A LA SOMBRA DE LA CATEDRAL DE PUEBLA

Todas las capillas, en especial la de Los Reyes, tienen acceso restringido y uno debe mirarlas a lo lejos a través de barrotes carcelarios. De su interior sale un olor pastoso, como si el Espíritu Santo estuviera flatulento.

 

Texto y fotografías / Jose Hoyos

Es domingo. También en México existen los domingos. El momento en que todo se pone a la sombra de otra cosa. Camino por las calles de Puebla con la curiosidad hambrienta del forastero. Lo mejor de andar una ciudad desconocida es que todo sucede por primera vez y la realidad se presenta como algo recién inventado. La ciudad es plana y enorme, con leves ondulaciones, aunque el Centro Histórico es puntiagudo: por encima de los soberbios edificios coloniales de máximo cuatro pisos sobresalen picos de cúpulas y torres coronadas por cruces. En Puebla hay trescientas sesenta y cinco iglesias. La Puebla de Los Ángeles, como le dio por nombrarla al fraile español que la fundó hace casi quinientos años.

Si se logra superar el mareo que producen los ejércitos de turistas, el avispero de los comercios, los bocinazos del tráfico endemoniado, el entretejerse frenético de los caminantes y el sol en carne viva del verano, hay una recompensa: un paisaje urbanístico de casas coloniales, edificios, fachadas, parques, iglesias y museos que desajusta la mandíbula del observador. El mapa al que me encomendé para llegar a la Catedral me conduce por una calle larga y angosta que desemboca en el Zócalo, el mismísimo centro del centro. Ahí está la Catedral Basílica Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, la más vieja del continente.

De color gris con cierta opalescencia, con ladrillos de la misma textura del tiempo, seria y soberbia como un obispo, sembrada en dos cuadras largas, corpulenta fortaleza del credo de una monarquía, vitrina de arte religioso, reliquia de arquitectura, testigo de cuatro siglos metida entre el simpático género humano. Ahora ocupa el submundo donde dormitan las cosas que no tienen edad.

La encargaron los reyes de España en 1649 para someter súbditos sensibles a ritos y creencias indígenas entendidas como paganas. Tiene una cúpula de cuarenta y tres metros de altura que parece haber tomado esteroides. Tiene tres puertas frontales remachadas y eternas, en una madera inmunizada contra todo, además de dos laterales un poco menos dramáticas. La piedra de la fachada ha sido pulida por los siglos y por una empresa de restauración. Arriba tiene el escudo imperial y el emblema del papa a manera de marca territorial.

Toda la fachada es simbología pura: en los aposentos más elevados están San José y Santiago el Mayor, protectores de la ciudad.

Toda la fachada es simbología pura: en los aposentos más elevados están San José y Santiago el Mayor, protectores de la ciudad. Más abajo, unos jarrones con azucenas de cemento simbolizan la virginidad. Está poblada de hornacinas y relieves con inscripciones en latín. Una de ellas dice Amore langeo (me consumo de amor) y serviría como grafiti. Las torres tienen setenta y cuatro metros cada una y albergan diez campanas que pueden pulverizarte los tímpanos. Los arcos miran en todas direcciones y las cornisas sostienen figuras varias de santos y ángeles al borde del vacío. Los barrotes de la reja que delimita el patio-plaza-atrio, cuyo piso de losas de cantera calienta como el infierno, tienen forma de báculo de obispo. El ancho de toda la fachada mide cuarenta y siete zancadas largas.

En el cuerpo central está la gran puerta principal, llamada Puerta del Perdón. Solo se abre cada veinticinco años, o durante un jubileo o por la muerte del arzobispo, esa gente que nunca se muere. Pero cuando les da por hacerlo pasan a hospedarse en la Catedral eternamente porque tienen reservadas sus losas preferenciales.

