PHILIP AGEE: EL ESPÍA QUE RENUNCIÓ A LA CIA Y LA DEVELÓ ANTE EL MUNDO (III)

“Nosotros llamamos a esto ‘mundo libre’, pero la única libertad, en estas circunstancias, es la libertad de los ricos para explotar a los pobres”.

Philip Agee. La CIA por dentro. Diario de un espía

 

Por Jaime Flórez Meza

Los dos años de Philip Agee en Uruguay (1964-1966) le mostraron que la CIA seguía aplicando la fórmula de promover, mediante sus operaciones secretas, golpes de estado a gobernantes progresistas como Juan Bosch en la República Dominicana y João Goulart en Brasil; y de inducir a todas las naciones latinoamericanas a romper relaciones diplomáticas con Cuba, su principal enemigo en el hemisferio occidental (Uruguay lo hizo en septiembre de 1964). Pero su sentido de identidad y pertenencia a la CIA se vio afectado a raíz de la invasión militar de EE. UU. a la República Dominicana en abril de 1965 —que buscaba impedir que el depuesto y legítimo presidente Bosch fuera restaurado en el poder—, juzgándola innecesaria y desproporcionada, lo que era a todas luces cierto. Un año atrás había sido derrocado por un golpe militar João Goulart, exiliado posteriormente en Uruguay. Sin embargo, fue la ocupación militar estadounidense de la República Dominicana lo que llevó a Agee a comenzar a descreer del papel político de la Agencia y de su gobierno en la defensa y promoción de la democracia en el mundo.

Pero estamos en los años sesenta, la década rebelde por antonomasia del siglo XX, y a Agee lo espera una interesante misión en México antes de darle un vuelco absoluto a su vida. Su estadía en el país coincidirá con un espeluznante acontecimiento.

 

To be or not to be

En septiembre de 1966 Agee recibe en Washington DC la asignación como oficial a cargo de apoyo contra los soviéticos en la Rama México. Dice estar “saturado de tanta guerrilla y contrainsurgencia”.[1] Y ni siquiera un prometedor programa de retiros a los cincuenta años, en el cual ha sido incluido, lo motiva a seguir en la CIA por diecinueve años más (tenía entonces 31 años) hasta retirarse “con una interesante jubilación”.[2]

En octubre del mismo año finalmente se separa de su esposa. “La tensión del momento en que tuve que dejar a los chicos fue aun peor de lo que esperaba, pero voy a verlos bien a menudo. Con Janet, sin embargo, pienso que voy a tener una lucha larga y amarga. Dejar a los chicos con ella me obliga a recurrir a todo mi control emocional: simplemente no hay forma de que pueda obtener su custodia, según las tradiciones”.[3]

En estos momentos Agee piensa seriamente en su renuncia. Ha dejado de creer en la CIA:

“Si no renuncio tendré que quedarme empantanado en este estúpido trabajo y, eventualmente, puede que me envíen de nuevo a algún lugar de Latinoamérica y me separarán de mis chicos. De cualquier forma que lo mire, no veo una buena salida. Pero voy a renunciar a la CIA. Ya no creo en lo que hace la Agencia. (…) No voy a decir exactamente por qué me voy, porque si se conociera la verdad la prima de mi seguro sería cancelada y simplemente me echarían. Aduciré ‘razones personales’ y lo relacionaré con mi situación doméstica. De otra forma, no me pagarían mientras busco otro trabajo. La cuestión no es si lo hago, sino cuándo renuncio”.[4]

Pero hay un posible cambio en su misión ante la perspectiva de que sea asignado como agregado especial de la embajada de los EE. UU. para los Juegos Olímpicos de 1968, a realizarse en Ciudad de México. Agee se vuelve a interesar en su trabajo y pospone la renuncia a la espera de este nombramiento. Empieza a leer todo lo que puede sobre México.

 

Misión: México

“Debido a la importancia estratégica que tiene México para los Estados Unidos, su tamaño, su proximidad y la abundancia de actividades de sus enemigos, la estación de Ciudad de México es la más grande de todo el hemisferio”,[5] cuenta Agee en su libro-diario. El oficial es ratificado en abril de 1967 como agregado especial para los Juegos Olímpicos, exactamente como asistente de Dave Carrasco, ex entrenador de baloncesto en la Universidad Americana y director del programa deportivo del Cuerpo de Paz en Ecuador. Agee llega a Ciudad de México en julio de 1967. Al respecto dice: “Es obvio que los servicios de inteligencia comunistas están usando la atracción de los Juegos Olímpicos para expandir su potencial operativo entre gente del gobierno, empresarios, profesionales y grupos culturales”.[6]

En cuanto a la historia y política del país, comenta, entre otras cosas: “Cuanto más aprendo de México, más me parece que la revolución mejicana aparece como pura retórica o, cuanto mucho, un movimiento mal formado llevado a cabo por empresarios y burócratas. Allí surgió el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que ha ejercido la dictadura de un solo partido desde 1920”.[7] Sin embargo, México le parece a Agee un país poco menos que fascinante.

