Caballero del humor: cuarenta años sin Lucas

En su ley vivió y en su ley murió el padre del humor político colombiano. Escribió hasta el último día en el que sus quebrantos de salud se lo permitieron y dejó un legado…

Escribe / Brandon Stefan Martínez González – Ilustra / Stella Maris

El miércoles 15 de julio de 1981 falleció Lucas Caballero Calderón en la Clínica Marly de Bogotá, a causa de una demolición intestinal y un paro cardiaco. Mejor conocido como Klim, nombre con el que firmó por más de cuarenta años su columna en El Tiempo, o como Lukas, seudónimo con el que publicó sus afilados comentarios políticos en El Espectador hasta el lunes 13 de julio de 1981, dos días antes de su muerte, cuando fue internado para ser operado de urgencia.

Caballero poseía una figura muy parecida a la de el Quijote de la Mancha: delgado, de barba afilada, alto, de piel morena, una pronunciada frente que con el paso de los años dejó de tener los cabellos blancos que la decoraban. Fue el padre del humor político colombiano: comenzó a escribir en 1936 a cambio de 70 centavos por columna en El Tiempo, donde desde el primer día deleitó a los lectores con su dominio del español y el sutil humor que lo caracterizó siempre.

“Nunca pensé en escribir enserio, porque cuando empecé, ya mi hermano Eduardo era columnista serio, y a mí me tocó dedicarme al humor para que no dijeran que Eduardo escribía mis notas”, le dijo Lucas a Daniel Samper Pizano en una entrevista publicada en la Revista Bárbara en noviembre del 1976. Ese hermano del que hablaba Klim era el conocido escritor Eduardo Caballero Calderón, quien fue el mayor de los hijos de Lucas Caballero Barrera, un político liberal que comandó uno de los ejércitos de ese partido en la guerra de los mil días.

Klim al igual que su padre era un hombre liberal, no de partido y elecciones, pero sí de pensamiento y estilo de vida: un bohemio empedernido, lector cotidiano de periódicos, catador diario de unos cuantos vasos de whisky en las rocas, férreo fumador de 60 cigarrillos diarios –que con el paso del tiempo tuvo que reducir a 6– y escritor perfeccionista que nunca releía los artículos que enviaba a las casas editoriales en las que aparecía su pluma. Un artículo de la Revista Semana en 1947 aseguraba que era uno de los más interesantes intelectuales de Colombia en el siglo XX.

Klim, el caballero de la sátira
El columnista Lucas Caballero Calderón, conocido como Klim o Lukas. Foto tomada de internet.

Klim fue un hombre que se preocupó por las necesidades de los más pobres del país; agudo crítico de las condiciones de vida que tenían muchos colombianos, ya que las conocía de cerca, porque, aunque nació en una familia adinerada, su infancia, luego de la muerte de su madre, la pasó bajo el cuidado de sus tías entre la casa familiar de San José de Suiatá, en Santander, y la hacienda de Tipacoque, en Boyacá, lugares en los que compartió con los más pobres.

La familia Caballero jugó un papel importante durante el siglo XX en el desarrollo económico de Suiatá, un municipio ubicado al sur del departamento de Santander. Intentaron industrializar las actividades agrícolas del hoy corregimiento San José de Suiatá. Sin embargo, las compras de maquinaria alemana para ese proceso no dieron los frutos esperados, por lo que la familia quedó endeudada con los bancos y los habitantes de esa zona sin empleo.

Por otro lado, la hacienda de Tipacoque, ubicada sobre la troncal central del norte que comunica al centro del país con las ciudades del oriente como Cúcuta, que fue propiedad de la familia Caballero hasta mediados del siglo XX y el lugar en el que Klim pasó más tiempo cuando era niño, se convirtió en el municipio de Tipacoque en 1963, un poblado que en la actualidad cuenta con más de 3.000 habitantes y cuya institución educativa se llama Lucas Caballero Calderón, en honor al columnista, quien con el paso de los años, se fue alejando de la sociedad y se fue sumiendo en su mundo bohemio.

