¿Desvestirse delante de personas desconocidas debe ser relajado? Para los miembros de la Comunidad Nudista en Medellín sí es posible y hasta lo pregonan. Una prueba de cómo fue salir del clóset nudista fui yo mismo.

 

Texto y fotos: Bastian Mühling

Un hombre oculta su pene con sus manos como lo hacen los jugadores de fútbol cuando están en la barrera antes de un tiro libre. El resto está allí de pie. Inmóvil. Relajado. Desnudo. ¿Vistazos sorprendidos? Resultado negativo. Aunque hace un momento 38 personas desconocidas se quitaron la ropa. Incluido yo.

Es un jueves en la noche. Dos horas antes estoy en el metro en dirección al barrio Buenos Aires, en el Centro Oriente de Medellín. Empiezo a preguntarme qué pensaría la gente si supieran que voy a un evento del nudismo. Aunque en este momento no me dé cuenta, eso ya es la presión social con la que tiene que vivir un nudista. Llueve a cántaros. Empiezo a preguntarme si eso es una señal que quiere decirme: “¡Da la vuelta y déjalo!”. Pero es demasiado tarde para esos pensamientos, ya estoy inscrito.

Llego a un edificio poco llamativo, anónimo, una construcción para pasar por alto. Aunque para ser sinceros no se puede describir como un edificio. Es simplemente una puerta de acero azul con la dirección en letras blancas. Ese, pienso, será el lugar donde voy a quitarme la ropa delante de gente desconocida. No sé cómo miré la puerta, pero me imagino en mi cara una conglomeración de rastros de dudas. Empiezo a preguntarme y a pensar… estoy pensando demasiado.

“Cuando se quita la ropa, es un momento de libertad, de reconocimiento del cuerpo, de mejores relaciones con los otros.” – Rafael Sandoval

Rafael Sandoval, el fundador de la Comunidad Nudista Otro Cuento, me da la bienvenida con una sonrisa cálida. Normalmente en un texto periodístico seguiría una descripción de la ropa del anfitrión. Pero decidí no hablar de la ropa de la gente, porque eso es una de las ideas centrales que desean destruir los nudistas. “Cuando miras a una persona vestida, siempre estás leyendo el vestido. Es decir, te preguntas si tiene dinero, si tiene justo. Cuando se quita la ropa, ya tienes que ir más a la profundidad de ella. No es tan superficial”, explica Sandoval.

Como en un hotel: la “recepción” de la Comunidad.

La puerta lleva a la clandestinidad. Y para algunos a la libertad. Paredes desnudas de concreto de diferentes colores, decoradas con pinturas de Sandoval que muestran personas desnudas. El lugar parece como un viejo aparcamiento subterráneo, pero antes era una fábrica de muebles, hoy transformado en el lugar de nudistas –con sillas, sofás, hamacas y una recepción. Luis Rivera examina si uno está inscrito. Antes del evento hablo normal con la gente, pero a veces recuerdo que en algunos momentos los veré –y me verán– sin ropa. Eso me pone un poco nervioso. Repito: estoy pensando demasiado.

Walter Cataño, de 46 años, también estaba nervioso antes de su primera vez en la Comunidad –como casi todas las personas. “Me costó esfuerzo. La primera vez que lo hice tuve que tomarme cuatro whiskys porque estaba tan asustado”, cuenta el profesor de inglés y español de colegio. “De niño fui tímido y reservado y no era capaz de desnudarme”, dice con un tono de voz firme. “Además, crecí en una sociedad como la colombiana, que ha sido muy manejada por la visión religiosa de la Iglesia Católica y nos ha metido un montón de prejuicios frente al cuerpo”.

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Sin ropa ni prejuicios

Son las siete de la noche: Todas las 38 personas, entre ellas dos mujeres, están de pie en un círculo, con vistas a la pared, de espaldas al grupo. Las luces se apagan –Rafael Sandoval va a paso lento de un lado al otro– como un director técnico que obliga por un juramento su equipo, pero nunca grita en voz alta. Por lo contrario, su voz es tranquilizadora. Parece como una ceremonia: “Ahora cierren los ojos y piensen en una experiencia negativa. Con quitarnos la camiseta sacamos todo lo negativo”. Obedecemos: nos quitamos de las camisetas, después los pantalones, todo con los ojos cerrados.

Durante los eventos la ropa se guarda en las mochilas.

