ÁNGELES

Los ángeles se sentaron a los lados. En medio de estas dos blancuras impolutas el niño, y no los ángeles, se me figuraba como una plácida aparición, bella, milagrosa.

Por / León Darío Gil Ramírez

 

Para Ángela, la de Alejandría, en señal de que la admiro y aprecio

 

El primer ángel que vi, lo vi detrás, fantástico, custodiando una pareja de niños irreales que cruzaba un puente: también irreal e idílico. Era el cuadro del Ángel de la Guarda que, como una reliquia, no dejaba de estar siempre en un extremo del corredor de la casa. Me impresionaba la ruinosa condición del puente de madera y el arroyuelo naciendo por entre un paisaje de penumbras miedosas.

Amparado en una propicia soledad de la casa y de mis años niños, me ensimismaba contemplando la niña rubia, totalmente ajena a las que conocía, vestida de una batica roja, ribeteadas de blanco las mangas y en el ruedo, rojos también los botines que calzaba, portando una cestica donde punteaban florecitas granates, medio cogida de la espalda por un niño de cargaderas y pantalón corto, diciéndole algo que yo no podía oír pero que comprendía. Los dos niños desapercibidos del ángel, rubio también y vaporosamente azul que, como un ensueño emergiendo de las aguas, portaba un velo rosa tenue entre las manos extendidas y prestas para acogerlos si acaso el peligro fuera inminente. No me cuadraban sus alas, pesadas; las presentía ruidosas al volar, y que por eso, en vez de ganarse las otras aves del cielo, las espantaba.

Otros ángeles, y por montones, los he visto infantiles y risueños en copos de divinizadas nubes jugándole compañía y miñocos de halago o de congoja a las imágenes de culto o, inmensos y solemnes, en los cementerios pidiendo silencio o con sus trompetas anunciando los principios de un final aterrador.

Tomaba tinto cuando vi, vivos, por diciembre, los dos ángeles de esta historia.

Con miramiento, cuidando no estropear su blanquísima presencia ni dañar su alada dignidad, como caminando sobre brasas, cogidos de la mano, la pareja de ángeles entró a la cafetería. Los pliegues de terciopelo blanco desde la cabeza sostenidos por una corona de cartón forrada en brillante papel plateado, y que volátiles como velos de novia se les derramaban hasta el suelo, para favorecerlos de la mugre cada uno los sostenía, recogidos, entre las manos. Noté con terrenal pesadumbre que este detalle, tan humano, los desangelicalizaba.

Proporcionadas a su complexión y estatura, sutiles como papel de arroz, las alas con delicado fundamento estaban apuntadas a un armazón de alambre. Mediante una labor de cuidadosos acabes, sin sacrificar su movilidad el armazón se aseguraba a las espaldas y a la cintura. Eran alas trasparentes, frágiles, como de libélulas, espolvoreadas con escarcha de colores chispeantes que las tocaba de fragilidades y de gracias. La íntegra blancura de sus figuras, desde abajo hasta arriba, solo la desdecía el rendijita oscura de los ojos y la rayita encarnada de los labios.

Iban para el baño. Otros baños operan con monedas. Los de La Casona, en un escritorio al final del negocio, con risueña y jovial amabilidad, a veces con picardía, los atendía un par de ancianas diligentes y avispadas. A una ellas, como a cualquier humano de a pie y de carne y hueso, le pagaron lo debido. Un ángel se metió al baño de hombres, derivó el otro hacia el de las damas. Se demoraron. Pude esconder, lo digo con franqueza, la congoja que me provocaba imaginarme los malabares que debieron inventar allá dentro para preservar el decoro y la sobriedad de sus atavíos. A la salida y casi sobre la marcha un ángel le alineó al otro un ala que se le desniveló en el baño, se la ajustó al talle sin desperdiciar la ocasión para regalarle un beso; el otro por entre la corona le escondió un cachito de pelo que le cortaba la blancura de su frente. No oí lo que se dijeron en vocablos terrenales. Desprendidos de la mano, como no entraron, remontaron el pasillo.

En el paréntesis de calma que abre la ciudad mientras la vuelve a ocupar el fragor de llegando las dos de la tarde, como un par nubes sin razón cruzaron la 23. En los escalones del Club Manizales un ángel con más amor y ternura que el otro acarició y besó a un niño que, sentado, los esperaba paciente; el sombrerito de paisano, los mocasines negros de charol, la correa de adulto con una banderita amarilla, azul y roja por chapa, pero sobre todo el maletín de escolar con las vocales repujadas en verde que lucía, me hizo sentir que venía oriundo de una fábula o, creí con firmeza, que un hechizo lo había arrancado de una postal navideña. Verlo, me exaltaba la alegría y me congraciaba con la vida.

Los ángeles se sentaron a los lados. En medio de estas dos blancuras impolutas el niño, y no los ángeles, se me figuraba como una plácida aparición, bella, milagrosa. De una chirriante chuspa escandalosamente roja (como un sacrilegio), sacó el niño una olla y se la entregó al ángel de la izquierda, este le quitó la tapa y se la cedió al ángel de la derecha. El niño, sin dudas, era el hijo. El par de ángeles, sin dudas, el papá y la mamá. Y lo de la olla era el almuerzo que cucharearon en compañía con halago y con hambre.

Para ratificarse el amor se dieron como una comunión el uno al otro un hilito de carne, con insistente constancia le regalaban cucharadas al niño; agradecido, él las aceptaba con festivo gusto y complacencia. Sorbieron la sobremesa de un frasco de gaseosa litro. De volver la olla y el frasco a su lugar se encargó el niño, lo hacía con aplicación y dulzura, con alegría, y no como un deber u obligación sino como una entretención.

Entre tanto los ángeles, después de que frente a frente se distinguieron como ante a un espejo, recíprocamente comenzaron a repararse, a palpar y dejar perfecta la presentación de las alas y a enlucir con fervor la delicada distinción de los trajes que, en algo, los había estropeado esta pausa vital en la jornada. En un juego mutuo de chanzas, lisonjas y coqueterías cordiales, con la yema del índice que les servía de pincel, blanquearon los trechos de pronto desblanqueados por los recientes trajines, y quedaron listos. La felicidad en sus rostros era la constancia de que todo estaba hecho, y bien. Solo faltaban los guantes: se los mudaron.

Luego, los dos al mismo tiempo y cada uno aparte, en un espejito de repisa reconocieron y aprobaron su íntima, personal y blanquísima angelicalidad. Con demorada amorosidad se rieron una risa tocada por un tris de lujuria, y en un exceso de ternura se mataron los ojos. El uno frente al otro, juntos, ensayaron a volar, y casi como un ritual que les daba suerte se admiraron risueños la corrección de sus talantes; con esmero, por última vez, espolvorearon las alas con escarcha multicolor. Con un pico de adolescentes enamorados que se dieron a distancia sellaron con amor la satisfacción del deber cumplido.

Fue el niño el que les reacomodó la sábana de nubes que blanqueaba el banco del pedestal… Y se fue en medio de fiestas, bendiciones, besos soplados, batir de alas y de manos.

El último ángel que se encaramó a su altar no descuidó disponer bien la alcancía y bien la cartulina blanca que en letras negras anunciaba esta mundanidad: ESTATUAS HUMANAS. APOYA EL ARTE

leondarialaluna@hotmail.com