Encierro voluntario y placentero

Luego de haber sido amenazado y golpeado en varias ocasiones por los comentarios satíricos que hacía en su columna sobre la realidad política del país, Lucas Caballero Calderón decidió encerrarse en su apartamento ubicado en el barrio Usaquén, al norte de Bogotá. Desde ese lugar continuó escribiendo, leyendo periódicos, tomando whisky, fumando como una chimenea y cocinando huevos pericos para mantener su quijotesca figura. Además, se convirtió en un incansable consumidor de la televisión, el producto de importación más importante que trajo a Colombia el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla, a quien Lukas tanto caricaturizó en sus columnas.


Klim con su habitual atuendo: bata escocesa, pantuflas y pijama junto con el aparato con el que mantenía conectado al mundo: el televisor. Foto tomada de El Espectador.

Esa decisión, loca según muchos, se convirtió para Klim en algo placentero, un placer comparable con el que vivió en sus años de formación académica en París y Suiza durante la década de los años veinte. En esos lugares fue en donde se encontró con el desenfreno de las mujeres, la bebida y la libertad propia de un joven lejos del control de cualquier autoridad familiar. Además, en ese paso por Europa forjó su afinada habilidad para escribir de manera satírica cuando comenzó a pedirle giros de dinero a su padre en las cartas que le enviaba.

Desde el momento en el que Klim decidió encerrarse en su apartamento en Bogotá comenzó a vivir en su burbuja, sin alejarse del mundo que lo rodeaba, y contrario a lo que muchos pensaban, afinó más su pluma y fue más crítico con los gobiernos de turno. Escribía sus columnas en la noche, cuando tenía las horas de mayor lucidez y dormía hasta el mediodía, cuando se levantaba para comer algo, ver televisión y preparar sus burlas a los mandatarios.

Esas burlas consistían en ponerle apodos a los políticos y personajes importantes de la vida nacional. Así fue como nacieron sobrenombres como Forfeliecer, que era la manera en la que referenciaba a Jorge Eliecer Gaitán, o el famoso ‘Compañero primo’, que era como se refería en sus columnas al ex presidente Alfonso López Michelsen, ya que ambos fueron compañero de clase en el Gimnasio Moderno en la primaria, y el ex presidente liberal se casó con Cecilia Caballero Blanco, prima hermana de Klim.

Además, otra característica de su humor consistió en recrear situaciones que se vivían en los clubes sociales donde se reunían los poderosos del país, haciendo una crítica a las personas que hacían parte de esa escala de la sociedad por sus costumbres conservadoras e hipócritas, sin nombrarlos, pero dejando en claro a quiénes se refería. Esa agudeza para criticar a políticos y personajes de la crema y nata nacional solo funcionaba estando desde la oposición.

Pero la fuerza con la que escribía desde su apartamento las columnas diarias de El Tiempo se desinfló entre 1958 y 1962, durante el mandato presidencial de Alberto Lleras Camargo, por el cual sentía una profunda admiración por sus ideas y su capacidad para maniobrar las situaciones de la política nacional.  El otro periodo en el que los comentarios de Klim no fueron tan críticos estuvo entre 1966 y 1970, durante el mandato de Carlos Lleras Restrepo.

Sin embargo, sin salir de su apartamento, con su bata escocesa y sus pantuflas cómodas, levantándose tarde, comiendo a deshoras y cepillándose con cuatro marcas de crema dental diferentes, se convirtió en el miedo de presidentes como Misael Pastrana Arango (1970-1974), Alfonso López Michelsen (1974-1978) y Julio César Turbay Ayala (1978-1982), a los que criticaba a causa de la crisis social que veía a través de la televisión, de los periódicos, o que él mismo observaba durante sus espontáneas salidas a los hospitales.

En su ley vivió y en su ley murió el padre del humor político colombiano. Escribió hasta el último día en el que sus quebrantos de salud se lo permitieron y dejó un legado que retomó la pluma de Daniel Samper Pizano y que otros cuántos han tratado de imitar los últimos años. Además, su manera de hacer humor de situaciones permanece viva cuatro décadas después de su muerte en la voz de muchos comediantes. En estos días que se cumple el aniversario de la partida del Caballero del humor quiero recordar que llevamos cuarenta años sin Lucas.