MI ENCUENTRO CON ESCRITORES (1)

De las cuatro crónicas que relato aquí, tres tienen otra protagonista aparte del escritor con el que me encuentro y de mí: mi exnovia: una de mis mejores amigas y escritoras que he conocido, Hannis Vaca. Así que no solo son crónicas satíricas, sino que también, podría decirse, son crónicas de un amor que perdurará hasta el polvo.

 

Escribe / Mateo Quintero

Luis Carlos “El tuerto” López: un saludo transfigurado

Empezó mal. Ya conocía Cartagena pero de la manera en que se conocen aquellas películas de la infancia: de un modo superficial, vago, lleno de lagunas, como las borracheras de las cuales te despiertas con una sonrisa y con una mujer al lado, pero sin saber cómo ni cuándo ni qué ocurrió realmente. Tenía cinco años cuando fui por vez primera, y no paré de chillar, como cualquier niño que interrumpe la felicidad de los padres, e implorar que me regresaran a esa ciudad sin gracia que es Dosquebradas. Años después volví, como a los 10 o 12, pero mi entrada a la adolescencia solo está marcada por una calentura que no bajaba nunca, así que lo único que recuerdo del mar son los cuerpos bronceados de algunas damas que quizá hoy en día ya no estén en el fulgor de esos años.

Así que, bueno, después de seis años de trabajo ininterrumpido, sin vacaciones, quise ver el mar para recordarlo. Mi novia de entonces no lo había visto ni una vez, así que iba a ser un descubrimiento para ambos: veríamos el sol lamiendo el agua salada mientras bebíamos en el inclemente calor del Caribe. Compramos con anticipación de tres o cuatro meses un plan que de lo barato daba risa, y esperamos con paciencia. Pero como digo, empezó mal. Dos días antes del vuelo mi novia me terminó.

  • No jodás –le dije–. ¿Cómo me vas a terminar dos días antes del paseo?
  • Es que ya no aguanto. ¿Tenía que esperar pues a cuando tú quisieras para acabar esto?
  • Pues no, pero es ilógico. Yo extendería un poco más la paciencia para disfrutar la playa.
  • Si quieres, vas con otra persona. Tienes dos días todavía. No me importa con quién vayas.

Dos días para conseguir un acompañante completamente inesperado para un viaje de tres días con todo pago. ¿Qué creía? Era una tarea ardua que no pensaba emprender.

  • No ha pasado nada grave. Los problemas que tenemos vienen de tiempo atrás. Disfrutemos este último fin de semana y, al terminar el viaje, terminamos nosotros. ¿Te parece?
  • Bueno pues –contestó con un gesto de resignación que preferí ignorar porque lo único que pensaba era en emborracharme en Cartagena.

Cabe recalcar que también era mi primera vez en avión. Yo, que solo creo en la mala suerte y que no creo en absoluto en Avianca, pensé que Dios me jugaría la mala pasada de mandar un rayo que me hiciera conocer el mar hasta el fondo. Pero no fue así. El viaje estuvo tan tranquilo que luego de ver la primera nube me dormí al lado de mi novia, o exnovia postergada, para ser más precisos.

Recuerdo que Borges en un prólogo dice: “Descubrir a Dostoievski es como descubrir el amor o ver el mar por primera vez”. Para mí fue distinto: descubrir el mar fue como cuando descubrí a Dostoievski cinco años atrás, o el amor hacía tres años, o la culminación del amor hacía tres días. Pero bueno, el orden de los factores no altera el producto.

El mar me recordó una vieja añoranza de infancia: cuando me preguntaban qué quería ser, irremediablemente respondía: un pirata. He sido muchas cosas en la vida, mas ninguna me ha satisfecho. Ni amante, ni escritor, ni profesor, ni tramitador, ni estudiante, ni borracho, ni bailarín frustrado, ni ridículo contador de historias en los bares. Yo solo hubiera servido para dos cosas: emperador, porque no me gusta sino mandar, y pirata, porque emborracharme al son de las olas sería el destino más gratificante que me pudiera brindar el hado. Y si a eso le añado robar al estado de vez en cuando, quitarle su oro y hacer palidecer a los gobernantes, ¡qué más le puedo pedir a la existencia! Así que como me gusta figurarme estupideces, y como había estado leyendo sobre le reencarnación y el budismo, me dije al sentir la sal en mi rostro: en vidas pasadas debí ser Nerón y Barba negra. Y ahora soy un simple hombre al que pronto dejarán solo en su miseria, porque el único que lo aguanta es su madre porque ni lo conoce bien.

Los días pasaron como en un ensueño. Nada mejor que no hacer nada. Mi único y verdadero objetivo en la vida es que la canción de El gran combo, No hago más na’, me salga al pie de la letra. Por lo menos esos días los sentí así. El hotel estaba a dos cuadras de la playa. Me levantaba, iba a la playa, bebía, regresaba, dormía, despertaba, nadaba, bebía, y así en una espiral de licor y sal que me llevaba al Nirvana. Pero en la noche quise conocer aquella Ciudad triste, ayer reina de la mar. Y salimos mi novia y yo en busca de lo que ofrecía la vida nocturna de la ciudad amurallada. Parejas iban y venían, radiantes en su dicha, como si la vida fuera un sueño, como si nada importara más que el deleite, la música de las calles, la luna ardiente y el licor barato.

Pasamos por una discoteca deslumbrante. Un joven que se hallaba afuera nos dijo que entráramos, que la rumba era la mejor que ofrecía la ciudad, que el baile era hasta las seis de la mañana, que (esto al oído) las mujeres más bellas caían luego de las doce. Dijimos que no. Insistió. Repetimos amablemente nuestra negativa. Les regalo dos cocteles, dijo. Entramos.

Pedimos los dos cocteles de cortesía mientras disfrutábamos del destello de las luces de neón. Bailamos unos quince minutos y el mesero nos pasó la carta, como para presionar que gastáramos algo más que silla. Vimos los precios. Una botella de ron a 150.000 pesos. Recordé mis bares pereiranos, a 50 la botella. Nos miramos ella y yo. Salimos pitados.

Afuera, justo en frente,  había un estanquillo de esos que frecuento en mi ciudad. Bancos en la acera y señores ebrios hasta la saciedad. Me sentí más en familia y cruzamos. Pedí una botella de ron y nos sentamos sintiendo la brisa. Como soy amante de los nombres de los estanquillos, me paré del banco y miré arriba de la puerta. Ahí estaba el nombre, que supongo que no me impresionó porque no lo recuerdo. Pero al lado, encima de una farola, vi una placa, sucinta, sobria, como sus poemas: “Aquí nació el poeta Luis C. López”. Y retumbaron en mí sus poemas, A mi ciudad nativa, que me hizo pensar: si esta Cartagena es como unos zapatos viejos, ¿cómo era la de antaño? Y luego recordé esos versos que recité de memoria mientras cerraba los ojos: “Para libar el jugo de agrios vinos / – no dejes ver la pierna / muchacha – los marinos / vendrán dentro de poco a la taberna”. Y al levantar los párpados, vi a unas muchachas que sí querían mostrar todo lo posible, unas muchachas que sí dejaban ver las piernas, esos dos árboles, esos dos milagros bronceados naturalmente, semicubiertos con faldas cortas de lentejuelas, y mientras subía la mirada pensaba que quería conservar ese instante para siempre. Al llegar a su rostro, las tres prostitutas me hicieron una invitación picándome el ojo izquierdo, justo por el que Luis Carlos no podía ver, como un saludo transfigurado del poeta desde el más allá.

Yo sé que fuiste vos, Tuerto querido.