La madera de cuatro siglos de la Puerta del Perdón es despiadada, férrea con ferocidad, plagada de rastros medievales y remaches de bronce bruto inamovible, pesada y aterradora como la Inquisición. Ha de ser inquietante el momento en que una mole así se desperece y se abra con un chirrido lúgubre. Tampoco las puertas de la fe tienen permitido abrirse a la discusión. Se trata de una cuestión muy pero que muy solemne: una puerta que no es para entrar ni para salir sino para mantenerse cerrada. Como la voz de Dios. Una puerta cuyo funcionamiento es quieto y silencioso. Como el de Dios, salvo cuando entra en cólera.

Adentro la belleza es apabullante. El barroco es el ajo de la decoración, mientras en el exterior predomina un estilo un poco más racional.

Los guías turísticos que están a la espera de clientes llevan pequeños altavoces atados al cinturón y micrófonos de diadema de los que usan los vendedores de productos en televisión. Algunos repiten “probando un dos tres” a modo de calentamiento. Están regados por el atrio y no parecen muy contentos. Se ceden en alquiler por 200 pesos (unos 9 dólares) para un recorrido que dura dos horas en que no paran de hablar. Uno de ellos, un hombre con aire de tractorista, tiene la espalda y la pierna derecha apoyadas contra la reja del atrio en actitud indiferente. Lleva un reloj que dice Lucky Strike, pero fuma Marlboro. Cuando llegan grupos grandes de turistas los guías dejan ver en el semblante la tensión propia de alguien que se prepara para recibir un largo asedio. Padecen el desgaste de vocalizar mecánicamente un discurso aprendido de memoria y con especial énfasis en la espectacularidad de la Catedral y en la grandeza de su ornamentación, que, aseguran, es la misma de Dios. Un discurso obligatorio repetido hasta el delirio y en el que acaso dejaron de creer: la misma sombra que persigue a los sacerdotes con cientos de misas encima.

Adentro la belleza es apabullante. El barroco es el ajo de la decoración, mientras en el exterior predomina un estilo un poco más racional. Las composiciones pictóricas que pueden verse a lo alto producen un estupor genuino. Hay un lienzo con la imagen de San Cristóbal en que se ve que tiene una clara urgencia estomacal. Tiene pose y semblante de soportarla con estoicismo. También la postura defecatoria es algo estoico, una forma milenaria y casi religiosa de esperar agachado la llegada de la epifanía.

Observando la cúpula recuerdo que, en José Trigo, Fernando del Paso crea un personaje singular, un arquitecto experto en construir catedrales: primero pone la cúpula y después los cimientos y muros. A cada paso me muevo en un complejo separado del mundo real, como si hubiera caído por una grieta medieval, asediado por algo cuya sombra lo es todo. Aquí santiguarse es una declaración, pero no santiguarse es una declaración aún mayor.

En el espacio que ocupan la nave central y las dos laterales y las capillas periféricas y el atrio, cabría un hangar para dirigibles. Hay una miniatura en lámina de bronce que muestra el momento en que, en la cima de una montaña, Dios le ofrece un carnero a Abraham para que ya no mate a su hijo. De niño me desconcertaba el asunto de que Isaac no se hubiera enterado a tiempo de la clase de papá que tenía. Y siempre me asustó el negro fervor entre Dios y Abraham.

Siguiendo el recorrido turístico bien señalizado pierdo la cuenta de imágenes y altares y frescos y nichos y latinajos que dan miedo y recipientes para echar limosna.

Todas las capillas, en especial la de Los Reyes, tienen acceso restringido y uno debe mirarlas a lo lejos a través de barrotes carcelarios. De su interior sale un olor pastoso, como si el Espíritu Santo estuviera flatulento. El régimen católico mantiene los barrotes con la misma firmeza con que se opone a las libertades individuales.

Siguiendo el recorrido turístico bien señalizado pierdo la cuenta de imágenes y altares y frescos y nichos y latinajos que dan miedo y recipientes para echar limosna. De todas las figuras del Niño Jesús ninguna supera la altura de un Renault 4.

En la capilla dedicada a Josemaría Escrivá de Balaguer —fundador del grupo empresarial Opus Dei y mimado por el régimen franquista— hay un óleo con su figura, pero no logro detallarlo porque es una capilla de las más oscuras. Está ubicada sobre el costado derecho, bajo la torre que alberga las nueve toneladas de la famosa campana María (en el atrio oí una conversación de lo más seria donde se decía que fueron los ángeles los que la subieron y sujetaron en su sitio durante una noche del año 1679). Se llama así en honor a la Virgen y en su interior cabría de pie una persona que mida un metro con ochenta.

