A LA SOMBRA DEL PERSONAL MÉDICO

Me toca hacer desinfección cuando entra un COVID. Lo primero son los implementos de seguridad. Cuando uno está bien vestido inmediatamente hace la ruta COVID.

 

Texto / Maritza Palma Lozano – Ilustraciones / Stella Maris – Fotografías / David Aronnax García

Tras una entrevista

Es la entrada a urgencias del Hospital público de Dosquebradas: Santa Mónica. Por la reja corrediza ingresa un carro de una funeraria, afuera esperan varias personas. La jefa del personal de aseo indicó que hacia las 3:00 pm del 23 de diciembre averiguaría quién de los trabajadores a su cargo podría dar una entrevista.

Al ingresar por esa misma reja se llega al área donde tienen grandes cilindros de oxígeno, enseguida un área de atención y frente a ella, en medio de un jardín –más bien cemento y pasto– las sillas de espera. Ya son las 3:00 pm; por allí camina la jefa del aseo, teléfono en mano, hablándole a quien luego dirá que es la gerente de la empresa de aseo, le dice que alguien necesita una entrevista “no sé para qué cosa”, sin percatarse que la escuchamos. Sigue derecho hacia la reja. De regreso nos encuentra e indica que no tiene autorización para que alguna de las aseadores converse sobre su experiencia en medio de la pandemia, que ese permiso debe darlo la gerente del hospital.

Pasos más adelante se puede ingresar a la parte de atrás que conduce a las áreas de aseo, los consultorios de medicina general y el área administrativa donde está la oficina de la gerente. Por los pasillos se cruzan algunas trabajadoras del aseo; varias de ellas están por terminar su turno.

Una vez en la oficina de la gerente, su secretaria entra a la oficina para pedir la autorización. Sale y según cuenta el permiso debe darlo la gerente de la empresa de aseo y no ella.

De regreso por el mismo pasillo le pregunto a la jefa de aseo:

  • ¿Acaso ellas no tienen autonomía para decidir si quieren o no hablar?

Atrás dos aseadoras escuchan bajo el marco de una puerta. Una se mete rápidamente y a los minutos sale sin uniforme.

En primera persona

Mi profesión ha sido guarda de seguridad. Es la primera vez que trabajo en servicios generales por la situación económica y una calamidad doméstica que tuve. Me tocó trasladarme de la ciudad de Bogotá para aquí, para Pereira. Me dijeron que necesitaban personas para aseo en San Jorge y de una vez hice la hoja de vida para allá. Entré en octubre [del 2019].

Me toca hacer desinfección cuando entra un COVID. Lo primero son los implementos de seguridad. Cuando uno está bien vestido inmediatamente hace la ruta COVID: toca ir haciendo aspersión para ir desinfectando por donde va pasando el COVID; y cuando llega a la sala uno se queda afuera esperando que salga, después uno espera 20 minutos para ingresar a hacer el aseo. Es más, me decían el COVID porque me tocaron hartos, ya me acostumbré, pero siempre con las medidas de seguridad, uno no puede bajar la guardia.

Ya estaba muy familiarizado con los hospitales porque como era curador de mi hermano, mantenía prácticamente en los hospitales.

Tuve un hermano que fue herido en combate y quedó en estado vegetativo. Cayó en un campo minado en el Putumayo por las FARC –el 12 de octubre del 2012–. Eso sí me afectó mucho porque imagínese el hermano menor de la casa, de 20 años y caer en un campo minado y como quedó. Fue algo muy traumático para la familia y para uno que todos los días estaba con él. Estuvo muchos años en Bogotá –casi 7 años– y ya lo trajeron para el domicilio y el domicilio era acá en Pereira, entonces yo como era curador me vine con él a acompañarlo. Acá lo seguí cuidando hasta que falleció el 24 de agosto del año pasado [2019], inclusive, falleció en el mismo hospital donde trabajo. A mi casi no me gusta ir donde él murió. Eso son golpes que le da la vida a uno y toca ir asimilándolos de a poquito.

Cuando estaba bien, como nosotros somos de campo, somos campesinos, terminó la primaria y trabajaba en la finca y ya le dio por irse para el Ejército –pues lo reclutaron para el servicio obligatorio– y a los 8 meses de estar en el Ejército cayó en el campo minado. Yo estaba cogiendo café para Salamina (Caldas), me llamó mi mamá y me dijo que necesitaban un acompañante porque mi hermano había sufrido un accidente.

Ya me fui para Bogotá.

Como en Bogotá estaba en una clínica de cuidados paliativos yo podía trabajar: trabajaba 24 horas y descansaba 24 –12 horas me las pasaba con él–. En cambio, cuando lo trajeron para Pereira ahí sí me tocaba las 24 horas con él. Solamente cuando estaba muy grave se pasaba a alguna clínica u hospital.

