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Más allá de la cortina de hierro

Es evidente que Gabriel García Márquez mostraba mayor interés en los horizontes culturales que ofrecía una tierra poco narrada y poetizada como el continente americano, especialmente el Caribe, así que, con un proyecto literario a cuestas que se había inaugurado con La hojarasca, iría abonando su experiencia periodística que, como sabemos, está íntimamente ligada a su construcción como literato.

Gabriel García Márquez en su escritorio en la sala de redacción de El Espectador.

Por: Sebastián Gallo Sánchez

“Cuando regresó a nosotros, pocos meses después,

nos trajo a los colombianos, desde la bisabuela Europa, noticias de Colombia.”

Gabriel García Márquez, El Espectador, 1952.

“El Espectador envía redactor a Ginebra” era la noticia que podía leerse el 13 de julio de 1955 en el diario de la capital colombiana. Aquella nota anunciaba algo más que el viaje del joven reportero a la vieja Europa; marcaría uno de los caminos más amplios y vigorosos de la literatura latinoamericana.

En 1952 cuando García Márquez escribió a propósito del viaje de Castro Saavedra la ‘jirafa’ titulada “Un poeta en la ciudad” vaticinaba lo que sería su marcha a Europa, es decir, el escritor costeño era lo suficientemente maduro como americano para entender que en Europa no había muchas cosas que pudieran aportarle a su visión del mundo que no estuvieran ya en América y el Caribe.

Los hechos que relata Jacques Gilard* muestran a un García Márquez que posee un interés burlesco en las costumbres europeas, el mismo que durante una noche fría en Viena reacciona saliendo a silbar un merengue vallenato y que folcloriza a los franceses, caricaturizándolos con un metro de pan debajo del brazo. Todo ello es tal vez resultado de la opinión que se había forjado de Europa, gracias a los escritores colombianos.

Es evidente que Gabriel García Márquez mostraba mayor interés en los horizontes culturales que ofrecía una tierra poco narrada y poetizada como el continente americano, especialmente el Caribe, así que, con un proyecto literario a cuestas que se había inaugurado con La hojarasca, iría abonando su experiencia periodística que, como sabemos, está íntimamente ligada a su construcción como literato.

No olvidemos que en aquella época (1955-1957) escribe El coronel no tiene quien le escriba a la par que sus grandes reportajes, como el caso de las filtraciones francesas “Affaire des Fuites” y 90 días en La cortina de hierro, así como una larga lista de artículos de segunda mano, estos últimos como resultado de la ardua tarea que resultaba escribir los grandes reportajes y la fuerte competencia periodística en Europa, todo ello aunado a la poca ayuda de la que podía disponer.

Para el tiempo en que Gabriel García Márquez escribió su reportaje sobre la cortina de hierro era impensable que pudiera publicarlo en la Colombia del General Pinilla. Recordemos que su época económicamente más oscura fue cuando el régimen ordenó cerrar las publicaciones que representaran oposición, haciendo de El Espectador víctima de la censura, llevando a García Márquez a colaborar con el diario sustituto llamado El Independiente, que se suspendería finalmente en abril de 1956, dejándolo a la deriva y por eso decide quedarse en Europa con el dinero del pasaje de regreso. Aquel texto no vería la luz pública hasta que fue publicado en Cromos en 1959.

Con Plinio Apuleyo Mendoza en los países comunistas.

Un viaje al otro lado

Debió ser honda la impresión que causó en el escritor costeño la situación que afrontó el país en los años cincuenta. Su simpatía por el socialismo tal vez logró llevarlo por los parajes de los países que adoptaron este modelo, con el fin de ver los contrastes que había más allá de la cortina de hierro: desde los dominios de la Unión Soviética hasta los países satélites que sufrían su influencia, como fue el caso de Hungría.

Gabriel García Márquez llegó a guardar silencio ante determinadas cuestiones que hubieran sido motivo de indignación para algunos simpatizantes del socialismo, como la hegemonía soviética frente a países satélites; sin embargo, sus críticas al socialismo aparecen pronto, cuando es capturado y asesinado Imre Nagy a los 62 años de edad.

Si bien García Márquez no parece pretender desprestigiar el socialismo, en el texto Nagy: ¿héroe o traidor? (1958) puede corroborarse que ha ejercido una postura crítica frente al periodismo occidental que pretende desprestigiar el socialismo, sin dejar de mostrarse inconforme con el asesinato de Nagy y con la acumulación de poder de Krushchev, tildando el asesinato del líder social de asesinato político: “la ejecución de Imre Nagy, más que un acto de justicia, es un puro y simple asesinato político”.

