Negro oscuro

¿Y por qué no escribimos el nombre de nuestro primer amor en mierda de vaca? Puede salir más barato que hacerlo sobre, por ejemplo, arena de mar. Aunque quien vive cerca de la costa pensará lo contrario. Vaya estupidez y comentario malogrado, por piedad de Baco. Mal comienzo. Samuel Beckett ni se dignaría a revolcarse en su tumba. Pero… ¿cuál tumba? Si aún vive, y donde sea que esté por momentos manipula a esta esfera, escribiendo y creando situaciones tragicómicas.

Broderick (derecha) interpreta con tal naturalidad a Beckett (izquierda) que parece ser él quien va a una obra de teatro, mientras relata su triste y pesimista y, por ende, cómica historia.
Imagen tomada de: ntc-narrativa.blogspot.com

Por: Juan Francisco Molina Moncada

Tal vez si Groucho Marx hubiese visto “Primer amor” de Samuel Beckett, interpretada por Joe Broderick en el teatrino del Santiago Londoño, en el marco del III encuentro de lecturas dramáticas, jamás hubiese dicho su reconocida frase “He disfrutado mucho con esta obra de teatro. Especialmente en el descanso”, por las siguientes dos razones:

1. La obra no tuvo descanso. Broderick asistió a un acto único en el cual más de 100 personas reían y reían…ah, y también reían.

2. Por la misma razón que alguien ni borracho, ni drogado ni en éxtasis pueda sentir nada, o bien, porque a una persona “le pueda gustar el apio porque sabe a violeta, y la violeta porque le sabe a apio”, Marx (Groucho)  no estaría en el contexto citado. Tan solo se usó esto para justificar una manera de comenzar la reseña a propósito del conversatorio y monólogo de Joe Broderick, más que escenificando, reencarnando al irlandés Beckett.

Porque la malicia y estulticia que acaso se dibujaba en el rostro de Broderick cuando hablaba de Beckett, se hizo presente, y  se le vio de reojo desnuda, en todo su esplendor, cuando Beckett o Broderick, o ambos, salieron al escenario a hablar. ¿Cuál era la identidad de esa persona? Sin nombre, sin apellido, sin fecha de nacimiento. Nihilismo en su totalidad.

Y a propósito de desnudos, aquel hombre jamás está desnudo. Tal vez se quita las botas para dormir, teniendo algo en su mano, una sopera preferiblemente, para que le brinde seguridad. Y quien sabe si en el regazo de una bizca mujer si lo habrá estado, aunque su miembro no dé razón. Parece que vive de la prostitución y no se da cuenta, mientras su amada lo mira fijamente con un ojo (ojo, es bizca). La bulla del crío que ambos tienen lo desespera a tal punto que lo hace abandonar un lugar sin necesidad de que lo expulsen, a pesar de haber insistido en el aborto para que las areolas del seno de su pareja de nuevo se tornasen rosa.

Es esto lo único rosa que posee esta historia. Es oscura, un canto lúgubre y triste. Hasta algo tiene de hermosa. Y lo decía Broderick cuando era Joe Broderick el jueves en el auditorio de medicina de la Universidad Tecnológica de Pereira. El escritor irlandés, australiano de nacimiento y afincando en Colombia desde 1969, no dejaba de sonreír con sorna cuando hablaba de aquel autor, cuyo mentor fue James Joyce, que bien escribía en francés o en su lengua materna y que le encantaban los apellidos irlandeses cuyo inicio era la letra “M”. Es cuando Broderick insiste que la obra de Beckett era cómica, y que puede hacer sentir culpable a quien se ríe, tal cual se tratase de una condena.

Una pena que podría someter a alguien, por ejemplo, al estreñimiento mientras las habitaciones de la casa que hereda de su padre se cierran como las de la casa tomada de Cortázar, dejándolo a merced de una cotidianidad que implica el hecho de comer plátanos y un sándwich bajo el fresco y agradable olor de un cementerio o pasar el día en paz en las bancas que dan sabrá dios o el diablo a cuál de los dos canales de la ciudad, hasta cuando una mujer persistente llamada Ana o Lulú perturba la tranquilidad del héroe de Beckett, quien al final puede decirse, resume su (no) amor, del cual escuchó hablar en la casa, la escuela, el burdel y la iglesia, afirmando que “el error que uno comete es hablar con la gente”.

Broderick toma de nuevo la palabra (siendo Broderick, en el auditorio de medicina), para hablar de Beckett y sus heroicos personajes como personas que fracasan cada vez mejor, personas atormentadas, cuyo dramatismo desemboca en los oscuros terrenos y pantanos de la comedia negra, “donde hay más maleza que pasto, donde hay más lodo que maleza”.

Aquel territorio donde es agradable ver “novecientos acres de cadáveres bien empacaditos”, en donde la muerte huele bien, y los humanos mientras más se perfuman apestan, en donde “dejar de ser uno mismo es peor que cuando uno lo es”.

La historia llena de contradicciones tiene la magia y el toque de la comedia. Se da licencia para no ser consecuente y hablar en la misma línea de la contradicción entre lo primaveral y lo marchito, y del arte de pensar libremente sobre otras cosas diferentes a las que estamos viviendo o presenciando.

La obra de Beckett, “primer amor” de bella prosa y al parecer escrita con plumas de buitre carroñero presenta a un personaje con tanta penumbra y gracia que brilla por sí mismo en el mar (o pantano, o lo que sea) del ingenio, el talento y la imaginación. Es una pintura de trazos bizarros, que se resume en bellos cuadros tales como la idea de una mujer que mientras acaricia los tobillos de su enamorado, este no tiene algo más pensado que patearle el coño. La retorcida y amarga delicia de la comedia en toda su rectitud.

Y es al final que Broderick, siendo ya Broderick el viernes en el escenario del teatrino del Santiago Londoño con su sombrero, gabardina y abrigo negro, ve como el público de la obra a la cual el asistió lo aplaude de pie, entre ellos, quizá, escondido el bigotudo de Groucho Marx. Por más de una hora el irlandés fue el otro irlandés, Beckett fue Broderick, o al contrario, o mejor, ambos fueron la estupidez, la esencia de lo que se conoce o llama comedia.

Porque de todo esto hasta quedan enseñanzas morales, como por ejemplo, racionar las dosis de cianuro, no leer (y si se hace tomar con pinzas) reseñas teatrales sobre obras cómicas. Suelen provocar cualquier cosa menos risa. Ah, y escribir el nombre de nuestro primer amor en mierda de vaca.

PD: En la presente reseña se citan directamente e indirectamente algunos fragmentos de lo que dijo Joe Broderick en su obra (en realidad encarnación de Samuel Beckett), o bien, fragmentos del cuento “Primer amor” del mismo.