Qué agradable y fresca se veía correr el agua por esas quebradas que recibieron la visita de una mano amiga, corrientes en las que en otra ocasión, pese a su pestilencia y color gris, vi a un habitante de calle que, no pudiendo contener por más tiempo la necesidad de asear su cuerpo, en la inmundicia de esas aguas optó por bañarse, limpiar su humanidad de modo tal, que parecía que asimismo buscara despojar de su alma el doloroso sufrimiento por el estigma social que afronta.

Así aparece uno de los barrios de Dosquebradas en un informe hecho por la Universidad de Manizales. Fotografía / Universidad de Manizales.

Por: Ligia Acevedo
Fijar la mirada en personas, lugares y situaciones que antes no eran objeto de mi interés particular, para tomar así consciencia de varias circunstancias que en otros momentos no apreciaba ni valoraba, es ahora mi objetivo cotidiano.
Como muchos a quienes escuché en el pasado, llegué a considerar, equivocadamente por cierto, que Dosquebradas sólo tenía una vía: la que atraviesa desde la entrada por Santa Rosa de Cabal y lleva a la ciudad de Pereira en línea casi recta, o viceversa, y que a lo largo de ella se concentraba dispuesto todo su comercio, en revoltura y variedad tal, que no faltaban por lo mismo casas de citas, cantinas y bares de mala muerte, en donde se reunían personas dedicadas a negocios non santos; esto era lo que se escuchaba decir al referir a Dosquebradas, que representaba, por esto mismo, un serio peligro el que visitantes ocasionales bajasen por allí, si nada les vinculaba con el lugar.

Falsa creencia, percepción y concepto de miradas extrañas bastante alejados de lo que en verdad es la población, que tiene gran importancia histórica como municipio industrial y que desde hace ya varios años cuenta con otras rutas, para agilizar el paso a los viajeros que van con rumbo a otros Departamentos.

Al observar el comportamiento de sus habitantes y puntos particulares del mapa urbano de Dosquebradas, así fuese fragmentado por circunscribirse mi viaje diario entre La Romelia y Ciudad Victoria en Pereira, esto fue lo que encontré:
Riqueza hídrica envidiable: número estimable de afluentes entrecruzaron lo largo y lo ancho de su mapa, lugares en donde los habitantes encontraban momentos de recreación y esparcimiento con familia y amigos. Hoy nada de esto puede disfrutarse. La actuación descarada de los seres humanos que son los llamados a cuidar las fuentes de agua, no lo hacen. Por ello muchos riachuelos y quebradas han desaparecido de su entorno.
El transporte integrado: ha permitido el desplazamiento rápido y con pocos recursos económicos hasta lugares cercanas como el corregimiento de Puerto Caldas, ubicado a pocos pasos de Cartago, municipio apreciado por su comercio y sus bordados, y a La Virginia, lugar de interés para visitantes por esparcimiento y sitios de interés turístico y gastronómico. Y muchas personas prefieren habitar Dosquebradas por el clima y porque les permite laborar y estudiar, o una cosa o la otra, en la capital del Departamento de Risaralda, donde ingresan con mayor facilidad y oportunidades.

Así lucía el barrio Campestre antes de la intervención de la empresa recolectora de basuras. Fotografía / Serviciudad.

Sorprende, por injustificado y condenable, el poco civismo y ausencia de sentido de pertenencia de sus gentes. Dosquebradas me asombró con las basuras. Se veían por todas partes, inundando calles, esquinas, parques, frentes de conjuntos habitacionales y negocios, las riberas de las quebradas y los guaduales, que deberían ser orgullo de propios y consciencia primaria en importancia por su valor natural y belleza. Basuras de todo género, desechos y artículos no tan inútiles, pero que ya no los querían quienes superaron escasez económica, se abandonan a diario en cualquier lugar.

Incomprensible que sus habitantes empeñados en mejorar su status, en que su hogar se vea limpio, ordenado y agradable, recojan la basura dentro de sus casas, pero la lleven y la dejen en cualquier parte, que también comprende su lugar de habitabilidad y que descarten lo dañado o lo que estiman pasado de moda y por ello afea su hogar, pero no sientan lo mismo al dejarlo todo como basura en su barrio o en el más próximo, cuando deberían procurar que también su municipio tenga apariencia y presentación adecuada.
Descaradamente llenan las riberas de las quebradas, las avenidas y puntos de cruce vehicular y peatonal con todo cuanto les sobra, sin importarles si estorban el paso y ponen en peligro a las personas, que se ven obligadas a bajar de los andenes para esquivarlos, y que también ocasionan malos olores y contaminación visual y ambiental.

Como un milagro, a finales del año 2017, observé al paso algunas quebradas limpias y unos andenes despojados de basuras y desechos. Poco duró, porque todo volvió a ser igual de descuidado apenas unos días después. Uno que otro sitio fue el mejorado en su apariencia en yal ocasión, con esfuerzo de personas que demostraron civismo.