Por otro lado, la captura y ejecución del Che Guevara en Bolivia —con participación de un agente de la CIA—, en octubre de 1967, parece haber tomado a Agee muy ocupado en su nueva misión, inicialmente visitando los distintos organismos involucrados en la organización de los Juegos y los últimos meses del año cumpliendo con actividades de agregado cultural, como delegado de la embajada estadounidense al Programa Cultural de las Olimpíadas. En esas circunstancias conoce a una mujer del Comité Organizador, con quien entabla una relación sentimental. “Me jugué y le dije que antes había trabajado para la CIA, y a pesar de tener una fuerte reacción, estuvo de acuerdo en continuar viéndome. Ella es una de los tantos izquierdistas que están en el Programa Cultural y cree, con gran amargura, como mucha otra gente, que la Agencia fue responsable de la ejecución del Che Guevara”.[8]

México había quedado como el único país latinoamericano que mantenía relaciones diplomáticas con Cuba. Sin embargo, “el gobierno mantiene bastante bien controlado a nuestro común enemigo, con nuestra ayuda, y lo que no puede hacer el gobierno trata de hacerlo la estación por sí misma. El ambiente operacional es amistoso, aun cuando el enemigo es considerable en tamaño, peligroso en intentos y delicado por su proximidad a los EE. UU.”.[9] Es importante tener en cuenta que el presidente mexicano de entonces, Gustavo Díaz Ordaz, era además agente a sueldo de la estación de la CIA en Ciudad de México, cuyo jefe era Winston Scott, como se verá más adelante.

 

“Otra carrera en la CIA que llega a su fin”

De repente Agee salta del 13 de diciembre de 1967 al 20 de junio de 1968: fecha esencial en su vida. No ha dicho una sola palabra de los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, que tanta conmoción y violencia provocaron en su país, perpetrados el 4 de abril y el 6 de junio de ese año, respectivamente. Tampoco nada sobre la revuelta de Mayo del 68 en París ni de la Primavera de Praga y su socialismo con rostro humano, que estaba desarrollándose en Checoeslovaquia con todas sus reformas (aplacadas con la invasión soviética y de otros países del Pacto de Varsovia). Pero es probable que todo ese clima de rebelión y agitación política internacional hayan movido a Agee, de alguna u otra forma, a adelantar su renuncia ante la CIA. Ese día recibe una proposición que seguramente ningún oficial de la Agencia habría rechazado: Scott, el jefe de la estación, quiere transferirlo a la sección política una vez concluyan los Juegos Olímpicos, lo que supone otro ascenso en su carrera y cuenta para ello con el visto bueno del embajador.

“Le contesté entonces a Dillon [el oficial que lleva la propuesta] que apreciaba el ofrecimiento, pero que tenía pensado renunciar después de las Olimpíadas para volverme a casar y establecerme en México. Se quedó asombrado, por supuesto, porque yo no había mencionado nada de esto a nadie en la estación. Después hablé con Scott y escribí un memorándum para el cuartel general explicando mis intenciones. Tuve cuidado de hablar sobre mis razones personales como el único motivo para tal decisión, para que nadie se me abalanzara considerándome un riesgo de seguridad”.[10]

Agee siente que se ha quitado en enorme peso de encima: “Ahora que he anunciado formalmente mi intención de renunciar, la sensación de alivio es fantástica”.[11] Y sabe además cómo justificarse ante sí mismo: “El cuartel general y las estaciones están repletos, como todos sabemos, de oficiales que hace mucho tiempo dejaron de creer en lo que están haciendo, sólo para seguir hasta jubilarse como hombres cínicos y amargados, ansiosos de evitar responsabilidades y esfuerzos. Por lo menos, no importa lo que pase, no voy a ser uno de ellos”.[12] De seguro lo que está por ocurrir en México en los próximos meses también reafirmará su decisión de haber hecho lo correcto.

La multitudinaria protesta en la Plaza de las Tres Culturas en Ciudad de México el 2 de octubre de 1968. Fotografía / de10.com.mx

La masacre de Tlatelolco

Los ojos del mundo estaban puestos en México por la proximidad de los Juegos Olímpicos. Era la primera vez que un país latinoamericano iba a realizarlos, además en un año crucial como 1968, marcado por grandes manifestaciones, tanto pacíficas como violentas, en muchos lugares del mundo. Es así como el 26 de julio se realiza en Ciudad de México una marcha para conmemorar otro aniversario de la revolución cubana (por el Movimiento 26 de Julio, creado en Cuba en 1955). La marcha choca con otra y, en medio de la confusión, ambas terminan protestando contra el gobierno de Díaz Ordaz. Agee describe así los hechos posteriores:

“Dos días más tarde, la policía entró en los edificios de la Universidad Nacional Autónoma de México [rompiendo la autonomía universitaria] y al día siguiente hubo tumultos en las calles provocados por los estudiantes y severa represión policial. Hace tres días hubo otra violenta confrontación en las calles y ayer los desórdenes se extendieron a las ciudades donde funcionan universidades provinciales (…). Hoy hubo una marcha pacífica de protesta en Ciudad de México, encabezada por el rector de la UNAM y que convocó a unas cincuenta mil personas”.[13]

