Los cuatrocientos internos de la cárcel La Ladera fueron trasladados a Bellavista en los carros de basura de Medellín, escoltados por los integrantes de la fuerza pública. 

 

Por: Norvey Echeverry Orozco

Alberto*, un hombre que estuvo preso durante cinco años en la cárcel Bellavista, mencionada por los periodistas colombianos como “la más peligrosa de Colombia”, relata cómo fue su experiencia en dicho lugar.

El 20 de agosto de 2019, diez minutos antes del mediodía, en la diagonal 44 con número 39-145B de Bello, se escapaba el humo negruzco del infierno. La causa del incendio, según Caracol televisión, había sido una colilla de cigarrillo; según Telemedellín, la emergencia se produjo después de que una chispa de soldadura cayera sobre varios desechos; según el medio digital Minuto 30, la conflagración se generó por una quema no controlada de colchones y basura.

En últimas, de lo único que había certeza para muchos de los medios que cubren las noticias en la ciudad de Medellín, era que se estaba quemando el patio cuatro de la cárcel Bellavista donde no estaba recluido un solo interno porque, desde varios meses atrás, por recomendación del Departamento Administrativo de Gestión del Riesgo de Desastres (Dagard), había sido deshabitado ante un posible colapso de la infraestructura.

Alberto, como pidió ser llamado, terminó de pagar una condena en el infierno de Bello que arde a esta hora. Dice que si yo ingreso a Bellavista con mis tenis, mi pantalón, mi camisa blanca con pequeños cuadros azules, mi bolso, mi celular, mi cámara fotográfica, mi grabadora, mi libreta de notas y mi bolígrafo, seguramente saldré como llegué al mundo: empelota. Que muy probablemente, así como él, volveré a nacer de nuevo, porque estar en una prisión como esa es salir sin nada: sin un solo peso en el bolsillo, sin amigos, sin lujos y sin una muda de ropa.

Cuando se inauguró Bellavista, se cerró La Ladera. Fotografía / El Colombiano

Se sienta sobre una butaca de cafetería que él mismo hizo días atrás con una madera que le regalaron. La pintura está tan fresca, que los traseros que se han sentado se han quedado pegados como moscas.

Alberto tiene con sus manos una manía que la envidiaría cualquier percusionista: toca la mesa con sus dedos como si fuera un tambor: uno dos, dos uno. Lo hace imitando a los grandes cuando suenan las congas en los conciertos de salsa.

En la pared izquierda hay un altar sencillo: una biblia abierta en el salmo 91: “No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol. Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza”; también hay estampillas de la Virgen María Auxiliadora, del Carmen, de Guadalupe, el Corazón de Jesús, la Madre Teresa de Calcuta, una fotografía donde están sus dos padres y dos cajas de tabletas: nimesulida y azitromicina, la primera la recetan los médicos para aliviar la inflamación, dolor y fiebre producida por infecciones en las vías respiratorias, la segunda para tratar bronquitis crónicas o neumonías.

Algunos artículos de prensa de 2012 y 2016, publicados en los periódicos El Colombiano y El Tiempo, relatan que los únicos presos que hay en las cárceles de Colombia no son solo los hombres que han sido condenados por un delito, también están algunas enfermedades de fácil propagación, como lo son el VIH/sida, la tuberculosis y las bronquitis crónicas, las dos últimas contagiadas a través del aire, ya que los centros de reclusión cuentan con poca ventilación. Es tan preocupante la situación, que Martha Isabel Murcia, profesora del pregrado en Microbiología de la Universidad Nacional, les recomendó a los internos convertirse en gestores de salud, con el fin de que notaran cuáles eran los presos que tosían con más frecuencia.

Hay otra biblia que llama la atención, entre tantas estampas, con huellas notables de humedad: “Por favor no se roben este debosonario. Gracias”, está escrito con lapicero negro en la primera página. “Si este libro se me pierde, como puede suceder, no es de oro ni de plata ni de la reina Isabel, es de un niño que lo tiene porque quiere aprender. Y si no saben mi nombre, aquí se los voy a poner. Pertenece a Alberto. Febrero 20 – 2017”, se lee en la segunda página.

Otro libro, con pocas huellas de humedad, tiene una dedicatoria en su primera hoja: “El padre Daniel Gómez, con cariño, te regala este libro para que, a ejemplo de la Santísima Virgen María, sigas dando la vida por el Señor. 11 de agosto de 2017. Daniel Gómez”.

