Esta entrevista se realizó en el Museo Rayo —Roldanillo, Valle del Cauca— durante el XXXI Encuentro Nacional de Mujeres Poetas, el sábado 18 de julio de 2015. El texto publicado transcribe la voz de la escritora.

 

Por / Mary Luz Botero

Una escritora del no tiempo

Pido perdón por lo que he hecho cuando no lo tenía que haber hecho, y pido perdón por lo que hice cuando no lo tenía que hacer y por lo que no hice cuando sí lo tenía que haber hecho. Es mi señal galáctica para decir gratitud. Yo estoy aquí porque llegué con un propósito. Sé quién soy, de dónde vengo y para dónde voy. Con un fuerte golpe en la cabeza pasé la muerte y me regresaron. En Madrid, año 72, entendí quién era. Fue un atraco, me iban a robar mi coche y me destrozaron la cabeza y la columna vertebral. Vi unos seres muy hermosos en un centro de luz, una mujer y dos hombres de barba blanca. Cuando entro en el túnel blanco, escucho que desde un rincón la mujer dice: “¡Hay que ayudarla!”. Pero ellos le responden: “No puedes, el cuerpo está físicamente destruido”. “¿Cómo vamos a perder un cuerpo de 33 años?”, preguntaba ella. La sincronía divina se llama eso. Me recordaron quién era y por qué. Ese centro de luz desapareció y, de repente, volví. Luego supe que una de esas figuras era Sri Aurobindo, un hombre que en la India de Gandhi inicia una batalla guerrillera. Ese hombre es mi padre espiritual. Estaba desahuciada por los médicos de Barcelona y vine a Colombia a dejar mi cuerpo. Un día me dice mi hermana: “Hay un médico que te puede curar, gratis, vale $20”. Y aparece la figura iconográfica en el mundo latinoamericano que es José Gregorio Hernández. Y me entrego, no sin cuestionar muchas cosas, y entro en un proceso muy largo, de experimentar estados totalmente metafísicos en los que estoy muy interesada. Me entregan una rosa de jardín —que la sigo teniendo después de cuarenta y pico de años—, me piden que la ponga en agua y beba de ella. Estuve ocho meses en un proceso de fisicalidad, no era interno, era de profundos dolores. La gente dice que cuando Gregorio los operaba quedaban intactos porque se iban como para el cielo, a la cuarta dimensión. Yo no, yo entré en un problema tremendo de dolor, dolores increíblemente insuperables. Me hicieron cosas en la cabeza, me aliviaron, un proceso brutal donde yo me paralizaba y sentía en mi cabeza muchas imágenes. Las personas que me acompañaban veían a José Gregorio, que subía y que bajaba con su sombrero, y se morían del pánico. Finalmente, empezaron a decir que estaba loca. Pero yo nací loca, entonces era como más grave. Consultaron con psiquiatras. El proceso fue internamente sanador, cinco horas de umbral de dolor en la cabeza o en la columna vertebral. Un día, la rosa se paró y caminó sola, era muy grande. A partir de ese instante…

Como Virgo hija de Virgo nieta de Virgo, he sido siempre muy especial. Aunque a mí la ciencia de la magia y de lo invisible nunca me faltó, mis lecturas de niña lo dicen, mis libros lo dicen, pero yo soy pragmática: a mí me muestran. Entonces fue fuerte, fue hermoso, salí de ese proceso y supe quién era perfectamente. Integración, desintegración, conocimiento, no entender, no comprender, entrega. Me habían dado un tiempo más para que yo me reconociera y cumpliera mi propósito. Es lo que los maestros zen llaman un kōan. Yo vi y no vi, yo entendí y no entendí. Y salí de allí a morirme en Colombia. Todo lo mío es mágico. Yo creo en todo lo imposible.

Ese golpe me trae a Colombia, y con eso que tengo en mi cuerpo y en mi ser, escribo Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón. Estaba muriéndome cuando escribí la pájara pinta… Todos los días decía: “No me puedo ir, este libro hay que escribirlo”. Me dieron el coraje, acompañada de Francisco, que fue mi compañero permanente, al que le pedí que me entregara toda la cura posible para salirme del holograma y pasar el otro lado del espejo, y poder entregar lo que yo vine a entregar.

