momento puede parecer inextricable, casi ilógico: usted no escoge a su carro, su carro lo escoge a usted. Creía hasta hace unos meses saber lo necesario sobre vehículos automotores, no soy mecánico, pero soy preguntón y algo aprendí en las conversaciones de carretera con mi abuelo; después de ver más de 100 ejemplares –a simple vista todos iguales–, me incorporé en el asiento del último que probaría, lo saludé con las manos recreando el círculo del volante, embrague y freno al fondo como un millón de veces me lo repitió mi papá, llave girando y gasolina bombeando a su motor. Suben las revoluciones y siento cómo es él quien me susurra al oído “vámonos, llevaba mucho tiempo esperando”.

El segundo punto a intimar, trata de explicar a fondo esa fragilidad e inconciencia de su vehículo automotor. Aunque he conducido muchos carros ajenos (incluso golpeado algunos) no había sido consciente de ello hasta que vi el primer rayón en el mío. Sin querer usted, al igual que yo, va a memorizar cada centímetro tanto exterior como interior de la composición material de su carro y tendrá que sufrir cóleras incomprensibles cuando encuentre algún daño en el mismo.

En tercer lugar, debe usted saber que con cualquier carro viene incluido un diablillo chiquitito como el que acompaña a Sabines en aquel poema, un diablo paranoico y ansioso que se le encarama al hombro a cualquiera andando como un maldito, como un loco y adivinando cosas que a usted nadie le dijo pero que no para de imaginar cada vez que lo abandona (a su carro, por supuesto) en cualquier pasaje, andén, plaza o bahía y que muchas veces, por más tremendo afán que lleve, lo termina devolviendo, incorporando al mismo y casi que a gritos exige lo deje descansando en un lugar cálido y, eso sí, tranquilo.

Por último, debe tener en cuenta que se volverá un completo entusiasta de la baja en el precio del petróleo. Si antes le importaba poco o nada el precio de la gasolina, ahora como papá primerizo de un carro andará (instintivamente) viendo cada aviso con luces de neón o pantallas led en las gasolineras de la ciudad y luego de comprobar que no siempre lo más barato es lo que más le conviene; decidirá casarse con una sola estación de servicio y combustible, y, así como usted entra solo al baño de su casa –exceptuando complicaciones–, surtirá ese líquido inflamable y con olor fétido que hace carro a su carro en esa y solo en esa “bomba” de gasolina.

Es menester informar que también a usted lo va a acompañar la obligación moral de compararlo con otros carros semejantes en cada semáforo, parqueadero público o privado, señal de alto o en medio del tráfico y que además experimentará un efecto secundario relacionado con algún tipo de enfermedad obsesiva compulsiva, que, de corazón, espero se le vuelva vicio de tanto limpiarlo, lavarlo, brillarlo e incluso observarlo. Si le va bien, con el tiempo lo superará y quedará satisfecho llevándolo de manera periódica a algún sitio especializado. Ahora, si le va muy mal –como a mí– el efecto secundario se volverá querencia, práctica habitual.

Si llegó hasta aquí es porque tuvo, tiene o tendrá un carro. Espero que lo disfrute tanto como este escritor a medias que desde niño lo soñó y que ahora, aunque lo lleva por la vida sin un centavo –no es para menos con el sueldo de universitario–, acarrea dentro del habitáculo de cristales y plásticos negros una felicidad que brota por los poros cada vez que lo conduce y se sincroniza en uno solo hacia el único y absoluto destino de la complicidad que tiene un carro con su dueño, amigo fiel.

Twitter: @escritoramedias