Alberto luce hoy una camisa de color azul cielo, un pantalón jean y varias joyas de oro en los dedos. Verlo así de pie en la puerta de la pequeña pieza donde vive, tan corpulento y sonriente, hace pensar a primera vista que este hombre es uno de los tantos finqueros adinerados que caminan por las calles de La Ceja todos los días, y no un expresidiario que terminó de pagar –con lo más valioso que tienen los hombres, el tiempo de la vida– una condena de 2.555 días en “la cárcel más peligrosa de Colombia”, así como la nombran los periodistas colombianos en sus programas de televisión nacional los días domingos. Bellavista: donde, en 2017, habían recluidos 4.705 internos, 3.005 más de lo previsto cuando fue construida en 1976.

Cuando se inauguró Bellavista, se cerró La Ladera, una prisión ubicada en el barrio Enciso, ya que esa cárcel contaba con pocas condiciones en seguridad e infraestructura. Los cuatrocientos internos de la cárcel La Ladera fueron trasladados a Bellavista en los carros de basura de Medellín, escoltados por los integrantes de la fuerza pública.

Hasta la puerta de su casa, el viernes ocho de junio del año 2012, llegaron dos agentes de la Policía Judicial colombiana vistiendo chaquetas de color verde fluorescentes, poca estatura, tez blanca y barba al ras. Tocaron la puerta como si fueran las vecinas. Eran las siete de la noche.

El televisor de su habitación estaba encendido en el canal de las noticias: anunciaban que varios integrantes del gabinete de Gustavo Petro, alcalde mayor de Bogotá, habían decidido renunciar a su cargo; en la franja política, el Concejo de Bogotá le había hecho una moción de censura a Óscar Sánchez, secretario de educación, por no demostrar las capacidades que se necesitaban para desempeñar el cargo; en deportes, los equipos del fútbol profesional colombiano se preparaban para jugar los partidos semifinales de la Liga Postobón: Cali versus Tolima, Huila versus Pasto, La Equidad versus Boyacá Chicó y Santa Fe versus Itagüí. Bajó las escaleras. Tenía puestas una pantaloneta y una camisilla blanca. Al abrir preguntaron si era la casa del señor Alberto. Respondió que sí, que hablaban con él.

–Soy yo.

–Queda detenido. Necesitamos que nos acompañe.

Un baldado de agua con hielo, así sintió esas palabras cuando las escuchó.

–El que nada debe nada teme… –comentó– ¿Me dan un permiso para vestirme?

–Es algo de rutina, no se va a demorar mucho –le anunciaron.

Hasta pensarían los dos agentes de la Policía que este hombre se les iba a escapar por el tejado, como sucede normalmente en las buenas películas de presidiarios. Sin embargo, a pesar de esos retorcidos pensamientos, que de seguro visitaron sus mentes, esperándolo de pie en la puerta principal de la casa, le aceptaron cortésmente el permiso para vestirse con una ropa más cómoda. Subió al segundo piso de nuevo, creyendo fielmente las palabras que le habían dicho ambos agentes: “Es un procedimiento de rutina. No se demorará mucho”. Pensaba que estaría de regreso en su casa dos o tres horas después, a las nueve o diez de la noche; a más tardar en la madrugada, no siete años luego, cuando ya fuera el año 2019 y tuviera sesenta años. Se puso un blue jean y una camisa.

–Usted tiene una orden de captura vigente desde hace cinco años.

–¿Por qué?

–No. Eso es lo que mandaron, vea, aquí tengo el documento de su captura –en la orden de captura se leía que era por acceso carnal en menor de edad.

Le hicieron saber que tenía derecho a guardar silencio, que todo lo que dijera sería usado en su contra, que podía llamar a un abogado de confianza para que asumiera su defensa –ese abogado que contrató, llamado Óscar Ríos, según cuenta Alberto, le robó trece millones de los 35 en los que había vendido su apartamento para su defensa, pues no hizo mayor cosa por él: tuvo que pagar el mismo tiempo de condena, sin poder demostrar que era inocente y sin declararse culpable por el delito que le imputaban.

Actualmente repite la misma frase que rondaba su mente en esos días: ¿si yo soy inocente por qué me tengo que declarar culpable por algo que yo no he hecho? Lo transportaron luego hasta el municipio de Rionegro en un Renault Sandero de color negro, donde estaba el juzgado promiscuo número uno que había ordenado su captura. Los dos agentes de la Policía se sentaron en la parte delantera del auto y a él lo dejaron atrás.

–¿Para dónde me llevan? ¡Si yo no he cometido ningún delito! ¿Por qué me están acusando de algo que yo no cometí? –comentaba en el camino.

–Esa es la orden que tiene –le respondían.

“Lo que había sucedido –relata con calma– era que yo por salvar a una niña que estaba jugando en un área donde habían muchas matas y unas varillas de hierro. La niña iba a empezar a brincar sobre esas varillas. Ella no las veía. Yo cogí a la niña en el aire y le dije: ‘Niña, no se puede jugar ahí porque se aporrea con una de esas varillas y, estando yo por aquí, vienen y me regañan por haberla dejado subir ahí’. La niña dijo que yo la había tocado”.

