El camino hacia los Kankuamos, el que se recorre desde Pereira hasta llegar a Atánquez, es otra historia de violencia, desplazamiento, miseria e injusticia cubierta también por el paisaje, a veces monótono, pero innegablemente hermoso.

 
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Fotos y textos por: Gloria Inés Escobar Toro

Los Kankuamos, un nombre sonoro pero extraño y perdido para la mayoría, son un pueblo aborigen que como muchos otros ha estado a punto de hundirse en el olvido y la desmemoria histórica que tanto conviene a quienes se han beneficiado, por siglos, de su saqueo y expoliación.

Los Kankuamos, como ellos mismos lo cuentan, tuvieron que ganarse a pulso y determinación su reconocimiento como pueblo indígena originario pues hasta hace aproximadamente veinte años eran llamados atanqueros, por tener su centro poblacional ubicado en Atánquez (Cesar), así que solo eran reconocidos como campesinos descendientes de los indígenas. Esta lucha por obtener su reconocimiento no solo debió librarse ante los entes gubernamentales sino también ante la resistencia de algunos pobladores de los otros tres grupos que habitan la sierra nevada, los Wiwa, los Kogui y los Arhuaco.

Atánquez 1

Los mismos Kankuamos, es decir, los que a sí mismos se reconocen orgullosamente como tales, han tenido que librar también una lucha, que aún continúa, dentro de su propia comunidad para asumirse como indígenas. No en vano han pasado por sobre ellos, su cultura y su pueblo, colonos, comunidades religiosas, gamonales, guerrillas, paramilitares y agentes civiles y armados del Estado. Esta avalancha de depredadores de cultura y riqueza casi cumple con el cometido de reducirlos a nada y de despojarlos hasta de su propia memoria. Fue en este violento proceso a que han sido sometidos impunemente que perdieron su lengua, muchas de sus costumbres y hasta el deseo de que miembros de su comunidad se asuman como pueblo indígena. Esta es tal vez la mayor tragedia que han padecido.

Hoy los Kankuamos, sobre la memoria de sus dolores, la imagen de sus muertos y el recuerdo de sus ancestros están trabajando para reconstruir su identidad.

La Sierra desde Atánquez.

La Sierra desde Atánquez.

Para llegar hasta el mayor centro poblacional de este grupo indígena hay que dirigirse a Atánquez, un pequeño, cálido y bello pueblo ubicado dentro del resguardo kankuamo, el cual se encuentra aproximadamente a una hora de viaje de Valledupar, en la vertiente suroriental de la Sierra Nevada de Santa Marta. Atánquez es un pueblo de calles empedradas, vegetación exuberante, enmarcado por cristalinos ríos y el paisaje monumental de los picos y montañas de la Sierra; un pueblo en el que niños, jóvenes, hombres, mujeres y ancianos tejen sus vistosas mochilas, mientras caminan, hacen visita, descansan de otras labores, en el interior de sus casas, en las calles, a la vera de los caminos, en cualquier lugar y momento que encuentren.

La tranquilidad, la hospitalidad y la bienvenida que se siente al llegar a este pueblo, no muestra nada de la sangre y la violencia que ha padecido la comunidad kankuama, sobre todo, nada de aquélla que la ha tocado cotidianamente desde el inicio de su proceso de reivindicación como pueblo indígena; violencia que en estos últimos veinte años ha golpeado con diferente ritmo y saña la vida kankuama ante la indiferencia del país y la total impunidad estatal. Hay toda una historia de tortura, violaciones, desplazamiento y muertes escondida tras la belleza del paisaje, guardadas en las mentes de los Kankuamos, en las memorias de sus familias y algunas de ellas, relatadas en “Cuando la madre llora” y en “Hoja de Cruz”, crónicas del horror vivido y aún no superado.

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Pero si el territorio Kankuamo está manchado de sangre, bañado de lágrimas y alimentado de dolor, el camino para llegar a él no lo está menos. El camino hacia los Kankuamos, el que se recorre desde Pereira hasta llegar a Atánquez, es otra historia de violencia, desplazamiento, miseria e injusticia cubierta también por el paisaje, a veces, monótono pero innegablemente hermoso.

En efecto, para alcanzar Atánquez hay que atravesar un buen tramo del Magdalena Medio (se pasa por Caldas, Tolima, Cundinamarca, Boyacá, Santander, Cesar), foco y enclave importante del gamonalismo y su brazo armado, el paramilitarismo, con toda la cadena de atrocidades que esto significa. Las huellas invisibles de su paso por toda esta región se cubren por ejemplo con interminables extensiones de terreno dedicadas a la ganadería, proyectos de hidrocarburos y proyectos agroindustriales. Este es el paisaje que acompaña al viajero de esta ruta y la historia enterrada en él.

