Productos como Q’hubo, Extra, Vea pues, Ajá y otros especímenes similares representan hoy la mayor muestra del facilismo y de la mediocridad al servicio de las ventas. Por supuesto, no es la primera vez que la prensa amarillista o sensacionalista circula en Colombia.
Por: Unomás
El periodismo impreso, más que un progreso, está mostrando, con la mal llamada “prensa popular”, un retroceso grave. Para nadie es un secreto que desde finales de los años 90 y en la primera década del siglo XXI, los periodistas se vieron enfrentados a una serie de enemigos que, en algunos casos, los colocaron en jaque y en otros les dio el mate.
La solución ante esta crisis fue echar mano de una fórmula implacable para rescatar y sacar los balances del rojo: la prensa amarillista, la explotación del morbo y la sangre bajo el confuso título de “prensa popular”, que disparó las ventas y le dio un segundo aire a una moribunda industria.
¿Pero vale la pena esa prensa popular? Parafraseando al profesor de televisión que actúa en la película española Tesis, ¿la gente lee basura porque le gusta o porque es lo único que le dan?
Productos como Q’hubo, Extra, Vea pues, Ajá y otros especímenes similares representan hoy la mayor muestra del facilismo y de la mediocridad al servicio de las ventas. Por supuesto, no es la primera vez que la prensa amarillista o sensacionalista circula en Colombia. Lo que pasa es que estos productos no les llegan a los tobillos a los grandes periodistas judiciales de antaño.
La razón es muy sencilla: antes había un Don Upo, un Ximénez, un Octavio Vásquez, periodistas de quilates, profesionales que iban más allá del bullir del hecho sangriento y se zambullían en verdaderos ejercicios de investigación social.
Había interés de vender, obviamente, pero también había calidad en la prosa, horas y semanas de reportería, reflexión y, sobre todo, humanidad, respeto al trato de sus víctimas, a los protagonistas de sus historias.
Hoy, más que la miseria de la sociedad, la prensa popular, amarillista, es la mejor muestra del periodismo miserable que vende pero nada deja.
Hoy el periodista “popular”, apoltronado en su redacción, solo espera que le llegue el boletín para reproducirlo, si hace trabajo de campo no es para agotar las fuentes sino para “pillar” datos sueltos con los qué construir su nota vacía, llena de lugares comunes y con la profundidad de la espuma: dos fotos, comentarios sueltos, la explicación de la autoridad y, listo, preparada la edición de mañana, que con escandalosos títulos garantizarán no que se haga un buen periodismo, sino que la edición se agote. Mañana vendrán más muertos, violadores, sindicados qué explotar.
Es hora de lanzar una voz de alarma ante estos pseudo profesionales de la información, porque con sus fotos, titulares y textos pisotean a las personas, pues, analfabetas del sistema judicial, se declaran juez, fiscal y verdugos, sin dar pie, siquiera, al derecho a la réplica. Son centenares las personas que, sin ser condenadas aún, aparecen en sus páginas como culpables.
Esta es una tarea de la academia, de los medios, de la sociedad. De la academia, pues debe perder el miedo a quedarse sin espacios de práctica y denunciar que ese trabajo no es periodismo serio, participativo, con verdadero valor ético. ¿Dónde están los consultorios de ética o las cátedras que busquen alternativas a este periodismo de cloaca?
Otro personaje en esta división lo representan los directivos de los medios. En las reuniones de directivos y gerentes salen palabras bonitas y bellas intenciones que se quedan en el papel y la foto social, cuando ven las cifras de ganancias en los balances de fin de año. Porque esos medios facilistas se venden como pan caliente, porque conocen bien al método, alquimistas de la información, de hallar oro ofreciendo basura.
Por último, la sociedad. Harta de la violencia y el maltrato, debería exigirle a los productores de la información que brinden un producto de mediana calidad, que tenga confrontación de fuentes, que respete la dignidad humana y, sobre todo, que proponga algo más que una foto escabrosa, textos amañados y titulares exagerados. Se necesita un periodismo que dé luces, que ayude a construir y no uno que se revuelca en las porquerizas de la sociedad.
La información es un derecho ciudadano y en un sistema judicial corrupto, amañado, mendaz, al que solo le interesan los “falsos positivos” penales, el periodismo debería levantarse como la voz de los que, aplastados por la injusticias, claman que los escuchen y no los lleven a la picota pública sin razón ni juicio.
Tras las rejas de las cárceles se encuentran numerosas personas que, por falsas acusaciones de agentes investigadores o de la policía judicial, esperan una oportunidad para reclamar su debido proceso y demostrar su inocencia. No todos somos “Sigifredo López”.
La prensa popular debe ser otra cosa, tal vez no sepamos qué, pero sí algo mejor. A este paso, el periodismo escrito, masivo y popular no será una herramienta para construir una sociedad mejor, sino la lacra miserable que apesta dentro de la comunidad.