Agee había traído a sus hijos para los Olimpíadas, aprovechando un viaje a Washington y Nueva York en julio como parte de su trabajo en el mencionado Programa Cultural. Pero las cosas con su ex esposa y sus empleadores se habían puesto realmente tensas:

“Janet no sólo me impidió traer a los chicos aquí para las Olimpíadas, sino que me puso trabas para que no los viera. Entonces decidí traerlos de todas maneras, e hice que mi abogado le telefoneara para avisarle una vez que ya estábamos en vuelo. Con esto se armó un revuelo entre el cuartel general y el Departamento de Estado y entre el embajador y Scott, todos los cuales me ordenaron que debía enviar a mis hijos de vuelta, porque Janet aseguró que iba a decir públicamente que soy oficial de la CIA. Me negué a hacerlo y les dije que me echaran, si querían, pero que sigo creyendo que tengo derecho a tener a mis hijos en mi casa, en Ciudad de México o en cualquier otro lugar”.[14]

Tal parece que Agee salió bien librado de esta problemática situación familiar, profesional y política. En cambio, lo peor está por ocurrir en Ciudad de México el 2 de octubre de 1968, cuando el movimiento estudiantil que había surgido desde el 26 de julio, fuerte y creativo como el del Mayo Francés, fue sangrientamente aplastado:

“En un salvaje despliegue de fuerza, en la Plaza de las Tres Culturas [o de Tlatelolco], el gobierno barrió con el movimiento de protesta que comenzó hace dos meses, y probablemente barrió también algunos cientos de vidas. La masacre de ayer a la tarde llegó sorpresivamente, porque durante casi una semana tanto el gobierno como el comité de huelga habían suspendido los enfrentamientos y todo el mundo creía que la crisis estaba pasando. El Ejército había evacuado a la UNAM y su rector había firmado su renuncia”.[15]

Hasta hoy no se sabe con exactitud cuántas personas fueron asesinadas por el Ejército (había 5000 soldados) ese día en la Plaza de las Tres Culturas. Agee dice que había “unas 3000 personas entre estudiantes, profesores, padres y algunos trabajadores y campesinos (…) en una marcha de protesta contra la ocupación que hizo el gobierno del Instituto Politécnico y varias escuelas vocacionales”.[16] Y agrega otros detalles importantes: “La marcha continuó pacíficamente, pero las unidades militares rodearon la plaza. Precisamente después de las 6 de la tarde el Ejército abrió fuego sobre la multitud y sobre los edificios de los alrededores donde se sospechaba que podían esconderse manifestantes. No fue sino hasta una hora después que se detuvo el fuego”.[17]

Se estima que pudieron haber muerto entre 300 y 400 personas. “Oficialmente se dijo que había habido veintiocho muertos y doscientos heridos, pero lo más probable es que los muertos hayan sido cientos y los heridos muchos más, además de 1500 personas que fueron tomadas prisioneras. Hoy reina una confusión total porque miles de padres y familiares están buscando los cuerpos de los desaparecidos que no han podido ser localizados en hospitales o en cárceles”.[18]

El presidente Gustavo Díaz Ordaz, principal responsable de la masacre de Tlatelolco. Fotografía / adn40.mx

Ciudad de México estaba llena de visitantes y periodistas de todo el mundo que habían llegado a cubrir los Juegos Olímpicos, así es que fue imposible que el gobierno escondiera el horror de lo que había ocurrido a sólo diez días de la inauguración: el mundo entero lo supo, a pesar de que el gobierno mintiera al entregar las cifras de muertos y heridos. La mañana del 3 de octubre, “el Comité Olímpico Internacional efectuó una reunión secreta de emergencia para ver si se daban por terminados los Juegos. Como sólo hubo un voto para cancelarlos, este Comité anunció luego que las Olimpíadas continuarían como estaba previsto y que los problemas de los estudiantes locales no tenían nada que ver con los Juegos Olímpicos”.[19] Como si educación, deporte y política no fueran de la mano.

Sobre el papel de la CIA en la represión del movimiento estudiantil Agee no parece haber sabido nada, al menos no en ese tiempo: sus ocupaciones como delegado al Programa Cultural de las Olimpíadas lo tenían apartado de las operaciones secretas implicadas en la vigilancia del movimiento. Pero todo parece indicar que el presidente Díaz Ordaz era uno de los agentes de la CIA que Winston Scott —jefe de la estación en Ciudad de México entre 1956 y 1969— había reclutado a través de una operación denominada LITEMPO, la cual “logró reclutar al menos a 12 agentes, entre ellos Díaz Ordaz y Echeverría Álvarez [su sucesor en la presidencia], bajo sueldo de la CIA”.[20] Esa estrecha relación explica que “según documentos secretos del gobierno estadounidense desclasificados en los últimos años, la CIA tuvo una fuerte influencia en las decisiones del mandatario hacia las protestas estudiantiles. (…) El presidente mexicano creía que las protestas estudiantiles eran parte de un complot comunista. Y la agencia estadounidense lo respaldaba”.[21] Es probable que Scott supiera del plan gubernamental de represión violenta de la protesta del 2 de octubre. Lo que sí parece un hecho es que la CIA vigiló permanentemente el movimiento estudiantil “durante al menos cuatro meses”.[22]

