Dicen que “tombé” significa “viento” en la lengua de los Misak. El 16 de julio falleció Segundo Tombé Morales. Segundo Tombé, que es como decir dos veces el viento. 

Por: Camilo Alzate

Fotografías de Rodrigo Grajales

Rodrigo Tombé encontró a su padre llorando en el corredor de la casa, silencioso, con esa pijama de tela suave que usaba los últimos meses debido a la enfermedad. Aquel día todo mundo comentaba la muerte de Fidel Castro, pero para su viejo, para don Segundo Tombé, aquello no era una simple noticia.

Era como si ese siglo de sindicatos, de consignas y ocupaciones, de movimientos y proclamas, el siglo de los sueños y las utopías, se acabara así de golpe con el noticiero de las doce. Don Segundo, que conoció la luz el 21 de noviembre de 1953 en el páramo de Guambía, había madurado con ese siglo de revoluciones. Su tiempo también se estaba acabando.

Segundo Tombé Morales falleció el pasado 16 de julio a causa de una penosa enfermedad. Tenía 63 años y ya le había sacado el quite muchas veces a la muerte. Sobrevivió a todas las violencias de este país en las últimas cinco décadas.

Aspecto de una asamblea Misak, encuentro de las voces para tomar decisiones mayores.

Había sido secuestrado por las FARC el 13 de abril de 2003 y liberado al día siguiente porque Matías, uno de los comandantes en la zona, lo estimaba, pero le aseguró que todo era un malentendido, y también había estado en la mira de los paramilitares veinte años atrás en Jambaló, y había sostenido fortísimas discusiones y reclamos con algunos del Comando Central del Ejército de Liberación Nacional en cierta ocasión que los guerrilleros lo llamaron a las selvas del Naya para que expusiera ante ellos la postura de los pueblos indígenas frente a los problemas del país.

Entonces él les dijo que ellos, los indígenas, no habían empezado a luchar ayer, sino que llevaban quinientos años en guerra, justo allá, en ese monte escondido, se encontró a uno que fue compañero suyo de marchas y motines cuando  jóvenes, ese lo abrazó y lo cargó no más al verlo diciendo “pero si usted y yo tirábamos piedra juntos en el Instituto” y antes y después de aquello había viajado por el mundo, por Europa, por América latina, por Cuba, donde estuvo dos veces pues admiraba ese pueblo tan solidario.

También había conocido, en la antesala de los años noventa y de la Constitución del 91, al mismísimo Carlos Pizarro -el famoso “Comandante Papito”- cuando los guerrilleros del Movimiento 19 de Abril entraron a las tierras de los guambianos, pero ellos tuvieron que pedirles que salieran de la zona para evitar un derramamiento de sangre una vez empezaran los combates con el ejército, y él le había dicho a Pizarro: “usted no va a durar un año cuando se desmovilice, no crea que nosotros vamos a estar muy felices cuando  lo maten”. Así fue, a Pizarro lo mataron desarmado, y él, Segundo Tombé Morales, el hijo de Joaquín y de Narcisa, él también había quedado a un pelo de morir fusilado por la guerrilla del Quintín Lame en los ochenta, en esa época nefasta que el movimiento indígena terminó dividido y algunos preferían resolver las contradicciones a bala.

Tombé, astuto y arrojado, acudió a su cita con ellos llevándose un comando de hombres armados que se escondieron en la montaña días antes, entonces cuando los del Quintín lo capturaron les dijo: “están rodeados, si yo me muero ustedes se mueren”.

Tombé, astuto y arrojado, acudió a su cita con ellos llevándose un comando de hombres armados que se escondieron en la montaña días antes, entonces cuando los del Quintín lo capturaron les dijo: “están rodeados, si yo me muero ustedes se mueren” y les quitó seis fusiles y cuatro pistolas de nueve milímetros, que les devolvió al mes. Marcos Avirama, uno de los dirigentes del Quintín Lame, se lo topó luego en un congreso indígena y lo invitó a tomar trago. “Usted es un verraco”, le decía, “me desarmó a los muchachos, usted es un verraco”.

La vida también le alcanzó a Segundo para ser alcalde de Silvia (Cauca) por elección popular, cargo del que salió enfermo y endeudado. Además fue gobernador indígena de los Misak, conocidos como “guambianos”, ese pueblo de hombres y mujeres que visten falda por igual con túnicas azules y violetas, y usan sombreros italianos como el de Charles Chaplin.