Antes pensaba que cada fibra de mi cuerpo opondrá resistencia al desvestirme, pero eso no es el problema. La desnudez social es solo aceptada en momentos íntimos, por ejemplo, en la ducha, durante una visita del médico o en el campo del amor. Y confirmo que esa idea me genera un problema complicado. No, no es el ejercicio de exhibir mi cuerpo ante 38 desconocidos ni encontrarme con ellos con la sinceridad rotunda que grita un grupo de nudistas. El problema es más simple: tengo problemas de mantener el equilibro cuando me quito la ropa con los ojos cerrados…

A mi lado escucho cómo Sebastián Atehortúa respira hondo. Para él, es la primera actividad en la Comunidad. Solo falta el paso final: los calzoncillos. “Piensen en un lugar donde se sienten seguros y a gusto. Un lugar de confianza. Puede ser una finca, la playa, una persona, cualquier cosa”, dice Sandoval en voz relajada. 38 personas desconocidas de todas las edades se quitan los calzoncillos y las bragas, damos la vuelta y abrimos los ojos.

“Creo que el momento de más intimidad es cuando uno cierra los ojos y empieza a desvestirse.” – Sebastián Atehortúa

Estamos desnudos. Estoy desnudo

Es el momento más raro de la noche. Silencio. Vistas clavadas en el piso como si esperaran el reproche que nunca llega. Después, aisladas sonrisas reservadas y tímidas como los cuerpos que se muestran con una naturalidad ya perdida por los convencionalismos sociales.

Más tarde Sebastián Atehortúa dirá sobre este momento: “Sentí tranquilidad, me sentí relajado”. Ana Castañeda dirá: “Es bien loco. Al principio una está muy asustada, pero después ves realmente a las personas. Es muy teso, porque miras a la persona toda, a sus partes íntimas”. Luis Rivera dirá: “Los hombres se piensan mucho en el tema de la erección. Una pregunta ocurrente es: ¿si yo tengo una erección en este momento, que pasa? Pero aquí no pasa nada porque una erección es normal”. La luz se enciende de nuevo y baña con sincera claridad la desnudez de cada uno. Aplauso general.

“Para mí es un proceso de dejar de victimizarme como mujer frente al acoso de los hombres.” – Ana Castañeda

¿Y ahora qué?, me pregunto.

Ahora, formamos tres grupos, cada uno rotando por las tres puntas de un triángulo y filosofando sobre los Derechos Humanos. ¿Qué ventaja y desventaja tiene una persona que no sabe sus derechos, que tiene una posición neutral y que lucha por ellos? No puedo creerlo, aquí estamos –todos desnudos– filosofando sobre los derechos humanos. Tengo que aguantarme la risa.

Empiezo a preguntarme la siguiente: ¿Por qué hay que estar desnudo durante la charla sobre los derechos humanos o representar una obra de teatro?

Rafael Sandoval me explica: “Es que el tema es al revés. Nosotros somos nudistas, entonces nos gusta estar desnudos. Buscamos la disculpa, entonces ¿qué actividad vamos a hacer aparte de estar desnudos?”.

Sigo pensando. Antes creí que sería muy incómodo y hasta se formaría un ambiente extraño, pero después de unos minutos ya no es tan raro. Continuamos con tres historias que cuentan sobre la presión social y los prejuicios de la sociedad medellinense frente al nudismo. Cada grupo lee sus historias sentado con las piernas cruzadas, discuten sobre los derechos y preparan una pieza teatral.

Sandoval sacó esas historias de la vida real. La nuestra se trata de un hombre casado acostumbrado a asistir a las actividades de la Comunidad Nudista, pero le da vergüenza decir que es nudista a su esposa y a su familia. Se siente en el “clóset” como nudista. Un día, la esposa descubre que la afición de su marido y le dice: “Elija: o yo o el nudismo”. El hombre se decidió por la esposa y su familia y deja su vida en la Comunidad.

“El nudismo es una forma de liberación del cuerpo y también una forma política de vivir y expresarse.” – Germán Humberto Rincón Perfetti

Conferencia al desnudo

La actividad sobre los derechos humanos tiene un invitado especial: Germán Humberto Rincón Perfetti, abogado experto en el tema, quien llegó desde Bogotá. Él, de 57 años, llegó por una charla de cáncer infantil. Sandoval lo invitó. Rincón empezó con la Constitución de 1991: “En Colombia, el principio y fin de la Constitución es la persona humana. Luego, la persona es el eje central de todo el ordenamiento. Por eso, el Estado tiene que protegerla, facilitarle el desarrollo de la personalidad y los estilos de vida diferentes”. Con respecto a las historias, Rincón explicó: “Nos toca salir del clóset”. Me siento como en una charla, tomando notas y haciendo fotos, realizando reportería, conociendo gente interesante. Todo tan normal que hasta olvido que nuestras verdades están al desnudo.