En relación con las Olimpíadas Agee comenta con ironía: “Hoy podemos comenzar a sopesar si el circo de estas dos semanas valía la pena para todo ese derramamiento de sangre, y si México perdió más prestigio con el asesinato de los manifestantes del que ganó con la organización de los Juegos”.[23] Y de sus dos hijos, que lo han acompañado a presenciarlas, dice que le han pedido seguir viviendo a su lado: “en vez de volver a Washington, lo que no me sorprendió, así que he tomado medidas legales que me van a ser útiles. Janet nunca me denunció públicamente como oficial de la CIA, como yo supuse”.[24]

Todo lo que Agee ha vivido como oficial de operaciones y los dramáticos acontecimientos políticos de los que ha sido testigo en su trayectoria latinoamericana, muchos de ellos propiciados por la Agencia, lo llevan a admitir que “la CIA, después de todo, no es más que la policía secreta del capitalismo norteamericano que, día y noche, abre agujeros en el dique político de los países pobres, para que los accionistas de las compañías norteamericanas que allí operan continúen aprovechándose de esas grietas. La llave para el éxito de la CIA es ese 2 o 3% de la población de los países pobres, que se lleva la mayor parte de los ingresos”.[25]

La renuncia de Agee se hará efectiva a comienzos de 1969. “Lo que yo tengo que hacer ahora es conseguir lo mío, dentro del sistema, y olvidarme de que alguna vez trabajé para la CIA. No, no sirve de nada intentar cambiar el sistema. Lo que ocurrió en la Plaza de las Tres Culturas está ocurriendo en todo el mundo a la gente que intenta cambiar el sistema”.[26] Sin embargo, Agee no podrá olvidarse fácilmente de su trabajo en la CIA; es más: necesitará recordarlo minuciosamente para el proyecto que emprenderá en la década siguiente, que cambiará completamente su vida, su visión del mundo, de la política y hasta del comunismo. A su manera se irá en contra del sistema.

 

Una vida nueva

La quinta y última parte del libro de Agee está centrada en lo que fue el proceso de concepción, investigación y escritura del mismo. Después de su renuncia decidió quedarse a vivir en México. 1969 fue un año crítico a nivel personal y laboral: tuvo intenciones de casarse, aunque no menciona si era con la misma mujer que conoció en el Comité Organizador del Programa Cultural paralelo a las Olimpíadas, aquella que le había dicho que la CIA estuvo involucrada en la captura y ejecución del Che Guevara.

“Mis esperanzas de un nuevo comienzo y un futuro en México se vieron nubladas por el fracaso de mis planes matrimoniales y me siento desorientado. (…) También me siento inseguro del trabajo que he elegido, a pesar de que he tenido la buena suerte de ingresar a una nueva compañía formada por amigos que conocí en las Olimpíadas. (…) Trabajar en comercio, sin embargo, es sentir que me falta algo, no estoy satisfecho como no lo estuve hace años”.[27]

Pero como no hay mal que por bien no venga, como dice el adagio, Agee ha aprovechado el tiempo para hacer dos cosas importantes: iniciar un doctorado en Estudios Latinoamericanos en la UNAM y bosquejar un libro sobre la CIA. “Esto no habría sido posible si mis planes hubieran tenido éxito, pero ahora la cosa está clara y creo que me veo forzado a dejar México”,[28] piensa Agee en enero de 1970. El contenido del libro, como lo planea, debe incluir “las operaciones de la CIA (…) que nos llevaron a Vietnam y pueden muy bien llevarnos a otras situaciones similares”,[29] partiendo de unos principios de la política exterior estadounidense. Agee asegura que “cuanto más exitosas sean las operaciones de la CIA, más remotas se vuelven las intervenciones abiertas (y más remotas se vuelven las reformas). La prueba evidente es Latinoamérica en la década del 60”.[30]

En ese sentido se podrían calificar de exitosas las operaciones en las que el propio Agee participó mientras fue oficial de la CIA en Ecuador y Uruguay. México fue un caso diferente porque Agee consiguió ser delegado a un programa en el que no realizaba actividades de espionaje. Ahora se ha producido en su percepción de las cosas un cambio ideológico, seguramente influenciado tanto por lo vivido y conocido de primera mano como por sus estudios en la UNAM. En otras palabras, tiene mucho más clara la función de la CIA en la política exterior de su país, concretamente en lo relacionado con la doctrina de la contrainsurgencia en aquellos años de la Guerra Fría.

