El Valle es uno de los corregimientos más bellos del municipio de Bahía Solano, Chocó. Sin embargo, quien desconozca este lugar, una de las primeras preguntas que se hará quizá sea esta: ¿Cómo es posible que en medio de tanta belleza se encuentre tanta desigualdad?

 

Don Vicente Mosquera sale cada día de su vida, desde hace casi siete décadas, a pescar on la convicción de tener el mejor día.

Por: Jhonattan Arredondo Grisales

Fotografías: Andrés Felipe Mosquera

Don Vicente Mosquera es un pescador genuino: considera a todos los seres que residen bajo el agua como sus iguales. En sus manos tiene marcadas una sucesión de líneas que fueron causadas por los recurrentes jalonazos de los peces. Desde que tenía cuatro años, me dice, su padre lo lanzó al mar. También fue él quien le enseñó todas las habilidades que ahora aprenden sus tres hijos: Jacinto, Luis Fernando y Juan José. En el horizonte, sobre las pequeñas canoas que los residentes del lugar conocen como “esteleras”, se divisan las siluetas de sus compañeros envolviendo y desenvolviendo los sedales. Le pregunto si esta mañana se dirigirá hacia algún lugar en especial. Entonces, mientras coloca los implementos de trabajo en su espalda, me responde: “El buen pescador pesca donde sea”. Y así es: después de cinco horas en el mar aparece con una sonrisa de pura satisfacción. El tamaño, más que el número de peces atrapados, lo dicen todo: la pesca ha sido milagrosa.

 

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El Valle es uno de los corregimientos más bellos del municipio de Bahía Solano, Chocó. Sin embargo, quien desconozca este lugar, una de las primeras preguntas que se hará quizá sea esta: ¿Cómo es posible que en medio de tanta belleza se encuentre tanta desigualdad? El verde que rodea a toda la población, los ríos, los manglares, las cascadas, los múltiples sonidos de los pájaros, la sazón de su comida tradicional, el carisma de su gente o el espectáculo que cada año ofrecen las ballenas jorobadas en el Océano Pacífico, son elementos que contrastan con sus antiguas problemáticas sociales.

Corregimiento lleno de colores, de naturaleza, en el cual contrastan las endebles edificaciones con otras de suprema ostentación.

Una de ellas, por ejemplo, es la escasez de agua potable. En el día solo pueden tomarla de sus grifos durante dos horas. Tiempo durante el cual almacenan lo suficiente para realizar las actividades esenciales, sobre todo para la preparación de los alimentos, porque para el aseo personal utilizan el “agua de lluvia” que recogen en todo tipo de canecas. Esta situación, cuentan algunos habitantes, les parece poco razonable. “¿Por qué el agua no puede llegar durante todo el día si nos encontramos al lado de fuentes hídricas?”, me pregunta don Eulalio Tordecilla*. Pero, antes de que conteste, agrega: “Hombre, todos saben cuáles son las causas”.

Es cierto, todos los chocoanos saben que la causa que siempre han padecido es la corrupción. Por eso cuando se cansan de soportar la negligencia de sus mandatarios, el único medio que encuentran para contrarrestar no es otro que el paro cívico. De hecho, en 1954, Gabriel García Márquez escribió un reportaje sobre uno de ellos. Allí menciona, entre otras, que uno de los principales conflictos de esta población es el inminente olvido por parte del Estado. Como sabe el pueblo chocoano, poco o nada ha cambiado desde entonces. La misma historia —aquella que el país todavía desconoce— se repite sin que nadie la detenga.

 

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Durante mucho tiempo había planeado viajar a este lugar: primero, porque se encuentra ubicado en una región escasamente visibilizada por la prensa nacional; segundo, porque me interesaba conocer de cerca cuáles eran sus problemáticas sociales. El abandono, el olvido o la evidente pobreza, fueron las primeras impresiones. Me sorprendió, sin embargo, encontrar algunas casas con ciertos lujos —fachadas en cerámica, garajes con costosas camionetas estacionadas, puertas con grabados en metal— que distaban de los rústicos materiales —tablas, latas zinc, cartón— con que estaban construidas casi todas las humildes edificaciones que se hallaban en el mismo sector. 

El mar es la frontera, pero también es la esperanza para centenares de habitantes de este corregimiento de Bahía Solano.

Este contraste tiene una explicación sencilla. Doña Ligia* —una mujer afro de voz pausada que ronda los setenta años— me dice que al ser una zona a través de la cual se transportan los cargamentos de cocaína procesados en el interior de la selva chocoana, las posibilidades de que los pescadores los encuentren flotando sobre el mar no es una eventualidad, sino un hecho que sucede con bastante frecuencia. Los narcotraficantes, mientras son perseguidos por la Armada Nacional, lanzan la “mercancía” afuera de sus lanchas, antes de que los atrapen. Luego, me dice, son los pescadores quienes se benefician con el costoso naufragio. Aunque, después de conversar con algunos de ellos, los que más encuentran la “mercancía” son los “lancheros”. Es decir, las personas que se dedican a transportar a los turistas que visitan la región. Especialmente en agosto, cuando las ballenas jorobadas regresan de las aguas australes.

La pesca fue poca en número, pero de tamaño tan generoso que terminar el día abrió una puerta a la renovada esperanza.

En todo caso, lo que preocupa a la población son los dueños de los laboratorios donde se produce la base de coca. Saben que algunas personas de escasos recursos —que no se dedican a la pesca, al cultivo de arroz o al ecoturismo— trabajan en su elaboración; pero prefieren callar por temor. Sospechan que las personas encargadas de dichos laboratorios pertenecen a las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC), un grupo dedicado al narcotráfico, heredero de los paramilitares de la Casa Castaño. Incluso, aseguran que su presencia en el corregimiento —como en los territorios vecinos— es algo que nadie desconoce. “¿Y las autoridades encargadas?”. “Las autoridades encargadas se hacen las de la oreja mocha”.

 

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Esta semana, dos meses después de escuchar sus testimonios, aquello que sospechaban resultó ser cierto. De acuerdo con un artículo publicado por la periodista Olga Patricia Rendón en el diario “El Colombiano”, el pasado 20 de diciembre de 2016 los hechos fueron los siguientes: “Un total de 327 personas, de 97 familias, hicieron su éxodo masivo de los corregimientos Nabugá y Huaca, en Bahía Solano (Chocó), después de que las autodenominadas Autodefensas Gaitanistas de Colombia atentara contra poblaciones indígenas y afrocolombianas, lo que fue calificado por Carlos Alfonso Negret Mosquera, defensor del pueblo, como graves infracciones al Derecho Internacional Humanitario”. Una noticia, además de abrumadora, indignante. De nuevo los caminos hacia la paz se cubren de neblina.

*Algunos nombres fueron cambiados por solicitud de las fuentes