Dersú instruye al capitán sobre los secretos de la naturaleza de la taiga siberiana. Le enseña que el sol es gente muy importante, al igual que la luna; el viento, el fuego y el agua también lo son. Pero son gente de cuidado, pues su temperamento puede resultar arrasador.
Escribe / Juan Sebastián Zapata-Mujica – Ilustra / Stella Maris
La puerta de entrada más usada para pensar el problema del encuentro entre “diversos culturales” es la de la colonización española de América Latina. Enseguida, y con el dolor que mana de las venas que aún no cicatrizan, esgrimimos frases que son lemas contraculturales: “América no fue descubierta, fue invadida y saqueada”, “¿descubrimiento o invasión?”, “12 de octubre: nada que celebrar”. En adelante, compromiso emocional al hombro, describimos al colonialismo a través de su adscripción religiosa, color de su tez, su situación geopolítica de imperio, creencias respecto a las relaciones sexo-género, convicciones sobre las razas y así, trayendo cada hilo desde su orilla hacemos intersecar al mal. Entonces cobra cuerpo la imagen más socorrida y a la vez repudiada del colonizador. Sobre ese busto egregio y engreído, casi al mismo tiempo, llueven pimpones llenos de pintura que lo bañan con algo de gracia “andina-decolonial”.
La misma puerta, pero con un barniz más fresco, es la que se abre al estudiar las relaciones de los pueblos indígenas de hoy con los Estados nacionales, sus “dispositivos gubernamentales”, “discursos epistémicos” y “proyectos ontológicos”. No hace falta sino ver la abundante producción del Grupo modernidad/colonialidad.
Para no repetir el mismo camino al que conduce esa puerta, en esta ocasión entraré por una ventana lateral que ofrece un ejemplo mucho menos doloroso, tanto más distante y abundante en belleza: Dersú Uzalá, la historia de un cazador de tribu nanái y del cartógrafo del Ejército Imperial Ruso, Vladímir Arséniev. Que, junto a su destacamento, se encaminaba al extremo oriental del territorio ruso, en la frontera con China para mapear la extensa taiga que hasta el momento sólo conocían los nativos de la zona. Ellos, como Dersú Uzalá, vivían de economías trashumantes consolidadas antes de que la humanidad conociera el establecimiento de graneros, y en torno a ellos fundara formas de vida sedentarias.
Como Dersú Uzalá iba y venía por la taiga en procura de alimento, conocía muy bien esas tierras que Arséniev tenía por misión registrar y así descubrir al Imperio. Juntos vivieron aventuras trascendentales que se pueden revivir, bien en las memorias del cartógrafo, bien en la adaptación cinematográfica hecha por Akira Kurosawa.
Esta historia puede tener muchos niveles de análisis y reflexión, pero quizá uno de los más sutiles y profundos es el que permite su dimensión etnográfica. La trama que se teje entre Dersú y Arséniev no es otra que la de la fascinación por los mundos que nos son al mismo tiempo extraños y conocidos. Dersú Uzalá nos urde, ni más ni menos, en los imponderables de la vida cotidiana: ese conjunto de sucesos casi imperceptibles que son la trama que teje el trabajo de campo de la etnografía clásica.
Estos imponderables se dejan ver cuando dos visiones de mundo, o culturas, se encuentran en el vacío que produce la más intricada de las incomprensiones. A lo largo de la historia, Dersú instruye al capitán sobre los secretos de la naturaleza de la taiga siberiana. Le enseña que el sol es gente muy importante, al igual que la luna; el viento, el fuego y el agua también lo son. Pero son gente de cuidado, pues su temperamento puede resultar arrasador. Los soldados que acompañan a Arséniev no pueden hacer más que burlarse cada vez que Dersú ve gente donde ellos sólo ven cosas inertes.
