Escritor y traductor español, Manuel Arranz es conocido por su labor en la traducción de autores como Bataille, Derrida, Bove o Bloy, entre otros. Arranz colabora con diversas revistas culturales y ha publicado tanto ensayo como novela y relatos. Sus libros son: Con las palabras (1992), Voy a hablaros de vosotros (2003), Ya no hablamos de lo mismo. Divagaciones sobre el vuelo de los búhos y el arte de tocar la flauta (2005), Esto no puede acabar así (2005) y Pornografía (2013).

Fuente: Lecturalia.

Joseph Brodsly, el ensayo como autobiografía

Man in not center of the Universe

And working in an office makes it worse.

W.H Auden

 

En varios de sus ensayos (¿los dedicados a Marina Tsvietáieva?) dice Brodsky que en la elección de las rimas, de las palabras, de la longitud de los versos, está toda la biografía del poeta. Más incluso que en el tema. Es una idea sugestiva, y seguramente cierta. Al terminar la lectura de su libro Menos que uno[1], una antología de sus ensayos que reúne desde un recuerdo de infancia a una notas de un viaje a Estambul, pasando por el texto de una conferencia sobre la novela rusa actual o algunos ensayos sobre sus poetas preferidos (Auden, Cavafis, Walcott, Montale, Ajmátova, Tsvietáieva), nos damos cuenta de que en realidad lo que hemos leído ha sido la autobiografía de Joseph Brodsky. No sé si esta impresión tiene que ver con la selección de los ensayos, o con el hecho de que el primero y el último sean recuerdos de infancia. Aunque me inclino a pensar que ninguna de las dos cosas ha sido determinante y proponer la siguiente hipótesis: cuando un poeta habla en prosa, siempre habla de su vida.

En Una poetisa y la prosa (se trata una vez más de Marina Tsvietáieva, claro está) Brodsky analiza la prosa de los poetas. Es frecuente que un poeta (su caso mismo, si vamos al caso) se exprese en ocasiones en prosa. En cambio, que un prosista se exprese en poesía no suele darse tanto y sus tentativas (Nabokov, por ejemplo) suelen ser más bien anecdóticas dentro de su obra, aunque él piense lo contrario. Para el poeta las cosas son diferentes, la prosa puede llegar a ser una necesidad. Por ejemplo, sigue diciendo Brodsky, hay determinados temas que exigen la prosa. Uno de esos temas son precisamente los recuerdos de infancia. También, se nos ocurre, puede llegar a ser una necesidad económica, pues la poesía vende poco. No creo que ningún poeta pueda vivir de sus versos. Me refiero a comer, por supuesto. Aunque, claro está, no es de estas razones de las que habla Brodsky; sin embargo, yo no las descartaría. Otro tema que exige la prosa es, creo yo, la política. Otro más, añade Brodsky, la historia. Lo cual no quiere decir que no se trate de tapar la boca a los poetas, como muy bien sabemos, pero El pabellón del cáncer, El cero y el infinito, o las obras de Platónov que menciona Brodsky en Catástrofes en el aire, no podrían haber sido escritas en verso, como tampoco, por poner otro ejemplo, las magníficas novelas de Koeppen que han tenido que esperar prácticamente hasta nuestros días para ser reeditadas en Alemania y traducidas a otras lenguas, la nuestra incluida.

Una autobiografía indirecta, como podríamos llamar sin forzar mucho las cosas a este libro de Joseph Brodsky, tiene algunas ventajas. La primera, y posiblemente la mayor, la veracidad, término que no conviene confundir con sinceridad, pues se puede ser sincero sin decir la verdad y viceversa. Pero dejemos este filosófico tema para otra ocasión. Otra ventaja es que el poeta sabe que la memoria no es fiable, que está hablando del presente aunque hable del pasado, y que el pasado, su pasado, seguirá vivo de un modo u otro mientras él siga vivo. Hay muchas formas de recordar, una de ellas, por ejemplo, es imitar. Imitar el estilo, pero también la forma de vestir o la marca de whisky. Sería una pena que este libro de Brodsky se tomara sólo por una antología de ensayos sobre literatura, aun conteniendo insuperables ejemplos del género. Las notas que siguen, como es función de las notas en general, no son más que apuntes a la lectura de algunas páginas de Joseph Brodsky. Y, claro está, como la mayoría de las notas también, son, por supuesto, prescindibles.