También habría que ponerle nombre al rincón que hay en la parte externa de ese mismo costado, sobre la calle 5 Oriente, al final del largo muro, donde los transeúntes que no pueden pagar los diez pesos que vale una meada en local comercial acostumbran descargar sus orines. Debe ser el meadero más concurrido de todo el occidente moderno. Despide un olor a amoniaco que hace arder los ojos y asciende hasta llegar a las narices de varios de los cincuenta y siete ángeles de bronce parados sobre las columnas que rodean el perímetro externo de la Catedral.

Hasta hace un tiempo, cada columna tenía pegada una placa forjada con imágenes de fundadores de órdenes o teólogos insignes. A los pies de cada placa, escrito en la piedra de las columnas, estaba el nombre de algún hereje reconocido al que ese teólogo había refutado y vencido. Con el pasar de los años las placas fueron robadas y solo quedaron los nombres de los herejes: donde estuvo Sebastián de Aparicio, por ejemplo, ahora solo hay una inscripción que dice Durango. El tiempo venció a los teólogos y preservó la herejía.

En la nave central, en dirección al púlpito, hay un amplio cuadrilátero con acceso también restringido para los mortales. El lugar —todo un espectáculo estético— está reservado para los miembros del coro y los canónigos, únicos que pueden ocupar los cincuenta y siete sitiales: unas sillas lustrosas talladas en madera y nácar con minucia de orfebre y surcadas por geometrías arabescas. El centro está dominado por una silla cargada de pompa y exclusiva para el arzobispo. La silla se llama Cátedra y si no hay Cátedra ningún templo puede llamarse Catedral. A los libros del coro se les dice Antifonarios y cada uno es del tamaño de una nevera pequeña.

La madera exhibe cuantas florituras barrocas quepan en la imaginación. En algún lugar de ese cuadrilátero está la ubicación secreta del genio que hace sonar el órgano. En realidad, hay dos órganos. El mayor es miedosamente grande y su sonido hace vibrar la placa base de las encías. El otro no funciona hace mucho. Hubo un proyecto para recuperarlo y se dijo que tomaría dos años, y han estado a dos años por veintisiete años.

El Altar Mayor es una espléndida escultura en mármol de diecisiete metros de altura cuya descripción por poco me hace enloquecer, de modo que solo diré que su perfección haría resoplar de envidia a la Virgen María.

La voz que llega a través del sistema de megafonía tipo gran hermano rebota de forma envolvente y siniestra. Las pantallas de televisión (una cada cuatro columnas) completan la publicidad que de continuo la Catedral se hace a sí misma. Hay urnas de limosna que permiten pagar con tarjeta. El cagajón del diablo es también causis de la religión católica: la plata es un eficaz apaciguador de conciencias. Dios dispone de todos los recursos que la omnipotencia puede ofrecer, pero no le alcanza con el subsidio jugoso que como Patrimonio de la Humanidad recibe la Catedral.

El Altar Mayor es una espléndida escultura en mármol de diecisiete metros de altura cuya descripción por poco me hace enloquecer, de modo que solo diré que su perfección haría resoplar de envidia a la Virgen María. Cualquiera diría que está hecho de materia lunar. Tiene abundantes imágenes de yeso cubiertas con una capa de oro, cornisas encima de las cornisas, pilastras y candelabros y formas y curvas y protuberancias color plata y un San Pedro sentado en la cúspide. A un costado está San Anselmo, doctor de la iglesia, el que escribió en el siglo XI un tratado que defendía la idea de que patos y gansos pertenecían a la familia de los peces, por tanto, se los podía comer durante la cuaresma.

Un grupo de señoras venidas en peregrinación están arrodilladas rezando frente al Altar. Los cuerpos compungidos, con ojos apretados y manos entrelazadas muy fuerte. Una de ellas, la que tiene el labio inferior descolgado, se retuerce incómoda, abre cada tanto un ojo y echa vistazos a hurtadillas y lo vuelve a cerrar con rapidez. Sospecho que no son tantos los fieles que creen como los que se fuerzan a creer.