Qué agradable y fresca se veía correr el agua por esas quebradas que recibieron la visita de una mano amiga, corrientes en las que en otra ocasión, pese a su pestilencia y color gris, vi a un habitante de calle que, no pudiendo contener por más tiempo la necesidad de asear su cuerpo, en la inmundicia de esas aguas optó por bañarse, limpiar su humanidad de modo tal, que parecía que asimismo buscara despojar de su alma el doloroso sufrimiento por el estigma social que afronta.

A contaminar y asfixiar las quebradas contribuyen los ambiciosos urbanizadores, que encontraron en las corrientes condición providencial para que sus proyectos tuvieran acogida y rápido comercio. El municipio ha crecido desbordado, irregular, atropellado visualmente, desorganizado y poco agradable en muchos de sus sitios, y a las quebradas se las despojó de sus cristalinas, saludables y frescas aguas, convirtiendo sus vertientes en inmundos parajes con las aguas servidas en las nuevas viviendas y también con las del comercio o la industria.

Ni los urbanistas, ni los habitantes, parecen tomar consciencia de la importancia de cuidar el medio ambiente, asumir la cultura del reciclaje, la recuperación y forma de dar nueva vida a los elementos y objetos usados o dañados, como sí lo hacen países que se han dado cuenta de la importancia y necesidad de proteger y cuidar las aguas y la naturaleza, y abolir el despilfarro.

En lo urbanístico, siempre ha de procurarse organización, atractivo visual, orden habitacional, comercial y vial, de todo lo cual deben ocuparse organismos y autoridades. El crecimiento y desarrollo del municipio no debe de ser excusa para el descuido de los deberes de vigilancia, sean o no grandes o pequeños los proyectos de vivienda que se acometan.
No se desconoce el hecho de que últimamente la autoridad ha hecho su lucha por mejorar la apariencia del municipio en bien de la salud de sus gentes, contratando servicio adecuado de recolección de basuras y barrenderos. Limpias sus calles y avenidas, limpios los que antes fueron botaderos de suciedades, libres las riberas de las quebradas y abiertas las vías a los peatones y los andenes, es otra la imagen.

Una reciente mañana de sábado, cuando me trasladaba del barrio Bosques de la Acuarela hasta la Biblioteca Lucy Tejada, le hice el comentario a la señora que iba al lado, en referencia a lo limpia que se veía Dosquebradas y ella respondió con el mismo asombro mío:

—Cierto que sí, se ve muy bonito y fresco todo. ¡Una belleza! Así era también Pereira, libre de basuras, totalmente limpia y admirable para mí, lo que hizo que me enamorara de ella y quisiera, desde que la visité por primera vez, venirme a vivir aquí. Yo soy del Valle, me casé con un hombre de Pereira y nos vinimos a vivir a Dosquebradas, hace treinta y cinco años, pero esto de la limpieza ha cambiado mucho, ahora por todas partes se ven basuras de toda clase, muebles de sala completos y buenos, y esos colchones que se ven tan horribles, y pañales desechables, nooo, ¡es que esto ya no es lo mismo! ¿usted no se acuerda?
No le respondí a Doña Amparo, como dijo llamaba la señora, recordé que estuve en unas vacaciones en Pereira y en mi memoria de niña de ocho años no encontré calles abarrotadas de basura, los recuerdos que tengo se relacionan con la panadería donde compraba las tostadas para el algo en casa de la tía, y la Iglesia del Lago, que me parecía bella y monumental.

Al despedirme de doña Amparo en ciudad Victoria, quedé pensando en posibles soluciones:

1) Vigilancia cívica de los residentes de los sectores donde no se ha conseguido implantar cultura y respeto por el medio ambiente, para que denuncien infractores del Código Nacional de Policía,

2) Imponer sanciones a comerciantes, para que se comprometan a mantener su entorno limpio, esta medida ha dado resultado en otras ciudades,

3)Instalar recipientes al paso, para que los peatones boten envolturas y desechos en su tránsito,

4)Realizar brigadas de educación e información ciudadana, para que todos conozcan con suficiencia la existencia de la empresa que puede recolectar sólidos o muebles y elementos de volumen, con o sin cargo para quienes los desechan, pues el argumento de algunos es, que no saben qué hacer con tales objetos,

5) Obligar a las constructoras a instalar en sus proyectos grandes urbanísticos plantas de tratamiento de aguas residuales, para que las que lleguen a las quebradas no contaminen las corrientes ni provoquen la afectación del medio ambiente como hasta ahora, situación que empeora y torna el aire tóxico e insoportable en épocas de verano.

Finalmente, concientizar a la ciudadanía del beneficio que tiene para todos, la visión de una ciudad libre de basuras, lo que redunda en su propio bienestar, salud y belleza del entorno.