Sobre lo que no se puede decir en verso.

Our school text-books lie.

What they call History

Is nothing to vaunt of.

W.H. Auden.

1

Todavía hoy sigue habiendo pueblos cuya población se divide en víctimas y verdugos. No es que en el padrón se inscriban como tales, aunque podría llegar a darse el caso algún día. Dos clases únicamente, por lo demás, y en esto reside la indiosincrasia de su sistema político, intercambiables. Intercambiables quiere decir algo más que sustituibles, pues no sólo el verdugo de hoy puede ser la víctima de mañana, y viceversa, sino que ya hoy se reconoce como una víctima en potencia. Una forma de democracia también, bien mirado. Un pueblo cuya población se divide en víctimas y verdugos es un invento del siglo XX. La Rusia de Stalin es el ejemplo paradigmático. Quizás, junto con el vodka, su producto nacional más genuino, que siempre que tuvo ocasión trató de exportar a otros países. En un país así las aulas se parecen a las dependencias de las comisarías, y las celdas a las habitaciones de hospital, como cuenta Brodsky en Menos que uno, texto autobiográfico que se inicia con la frase: Puestos a hablar de fracasos…

2

Ha llegado la hora de revisar algunos artículos de fe. “La existencia condiciona la conciencia”. Marx, por supuesto. Bueno, pues, relativamente, o hasta cierto punto, o incluso quizás sea al revés. “Las claves del carácter de un individuo hay que buscarlas en su infancia.”. Freud, claro está. ¿Un comentario a la frase de Marx? Qué quieren que les diga. Como hipótesis no está mal. Pero pregúntense ustedes mismos. Los rusos de la época de la que habla Brodsky no iban al psicoanalista. Los españolas de la misma época tampoco, por cierto. Ahora sí. Incluso se hacen ellos mismos psicoanalistas. Hablo de los españoles, de los rusos no sé mucho. Pero entonces, dice Brodsky, no sólo no había, sino que cuando los instintos tropezaban con la conciencia y “descubrían el cerdo que llevamos dentro, recurrimos al alcohol y nos emborrachamos hasta perder el sentido. Creo que ese sistema es eficiente y requiere menos dinero”. Como si les dijera que estoy de acuerdo tal vez sospecharían de mí, les completaré la frase: “Además, pensar que eres un cerdo es más humilde y, en definitiva, más exacto que verte como un ángel caído”. Habría que ser un cerdo para no estar de acuerdo, creo yo.

3

Joseph Brodsky nació en San Petersburgo, Leningrado cuando el naciera (1940), poco antes Petrogrado, originariamente San Petersburgo, y de nuevo, hasta la fecha, San Petersburgo, pero siempre, al parecer, “Peter” para sus habitantes, significativo y conmovedor detalle. Si eres ruso, nacer y vivir (treinta y dos años en su caso) en esa ciudad, es como un destino. Era, quiero decir, hoy posiblemente no importe tanto, ni el lugar de nacimiento, ni el lugar de residencia, y a lo mejor ya ni el destino. En cierta ocasión, cuenta Brodsky, le pidieron a Mandelstam que definiese el “acmeísmo”, movimiento literario al cual pertenecía, “Nostalgia de una cultura mundial” respondió el poeta. Pues bien, yo creo que esto mismo es lo que sintió Brodsky durante toda su vida. Sin olvidar, por supuesto, que “la cultura es ‘elitista’ por definición y la aplicación de los principios democráticos a la esfera del conocimiento propicia la equiparación de la sabiduría con la imbecilidad”. Esa cultura mundial está compuesta de un puñado, no demasiado numeroso, de ahí lo de elitista sin duda, de nombres propios, y por sus lenguas, las lenguas en las que escriben sus obras, y las lenguas a las que se traducen.

