Carmelo hizo suyo a ese pueblo de hamacas y campo al descubierto que mostró a Colombia otra forma de interpretar el acordeón, el cual, a raíz del renombre de sus músicos, se convirtió en el punto de inicio para conocer los sonidos de la gaita.
Por: Gustavo Vargas Ramírez*

El hombre que algunos llaman “El heredero de Landero” o “La biblia del acordeón”, me recibió en un departamento de la colonia Roma, uno de los barrios de la ciudad de México adornado por cafés, restaurantes y bares que permanecen abiertos así sea primero de enero. Antes de iniciar la conversación, esperaba el desayuno junto a Urián Sarmiento, músico bogotano integrante del grupo Curupira, quien ha tocado con La Pestilencia, Aterciopelados y 1280 Almas y es parte de Sonidos Enraizados, proyecto cultural ideado en el 2003 desde el cual se impulsa la música tradicional colombiana.

Carmelo ya había tenido la primera presentación de su gira México 2015 en Pata Negra, un bar de la zona. Temas de su reciente trabajo ‘Vivo parrandeando’, como ‘Amanezco bailando’ y ‘Tierra de poetas’, se mezclaron con clásicos de Adolfo Pacheco y calaron en los huesos de chilangos combatiendo el frío a punta de movimientos de cadera  y azote de baldosas

Según Urián, la parranda en Pata Negra duró hasta las cuatro de la mañana del día siguiente, un jueves. Seis horas después, él y Carmelo se sentaban en un comedor que invadía una sala hecha de tambores, micrófonos, equipos de grabación y afiches de festivales musicales en la pared. Había una sensación de espacio reducido por el sonido y sus objetos como si fuera una enredadera que crece hasta cubrir cada rincón. Los dos veían tres tamales en la mesa, traídos por María Fernanda Carrillo, estudiante de maestría de cine documental de la UNAM, quien dirige el documental para tesis ‘Cantoras, memoria de vida y muerte en Colombia’. Les dijo que eran de rajas, mole y verde. Ellos preguntaron si picaban.

Ese jueves tuvo su segunda presentación, en La Pulquería Insurgentes. Pero sus tocadas más esperadas serían las del fin de semana en el café y galería ‘Tintico’, un lugar de convergencia entre la cultura colombiana y la mexicana. Compartió escenario con el grupo de música tradicional: ‘Chilangas y cachacas’, el cual abrió la fiesta con sonidos de gaitas y tamboras.

La primera vez que Carmelo Torres viajó a México fue en el 2010, invitado al festival de música Ollín Kan. En el hotel que se hospedaba también lo hacía un símbolo del equipo de fútbol mexicano Pachuca y de la selección Colombia, Miguel Calero. Y aunque el hombre del acordeón es seguidor del Unión Magdalena y el América de Cali, poco le importó saber que Calero fue el cancerbero del Deportivo Cali y el Atlético Nacional, los dos enemigos directos de sus diablos rojos, para decicarle ‘El viejo Miguel’ de Adolfo Pacheco y ‘La segunda parte de la geografía’ de Santander Monroy Fontalbo,  tema incluido en su ‘Vivo parrandeando’, un vistazo al Sistema Solar:

Le hablaré de los planetas que rodean el universo,

con actitud y certeza  más de éste que habitamos,

un ejemplo es su superficie ¡ay!,

mide 510 millones de kilómetros cuadrados.

La letra, en el canto de mensajero ansioso de Carmelo fue una muestra de Colombia que Calle 13 recolectó en su documental ‘Sin mapa’, un diario de viaje por América Latina. Allí estaba junto a Residente y Visitante, en Palenque, en la casa del maestro Rafael Casián, acompañando al Sexteto Tabalá y los Gaiteros de San Jacinto.

Es una clase de sociales –dice al recordar el episodio este hacedor de cumbia que nació en 1951, en Plato, un municipio ribereño del departamento de Magdalena, rodeado de montañas y ciénagas y donde un pescador lujurioso se convirtió en El Hombre Caimán. Carmelo fue el penúltimo hijo de los siete engendrados por Elías Torres y Adela Mendoza, agricultores, cultivadores de tabaco. Vivió su niñez bajo el influjo musical de su padre, quien tocaba la gaita corta, aunque prefirió el sonido de Francisco el Hombre y a los 17 años compró su primer acordeón, “uno de dos hileras”.

– Uno se inclinaba por la música y le decían: bonito arte vas a coger. La gente decía que los músicos aprendían para beber y mujeriar.

A su maestro, Andrés Landero, lo conoció en 1969, cuando viajó con el músico Humberto Montes a San Jacinto. Con el autor de La pava congona’ compartió en piquerias y tocando vallenato. De él aprendió los secretos de la cumbia. También trabó amistad con Adolfo Pacheco y fue su acordeonero por cinco años a finales de la década del 2000 y principios de la actual.

Era inevitable acercarse a los Gaiteros de San Jacinto, con ellos viajó a Europa y Asia. En el reciente trabajo del mítico grupo, llamado ‘Así tocan los indios´, ejecuta ‘La cumbia de Arnulfa Elena’ junto a Juan ‘Chuchita’ Fernández, “El cantante a toda hora”.