Vivo en el no tiempo, para mí es igual estar aquí en este momento que tener 3 años y estarme viendo ahora mismo mientras hablo. Nací en una zona que se llama Colombia, pero creo firmemente que yo venía para Chile. Uno toma decisiones antes de venir. Creo en la reencarnación por derecho, no por visiones. En mi tierra, cuando llegué, fue muy difícil, pero estaba acompañada de grandes maestros: mis abuelas, mi padre y mi madre. Nunca he seguido un gurú a pesar de que he ido a la India a observar. Yo soy una observadora, y me meto en todos los túneles oscuros o en la claridad más impresionante. Tengo aquello que llaman los zen del discernimiento. Hay teorías muy bellas, hay muchas filosofías, yo creo en todas pero a mi manera. No soy religiosa, soy ritualista, creo en los indígenas. Si hay una religión hermosa será la religión del amor, esta que programaban ya los hippies. Dios es amor. De pronto supimos que Dios estaba aquí y no allá; de pronto supimos que la divinidad la encarnábamos; de pronto supimos que las abejas son Dios. La historia no se repite, en cierta forma no. La Rueda del Samsara es una espiral. La historia se repite como cuando vas a Machu Picchu o a Cuzco o a Puno, en Bolivia, y te montan en un bus y te dan vueltas, pero cada vez la visión es más alta. Es la espiral que se repite, pero se asciende en la visión, en el conocimiento.

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Entre el canto, la poesía y la prosa

La literatura para mí es una herramienta. Para la herramienta había que ser muy buena o nada. A mi compañero, que era chileno-francés muy avanzado, le llevé una vez un librichín que compré en mi pueblo, muy ciencia ficción, gnóstico, pero un gnóstico muy apagado, muy bajo, escrito para unos campesinos. Se lo llevé a este hombre y me dijo: “Pues la teoría como que la conozco, pero qué mal escrito”. Sí, qué mal escrito. Y decidí que había que llegarles a los intelectuales más cerreros y que mis cosas no iban a ser mal escritas. Vine a afinar una herramienta para volverla luz y así hacer poemas como La gata sin botas o Tierra de nadie que son unas mujeres galácticas que llegan a la tierra. Ser muy buena para que todo el mundo quede pegado a la página, pero que pongan el corazón no el cerebro, porque yo mareo, cuando hablo cuando escribo la gente se marea.

A mí Álvaro Cepeda Samudio me dijo: “Usted no es poeta, boba”. Veinte años tenía yo. Le mostré mis poemas en un desgarre de muerte y me dijo que no era poeta. Estuve cuarenta años con ese cuento, casi que no arranco. Cuando Carlos Barral me publica Misiá señora, Carlos el gran lector, el gran poeta, un ser universal, me dice: “Tú escribes en alejandrinos, como los griegos”. Y yo le dije: “¿Alejan… qué?”. Y él: “¿ Acaso no estuviste en la Universidad de los Andes?”. “Ah, sí”, le respondí, “pero yo me dormía en clases cuando ese señor pasaba y hablaba de esas cosas tan complicadas”. Yo no he pasado del qué galicado; ni sé qué es complemento directo. Me dieron el oído, nací con el oído. A los dos años, en las tabernas de mi pueblo, mi tío me llevaba, él se tomaba sus cervezas y me decía: “Cante, pues”. Él mismo me enseñaba las canciones… “torero valiente despliega el capote sin miedo a la muerte”. Entonces, nací estrella. Tuve una seguridad en mí misma extraordinaria porque mi abuela me celebraba todo. El caso es que me dieron el poder de la voz, del oído. Hay momentos en que el oído es mejor que la visión es lo que te permite percibir. No canté nunca en ningún idioma que no fuera castellano porque el castellano es el mantra más poderoso del mundo.