4

Para un poeta ruso nacido en 1940 y forzado a exiliarse, siempre habrá una constelación dominante: Ajmátova, Mandelstam, Tsvietáieva. Y aunque seguramente no es fácil transmitir a los lectores no rusos la inconmensurable altura de la lengua de esta trinidad, Brodsky sí consigue en cambio transmitirnos la altura de sus almas. Nota al pie de un poema se titula uno de los ensayos más largos de esta antología de textos. El poema en cuestión es “Novogodnee” (“Felicitación de Año Nuevo”) de Marina Tsvietáieva, un poema de casi 200 versos que acabaría de escribir el 7 de febrero de 1927 en París, por la muerte de Rilke. Brodsky, en esta nota –es significativo que llame nota a uno de sus textos más largos, sin duda quiere decir que las notas no se definen por su extensión, sino por su contenido– analizará sólo unos cuantos versos y estrofas del poema. Los suficientes sin embargo para transmitirnos la excepcionalidad del poema de Tsvietáieva y la peculiaridad de su método de análisis, que no es, en última instancia, más que una forma de leer poesía. Mejor dicho la forma de leer poesía, que difiere de la forma de leer prosa tanto como difieren sus respectivas escrituras o procesos creativos. Tampoco resulta indiferente que este texto sea el texto central de la antología.

5

Después de Catástrofes en el aire, conferencia en la que da un breve repaso (político como exige el tema) a la narrativa rusa actual, tenemos otro ejemplo de análisis-lectura de otro poema, esta vez de un poeta inglés-americano con bastantes afinidades con el autor. Se trata de W. H. Auden, y su poema “1 de septiembre de 1939”. De modo que la poesía no es tan inepta para hablar de historia después de todo. Como se sabe Auden, además de un enorme poeta, fue un sutil crítico literario, cualidades ambas que comparte con Brodsky, junto con otra característica común que se da tanto en su prosa como en su poesía: la ironía, la divina ironía que hace la lectura de estos textos tan regocijante en ocasiones, y eso que en la ironía anida siempre un fondo de desesperación. Y a la lectura de este poema sigue el texto Para agradar a una sombra, la de W.H. Auden evidentemente, con el que Brodsky completa su emotivo homenaje a quien consideró “la mayor inteligencia del siglo XX”.

6

Por cierto que en este último texto nos confiesa Brodsky su afición por las fotografías de los autores, particularmente por las de sus autores favoritos, claro está. Una afición muy extendida entre lectores. La fotografía de un autor dice mucho efectivamente sobre el hombre que es, o que fue, o incluso sobre el que será. No tanto como su obra, evidentemente, pues la fotografía también dice algo del fotógrafo que la tomó. Y cuando alguien se interesa por las fotografías de los demás, no se interesa menos por las propias. En Menos que uno tenemos dos fotografías de Brodsky. Una en la cubierta del libro, tomada en 1979 en Estados Unidos, es decir a punto de cumplir cuarenta años el autor, en que aparece sentado, la pierna izquierda sobre la derecha, en una actitud desenfadada como se suele decir, es decir afectando naturalidad. Está probablemente en su habitación (¿la habitación del campus?), libros, papeles, y ropa en un cierto desorden, y mira a la cámara. Parece que acaba de decir algo, o que está a punto de decir algo. La foto es de Dominique Nabokov. La otra, en la solapa del libro, es de Simone Sassen. Un primerísimo plano, a no ser que la foto haya sido recortada. Brodsky, con unas enormes gafas redondas, también mira a la cámara. Un rostro inteligente y hermoso que trasluce experiencia. El tipo de fotografía sin duda con la que un autor querría pasar a la posteridad.

