Víctima de la guerrilla, acosada durante años por el grupo armado irregular, desplazada de su finca y viuda de manera trágica, esta mujer cultiva cada día como otra manera de vivir la esperanza, de sembrar un futuro necesario para ella y sus hijos. El perdón como única salida.

Blanca no desea ser prisionera de un pasado trágico y por ello quiere dejar atrás todo, incluidas las ruinas de lo que fue su casa en la finca que hoy trata de sacar adelante. “Yo ahora no siento que cultive cebolla, siento que cultivo paz y perdón”.

 
Por Edwin Herrera Bartolo

Es una mujer menuda. Menuda y firme en su decisión. La guerra le ha quitado todo, pero algo hay que ha sido imposible arrebatarle: la capacidad de volver a surgir en medio de las ruinas de un pasado que fue feliz y un presente que le plantea seguir adelante con su vida. Por ello regresó a su tierra, para darle el esplendor de antes y de paso ofrecerle trabajo a muchos otros que, como ella, también son víctimas de una violencia que no tiene color, pero sí mucho dolor.

Tras el mareo inicial que causa el traslado en automóvil desde Pereira hasta el municipio de Guática, por el sinnúmero de curvas que presenta la carretera, y después de una hora y cuarenta minutos de camino, se avizora un poblado con hermosa arquitectura, acogedor y tranquilo, en donde se cultiva la mejor cebolla de la región.

Aunque relativamente pequeño, Guática, situado al noroccidente del departamento de Risaralda, tiene una población en su casco urbano cercana a las 4.000 personas y, junto con la zona rural, acumula más de 15.000. Allí está la génesis de la heroína de esta historia.

TRABAJADOR2

Después de salir del pueblo, se toma una carretera “destapada” que conduce a la vereda Las Lomas, donde se observa lo que queda de la finca de Blanca Cenelia Sánchez Fernández. En el camino, cualquiera pueda apreciar sitios de belleza sin igual como la cascada Los Chorros y la zona montañosa de Las Peñas.

Blanca Cenelia fue criada en una familia conformada por papá, mamá y seis hermanos, teniendo una infancia “muy normal”. Creció en la vereda El Jordán, en Guática, entre cafetales, cebollales, granadillas, alverja, habichuela y plátanos.

Estudió solo la primaria antes de contraer matrimonio con Luis Alberto Colorado, a los 17 años, pero no quiso dejar sus estudios a medias y validó para poder terminar el bachillerato. “Yo vivía en El Jordán y él vivía en la vereda Las Lomas. Cuando nos casamos vinimos a manejar una finca de un vecino, ahí administrábamos. Luego él compró esta finca, donde vivimos placenteramente tres años”, comenta.

Tuvieron dos hijos -Andrea y Luis-, el matrimonio fue muy lindo y vivieron bien hasta que llegó la tragedia. Cuando la niña tenía 11 años y el niño apenas había cumplido cinco, la guerrilla se llevó a su esposo.

El 30 de noviembre del año 2003, tres guerrilleros llegaron hasta su finca y le dijeron a su esposo que les hiciera un ‘mandado’ en el municipio de Mistrató. Le aseguraron que regresaría a la 1:00 a.m., pero Luis no quería ir. Era la tercera ocasión en que le pedían el ‘favor’ de traer víveres en la camioneta de su propiedad, con el fin de llevarlos a la montaña.

“Ya cuando lo vi tan alterado y que unos de los guerrilleros iban a sacar un arma para dispararle en la puerta de la casa, yo me metí y le dije: ‘Vaya, hágales el mandado, que yo sé que usted vuelve’. Él reaccionó y se fue en la camioneta con los tipos”. Fue la última vez que Blanca vio a su esposo.

Mientras salían del predio, los guerrilleros informaron a Luis: “Los niños y su esposa quedan en manos de nosotros, usted tiene que ir a traer esa panela; si no, se atiene a las consecuencias”. Y emprendieron camino, sentenciando: “Señora, cierre la casa, que usted y los niños se van con nosotros”.

Blanca solo alcanzó a ponerles los sacos a los niños para arrancar montaña arriba, bajo la luz de la luna brillante que iluminaba el paso y el sonido de los fusiles que rechinaban en las espaldas de los subversivos mientras se movían por el estrecho camino.

Según Blanca Cenelia, esa noche fue la más larga de su vida: los ‘cambuches’ en la montaña estaban a dos horas de camino, el cansancio de los niños, los zancudos, la zozobra de no saber de su esposo, el frío, el barro y la incomodidad la acompañaron con cada latido del corazón.

LAS PEÑAS

El hermoso paisaje de Las Peñas oculta un pasado reciente con muchas víctimas. Hoy solo quedan el perdón y continuar adelante.

Con el primer rayo de luz, les permitieron pararse a estirar. Los niños permanecieron anclados a su madre. Los guerrilleros les dieron huevo, arepa y agua de panela como desayuno. A las nueve de la mañana, al fin les dijeron: “Váyanse para la casa y esperen que llegue”.