“La doctrina de la contrainsurgencia trata de borrar esas líneas que delatan las coincidencias de las clases privilegiadas internacionales apelando al nacionalismo y al patriotismo, y relacionando falsamente que todo lo que se oponga a las minorías capitalistas favorecerá el expansionismo soviético. Pero lo que la contrainsurgencia realmente persigue es la protección de los capitalistas en toda América, sus propiedades y sus privilegios. La seguridad nacional que predican los líderes de los Estados Unidos es la seguridad de su clase capitalista en los Estados Unidos, no la seguridad del resto de la gente —con certeza, no la seguridad de los pobres, porque lo que hacen es reforzar su pobreza—. (…) El apoyo de nuestro gobierno a la corrupción y la injusticia en Latinoamérica surge directamente de la determinación de los ricos y poderosos en los Estados Unidos, los capitalistas, para retener y expandir sus riquezas y poder”.[31]

 

El proyecto literario

En junio de 1970 Agee viaja a Nueva York para entrevistarse con cuatro editores a quienes ofrece el proyecto de su libro en construcción. No logra concretar un contrato con ninguno de ellos, que se muestran más interesados en que el libro sea sensacionalista y un tanto desconfiados sobre la identidad de Agee: “tuve la impresión de que los editores no estaban seguros de si yo soy en verdad quien digo que soy”.[32] De todas maneras, no le han dicho rotundamente que no, pero Agee ha cometido un error al dejarles copias de su material, así le hayan prometido discreción absoluta; el mayor riesgo es que la CIA pueda llegar a conocer su proyecto editorial.

Agee se muestra preocupado por los efectos que la política belicista de su país está generando. En Vietnam del Norte el gobierno de Richard Nixon ha reiniciado los bombardeos; en EE. UU. la protesta social aumenta y la violencia política esta vez cobra la vida de cuatro estudiantes de la Universidad Estatal de Kent, Ohio, asesinados el 4 de mayo de 1970 por agentes de la Guardia Nacional en medio de una protesta contra la invasión estadounidense en Camboya. Este suceso, conocido como la masacre de Ohio, produjo las mayores protestas y huelgas estudiantiles a lo largo y ancho del país en la historia de los EE. UU., a las que se unieron colegios e institutos. Una protesta de cien mil personas tuvo lugar en Washington DC el 9 de mayo, provocando disturbios, y hasta se temió que se pudiera desatar una guerra civil. El 14 de mayo dos estudiantes negros de la Universidad Estatal de Jackson, Mississippi, fueron asesinados en un enfrentamiento con la policía. Estos acontecimientos ponen a pensar a Agee que “tarde o temprano, los métodos de contrainsurgencia van a empezar a aplicarse dentro del país”.[33]

Mientras espera una respuesta de los editores neoyorkinos Agee se plantea escribir un artículo sobre Salvador Allende —que ese año buscaba la presidencia de Chile por cuarta vez—, pero enfocándose en la participación de la CIA en las anteriores elecciones chilenas: “Quizás debería intentar, con más modestia, publicar un artículo en una revista o periódico, sobre nuestras operaciones para alejar a Allende de la presidencia de Chile, en 1964; como él está actuando nuevamente ahora, si pongo al descubierto las operaciones de 1964 podría ayudarlo”.[34] Documentos desclasificados demuestran que la CIA financió la campaña de Eduardo Frei Montalva con 2,6 millones de dólares y que en propaganda contra Allende invirtió 3 millones de dólares; estas ayudas inclinaron la balanza a favor de Frei.

Después de interrumpir durante algunos meses su proyecto literario, y tras la prolongación de la guerra de Vietnam, en enero de 1971 Agee cree que “ahora más que nunca, poner al descubierto los métodos de la CIA podría ayudar a los norteamericanos a entender cómo nos metimos en Vietnam y cómo están germinando otros nuevos ‘Vietnams’ gracias al trabajo de la CIA”.[35] Para concentrarse más en su libro y ahora que sus hijos han vuelto a Washington, ha renunciado al trabajo que tenía en la compañía de sus amigos mexicanos  y continúa con sus estudios en la UNAM. Sin embargo, no descarta irse de México para poder obtener financiación para su proyecto y la documentación que ahora necesita. “… mi nuevo plan para el libro requiere buscar materiales que aquí me es imposible obtener. Ahora he decidido nombrar a todas las personas y organizaciones conectadas con las operaciones de la CIA y reconstruir, lo más exactamente posible, los hechos en los que participé”.

Agge tiene, pues, un nuevo esbozo de su libro, copia del cual envía a un editor de París.