Resulta inquietante que las lámparas de araña suspendidas en lo alto, que despiden una luz muy fuerte, permitan sin embargo espacios sombríos. Bordeando el Altar hay placas de mármol a manera de lápidas cubriendo huesos podridos de obispo. Más allá, en la capilla dedicada a San Nicolás de Bari, sobresale la inscripción Tremendum Dei virtus mea (mi virtud es el temor a Dios). En un hombre que se jacte de su temor a Dios sería inútil buscar sentimientos auténticamente cristianos.

Ocupando toda una pared de la sacristía hay una pintura del siglo XVII que representa el triunfo de la iglesia: una mujer es llevada como emperadora en un carruaje fastuoso tirado por caballos y rodeado de ángeles y estandartes. Las ruedas pasan por encima de los cuerpos de hombres harapientos tirados por el suelo en actitud suplicante. Dos de esos hombres son Platón y Aristóteles.

Son las 6 p.m, agarro coraje y me quedo a oír misa. Estoy ubicado al lado izquierdo del cuadrilátero y si quisiera trasmitir con precisión el sonido del órgano mayor (con tubos que van de dos centímetros a doce metros) me harían falta otros cuatro siglos. Al oírlo nada más soy capaz de ponerme a pensar en Drácula. Junto a mí está sentado un señor que bosteza esforzándose por no abrir la boca. De repente inclina ligeramente su cuerpo para tirarse un pedito, como si hacerlo fuera una especie de trabajo.

Pienso en irme a otra banca pero el señor lleva varios lapiceros de colores en el bolsillo de su camisa y siempre se puede confiar en un hombre que anda con lapiceros de colores. A mi derecha hay una señora de pelo laqueado que reza con tanto frenesí que parece a punto de salir volando. Seguramente ahorró fervor durante años para gastárselo aquí. Mueve la cabeza al compás de las cosas que vocaliza, en una actitud idéntica a cuando uno juega piedra papel o tijera consigo mismo.

La misa arranca con una procesión de veinticuatro hombres con batas talares y sahumerio por toda la nave central, sumidos en una seriedad proverbial, guiados por un gordo de bata morada y gorro en forma de carriel, entre bramidos del órgano y cantos almidonados de fondo. Caminan con una lentitud forzada. Hacen una entrada estilo Vespasiano. El órgano mayor —el malvado— hace que tiemblen los santos y vibren las bancas. Su sonido apenas deja grietas para las voces del coro.

Llevamos catorce minutos cantando de pie y faltan otros tantos para podernos sentar. Me entretengo mirando la figura de una santa que tiene una especie de cresta punk que la hace ver muy sexy. Tiene un rubor que durará hasta que la pintura se desgaste, pero la Iglesia Católica es muy buena maquillando. De cuando en cuando el vacío de la cúpula es atravesado por una golondrina que vuela como una bondad.

El orden en que están ubicados los miembros del coro, desde mi posición, tiene un aspecto vagamente cubista. Su actuar, caminar, poner las manos, reverenciar, erguirse y sentarse forma una especie de ballet acompasado y preciso; denota sumisión y obediencia, atributos que en México tienen mucho rating. Pero cuando están inmóviles se diría que posan para Picasso.

A la gente chitrula le están destinadas unas bancas que chirrían al unísono cuando las posaderas se dejan caer. Resisto con valentía el sermón del cura, alguien que, como los religiosos más severos, es un hombre sin espíritu. Sigue con exactitud el procedimiento estándar de las misas. Su voz carece de ondulaciones. Pero el sistema de audio la recibe y la hace levitar por todo el recinto, de modo que llega a los fieles provista de unas inflexiones que la hacen parecer sabia y portentosa. Se empeña en improvisar fruslerías para extender la prédica porque, como hacen tantos escritores trágicos de relatos largos, da tiempo a que le llegue un poquito de esperanza. Cada que es el turno de levantar las manos para señalar devoción hace una mueca como de tomar tetero. No es del todo viejo, pero ya los laterales de su rostro colapsaron dejándole ciertos rasgos de hipopótamo triste. La mesa donde oficia es llana y rectangular y tiene un paño donde rodaría perfectamente una bola de billar.