Gran parte de este paisaje lo domina el cultivo de palma africana o palma de aceite, cultivo que de nuevo, está asentado sobre el desalojo, la venta obligada a muy bajos precios y el robo de tierras, desplazamiento, régimen de terror y muerte de miles de campesinos, bajo la égida de connotados empresarios que con una visión futurista y bajo el auspicio de los gobiernos respectivos, implementaron beneficiosos y democráticos modelos de gestión llamados ostentosamente “alianzas estratégicas” o “alianzas productivas” o “programas cooperativos” o cualquier otro nombre igualmente eufemístico, y con los cuales vienen fomentando el empleo y desarrollo de la agroindustria del país.

Rio Pntón.

Río Pintón.

El rastro de sangre que conduce hacia los Kankuamos realmente no se abandona en todo el recorrido, como cruel presagio de lo que puede encontrarse en Atánquez.

Empresarios exitosos de la mano del gobierno y los paramilitares cambiaron pues el uso y la composición de tenencia y propiedad de esta tierra, y otras más, en sintonía con los intereses de ese gran negocio del biocombustible, negocio basado como se dijo antes, en “alianzas productivas” entre grandes compañías y pequeños y medianos productores que son al final de cuentas, quienes corren los riesgos y contingencias del negocio, mientras las empresas tienen aseguradas sus ganancias como bien lo ha mencionado Alfredo Molano en su columna de El Espectador del 3 marzo del año pasado, Paramilitarismo y palma en el Catatumbo.

En cuanto a la ganadería extensiva, otro de los paisajes repetidos que se divisan intermitentemente en el trayecto hacia Valledupar y Atánquez, hay que decir que el método de adquisición y concentración de estas tierras no está exento de barbarie pues basta recordar que gran parte de ellas fueron a parar de manera non sancta a las manos de mafiosos y narcotraficantes de toda laya; tierras que, recuérdese también, se han ampliado en detrimento de la agricultura, los campesinos y su seguridad alimentaria.

Al pasar por Puerto Boyacá, declarada en la década de los 90 “la capital antisubversiva de Colombia”, nombre que puede leerse en una valla con letras grandes antes de cruzar el puente sobre el río Magdalena, se puede contemplar la huella de la explotación petrolera, otro de los proyectos que junto al accionar del narcotráfico, llenó de terror a esta vasta y estratégica región del Magdalena Medio. Fue precisamente a punta de desapariciones, ejecuciones y tortura, es decir, gracias a una bien orquestada campaña de exterminio, en la que confluían todos los sectores armados legales e ilegales de derecha, como se logró precisamente “limpiar” la zona de guerrilleros para ostentar así con orgullo el título que hoy identifica al puerto.

Río Badillo, una corriente que lleva en sí buena parte de la tradición vallenata.

Río Badillo, una corriente que lleva en sí buena parte de la tradición vallenata.

“Llegaron dizque para combatir a la guerrilla pero lo que hicieron fue matar a los indígenas y pobladores indefensos mientras las Farc, el ELN y el EPL seguían paseándose por las montañas”.

Así pues el rastro de sangre que conduce hacia los Kankuamos realmente no se abandona en todo el recorrido, como cruel presagio de lo que puede encontrarse en Atánquez, un territorio cercado por la muerte. Al pasar por la Jagua de Ibirico, Aguachica y otros tantos municipios, incluida la capital del Cesar, Valledupar, todos ellos de fuerte influencia paramilitar, nos vienen a la memoria las espantosas historias de orgías de sangre, de masacres y oprobios incontables padecidos por pueblos inermes, olvidados y dejados a su suerte.

Más adelante y muy cerca ya del resguardo kankuamo, los nombres de Río Seco, La Mina y Atánquez dejan escapar un olor más fresco de la muerte, olor que han dejado más de 250 Kankuamos muertos a manos de las AUC, de grupos paramilitares que como recuerda un atanquero, “llegaron dizque para combatir a la guerrilla pero lo que hicieron fue matar a los indígenas y pobladores indefensos mientras las Farc, el ELN y el EPL seguían paseándose por las montañas”; mismos grupos de autodefensa que operaban y ejercían su dominio y autoridad a punta de retenes en los que decomisaban a los indígenas, campesinos y pobladores alimentos y todo lo que pudiera parecerles vitualla para la guerrilla, a escasos metros del Batallón No. 10 de Ingenieros General Manuel Alberto Murillo.

Hoy los Kankuamos, sobre la memoria de sus dolores, la imagen de sus muertos y el recuerdo de sus ancestros están trabajando para reconstruir su identidad, reconfigurarse en unidad como pueblo y defender su autonomía como modo de sobrevivir en un país cuyos caminos están indefectiblemente manchados de sangre, de sangre del pueblo.