Agee trabajando en su manuscrito. Fotografía / tandfonline.com

La vida itinerante y vigilada

La investigación, escritura y publicación de su libro mantendrá a Agee viajando por distintos países durante los años siguientes. En mayo de 1971 viaja a Cuba para averiguar qué material de investigación podría servirle. Es un viaje que tiene estrictamente esa finalidad, pero Agee lo aprovecha para viajar un poco por el país que fuera el principal blanco de sus actividades como espía. “La sensación de orgullo y evidentes resultados entre los cubanos es impresionante”,[36] dice Agee sobre lo que vio en cuanto a desarrollo en agricultura, ganadería, educación, salud y vivienda. Viaja luego a París para conversar con su posible editor y de ahí a los EE. UU. para ver a sus hijos, con mucho temor después de haber estado en Cuba abiertamente. Para su sorpresa, no tiene problemas al ingresar a su país: “cosa extraña, he eludido el control de viajes o falló el sistema al no identificarme. Me pregunto si mi buena suerte hará que entonces los cubanos comiencen a sospechar”.[37]

En octubre vuelve a La Habana, pero el material que encuentra le parece insuficiente y no logra darle forma a su libro como él quiere. Aún no tiene indicios de que la CIA sepa que ha estado dos veces en Cuba ni de que esté escribiendo un libro sobre “la Compañía”. Antes de dejar La Habana Agee, que ha seguido pendiente de las noticias políticas de Uruguay, escribe una carta al semanario uruguayo Marcha —del cual era secretario de redacción el escritor Juan Carlos Onetti—, “describiendo algunas de las operaciones comunes de acción cubierta y sugiriendo que la Agencia puede estar envuelta, en este momento, en operaciones contra el Frente Amplio y apoyando a candidatos de los partidos tradicionales”.[38] El Frente Amplio es una fuerza política de izquierda y centro izquierda que había sido fundada en febrero de 1971.

Agee finalmente se queda en París para continuar su investigación y escribir el borrador de su libro. A fines de 1971 recibe una inesperada visita en su domicilio: es Keith Gardiner, oficial de la CIA y ex compañero de entrenamiento. “Después de cenar, acepté hablar con él en privado. Me sorprendió con una copia a máquina de lo que Marcha había publicado sobre mi carta, y agregó que Mr. Helms [director de la CIA] quería saber qué pensaba yo que estaba haciendo”.[39] Es una conversación ambigua entre un espía activo y un ex espía cuyo proyecto editorial sí preocupa a la Agencia. Agee miente para tranquilizar a Gardiner y al jefe de estación en París: le asegura que el material que posee no va a perjudicar a la CIA y que someterá el borrador final a su aprobación. Gardiner, por su parte, niega que la CIA haya manipulado las elecciones en Uruguay, que ganó José María Bordaberry, quien a partir de 1973 establecería una dictadura cívico-militar en el país.

Gardiner le cuenta a su ex colega que va realizar un master en estudios latinoamericanos en la Universidad de Wisconsin. “Es la primera vez, que nosotros recordemos, que un oficial de operaciones de la DDP [Subdirección de Planes, equivalente a Servicios Clandestinos] es enviado a hacer estudios superiores”.[40] Ante la perspectiva de quedar en evidencia en la universidad, Gardiner quiere saber si Agee va a incluir su nombre en el libro. Agee promete no hacerlo y se arriesga a sugerir “que mientras estuviera estudiando tuviera presente la posibilidad de unirse a la lucha contra la CIA y el imperialismo americano”.[41] Sin estar seguro de que lo dicho en esta reunión le podría costar una deportación Agee viaja al día siguiente a España con sus hijos, que han ido a visitarlo por vacaciones. “No sabiendo con qué fines el servicio francés quería quedar bien con la Agencia temí que después de la reunión con Keith podrían deportarme con cualquier pretexto y enviarme en un vuelo a Nueva York”.[42]

De vuelta en París en enero de 1972 la preocupación de Agee no se evapora: “No sé si mi alarde con Keith sirvió de algo, o si el servicio francés o la Agencia reaccionarán contra mí. No tendría que haber enviado la carta a Marcha”.[43] Las cosas se complicarán a lo largo del año. En mayo viaja nuevamente a La Habana para continuar con la parte de la investigación que estaba pendiente; pero esta vez encuentra cierta desconfianza y negligencia en las personas que se habían comprometido a ayudarlo. Es posible que su viaje a EE. UU el año anterior les haya hecho poner en duda sus intenciones y el contenido político del libro; aunque, como él mismo lo manifiesta, “el contenido político es algo que surge al final, después de haber hecho la investigación”.[44]

Poco después de volver a París Agee está seguro de que está siendo vigilado en la calle: “lo que sospecho que será el servicio francés, posiblemente por pedido de la CIA. Pero como no estoy seguro de quién es el que me está siguiendo y cuál es el propósito de esa vigilancia, me vine a vivir secretamente al estudio de una amiga, Catherine, quien aceptó que yo me quedara aquí hasta que el problema se resolviera”.[45]

En junio se corta el adelanto financiero que recibía del editor francés debido a que Agee no acepta enmendar el contrato para que su libro se publique primero en Francia. Por su contenido quiere que aparezca primeramente en los EE. UU., que es donde más interesa que se conozca inicialmente; y, si es del caso, simultáneamente en otro país. Agee se ve obligado a vivir de pequeñas ayudas que le dan sus amigos en París.