El Estado llegó un tiempo en que dijo que ya no se podía tener más en la clínica –en Bogotá– que le tocaba en el domicilio. Yo les dije: yo tengo una hija, yo trabajo. “No, eso no nos interesa a nosotros, a nosotros nos interesa es que se lo lleven”. Hice una tutela y gané unos derechos, sin embargo, siempre tocó el domicilio. Mi hija quedó en Bogotá.

Nosotros crecimos en Pijao, Quindío. Nací acá en Pereira, pero como las familias campesinas son andariegas, mi hermano el que murió nació en Belalcázar (Caldas). La vida campesina, como en ese entonces no había Internet, no había celular, nada, era escuela rural y listo, no había ni televisión; cuando eso no había tanta vida social, se reunía uno con los amigos a jugar fúlbol y listo.

El sueño mío fue el Ejército. Sí fui, pero como yo tengo asma allá me cansaba mucho y no pude seguir. A los 18 años fui. Estuve en el Valle, estuve en el Quindío –más que todo fue en el Quindío–; lo de nosotros era patrullar. Eso fue en el 95 (1995), en ese entonces estaba el conflicto interno impresionante, había demasiada subversión. Yo quería servir a la patria.

No tuve sino solamente la primaria. En el campo uno como que no tiene sueños de nada. Apenas salí del Ejército seguí trabajando nuevamente el campo y uno en el campo se estanca, es muy lindo, pero se estanca económicamente y ya ahí se le van perdiendo como las metas. Estuve en muchas partes de Colombia: Antioquia, Caldas, Risaralda, Quindío, Tolima. Hacía todo lo de oficios varios en una finca: recolectar café, ganadería, todo lo que sea de agricultura. Llegó un momento que me ofrecieron un puesto de vigilancia.

El pensado es volver a seguridad nuevamente. Me siento más cómodo porque llevo mucha vida laboral en eso, no por la pandemia porque es lo mismo. Por ahora normal hacer aseo, igual es un trabajo. Es más, le voy a decir una cosa: en vigilancia gana uno más poquito que donde estoy.

El personal de aseo, lo que le pasa es que no lo mencionan para nada, pero ellos son una labor muy bonita y muy importante para la parte hospitalaria, desde uno comienza el cuidado al COVID. Se incrementó mucho el trabajo porque como ya hay tantas desinfecciones. Todo el día hay que hacer desinfección. De uno depende que la demás gente no se vaya a infectar. Toca hacerlo al 100 % de bien el trabajo para que no vaya a quedar nada, de pronto por una cosita que se le quede a uno por ahí ya puede haber un infectado o varios.

Por mí no [tengo temor], pero como vivo con mi señora madre que tiene 74 años entonces uno siempre siente temor por ella. El protocolo de bioseguridad lo hago lo más bien que pueda para que de pronto no me vaya a pasar nada a mí. Como en la casa solo vivimos ella y yo tenemos harto espacio. Lo que a veces sí me da intranquilidad es que la gente no se cuida. El transporte público siempre me da un poquito como de miedo. Me da más miedo el transporte público que el trabajo. En el Hospital a unos de Santa Rosa de Cabal sí les tenían transporte, pero a los de Pereira no.

Ahora el proyecto mío es de pronto volver a conseguir trabajo en seguridad y el sueño más adelante es ver a mi hija profesional y de pronto alcanzar la pensión.

Donde se junta el olvido y la necesidad

Durante la pandemia se ha exaltado la labor del personal médico que está en primera línea, pero se ha perdido de vista la labor del personal de aseo y servicios generales, quienes han sido claves para la contención del virus al interior de establecimientos de salud, mientras realizan labores imparables y se exponen aún más cuando deben desinfectar áreas donde atendieron pacientes COVID. Su invisibilidad no es cosa del virus; esto ha sucedido en todos los tiempos y sectores. Tanto así que no se incluyen en las cifras de personal en salud contagiado a nivel nacional.

El relato de Víctor Hugo Londoño López es solo uno entre miles de personas que trabajan en el aseo, a veces bajo condiciones de salarios mínimos, jornadas exhaustivas y sin descansos justos; personas que en general pertenecen a las clases menos favorecidas y aceptan este trabajo porque no hay más opción. Aunque Londoño afirma: “en la empresa estoy muy contento porque hasta ahora la empresa ha funcionado perfectamente, excelente, hay que cuidar el personal porque si se enferma un trabajador implica muchas cosas para ellos y para uno, entonces ellos lo cuidan mucho a uno”.

Como Víctor, para muchos en Colombia el virus es solo una dificultad más de la vida, no la primera, ni la última, ni quizá la más grave.
Twitter: @marpaloza
IG: @stellamaris
*Este artículo fue realizado en el marco de un acuerdo de financiación con Google News Initiative Journalism Emergency Relief Fund