Los países opositores a la presencia soviética no estarían dispuestos al accionar de las poderosas tropas y a la condena de sus líderes por parte de la Unión; esta situación fue criticada por Márquez en el caso de Hungría, pues, luego de una revuelta en Budapest que pedía la expulsión de las tropas soviéticas y un gobierno presidido por Nagy, 6.000 tanques y 200.000 soldados soviéticos dieron fin a ella, dando paso a la desaparición de Nagy, de quien más adelante se sabría que fue fusilado.

También es cierto que, de este tiempo, múltiples impresiones quedarían plasmadas en las obras del nobel colombiano, como fue la que le causó la momia de Stalin, de la cual tomaría las manos de doncella para el patriarca de El otoño del patriarca, así como la idea de la soledad que ostenta el poder.

Muchos elementos que aparecen en obras como Cien años de soledad pueden encontrarse en los artículos de aquella época, por tanto, la maduración literaria de García Márquez se vio marcada tanto por su experiencia periodística como por la impresión que le dejó su ruta por los países que aplicaron la ideología que él consideraba más adecuada para salvar a la humanidad.

Después de escribir aquellos textos, García Márquez se aferraría a su amistad con Plinio Apuleyo Mendoza, a quien conoció en Bogotá cuando García Márquez se ocupaba del suplemento estudiantil del diario La Razón.

El primer encuentro fue junto a Camilo Torres y Carlos Villar Borda, pero su reencuentro en Europa se dio en el bar La Chope Parisienne, junto a Arturo Laguado y Carlos Obregón, en 1955. Aquel momento marcaría sin duda la vida del escritor, pues tiempo después Plinio Apuleyo regresaría a América para trabajar en Caracas en el semanario Momento de la cadena Capriles e invitaría a García Márquez a trabajar con él. Es así como este lo recibe en Maiquetía el 23 de diciembre de 1957.

En la Plaza Roja de Moscú, en 1957, junto con otros visitantes.

Trabajaron allí durante un tiempo hasta que renuncian por un extraño conflicto con el director y regresan a Colombia (primero Plinio Apuleyo, más tarde García Márquez) para trabajar en la agencia de noticias Prensa Latina que buscaba eliminar los prejuicios sobre la revolución cubana en América Latina, por la influencia que Norteamérica ejercía en la prensa.

Después de aquello, García Márquez iría a La Habana a trabajar en Prensa Latina por invitación de Jorge Ricardo Masetti, luego a New York y finalmente a México, donde, como es sabido, escribiría Cien años de soledad y pasaría sus últimos años de vida.

Según la investigación de Gilard, cuando García Márquez viajó a Europa era un americano lo suficientemente “maduro” como para encontrar algo allí que no conociera con anterioridad en Colombia. Equiparaba a Ginebra con Manizales y a muchas otras ciudades europeas con ciudades colombianas, hasta el éxito de la música del Caribe en Europa le parecía completamente normal en un imaginario de superioridad cultural que estaba en decadencia porque se estaba muriendo de viejo.

 En aquel salón lleno de humo, bailando cumbia con espermas encendidas y comiendo butifarras, me pareció que no había valido la pena atravesar el Océano Atlántico para volver a las fiestas de San Roque en Barranquilla. Sólo faltaba allí el negro Adán. Lo demás es literatura barata. La ciudad de El tercer hombre.

Sabemos que para el escritor costeño la Europa socialista era un mundo completamente distinto de la Europa que le parecía risible y que aquella Europa de la cortina de hierro parecía ofrecer miles de posibilidades a la humanidad, pero aquella madurez de latinoamericano costeño parece desfallecer cuando encuentra que en aquel modelo se evidencian las mismas taras que tiene el capitalismo y que dentro de lo novedoso y prometedor siempre hay un espacio para la cotidiana desilusión que sugiere plantearse una realidad utópica.

Hay que decir que a pesar de ello García Márquez continuó trabajando con aparente resignación o haciéndose de la vista gorda, bajo sus principios ideológicos, como lo evidencia su trabajo en Prensa Latina, que fue completamente militante hasta 1960 y gracias a su constancia y genio logró ser un referente fundamental de la literatura en Latinoamérica, de modo que cuando viajó al lado prohibido de Europa para hallar en el socialismo respuestas, encontró pocas cosas que no podía encontrar en Colombia y por el contrario, constató la misma criminalidad política a mayor escala y nos trajo desde la vieja Unión Soviética profecías a los latinoamericanos.

* Gabriel García Márquez, Obra periodística 3, De Europa y América, Recopilación y prólogo de Jaques Gilard, Editorial Norma S.A, Santafé de Bogotá, 1997.