Por esos días conoce a dos personas que se interesan de manera excesiva y sospechosa en su libro: un supuesto periodista freelance que se identifica como Sal Ferrera y una presunta heredera venezolana que dice llamarse Leslie Donegan. Como ambos le ofrecen ayuda económica Agee sigue viéndolos y además le da una copia de su manuscrito a Leslie, pese a sospechar que pueden ser agentes de la CIA. Pero se cuida de decirles dónde vive. Sal le presta una máquina de escribir una vez que Agee tiene que devolver la que venía usando en alquiler. En octubre un editor norteamericano vendrá a verlo.

“Yo no debería haberle permitido a Leslie que leyera el manuscrito ni tendría que continuar asociándome con ella o con Sal, pero necesito los “préstamos” que me dan para sobrevivir hasta que consiga el contrato con el editor norteamericano en octubre. Si ellos están trabajando para la CIA es muy poco el perjuicio hecho, porque los criptónimos y seudónimos que he usado los confundirán, y les he asegurado a ambos —como lo hice con Gardiner— que no tengo intenciones de revelar los verdaderos nombres”.[46]

La esperanza de Agee en el editor norteamericano se desvanece cuando éste le dice que no ve un libro en los cientos de páginas que Agee ya tiene escritas; en otras palabras, lo que quiere es un libro que contenga drama, romance y gloria. Agee tiene que devolverle a Sal la máquina de escribir que le había prestado, pero Leslie tiene lista otra que dice haberla comprado para que el ex espía pueda completar su trabajo. Por seguridad Agee ha optado por grabar en cinta magnetofónica otros materiales de su libro, la parte esencial, que planea cotejar en el archivo de periódicos del Museo Británico en Londres, donde están todas las ediciones de los diarios de Ecuador, Montevideo y Ciudad de México que necesita. Así es que deja la máquina en el estudio de Thérèse, una mecanógrafa que había estaba tipeando el manuscrito, pagada por Leslie, para que lo revisara el editor norteamericano.

Entretanto, algo preocupante ha ocurrido en Florida, donde vive el padre de Agee, y en Washington:

“Últimamente la CIA ha estado tratando de presionarme. En septiembre el consejero general visitó a mi padre en Florida, y después a Janet, para expresarles que Mr. Helms quería saber acerca de mi libro y mis viajes a Cuba. También les dejó copias de una reciente decisión de la Corte que concierne a los ex empleados de la CIA: que deben mantener los secretos que conozcan y someter los manuscritos que deseen publicar a una previa aprobación de la Agencia”.[47]

Agee acuerda con su padre un encuentro secreto en Bruselas para verse y hablar del asunto. Y no piensa cejar en su proyecto: “Lo lamento, pero para mí la seguridad nacional se basa en el socialismo, no en la protección de las operaciones de la CIA y sus agentes”.[48] Por una carta de su hijo mayor (que está por cumplir once años) Agee se entera de que la CIA va a intentar comprar su silencio: “Quiero contarte que un hombre del gobierno vino a hablar con mama sobre ti, pero ella no le dijo nada excepto tu dirección. Lo que él le dijo es que ellos querían pagarte dinero para que no sigas, y que ellos te ofrecerían otro trabajo (no estoy seguro qué tipo de trabajo es)”.[49]

Persuadido por Sal, Agee lleva la máquina de escribir de Leslie al estudio de Catherine, cuyo domicilio se sigue negando a revelar por precaución. Tampoco es éste el que conoce su ex esposa: Agee le ha dado el de Sal. Pero sus precauciones no son suficientes para que la CIA pueda rastrear la dirección el 14 de octubre: ese día, al regresar a su vivienda clandestina Agee sorprende a una pareja cerca de la puerta, vestidos con abrigos que parecen ocultar artefactos. Al ver a Agee se abrazan; Catherine abre la puerta y alcanza a ver un audífono en el oído del hombre. Desde que trajo la máquina de escribir Agee ha estado escuchando una interferencia en su radio, la que se amplifica cuando acerca la máquina. Conocedor de estas artimañas rasga la tela que recubre el interior del estuche de la máquina y encuentra “una minuciosa instalación de transistores, baterías, circuitos, cables, antenas, inclusive un pequeño micrófono para captar voces. Todos los objetos eran muy pequeños, montados sobre una madera terciada de un cuarto de pulgada y pegados al forro. Esa instalación no sólo estaba hecha para descubrir dónde vivía (porque tenía una antena direccional) sino que probablemente también podía transmitir conversaciones”.[50] Esto confirma que Leslie es, como lo temía, una espía. En cuanto a Sal, no está del todo seguro.