Un inmenso arco se comba por encima del Altar Mayor, en cuyo centro hay una caja fuerte con la custodia, donde el Espíritu Santo convive con un conjunto de vasijas y frascos y poncheras litúrgicas adornadas con oro e incrustaciones. Para echarse la hostia a la boca se forman dos filas tipo Disneylandia. Siendo niño mi abuela me obligaba a ir a misa y confesarme, y se me hacía muy difícil no reírme sacando la lengua para comulgar.

La Catedral, como cualquier otro templo de adoración, no es tanto una estructura física como un comprobante.

Los habitués de misa comparten ciertas tendencias. Conforman un subgrupo cultural que bien podría llamarse Cháfaros de Parroquia: visten sus mejores y más sedosas ropas, andan en familia, reprenden a sus niños en público, son propensos a la bendición mecánica y a la alabanza rápida, resisten a toda costa el bostezo o el estornudo mientras la eucaristía, eluden palabras como pederastia o encubrimiento, si fuera el caso votarían por Franco, sonríen conmovidos al dar el saludo de la paz, entienden la resignación como una variedad del brío católico, cuando termina la misa salen convencidos de que son buenas personas, niegan severamente que se pueda ser espiritual sin ser religioso, y asumen el arrepentimiento casi como un apetito. Invierten la mitad de su tiempo esforzándose en no levantar sospechas contra la moral y las buenas costumbres y la otra mitad en olfatear el pecado ajeno. Y cuando lo encuentran lamentan sentirse satisfechos. Se amparan a la sombra de algo que no está. Muchos entienden la bondad como algo meramente predicable. Hacen recordar la mansedumbre retorcida de Marcial Maciel. Institucionalizaron el hecho de que Dios no dispute contra el diablo sino contra la inteligencia y el sentido común elementales.

La Catedral, como cualquier otro templo de adoración, no es tanto una estructura física como un comprobante. Un monumento levantado en honor a un dios es algo cuyo núcleo es nada y el ensamblaje lo es todo. Como una tumba. Cumple funciones de ablandamiento: que el ser humano se sienta pequeño, miedoso y débil, necesitado de protección. Todo el lugar es una oda a la ilusión de lo permanente, eso que llaman tradición. Hacer creer en algo tan abstracto como un dios es fácil si tienes objetos físicos impresionantes y los presentas como vestigios, rastros, pruebas, un vínculo. Tanto mejor si son espectacularizantes y resistentes al tiempo, algo que pueda verse, tocarse, admirarse. Esa estrategia contiene el palo y la zanahoria del asunto.

La belleza es una herramienta muy eficaz: en todo el conjunto de la Catedral casi puede respirarse, por lo que es fácil atribuirla al dictamen de un ser celestial. Mientras la recorres estás habitando un verso de Rilke: “La belleza es el grado de lo terrible que todavía soportamos”. Las cosas bonitas suelen ser muy convincentes y el convencimiento facilita la existencia de lo etéreo. La fe necesita cada tanto una inyección de convencimiento. En ese plano, la estética ha sido por siglos audazmente utilizada por la Iglesia. Pero ese componente resulta ser de los menos advertidos por los fieles, que se bastan conque en la iconografía, igual que en sacerdotes y jerarcas, predomine la actitud plañidera, piadosa, sufridora, resignada, suplicante y desvalida: lo que suele conmover y convencer no es la belleza sino la sumisión.

El recorrido me deja agotado. En el patio-plaza-atrio por poco soy arrollado por un rebaño de feligreses que llega con retraso. En un local comercial al otro lado de la calle alcanzo a ver al hombre con aire de tractorista, que ya no sostiene un cigarrillo sino una cerveza. La luz de la tarde empieza a cansarse. Hay algo afilado y amenazante en los bordes de la sombra que se extiende a un lado de la Catedral. El templo se arropa con su propia sombra.