Poco tiempo después comenzaron las audiencias. Lo llevaron preventivamente a la cárcel de Rionegro, donde, para salvar su vida de una angustiosa enfermedad en la próstata, los internos tumbaron, como medida de protesta, uno de los muros que dividían los dos patios de la prisión, con el fin de que fuera atendido en un centro de salud. Cada tres o cuatro meses le hacían un interrogatorio de unos pocos minutos en el que le preguntaban lo mismo: nombre, edad, número de la cédula y motivo de la captura. Después de terminar de responder todas las preguntas, le ponían las esposas, lo subían a un carro particular o una patrulla de la Policía y lo regresaban de nuevo, a través de las laberínticas calles de Rionegro, por un camino que terminaba en su aburrida celda. Así pasaron doce audiencias. Un día la mamá de la niña declaró ante la jueza que llevaba el caso que Alberto no tenía nada que ver. La niña, en días anteriores, le había manifestado a su madre que el hombre que había abusado de ella era alto, negro y churrusco. “Y yo soy mono de ojos zarcos”, añade Alberto, “como la jueza que me tocó era ciega, qué iba a ver cómo era yo”.

En junio de 2014, a las 12:15 a.m., habiéndose quedado mirando la televisión hasta las diez, dos años después de ser capturado, doce dragoneantes del Inpec irrumpieron la tranquilidad de la madrugada en la cárcel de Rionegro. “Juan, Esteban, Julián, Pedro…”, comenzaron a llamar a los presos que se iban para las prisiones de El Pedregal, Itagüí y Bellavista.

Alberto estaba casi seguro que a él no lo iban a llamar, por eso se dio la vuelta hacia el rincón de la cama, hasta que, con asombro, escuchó mencionar su nombre entre todos los demás, era el último de la lista: “¡El señor Alberto!”, anunció el guardián que llevaba los nombres. “Soy yo”, respondió. “¡Ah!, ¿qué pasa? ¿Por qué no se levanta que nos fuimos? ¡Recoja lo que pueda de una que nos vamos!”.

“Eso es una falta de respeto para uno. Así sea el peor criminal, deberían respetar la dignidad del sueño, porque los verdaderos culpables y bandidos están es libres, haciendo de las suyas”. Fotografía / El colombiano

Soñoliento, pensando en su desgracia, volteó con su mano derecha todo lo que había sobre su cobija y lo envolvió: un radio, unos zapatos, unos interiores, dos camisas, dos pantalones y nomás. Dejó su televisor, otras mudas de ropa y varios implementos de aseo personal como el desodorante, el cepillo y el champú.

“Eso es una falta de respeto para uno. Así sea el peor criminal, deberían respetar la dignidad del sueño, porque los verdaderos culpables y bandidos están es libres, haciendo de las suyas”, cuenta.

Iban por 26 reclusos a los que, después de decirles que empacaran lo que más pudieran, los subieron a cuatro busetas azules del Inpec y los condujeron a las tres prisiones antes mencionadas. A Bellavista llegaron diez internos a las 2 a.m. Ingresaron a través de una puerta de diez por cinco metros de color azul, leyendo en una de las paredes de los costados un letrero grande que les daba la bienvenida a la prisión.

Les quitaron las esposas, les pintaron, uno por uno, los dedos de las manos, los condujeron luego a un calabozo de ocho por ocho metros donde había otros treinta internos más recluidos: en total, con los nuevos, eran cuarenta: cuarenta hombres transpirando sudor; cuarenta hombres a los que les daba ganas, cada cierto tiempo, de ir al baño; cuarenta hombres que habían sido condenados por delitos tan diversos como atracos, extorsiones, homicidios, fabricación y porte ilegal de armas de fuego, concierto para delinquir, tráfico, fabricación y porte de estupefacientes y actos sexuales con menores de catorce años.

Alberto, entre todos los hombres aquellos, nombra esa primera madrugada en Bellavista como “una noche de terror”: pensaba que lo iban a robar, que lo iban a matar, que lo iban a violar, que le iban a amputar una mano o una pierna con un machete. No quitó su espalda ni un solo segundo de la fría pared, calculando que así no tendrían cómo chuzarlo, en caso de que ocurriera. Miraba, desde donde estaba, como un águila en la altura: a la derecha, arriba, abajo, a la izquierda.

Sintió miedo, pues, sin ser racista, vio a quince negros dentro del pequeño espacio. “Los llaman ‘los niches’. Esa gente por cualquier insignificancia forma una pelea: dañan el patio, dañan a las personas, cogen a palos, dan puñaladas”, añade.