Justo el 1 de diciembre del año 2003, cuando se iniciaba para muchos el mejor mes del año por las festividades, para Blanca Cenelia y su familia empezó una espera que 13 años después no termina: “Yo le guardaba a él la comida todas las noches, pero el plato amanecía intacto: él jamás llegó. Al mes me mandaron decir que fuera al cambuche, que me tenían una razón. Justo antes de culminar el año me dijeron fríamente y sin anestesia: ‘Señora, ya no lo espere más, que a él lo fusilamos’”.

Blanca se sintió desfallecer y el frío más espantoso que recuerda le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. Suplicó que se lo entregaran para darle cristiana sepultura. “No, porque él donde está, está bien; además toda la tierra es sagrada, no pregunte más que no le vamos a responder nada”, le dijo el comandante.

Para evitar que sus hijos preguntaran todo el tiempo cuándo llegaría su padre del largo viaje, Blanca se enfrentó a la difícil tarea de decirles que no volverían a ver a su papá nunca más.

En adelante, Blanca estuvo luchando por volver a recuperar la cotidianidad de sus quehaceres y encargarse de los cultivos de cebolla y granadilla, tratando de mantener las ventas para sacar a sus hijos adelante, pero cuando todo parecía normalizarse, vino el segundo golpe.

TRABAJADORES 3“Dos años después de lo acontecido, comenzamos a escuchar de nuevo los pasos de la guerrilla a altas horas de la noche. Comenzaban a quedarse en las afueras de la casa y a pedir comida, hasta que un día me dijeron que tenía que irme de allí”. Vino entonces el desplazamiento hasta el casco urbano de Guática, donde con la ayuda de la familia y el alcalde la época, consiguió un lote y construyó una casita.

Los cultivos empezaron a perderse y la finca que habían adquirido y mejorado con tanto esfuerzo, comenzó a convertirse paulatinamente en ruinas. A tan solo quince minutos del pueblo, su finca se caía a pedazos. Tan cerca, pero tan lejos.

Transcurrieron dos años en el calendario cuando los vecinos de la zona urbana le informaron que la guerrilla ya no transitaba por esos lados. Blanca regresó para ver qué podía rescatar y la tierra, agradecida como siempre, volvió a dar sus frutos como si nada hubiera ocurrido.

“La verdad fue que yo no volví a habitar ese terreno. Simplemente iba a dar vuelta y un día cualquiera le dije a los trabajadores que si querían regresar a laborar conmigo. En Guática la gente me ayudó mucho, me fiaban el abono, los fertilizantes e insecticidas y el negocio se volvió a recuperar”, afirma.

Habló con los clientes que tenía su esposo y poco a poco recuperó las ventas, mientras que sus hijos estudiaban el bachillerato. Para su sorpresa, Andrea salió de secundaria y le confesó que quería ser policía. Hoy es una de las patrulleras que diariamente lucha contra la delincuencia en las calles de Pereira.

“Yo lo pensé mucho para que ella entrara a la policía y además el tema económico estaba difícil, pero ante la insistencia, logramos inscribirla en la Escuela de Carabineros Alejandro Gutiérrez, de Manizales, y ya lleva cinco años en la institución”, expresó Blanca. Por su parte, Luis Anderson sacó grado del bachillerato y anhela hacer una carrera de maquinaria pesada.

La Personería de Guática ayudó a Blanca con el proceso para ser incluida en el Registro Único de Víctimas, tras declarar los hechos de homicidio, secuestro y desplazamiento en septiembre de 2014. Ha recibido varias ayudas humanitarias, pero lo más importante, según asegura, ha sido la atención psicosocial, a través de la cual está tratando de curar heridas.

“Yo ahora no siento que cultive cebolla, siento que cultivo paz y perdón. Cuando pienso en lo que me ocasionó el conflicto armado, trato de tomar todo con beneficio de inventario, lo mejor es continuar el camino y pensar en perdonar para lograr el camino de la reconciliación”, afirma Blanca.

IMG-20160507-WA0052Semanalmente saca entre 200 y 300 arrobas de cebolla de su tierra. “Cuando uno termina arriba es porque en la parte de abajo ya hay cebolla”, dice. No hace mucho la ola invernal provocó un derrumbe que se llevó una parte del cebollal, pero no hay nada que Blanca no pueda superar.

“Me levanto, hago oficios de la casa, le dejo el almuerzo a mi hijo y me voy para la finca a darle vuelta a los nueve trabajadores y a los cultivos. Voy hasta allá tres veces por semana, pero la mayoría del tiempo estoy vendiendo el producto a los clientes en las plazas de mercado de Medellín y Belén de Umbría”.

Según el relato de Blanca, en el año 2003 mataron y desaparecieron a mucha gente en la zona de Las Lomas y por ello trata de solidarizarse y ayudar a quienes más lo necesitan: tiene contratadas a varias víctimas o esposos de víctimas que, como ella, han padecido las inclemencias de la guerra.

Con la indemnización que reciba de la Unidad para las Víctimas, piensa mejorar los cultivos y darle el estudio a su hijo.

A las otras víctimas del país, Blanca Cenelia quiere dejarles un mensaje: “Que sigan adelante, pase lo que pase la vida continúa, uno debe pensar en los hijos. Si uno se echa a morir, los hijos quedan a la deriva. Hay que ayudarlos a cumplir sus sueños, perseverar, no perder la fe y mantener la frente en alto”