Cuando me quedé muda me iba a los bosques de Francisco de Asís —que son olivos— para no perder la voz, y cantaba y cantaba sola, y hablaba con los pájaros para no perder mi voz; empecé a hablar mis idiomas, esos antiguos, y vi que parte era castellana y griega, claro. Entonces sé que el mantra de ahora, el lenguaje de la liberación, de mucha luz, es el castellano. Los niños de hoy no saben qué es el lenguaje, y no los culpo, porque la lengua siempre la traban para que diga cosas oscuras y eso se convierta en otra Babel. Yo cada vez que vengo a Colombia, que es poco pero vengo porque tengo que venir, me doy cuenta que el lenguaje es extremamente bajo y oscuro, hasta los presidentes lo hablan. Los niños por las calles del pueblo donde estoy viviendo ahora, o en Bogotá, o las señoras, y sobre todo niñas de 20 y más años, escupen como sapos y culebras. Ese lenguaje es veneno, te envenena el cuerpo, envenena y poluciona la atmósfera más que otra cosa porque se nos dijo: “el verbo se hizo carne”, y la palabra es poderosa, lo saben todos los que trabajan con ella.

Se me fue la voz, hace tiempo, de cantante. Qué bueno, porque no hay más necesidad, pero ahora, cuando abro la boca, invoco todos los seres de luz. Fotografía / Cortesía

Se me dio la voz de entrada, cantaba sin parar, con eso viví en Europa con una guitarra japonesa sorda que nunca aprendí a tocar, pero yo sabía que la voz se iba volviendo más poderosa. Cantaba Cielito lindo en un restaurante, la gente no escuchaba y yo tampoco cantaba. Pero cuando veía unos ojos que me miraban, soltaba la voz y todos se quedaban en silencio, porque como decían en la época antigua: “No hay que tirarle margaritas a animales que no lo merecen”. No porque los despreciara, sino porque yo me cansaba mucho hasta las 5 de la mañana. Pero cuando había personas que me miraban yo daba lo que podía porque era la sanación. Mucha gente me entregaba dinero pues sabían que yo no tenía, me agradecían mucho, incluso una vez una mujer me invitó a Grecia a su matrimonio. En la calle pasé el sombrero, yo no, una niña muy linda que me dijo: “Venga yo le paso el sombrero”, y me caían billetes y monedas. Dormí en los parques de París. ¡Qué linda aventura, qué maravillosa! Yo no me desdigo ni un solo segundo de mi existencia, con todo el dolor y con todo el desamor y con todo el amor. La vida es una aventura, la vida es un sueño, decía Calderón de la Barca. La vida es un tango, decíamos en Pereira.

En la época de Chavela, alguien vino de México y me trajo un disco de ella que porque cantaba como yo. Tenía 19 años, en la Universidad de los Andes. Y Chavela Vargas cantaba “Ponme la mano aquí Macorina”. Yo la había inventado a mi manera: “Tus senos carne de anón, tu boca una bendición de guanábana madura, y era tu fina cintura caliente como un danzón. Ponme la mano aquí Macorina…” Se me fue la voz, hace tiempo, de cantante. Qué bueno, porque no hay más necesidad, pero ahora, cuando abro la boca, invoco todos los seres de luz que llaman elfos, hadas, dioses, diosas. Hoy yo sé cantar con otra voz —siempre contralto pero con coloratura—, con un idioma galáctico que dieron para decirme: “La voz vuelve, y dice lo que tiene que decir y canta lo que tiene que cantar”. Escribir para el futuro que no existe. No existe el ego, no; lo quemé. Y quemé la mente. La fama me importó muy poco, en cuarenta años no volví a ninguna parte. No es ego, no es personal, es interpersonal. Albalucía Ángel es la pájara pinta y todo lo demás, pero yo hablo como ser galáctico donde a Albalucía la integré. Me costó mucho. Alguna vez en Asís una mujer polaca me dijo el propósito que sigue mi nombre: “Usted es el alba de la luz del ángel”. Y Marulanda en vasco quiere decir “la tierra de María”. Asumí ese nombre de inmediato. Además, yo soy Arathia que en sánscrito es Albalucía Ángel. Atravesé el espejo, tengo 23 aspectos diferentes. Soy Arathia.

Yo ya me salí de lo que los hindúes llaman la Rueda del Samsara, el regreso eterno, el no salir de aquí jamás. Ahora se acabó, la rueda se paró. Vino la nueva evolución. Las trampas están acá, vinimos a aprender, hay trampas deliciosas, es un juego. La vida es maya, o sea ilusión, dicen ellos.