Carmelo hizo suyo a ese pueblo de hamacas y campo al descubierto que mostró a Colombia otra forma de interpretar el acordeón, el cual, a raíz del renombre de sus músicos, se convirtió en el punto de inicio para conocer los sonidos de la gaita. En su canción ‘Tierra de poetas’ afirma que es un sanjacintero por medio de la música. Dice que escribió la letra en cinco días:

San Jacinto es un pueblo bien grande

de estirpe cumbiambero.

Es la tierra de Toño Fernández,

de Adolfo y de Landero.

Y es la cuna de hombres notables

como son los gaiteros.

En San Jacinto está su casa, allá lo espera la mujer con quien se casó en 1975, Enith Arrieta Ripol. Tiene tres hijas, y aunque tres de sus hermanos también tomaron la ruta de los ritmos sabaneros, Carmelo anhela que su único nieto varón siga la “tradición de la música”.

– ¿Pero usted a su esposa no le ha escrito algo? –pregunto con el afán de quien supone que los poetas hablan solo de amor.

– Una canción, pero no le tengo nombre.

– ¿Y se acuerda cómo dice?

El hombre mira el cielorraso del departamento. Quizá es una pregunta de cajón en las entrevistas, pero responde:

– En San Jacinto yo tengo una palomita, que yo la quiero pero con loca pasión. De Barranquilla me vine pa’ Fundación, Enith Arrieta vienen a hacer la visita. Ahora te canto el paseo de la trampita, y estos versos que son de mi inspiración.

 

Vienen los festivales

Finalizando la década del sesenta los festivales musicales tomaron fuerza. Carmelo, entonces, conformó su grupo en 1976 con Orlando Landero, el hijo mayor de su maestro, buscando participar. En los 70 y 80 fue parte activa de esa fiebre masiva que reunía la identidad cultural del Caribe colombiano al reivindicar las leyendas e impulsar las promesas del acordeón.

Su primer intento sería el Festival Bolivarence del Acordeón, en Arjona, Bolívar. Tocó el paseo ‘La margentina’ de Julio De la Ossa y la puya ‘Déjala venir’ de Nazarito Urán. Quedó en el segundo puesto, tras Rodrigo Rodríguez. Cuatro veces participó Carmelo, cuatro veces fue virrey.

El primero ganado, el Mini Festival Sanjacintero, en su tierra de poetas. También reinó en el Festival Tabacalero de Carmen de Bolívar y en el Festival del Hombre Caimán de su natal Plato. En el Festival Sabanero de Sincelejo quedó en el tercer lugar. Además integró la selección musical del Colombia al Parque de 2013.

-¿Y el de la Leyenda Vallenata?.

–  Con Julio De la Ossa como guacharaquero, pero para tocar acordeón nunca.

Ya no le es posible participar “Se me pasó la edad”. Dice que hay un límite para los músicos: hasta los 55 años pueden entrar al festival como acordeonero. La razón, Alfredo de Jesús Gutiérrez Vidal, el hombre del ‘Festival en Guararé’, quien ganó tres veces la Leyenda Vallenata e iba por su cuarta corona.

Pero más que premios y halagos, estos encuentros fueron lazos de amistad con los grandes de la música, la posibilidad de conocerlos y, de paso, iniciar una parranda.

En el portal de la agencia de noticias mexicanas, Notimex, se publicó una nota sobre la llegada de Carmelo Torres y Urián Sarmiento a México para festejar los 205 años de la independencia de Colombia con algunas presentaciones. En la información se describió a Carmelo como “alumno del clarinetista y compositor Lucho Bermúdez”.

Urián ríe y le pregunta si eso fue posible.

Yo conocí al maestro Lucho Bermúdez, le hicieron un homenaje a Adolfo Pacheco en San Jacinto, en el ochenta, y yo estaba ahí también, y él estaba invitado y tocó en el homenaje. Ahí lo conocí. Compartimos un rato como de un día pero no es que fuera mi amigo ni que yo fuera su alumno, nada de eso.

Quien pudo conocerlo fue Elías Torres, su padre, es una posibilidad, no es una certeza. Quizá este heredero de la gaita, en alguna ocasión, recorría las calles de su natal Carmen de Bolívar pensando en chepacorinas y en alguna esquina se topó con su coterráneo Lucho Bermúdez. Quizá intercambiaron saludos y algún comentario sobre los cultivos de tabaco, sobre las recientes composiciones del autor de ‘Colombia tierra querida’ ‘Salsipuedes’ o ‘Te busco’. Pero ni Carmelo lo asegura, y también ríe sobre la oportunidad de haber sido alumno de uno de los compositores que más ha cantado el país.

La parranda de Andrés

En la calle República de Cuba del Centro Histórico de la ciudad de México está el Tintico. Es una noche de viernes de julio, la primera presentación de las dos que tiene Carmelo Torres en este espacio café y galería. Al entrar el frío es olvido, y el español deja un poco las manías chilangas para recordarse de nuevo en Bogotá o Medellín o la costa Caribe.

