Puente que cruzo/ Simon Leys

Simon Leys (Bruselas, 1935), seudónimo de Pierre Ryckmans, estudió derecho en Lovaina y lengua, literatura y arte chinos en Taiwán. En 1970 se estableció en Australia para dar clases de literatura china, primero en la Universidad Nacional australiana y posteriormente en la Universidad de Sídney. En 2004 fue galardonado con el premio Cino Del Duca. Es autor, entre otros, de Los trajes nuevos del presidente Mao, Sombras chinas, El ángel y el cachalote, George Orwell o el horror de la política y Con Stendhal (de próxima aparición en esta editorial), así como de una edición de las Analectas de Confucio. Acantilado ha publicado en 2011 La felicidad de los pececillos y Los náufragos del Batavia. (Fuente: Casadellibro.com).

 

 

Finalmente, hay casos en que falta el final. Dos grandes novelas que se esfuerzan por abordar los problemas básicos de la condición humana no tienen final… lo que, considerado retrospectivamente, puede ser una conclusión de lo más adecuada.
Kafka, en su última obra maestra, El castillo, cuenta la historia de un joven que intenta repetidamente (siempre en vano) superar arcanos obstáculos para poder acceder a un misterioso castillo. ¿Tendrá éxito su insistencia? Nunca lo sabremos, porque Kafka murió antes de que pudiese completar el manuscrito.

En Bouvard y Pécuchet, Flaubert describe cómo dos solterones que viven retirados, tras una carrera monótona y pesada como monótonos empleados, se lanzan a una investigación enciclopédica de todo el conocimiento humano. Su ingenua aventura pronto se convierte en una circunnavegación del continente inmenso y sin cartografía de la estupidez humana. Al principio de su loca y desesperada empresa, la intención de Flaubert había sido retirar a sus personajes como dos idiotas despreciables, pero las criaturas pronto se rebelan contra su creador y afirman su dignidad individual. Este cambio transcendental se produce hacia la mitad del libro, cuando se nos dice que “se desarrolló en su espíritu una facultad molesta, como era la de reconocer la estupidez y no poder ya soportarla”. Desde ese momento, Bouvard y Pécuchet se convierten en el propio Flaubert, cuya tarea, gigantesca y desesperada, se transformó en un calvario mental y físico. Murió trabajando, agobiado por la tensión como un burro aplastado por su carga.

Kafka describió en su última obra la búsqueda de la salvación; Flaubert, la búsqueda del sentido. Pero estas búsquedas nos introducen en misterios que ningún mortal puede sondear. Parece extrañamente apropiada la intervención de la muerte, para garantizar que esas exploraciones heroicas queden inconclusas… para siempre.

 

Tomado de Calle del Orco.