Dersú, en su afán por hacer las cosas como es debido, se molesta cuando los soldados tiran la comida que sobró de la cena al fuego. El reclamo versa sobre la indolencia de quemar la comida que la gente del bosque más tarde puede venir a comer. Dersú ve como semejantes al agua, a las comadrejas o al capitán. Discute molesto con el fuego tanto como con los acompañantes de Arséniev. Se siente amenazado por el pillaje de bandas de asaltantes chinos como por Kanga, fuerza chamánica del bosque que vengará el haberle dado caza a un tigre de la taiga.
La imagen de mundo que tiene Dersú está construida en torno a principios lógicos que difieren cualitativamente de la imagen de mundo de los exploradores rusos. Donde unos ven cosas inanimadas, el otro ve espíritus, gente. A pesar de caminar por las mismas montañas, y de casi ahogarse en los mismos ríos, los expedicionarios y Dersú están en mundos distintos ¿Cuál es la lógica bajo la que se desenvuelven estas visiones de mundo?
El encuentro entre estos mundos, a pesar de estar mediados por una misión imperial, transcurren de manera genuinamente amistosa, algo que nos permite asomarnos al abismo histórico de la diferencia cultural sin tener que desempañar los lentes ensangrentados y, así, preguntarnos ¿Cómo fue posible que en la historia de la especie humana se consolidaran formas tan distantes de comportarnos y relacionarnos con el mundo?, ¿Cómo es posible que, perteneciendo al mismo nivel de organización biológica de la materia, socialmente seamos tan diferentes?, ¿Por qué durante cientos de miles de años la vida humana se organizó de manera similar a la forma de vida de Dersú?, ¿Bajo la confluencia de cuáles condiciones fue posible que una forma de organizarse tan diferente a la que vivió la especie humana por tanto tiempo pudiera consolidarse y ahora predominar?
Consideraciones políticas aparte, y habiéndonos colado por la ventana lateral de Dersú Uzalá, podemos formular algunas preguntas sobre casos más cercanos, pero teniendo la distancia suficiente para observar en el panorama al conjunto de la especie humana, sin resbalar en el fango de nuestra Violencia y nuestros colonialismos como explicación última de nuestra condición actual.
Los misioneros capuchinos son un auténtico hito en la historia de las sociedades indígenas colombianas. Sin embargo, comprenderlos en el marco de la transformación de la especie humana en su conjunto exige evitar lugares comunes. Copio y pego aquí una breve reflexión que escribí en una investigación realizada hace un par de años:
Decir que los capuchinos eran colonialistas, blancos, europeos, cristianos, hombres machistas e imputarles todo el mal de “occidente” para “explicar” que por eso ellos se impusieron sobre los sabios y bondadosos representantes de la “cultura ancestral” no dice nada (…) De hecho, hay que recordar, como bien lo señala Páramo[i], son los individuos producto de la enseñanza misional, los que posteriormente se alzan contra sus colonizadores.
Desde la misma ventana, preguntémonos entonces por qué, a pesar de tanta planificación, acuerdo, ley, educación y buenas intenciones, somos incapaces de consolidar una forma de vida social que no se rija por esa lógica de acumulación de capital que desata guerras y produce inmensos monocultivos de cuerpos humanos. ¿Cuál es, nuevamente, la lógica que empuja a la especie humana a transformar su visión de mundo?, ¿qué condiciones deben confluir para que no nos vayamos por el despeñadero del bucle histórico guerra-fascismo?
A diferencia del abismo de posibilidades lógicas entre Dersú y Arséniev, los seres humanos modernos, sean empresarios, políticos u obreros, comparten unas bases lógicas que les permite tener una visión de mundo básica semejante sobre la cual disputan la forma de organización de la vida. Es en la comprensión del proceso constitutivo de estas bases donde hay que profundizar, no para hacer mella en la consciencia de una de las partes de las relaciones sociales antagónicas, sino para entender cómo es posible la consolidación de un horizonte de posibilidades que se imponga sobre aquella que conduce a que mañana, cualquiera de nosotros, pueda ser parte del gran monocultivo humano que hoy marchita la vida.
[i] Páramo, Carlos. 2018. “Introducción.” en Sal de La Tierra: Misiones y Misioneros En Colombia Siglos XIX-XXI. Bogotá: ICANH
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