El escenario es una placa angosta de madera con una pared de fondo donde cuelgan imágenes de ciudades colombianas. Hay ebrios anticipados y un par de japonesas acosadas por tres galanes aztecas. Carmelo llega junto a Urián y María, viene de traje blanco, sombrero vueltiao y un buso cuello tortuga con el nombre Australia estampado en el pecho. De inmediato se mete en una habitación a un lado de la barra del Tintico. Los murmullos de los espectadores se desprenden como si vieran arrimar a un rock star de la vieja guardia.

– Tengo como cuarenta canciones compuestas –dice al hacer un conteo mental. Con su grupo y junto a otros intérpretes, su cumbia sabanera se escucha en siete discos. El primero fue en el ochenta ‘Vallenatos de mi tierra’, luego vino ‘Vallenatos de mi tierra volumen dos’. Pero uno que recuerda con persistencia es el compuesto con “todos los sajacinteros” llamado ‘Unidos por nuestro folclor’, la última participación de Andrés Landero en un proyecto musical.

Su maestro, el padrino de una de sus hijas y a quien Enith Arrieta reanimó con potentes desayunos tras una que otra fiesta, murió en Cartagena, el primero de marzo de 2000 a causa de una leucemia. San Jacinto lo despidió con música. De las casas sacaron los equipos de sonido y su acordeón sonó en cada rincón mientras pasaba la procesión que llevaba su cuerpo hacia el cementerio municipal.

– El entierro fue inolvidable -dice Carmelo, la voz se le quiebra- se volcó todo el pueblo, casi todo el mundo.

Allí armaron un escenario, y los músicos de la región subieron para tocar sus temas. ‘La hamaca grande’, que compuso Adolfo Pacheco pero que Landero interpretó, fue la canción que Carmelo tocó en la despedida.

En el Tintico la fiesta se prende con cinco mexicanas y colombianas que junto a Urián y María hacen vibrar a los azotadores de baldosa, son Chilangas y cachacas’. Entre ellos una mujer aparece ondeando su pollera, como si emergiera del río Magdalena al escuchar el rumor de la cumbia. Llega también ‘La terrorista del sabor’, su sombrero texano, su acento rolo, su energía punk, su acordeón que parece ráfaga de viento en la presentación del grupo. ‘La piragua’ de José Barros, el tema con el cual estos músicos jóvenes finaliza la presentación, suena como himno y es el paso para quien llaman el heredero de la cumbia sabanera.

– Adolfo Pacheco dice que para componer tiene que enamorarse. También está enamorado cuando uno tiene un amigo que es muy sincero y eso uno le compone una canción. También uno se inspira del campo, los animales, las mujeres, en las historias cotidianas que pasan, en hacerle una canción a un amigo que parrandea con él, para elogiarlo y eso.

El hombre de Plato sube al escenario, agradece la presencia del público. Recuerda que Andrés Landero tuvo su mejor tiempo cuando viajó a México, donde fue proclamado Rey de la cumbia.

Él aquí era un ídolo- dice -no más vino una sola vez, por eso de los aviones, le tenía miedo montar.

Entonces Carmelo nos muestra la sonrisa de su acordeón, y de él salen las primeras notas de su ‘Amanezco bailando’, toca ´La segunda parte de la geografía’, ‘El viejo Miguel’, ‘El mochuelo’ y ‘Mi machete’ de Pacheco. Vienen ‘Mara del Carmen’ y ‘Rosa y Mayo’ de Landero. Luego llegan otras suyas como ‘Tierra de poetas’ y ‘Se murió el cultor’, un homenaje a su maestro que cada uno baila a su forma, desde las japonesas oscilando sus cuerpos en unidad como edificio en pleno temblor, hasta las parejas de colombianas y mexicanos que emprenden un ritual de vueltas. Y se escucha el canto:

Huérfana quedó la cumbia sabanera,

huérfana quedó si se murió el cultor.

Se fue por siempre de la faz de la tierra,

triste está la cumbia se nos fue el mejor.

Se murió el maestro Andrés Landero Guerra,

el que mejor la ejecutó en el acordeón.

A punto de las dos de la mañana, el concierto acaba y los bailadores piden más. Carmelo Torres es puro sudor, aún así, no se quita su sombrero vueltiao ni deja de tomarse fotografías con los asistentes. Una mujer pasa vendiendo su disco ‘Vivo parrandeando’, algunos hacen fila para tener un autógrafo del músico de los Montes de María y del río Magdalena. Su firma la hace con una mano trémula, y sus palabras agradecimientos cortos, a algunos mexicanos les promete volver. Luego se encamina con Urián hacia una habitación del Tintico donde posiblemente hay más fotografías y felicitaciones. Esa mañana descansará un poco, dejará dormir su acordeón de cumbia hasta la siguiente parranda.

*Publicado originalmente en Radio Nacional de Colombia. Se reproduce con permiso del autor.