Hipócrita país, tendrá que tragarse que matando gente los buenos de toda la vida ganaron por goleada.

 

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Por: Camilo Alzate González

Fotografías: Rodrigo Grajales

Se dice y repite en Colombia que las comparaciones son odiosas. Comparar es feo. Más feo es ocultar. Ya que el debate de la paz gira en torno a lograr una versión más o menos consensuada del conflicto, sus causas, sus consecuencias, sus responsables, aceptar la verdad hace parte de los tragos amargos. Hay sorpresas guardadas. Algunos quieren que guardadas se queden.

El asunto más sensible a la opinión pública lo constituye el tema de las víctimas. No intentaré una defensa ni justificación de los crímenes que la insurgencia cometió en el marco de la confrontación, hechos terribles y dolorosos como la infortunada práctica del secuestro, los bombardeos a poblaciones civiles pretextando atacar guarniciones del ejército (también es criminal situar instalaciones militares en zonas urbanas), el asesinato de políticos, soldados o policías desarmados. Las guerrillas son culpables de asumir unas reglas de juego que su enemigo impuso con una factura política demasiado alta, cuyo caso más ilustrativo fue el rechazo generalizado de la ciudadanía a la retención de militares en la selva. Al Estado le importaron un carajo sus hombres, al punto de dejarlos podrir 15 años antes que liberar un solo guerrillero preso. Pero públicamente y moralmente la insurgencia es responsable de perpetuar tal horror a cambio de no lograr nada que no fuera el propio desprestigio. Es claro que lo entendieron bastante tarde.

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Sin ánimo de justificar a nadie, debe notarse que esos crímenes brillan con mucha frecuencia en las pantallas, provocan chorros de lágrimas y conmueven las buenas conciencias de tanto figurín público. De otros delitos y otras víctimas sabemos poco, muy poco. ¿Es sensato que unos sufrimientos sean calamidad nacional mientras los de la contraparte ni siquiera sean reconocidos oficialmente? Entre tanto, el uribismo defiende una tesis descabellada: las únicas víctimas las causó la guerrilla. Lo demás son daños colaterales.

Partiendo de una premisa que ofusca con furia a ciertos sectores, la vida de un soldado no vale más que la de un guerrillero caído en combate. La vida de un congresista conservador asesinado tampoco vale más que la de un campesino o estudiante al que le pegaron un tiro por la espalda y lo vistieron de camuflado pasándolo por miliciano ante las cámaras. Negar esa premisa sería aceptar que unas vidas tienen más peso que otras, lo que invalida cualquier solución en los marcos de la igualdad y la democracia.

Durante décadas se ha construido una narrativa de la confrontación en Colombia a la medida de las élites: malos muy malos contra buenos impecables. Ciertas víctimas gozan desde entonces un protagonismo claramente interesado en desprestigiar al malo de oficio, al demonio causante de todas las desgracias del país. ¿Pero qué tan nocivo ha sido ese demonio? ¿Por qué en lugar de uno o dos testimonios desgarradores y amarillistas, no se valora de conjunto la catástrofe humanitaria donde ambos bandos han cometido atrocidades? ¿Por qué no se esclarecen las responsabilidades completas?

Es fundamental conocer quiénes han sido los mayores responsables de hechos violentos en las últimas cinco décadas. Uno de los bandos pretende culpar al otro de este desastre con pecados probados a ambos lados. Las comparaciones son odiosas, pero necesarias. Ninguna comparación tan odiosa como ésta de poner muertos en los dos extremos de la balanza.188663_3

Con horror se constata que el 70% de los crímenes cometidos en el marco del conflicto armado son atribuidos al Estado o sus agentes paralelos, mientras ni siquiera el 20% corresponde a los grupos subversivos. Es una desproporción aterradora que no se corresponde para nada con la narrativa oficial. Las cifras corresponden a mediciones de las Naciones Unidas, a los datos del CINEP e incluso a la Comisión de Memoria Histórica que financia el mismo gobierno nacional. No es retórica mamerta, no es complicidad con el terrorismo, no es un intento por desviar la atención sobre los crímenes de la insurgencia. Es la constatación de cómo usando un magnífico encantamiento televisivo uno de los bandos va a salir limpio. El que más dolor ha causado.

Hipócrita país, tendrá que tragarse que matando gente los buenos de toda la vida ganaron por goleada.