Solo fueron suficientes tres días con sus noches para que un niche lo atracara. Eran las seis de la tarde. A los diez internos de Rionegro los habían comenzado a pasar a diferentes patios, entre ellos el dos, el cuatro y el ocho; a los otros dieciséis los habían enviado a las otras dos cárceles. Mientras le indicaban a dónde iría él, todo estaba oscuro, aún no habían encendido las luces de los pasillos.

Solo fueron suficientes tres días con sus noches para que un niche lo atracara. Fotografía / El Colombiano

–Oiga, viejo, ponga esa cobija ahí y espere que ya vienen –le comentó un tipo con una estatura cercana a 1.85, piel negra y un acento del Pacífico colombiano.

Alberto, como hacen los nuevos, obedeció. “¡Como una güeva ahí parado!”, se lamenta.

Después de una hora completa, como si estuviera esperando que pasara un bus en un paradero, un señor lo llamó.

–Oiga, venga, ¿usted qué está haciendo ahí? –no le veía el rostro, porque todavía no habían encendido las luces.

–Un negro de esos me dijo que me quedara aquí parado.

–¿Y a ver las cosas que trajo?

–Ayyy, vea… Se me las robaron. ¿Quién sería? ¡Ay señor!

–¿Y qué traía?

–¡Traía todo! –todo era un radio, dos pantalones, tres camisas, un par de zapatos y unas gafas.

Alberto reconoció el rostro del niche que lo había robado cuando encendieron las luces. Estaba vestido con una pantaloneta y unas chanclas. Media hora después, por esos pasillos del patio número ocho donde los internos duermen apeñuscados en cualquier rincón, vio cómo sus gafas estaban siendo feriadas, por otro niche, en diez mil pesos. Enfrentó al ladronzuelo.

–¿Dónde están el radio y las otras cosas?

–¿Cómo así? ¿Cuál radio? ¿Cuáles cosas?

–¡Lo que yo tenía en la cobija! ¿Cómo es la cosa?

El niche sacó, de la parte trasera de su pantaloneta, un cuchillo afilado de carnicero.

–Si me va a seguir amenazando lo mato o le pego una puñalada.

–No, hermano, ¿sabe qué? Quédese con esas gafas que yo tampoco necesito eso.

Y sí que las necesitaba, le hacían falta para leer la letra diminuta de los libros religiosos.

–¿Querés que te mate?

Alberto, tratando de comprender el poder tan grande que tenían los pasilleros, se asustó. Fotografía / El Colombiano

En ese preciso instante pasaba un “pasillero” –los pasilleros son los encargados de obedecer las órdenes que dictan los patrones de cada patio, conocidos entre los presos como caciques.

–Venga, ¿usted qué le está haciendo a ese señor? –cuestionó al niche.

–No. Nada.

Llamó a Alberto.

–¿Qué le está diciendo?

–Me robó unas cosas aquí y me iba a chuzar que porque yo le estoy diciendo ladrón, sabiendo que él fue…

–¡Ah, es que él fue!

–No se preocupe, señor.

A las nueve de la mañana del día siguiente, Alberto vio acercarse al niche hacia donde él.

–Vea, aquí están las gafas, pero hay que dar diez mil pesos.

–¿Pero cómo así que diez mil pesos si vos mismo fuiste el que te las robaste?

–¿Cómo así? ¡Oigan a este! ¿Usted es que se está engüevonando?, yo no me le he robado las gafas a nadie, antes se las estoy recuperando.

–Prestámelas pues a ver.

Alberto, mientras el niche esperaba, se acercó a un preso evangélico y le contó lo que estaba pasando: le dijo que lo habían robado la noche anterior y el mismo ladrón le estaba vendiendo sus gafas. El hombre, muy formal, le prestó los diez mil pesos, advirtiéndole que ese mismo día tenía que llamar a sus familiares para que se los enviaran de nuevo.

A las once de la mañana mandaron al niche para el patio número cuatro, el peor de todos. Alberto, tratando de comprender el poder tan grande que tenían los pasilleros, se asustó, pues no le gustaba para nada la idea de estar enviando, por culpa de él, presos a otros patios que, en cualquier momento, podrían tomar represalias: aporrearlo, pegarle con una varilla de hierro, cobrarle dinero o apuñalarlo por la espalda. Asustado, le contó su preocupación al pasillero.

–Ay, señor, ¿entonces ahora para dónde me voy a ir yo? Ese señor viene y me mata, eso me mata por la noche.

–No se preocupe que a usted no le va a pasar nada. Yo voy a hablar con la guardia.

(Sigue mañana)