David Foster Wallace fue un escritor estadounidense. Nació el 21 de febrero de 1962 en Ithaca, New York. Ingresó en el Amherst College, especializándose en inglés y filosofía. Su tesis doctoral sobre lógica modal, se tituló El ‘fatalismo’ de Richard Taylor y la semántica de modalidad física y recibió el “Gail Kennedy Memorial Prize.” Graduado en Amherst con summa cum laude en 1985, en 1987 obtuvo un Máster en Bellas Artes en escritura creativa por la Universidad de Arizona-. Varias de sus obras también se publicaron en español, como sus relatos breves Girl with Curious Hair (La niña del pelo raro), Brief Interviews with Hideous Men (Entrevistas breves con hombres repulsivos), y Oblivion: Stories (Extinción); así como sus colecciones de ensayos, A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again (Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer) y Consider the Lobster (Hablemos de langostas). Logró fama con Infinite Jest (La broma infinita), novela de más de mil páginas, cuya acción transcurre en un centro de rehabilitación y en una academia de tenis de élite. Por medio de un lenguaje en estado permanente de incandescencia, la novela lleva a cabo una sátira despiadada de nuestro tiempo, a la vez que un conmovedor escrutinio de la soledad del individuo. La revista Time la consideró una de las mejores cien novelas publicadas en inglés desde 1923. En su trabajo se aprecia la experimentación y la crítica y examen de la posmoderno; así como de la realidad mediatizada por los emporios televisivos y la tecnología. Novelista, cuentista y ensayista, se le ha considerado como uno de los escritores estadounidenses más innovadores e influyentes de entre los siglos XX y XXI, y como “el mejor cronista del malestar de la sociedad norteamericana”. (Fuente: www.buscabiografías.com)
El Dostoievski de Joseph Frank
Dostoievski es un titán de la literatura, y en cierta forma eso puede ser el beso de la muerte, ya que se vuelve fácil verlo como a uno más entre los autores canónicos en tonos sepia, apaciblemente muertos. Sus obras, y la alta colina de crítica que han inspirado, son todas material de rigor para las bibliotecas universitarias… y allí los libros suelen quedarse, amarilleándose, desarrollando ese olor propio de los libros muy antiguos de las bibliotecas, mientras esperan a que alguien tenga que hacer un trabajo para el final del semestre. Yo creo que Dahlberg casi tiene razón. Convertir a alguien en ícono es convertirlo en una abstracción, y las abstracciones son incapaces de tener comunicación vital con la gente viva.
Y es cierto que hay rasgos de los libros de Dostoievski que resultan extraños y desconcertantes. Es sabido que es muy difícil traducir del ruso al inglés y, cuando uno añade a esto la dificultad que entrañan los arcaísmos del lenguaje literario del siglo XIX, la prosa y los diálogos de Dostoievski a menudo pueden sonar amanerados, pleonásticos y tontos.
Además hay que tener en cuenta la afectación de la cultura en la que habitan los personajes de Dostoievski. Cuando hay algo que les fastidia, hacen cosas como “blandir el puño” o llamarse “bribón” o bien “abalanzarse sobre” el otro. Al hablar usan signos de exclamación en cantidades que ahora solamente se ven en las tiras cómicas. La etiqueta social parece rígida hasta extremos absurdos: los personajes siempre están “pasando a visitarse” los unos a los otros, y “siendo recibidos” o bien “no siendo recibidos”, y obedecen convenciones rococó de cortesía hasta cuando están furiosos. Todo el mundo tiene apellidos y nombres largos y difíciles de pronunciar, además del patronímico, y a veces el diminutivo, lo cual obliga al lector a hacer un diagrama con los nombres de los personajes. Abundan los ignotos rangos militares y las jerarquías burocráticas; además hay distinciones de clase, rígidas y totalmente extrañas, que son difíciles de seguir y cuyas implicaciones son difíciles de entender, sobre todo porque las realidades económicas de la antigua sociedad rusa son tremendamente extrañas (como, por ejemplo, el hecho de que un “antiguo estudiante” indigente como es Raskolnikov o bien un burócrata desempleado como el Hombre del Subsuelo puedan permitirse tener sirvientes).
Lo que quiero decir es que no sólo está el problema de la muerte por canonización: hay problemas reales y alienantes que suponen un obstáculo en nuestra apreciación de Dostoievski y con los que hay que tratar, ya sea aprendiendo lo bastante sobre todas las cosas que nos resulten poco familiares, o bien aceptándolas (igual que aceptamos los elementos racistas/sexistas que hay en otros libros del siglo XIX) y limitándonos a hacer muecas y seguir leyendo.
Pero lo que quiero decir en términos más amplios (y sí, tal vez sea algo más bien obvio) es que hay arte por el que vale la pena hacer un poco de trabajo extra para superar todo lo que obstaculiza su apreciación; y está claro que los libros de Dostoievski bien valen ese trabajo. Y no es solamente por su pertenencia al canon occidental, sino más bien a pesar de eso. Porque una cosa que la canonización y los trabajos escolares ocultan es que Dostoievski no sólo es genial: también es divertido. Sus novelas casi siempre tienen unas tramas buenísimas, escabrosas y complejas, e intensamente dramáticas. Hay asesinatos e intentos de asesinatos y policías y peleas en el seno de familias disfuncionales y espías, tipos duros y hermosas mujeres caídas en desgracia y estafadores empalagosos y enfermedades que consumen y herencias inesperadas y villanos de voz sedosa y conspiraciones y putas.
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