…Por otra parte, en la pequeña ciudad de Pereira, Miguel Álvarez de los Ríos y su hijo, Alberto Verón, Rigoberto Gil Montoya y, sin duda, Gustavo Colorado, han enriquecido el panorama cultural al seguirle el ritmo a una sociedad convulsa que olvida con extremada facilidad…

Por: Alan González Salazar

Fotografía: Julian Salazar

 

Gracias a Gutenberg, allá en el moderno temprano, fue posible la lectura de masas. Se dijo lo que en tiempos de Platón, que el conocimiento había sido rebajado a los incautos, los cuales no podrían distinguir la verdad de la mentira, pues la falsificación del pensamiento y sus autores estaría a la orden del día, dando como resultado la confusión y la desmemoria. Ya para el siglo XIX, la noticia periódica se coronó como el artefacto cultural mejor dotado a la hora de mediar los acontecimientos. Se puede hablar entonces de un imperio de lo mediático, donde movimientos indistintos y autores destacados, sin olvidar los editores y sus jugosas ganancias, seguían el ritmo de estas sociedades, las cuales fueron educadas, como era de esperarse, por historias de todo tipo.

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El periodismo del siglo XX, a la par de los cambios políticos y económicos, se hizo así una profesión de alto riesgo. Las guerras y los intereses inconfesados de minorías poderosas, alentaron la sed de verdad, el reportero debía ser testigo, debía investigar los motivos de ciertos acontecimientos coyunturales, estaría respaldado por firmas y asociaciones, por la vida misma en su lucha y agonía; el reportero sería un Dante, alguien con la licencia de cruzar el infierno, el purgatorio y el cielo de su página blanca, en donde tantos intereses se ponen en juego, en muchos casos – se puede pensar – se estaría escribiendo sobre la propia lápida – la vieja disputa de las armas y las letras -.

A finales de este siglo y comienzos del XXI, el internet, tantas bombas atómicas, tantos vuelos y conflictos sin estadísticas, le habrán conferido al mundo su redondez; ya lo sentimos gravitar, enfermo de polución y calor.

El tiempo nos devora, recuerda el cronista y, sin embargo, nada se repite. Todo es nuevo. En los 60tas y 70tas escritores de largo aliento, en su mayoría norteamericanos: McPhee, Tom Wolf, Truman Capote, George Orwell, por citar unos cuantos, establecieron una alianza que hoy por hoy sigue rindiendo sus frutos, hablamos, como es de suponerse, del periodismo literario.

Sus premisas fueron la inmersión, el cuidado de la estructura, la voz y, ante todo, la veracidad. Se puede contar desde diferentes ángulos ¡Qué es el mundo sino una interpretación! En el acontecer muchas fuerzas se encuentran y conviven, que el ser minúsculo, humilde, es ya un “eje de mundo”, el ser “anormal”, el invisible resulta decisivo cuando se ha aprendido a valorar el otro orden en el que se suceden las cosas, “tras bambalinas” vemos el maquillaje, el vestuario.

 

En el caso particular de Colombia, en la década del veinte con Luis Vidales, se puede hablar de una crónica urbana, con temas, motivos y locaciones similares a las de su homónimo argentino Roberto Arlt, en sus Aguafuertes Porteñas, que a su vez nos remiten a Dostoievski, a su columna, Diario de un escritor. Ahora, en el panorama nacional, podemos gozar de obras y autores destacados, gracias a la labor emprendida por Luis Tejada, Hernando Téllez, Eduardo Zalamea Borda, García Márquez, Plinio Apuleyo Mendoza etc., contamos con Germán Castro Caicedo, Alfredo Molano, Alberto Salcedo Ramos, Santiago Gamboa y la lista es interminable.

Por otra parte, en la pequeña ciudad de Pereira, Miguel Álvarez de los Ríos y su hijo, Alberto Verón, Rigoberto Gil Montoya y, sin duda, Gustavo Colorado, han enriquecido el panorama cultural al seguirle el ritmo a una sociedad convulsa que olvida con extremada facilidad; nos recuerdan los orígenes de muchos de nuestros conflictos; presentan desnudos – sin ataduras – los cuerpos, las voces, su angustia velada, a veces con ironía, otras con gravedad, que los han llevado al fin, a ser testimonio, verbo primigenio.