7

La literatura siempre va a la zaga de la experiencia personal, y experiencia es otra forma de llamar a la vida. Cuando va por delante, como ha empezado a ocurrir, se pierde irremisiblemente. El arte no imita a la vida, ni viceversa. Estéril y ociosa polémica romántica. Es la vida la que imita a la vida, y el arte al arte. El arte y la vida son cosas distintas, precisamente en la medida en que son lo mismo.

8

Que el principio democrático no sea aplicable al arte ni a la ciencia ha sido siempre una idea difícil de digerir. Y todavía más difícil de tragar, por supuesto. Que no sea aplicable a la ciencia, pase. Pero al arte, ¿por qué no va a ser cualquiera capaz de producir una obra de arte? Negar la categoría de arte a un hierro retorcido, o a una novela de quinientas páginas sobre una civilización perdida, como si la nuestra no lo estuviera ya bastante, puede colgarnos el sambenito de elitistas que sólo disfrutan con el Ulises, pues al parecer estamos negando el principio democrático por antonomasia de la igualdad del gusto, como si se tratase de la igualdad ante la ley. ¿Acaso no están todos los gustos en la naturaleza humana? Sí, efectivamente, lo están, pero que estén todos no significa que todos sean iguales, sino precisamente lo contrario.

9

“El hombre es lo que lee”, nos recuerda Brodsky una vez más. Yo más bien creo que es lo que no lee, aunque ambas frases tal vez quieran decir lo mismo. Pero con un matiz. Quien es lo que lee, se ha encontrado a sí mismo por decirlo así, o si prefieren se ha reconocido a sí mismo. En otros. A través de otros. Mientras que el que es lo que no lee, no sabe todavía quién es. Ni siquiera sabe que es. ¿O tal vez sea al revés?

10

Joseph Brodsky nació en Leningrado en 1940. Murió en Nueva York en 1996. Y está enterrado, por deseo explícito suyo, en el cementerio de San Michele de Venecia, “tras el intento fallido de nacer en ella”. Sobre Venecia, sus viajes y estancias en Venecia, nunca en verano, “tolero muy mal el calor, y las fuertes emisiones de hidrocarburos y sobacos aún peor”, escribió en un hermoso libro.

11

“La política llena el vacío dejado en la cabeza y el corazón de las personas por el arte.” (Joseph Brodsky) Esto sería en el caso de que esas cavidades fueran similares. Es decir, cavidades susceptibles de llenarse y vaciarse con cualquier cosa. No lo son. El corazón rechaza la política al parecer, son incompatibles. La confusión se debe a que no todas las pasiones anidan en el corazón, ni todas las ideas en el cerebro. Por lo demás, es perfectamente posible vivir con la cabeza o el corazón vacíos. Incluso con ambos. Al menos lo fue en el siglo XX. Y parece que lo va a seguir siendo en el XXI.

12

En 1985 Joseph Brodsky escribió sobre 1948. Sobre sus padres, ya muertos, claro, a los que en los últimos doce años de su vida manutuvo unidos una llamada telefónica semanal, el envío de cuando en cuando de libros, no de los suyos evidentemente, y la esperanza de un permiso para viajar que nunca llegó. Brodsky escribió esto: “Se tomaban todo con naturalidad: el sistema, su impotencia, su pobreza, su díscolo hijo. Simplemente procuraban sacar el mejor partido de todo: tener siempre comida en la mesa – y, fuera cual fuese ésta, convertirla en bocados exquisitos –, llegar a fin de mes y, aunque siempre vivíamos al día, ahorrar algunos rublos para el cine del niño, visitas a museos, libros, golosinas. Los platos, utensilios, ropa, mudas que teníamos estaban siempre limpios, bruñidos, planchados, remendados, almidonados. El mantel estaba siempre impoluto y recién planchado; la pantalla de la lámpara por encima de él, limpia de polvo; el entarimado, barrido y reluciente.”

[1] Joseph Brodsky, Menos que uno. Ensayos escogidos. Traducción de Carlos Manzano. Madrid: Siruela, 2006.