¿Qué hacer con mi obra? Primero que todo hay que distribuirla ya. Lo hice en fotocopias en otro tiempo, aun así la rechazaban. Distribuirla bien, barata, como lo hizo Gloria Zea, esa mujer que se lanzó a hacer Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón a 100 ejemplares por 10 pesos. No me leyeron los intelectuales, porque eso era “un nido de gulungos”. Me leyó el pueblo. En las calles me gritaban: “¡Pájara pinta!”. Hay que decir que cuando se lea lo hagan con el corazón para que no se les enrede la cabeza. La pájara pinta es más sensible en eso, está el corazón puesto y la cabeza deja de funcionar cuando uno empieza a leerla a fondo. Cada uno de los libros que escribí es un mensaje, porque Misiá señora es un mensaje a la mujer, hablando desde mi cuna y mi abuela y mis abuelas. Hoy repercute Oh gloria inmarcesible, un libro prohibido por el gobierno, por pornográfico, un libro de cuentos que se desapareció después de la pájara. Sí, es pornográfico. Yo cuento como llega el buque Gloria, el buque insignia, cargado de cocaína a Nueva York.

Hubo un momento en que todo se detuvo. En ninguna parte del mundo se supo que yo era escritora, hasta que me descubrieron las americanas y empezaron a hablar de mí. Hace muy pocos años me dijo una muchacha de Cornell: “Eres la primera en la lista, y no es por orden alfabético”. Y otra muchacha yugoslava: “Todavía tengo tesis de maestría y varias de doctorado sobre tu obra”. Yo llegué después de veinte años al mundo y me encontré con que me descubrieron en Estados Unidos y me pusieron en la gran rueda, no del éxito, sino que me visibilizaron y me invitaron de quince universidades. Yo hablaba todo al revés, todo lo contrario, mi idioma no es como el de las académicas, pero vi que había una tarea para hacer y la tarea por hacer es destruir a esta Albalucía Ángel. Porque hay que escribir y leer para el futuro que no existe.

Pájara en vuelo alto

Como rayo de luz que considero que soy y como el alba de la luz del ángel que acepto con toda la humildad que me produce el maestro Francisco de Asís, considero que esos libros se escribieron con un propósito. Yo me voy tranquila, a mí no me importa. Hace poco en Colombia algunas personas que leyeron mi obra me dijeron: “no tienes ninguna imaginación, eres muy repetitiva y no dices nada nuevo”. Se referían a mis últimos libros, los del año 2010. Pero ya llegó una gente que me va a leer esos libros con el corazón y va a volar. Alejandra Jaramillo, a quien quiero tanto, que hizo que me publicaran de nuevo Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, y Alfonso Carvajal que hizo caso, y una editorial que no sabía quién era yo pero le hizo caso a Alfonso. Alejandra me dice que sus alumnos en la Universidad Nacional están felices con Tierra de nadie. Todo es rarísimo, todo es galáctico. No hay mariposas en el bosque, un libro rechazado diez veces. Y El regreso a la montaña, un libro que no pienso ofrecer porque no vale la pena. Hay que publicar la trilogía o nada.

Gracias Colombia. Saludo a todo lo que existe aquí: los árboles, los pájaros, las piedras, los cristales, el agua, el viento, la mujer, el hombre, el niño, el pordiosero, la rosa… Le regalo una rosa a Colombia para su corazón. Estoy muy contenta, feliz, de haber escogido ser colombiana. Colombia está en el corazón del mundo, seremos un faro de luz inextinguible en las Américas. Somos el norte del sur, somos la voz. ¡Cómo habrá de oscuridad y cómo habrá de luz que no hemos podido equilibrar luz y oscuridad! Pero no nos hundiremos. Para esto debemos hacer algo: los niños de 4 a 7 años tienen que salir a las plazas de Bolívar de todos los pueblos de Colombia, con rosas en sus manos, cantando: “yo soy paz”. Porque no pedimos paz, la paz somos nosotros. Lo decía Gandhi, lo decían los zen: “paz en el corazón, paz en la tierra”. Eso no es un silogismo encadenado, eso es una realidad. A ver si no nos arrodillamos a pedir perdón. A Colombia le falta arrodillarse, toda, de la mano, todas las clases sociales, todos los colores, a pedir perdón al universo. Será una sanación extraordinaria.