“¿Quién tiene el control sobre mi cuerpo?”, pregunta Rincón.

“La sociedad”. “La iglesia”. “La pareja”. “La familia”.

“Normalmente debería ser yo”, concluye Rincón.

Cada una de las personas nudistas tiene su historia de presión social. Por ejemplo, Sebastián Atehortúa, estudiante de sociología en la Universidad de Antioquia: “Tengo una experiencia previa con el nudismo, posando para la fotografía desnudo. Eso fue un proceso familiar y amistoso porque como yo montaba todas mis fotos en las redes sociales y soy de un pueblo, todos supieron. Fue como: ¡Ay su hijo está montando fotos desnudo a Facebook! Fue una situación muy revoltosa. Mi familia no está de acuerdo con esto, pero saben que no depende de ellos”.

O el caso de Walter Cataño, el profesor: “para mi ex-novia, el nudismo era un problema. Era una persona un poco más conservadora, un poco más tradicional. No lo aceptaba”. Sin embargo, para Cataño, la gente hoy en día es “más consciente de sus derechos como personas y es más abierta”.

Sandoval sacó historias de la vida real para mostrar las dificultades de un nudista.

Una Comunidad organizada

Eso también lo demuestran las cifras que tiene Rafael Sandoval, el jefe de la comunidad. Hace dos años, se fundó la Comunidad Nudista Otro Cuento en una exposición de arte. Sandoval invitó la gente a venir desnuda y descubrió que muchos, muchísimos, tenían la necesidad de quitarse la ropa. ¿Por qué? “Estamos realmente oprimidos por muchas cosas y en el momento en que nos quitamos la ropa es un respiro, un momento de libertad, de reconocimiento del cuerpo y de mejores relaciones con los otros”. Hoy la Comunidad cuenta en total 800 miembros; entonces, son 800 personas que han participado por lo menos en una actividad. En cada evento se encuentran normalmente más o menos 30 o 40 participantes.

En esta ocasión solo asistieron dos mujeres. Una de ellas fue Ana Castañeda: “para mí es un proceso de dejar de victimizarme como mujer frente al acoso de los hombres. Salir del asunto de que todo el tiempo estás acosada, venir a un espacio de estos y plantarse como con toda tu persona. No quiero más ese asunto del acoso, de la miradita, del silbido, del piropo, todos esos asuntos”, explicó ella, de 30 años. No se siente incómoda por ser una de las pocas mujeres. “Una vez, en una actividad me di cuenta, que un hombre me miraba bastante, pero es inevitable mirar”. Tras los ojos está siempre la curiosidad y el reproche.

Una antigua fábrica de muebles se ha transformada en un lugar de nudistas.

La lluvia parece derretir las nubes de Medellín, golpea el techo con furia de metalero. La gente empieza a tener frío y recordamos que la ropa la inventamos también para protegernos de los elementos naturales, no solo del morbo humano. Nos cubrimos, unos con busos, otros con sacos o chaquetas. El frío nos abraza gentilmente.

Vuelvo a pensar. Pienso que no fue tan incómodo como esperaba. Pensé que iba a ser raro. Aparte de las dos mujeres, solamente fueron hombres de diferentes edades, color de piel y tamaños (unos altos, otros no tanto). Eso ayudó. No me sentí incómodo porque no era tan diferente a ducharme con los compañeros de fútbol después de un partido o luego del entrenamiento. A excepción de que esta vez en la Comunidad Nudista filosofamos sobre los derechos humanos y no sobre el próximo tiro libre.

Medellín está encharcada y el cielo parece recordarnos la utilidad de la ropa. Siento frío y el viento pierde el tiempo haciéndose notar en las pocas partes descubiertas de mi cuerpo. Si fuera una sociedad menos temerosa del desnudo, calificaríamos a la gente por lo que es y piensa, no por la etiqueta que lo rodea o pregona. Eso es la idea que queda en mi memoria. Tal vez el lugar ideal de la ropa es el clóset, para que podamos “salir del clóset” de los prejuicios y rechazos.