Foto: cenae.org

Agee se ve forzado a cambiar su ubicación en París. “Me voy a Bruselas en tres días y Catherine se irá al campo por un tiempo; no creo que le hagan nada a ella. Hasta que viaje, voy a quedarme en hoteles baratos de Montmartre, cambiando cada mañana para que la policía no me pueda encontrar a través de sus registros”.[51] Agee no dice nada del encuentro con su padre. Vuelve a París por el manuscrito y viaja a Londres en tren. Antes de partir se entera por un amigo de que Thérèse, la mecanógrafa que había tipeado el manuscrito, fue arrestada y trasladada al Ministerio del Interior para un interrogatorio. “Durante horas le preguntaron acerca de mí y de mi libro y le dijeron que sabían de mis actividades dentro de la CIA, y que el gobierno de los Estados Unidos me consideraba un enemigo del estado. Lo que más les interesaba era descubrir dónde vivía yo en París, pero como Thérèse no lo sabía, no pudo decírselo y finalmente la soltaron”.[52]

El 24 de octubre de 1972 Agee llega a Londres. “El servicio británico estaba preparado para mi llegada. Mi nombre figuraba en la lista de inmigración del barco que cruza el canal, por lo que tuve que soportar una larga entrevista y una larga espera. Aquí no puedo correr riesgos ni comprometerme. Mañana voy a comenzar a buscar ayuda, porque sólo tengo dinero para unos pocos días”.[53] El 7 de diciembre las dificultades económicas de Agee al fin se resuelven: “Después de telefonear a la Comisión Internacional para la Paz y el Desarme, un grupo que canaliza las protestas contra los crímenes de los Estados Unidos en Vietnam, me enviaron a varias otras fuentes posibles de apoyo y, finalmente, al editor que me ayudará a terminar. Ahora tengo un contrato para publicar aquí, con un adelanto suficiente para mantenerme hasta el final”.[54]

Agee está en el lugar correcto: en la hemeroteca del Museo Británico encuentra todos los periódicos de los tres países en los que actuó como oficial de la CIA; ahí están registrados todos los hechos políticos en los que estuvo involucrado. Pero el hostigamiento sobre él es ahora mayor. “Al principio traté de vivir con un nombre falso, más o menos secretamente, como había hecho en París, pero cada noche, al salir del Museo Británico, me seguía un equipo de vigilancia, y por último me cansé del esfuerzo de ocultar mi dirección. Otra vez recibo mi correspondencia abierta, sin disimulo, y si hago citas por teléfono es seguro que me van a seguir por la calle”.[55]

Lo que más consterna a Agee es no poder ver a sus hijos dado que su ex esposa insiste en que él vaya a los EE. UU. para hacerlo, cosa que ella bien sabe que resulta imposible por ahora. Agee sospecha que está cooperando con la CIA. No le queda más remedio que seguir trabajando intensa y solitariamente hasta culminar con su proyecto. Y el año entrante, 1973, será uno de los más desgarradores, políticamente hablando, para América Latina. ¿Sobrevivirá Agee a la agencia de espionaje más temible del mundo, de la que será por un tiempo su mayor denunciante? ¿Cuáles serán las repercusiones de su libro? ¿Cómo se dará su transformación a la izquierda y su activismo anti imperialista? De todo esto se ocupará la próxima y última parte de esta historia.

 

Notas

[1] Philip Agee, La CIA por dentro. Diario de un espía, trad. Silvia Lerendegui, Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1987, p. 387

[2] Ibíd., p. 387

[3] Ibíd., p. 391

[4] Ibíd.., p. 392

[5] Ibíd., p. 404

[6] Ibíd., p. 396

[7] Ibíd., p. 398

[8] Ibíd., p. 421

[9] Ibíd., p. 399

[10] Ibíd., p. 421

[11] Ibíd., p. 421

[12] Ibíd., p. 422

[13] Ibíd., p. 422

[14] Ibíd., p. 423

[15] Ibíd., p. 423

[16] Ibíd., p. 423

[17] Ibíd., p. 423-424

[18] Ibíd., p. 424

[19] Ibíd., p. 424

[20] Alberto Nájar, “La matanza de Tlatelolco: el controvertido (y poco conocido) papel de la CIA en el conflicto estudiantil de 1968 en México”, BBC News Mundo, 2 de octubre, 2018, https://www.bbc.com/mundo/ noticias-america-latina-45662739

[21] Ibíd.

[22] Ibíd.

[23] Philip Agee, La CIA por dentro. Diario de un espía, p. 424

[24] Ibíd., p. 424

[25] Ibíd., p. 425

[26] Ibíd., p. 425

[27] Ibíd., p. 429

[28] Ibíd., p. 429

[29] Ibíd., p. 429

[30] Ibíd., p. 429-430

[31] Ibíd., p. 430

[32] Ibíd., p.431

[33] Ibíd., p.431

[34] Ibíd., p.431

[35] Ibíd., p.431

[36] Ibíd., p. 434

[37] Ibíd., p. 434

[38] Ibíd., p. 435

[39] Ibíd., p. 435

[40] Ibíd., p. 436

[41] Ibíd., p. 436

[42] Ibíd., p. 436

[43] Ibíd., p. 436

[44] Ibíd., p. 437

[45] Ibíd., p. 437

[46] Ibíd., p. 438

[47] Ibíd., p. 439

[48] Ibíd., p. 439

[49] Ibíd., p. 440

[50] Ibíd., p. 442

[51] Ibíd., p. 442

[52] Ibíd., p. 443

[53] Ibíd., p. 443

[54] Ibíd., p. 444

[55] Ibíd., p. 444