Segundo había luchado, amado, odiado. Conoció la victoria, pero supo más de la pobreza. “Dicen que los dirigentes se mueren de mendigos y es cierto”, me comentó decepcionado la mañana que fui a visitarlo. Él, que entregó su vida a la causa de su pueblo, pasó los últimos años en medio del olvido, las dolencias y las penurias económicas. “Yo aquí, sentado, sin poder salir”, se repetía con la impotencia que le marchitaba los ojos. Leía y volvía a leer los libros que le llevaban los amigos y mantenía muy pendiente del acontecer nacional.

Aventajado en los estudios, Segundo inició el bachillerato en su pueblo, donde se batía a puñetazos con los alumnos blancos cada que se burlaban de ellos, los indios de pelo liso y falda, los que andaban a culo pelado.

Pertenecía a una humilde familia Misak del resguardo de Guambía, en el departamento del Cauca. Contaba que sus padres lo enviaron a la escuela muy crecido, de casi doce años, “descalzo y con las bolas al aire”, porque en esa época los guambianos no usaban calzones debajo del vestido. Lo mandaron con el único propósito de que aprendiera el castellano y los números. La profesora, Amanda, era una mestiza  bravísima, que  pegaba a los guambianos en la cabeza con una vara si no pronunciaban bien las vocales.

Aventajado en los estudios, Segundo inició el bachillerato en su pueblo, donde se batía a puñetazos con los alumnos blancos cada que se burlaban de ellos, los indios de pelo liso y falda, los que andaban a culo pelado. Eran guambianos en toda la ley, vivían en una pequeña aldea en las cabeceras del río Piendamó llamada Kampana.

Papá Joaquín trabajaba arriando bestias con maíz, papas y otras mercancías para cruzar la cordillera por Mosoco. Cierta vez hizo un viaje hasta el municipio de Morales, bastante lejos, en búsqueda de un anciano taita guambiano que muchos tenían por sabio. Quería pedirle consejo. El taita le dijo que sí, que el muchacho mostraba talento, que ahorrara plata de las cosechas y los jornales para hacer el esfuerzo de mandarlo a estudiar afuera.

Segundo Tombé ingresó a un Instituto de Popayán en 1971. Fue allá que conoció la revolución, las pedreas en la calle, los libros de Marx y Mao Tse-Tung, los calabozos, los primeros amores. El día de su graduación el rector lo felicitó, le dio la mano diciendo que sería muy feliz, porque nunca más iba a tener que soportarlo jodiendo la vida y protestando por todo.

Segundo nunca olvidó cuál fue su primer discurso: una arenga ante dos mil estudiantes en unas protestas finalizando quinto de bachillerato.

Segundo nunca olvidó cuál fue su primer discurso: una arenga ante dos mil estudiantes en unas protestas finalizando quinto de bachillerato. Tampoco olvidó que al acabar su intervención la gente gritaba entusiasmada: “a la movilización, a la movilización, a la movilización”.

En el Instituto conoció a Guido y a Rodrigo Álvarez, rebeldes como él, pero blancos. Con ellos integró una célula de orientación maoísta que tenía como misión desarrollar bases campesinas en diferentes regiones del Cauca. Rodrigo Álvarez marchó al inhóspito valle del Patía, se convirtió en guerrillero y al parecer murió en combates con el ejército. Aquel fue quizá su amigo más querido, por eso bautizó a un hijo con su nombre.

Ya fuera del Instituto, Tombé regresó a Silvia en 1978. Su próposito era organizar los comuneros, formar grupos, pero sobre todo, convencer a los indígenas de la necesidad de recuperar las antiguas tierras del resguardo, que a lo largo de los siglos habían quedado en manos de poderosos terratenientes caucanos.

Entre los guambianos ya existía el trabajo persistente y aguerrido de dos viejos luchadores, Javier Calambás y Trino Morales, quienes llevaban diez años con una cooperativa que al final se convirtió en el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), la primera organización indígena del país.

Pero Segundo observaba que mientras en otras regiones del departamento los nativos de etnia Nasa, alentados por el CRIC, ocupaban fincas y se apoderaban de las enormes haciendas de los ricos, los guambianos seguían arrinconados contra páramos y peñascos sin atreverse a cruzar los cercos de las tierras fértiles que los terratenientes les habían robado. Javier Calambás lo mandó a Medellín a gestionar apoyo con sindicatos y luego a Jambaló y Zumbico, a Novirao y Jebalá, pueblos de indios Nasa que son guerreros e indomables.

Él salía de su rancho a las ocho y caminaba toda la noche por las guaicadas. A las cuatro de la madrugada llegaba a Jambaló y se ponía a trabajar con los Nasa. Una semana invadían una finca y luego otra diferente y así peleaban hasta que el gobierno les titulaba los terrenos. Esa fue su escuela de resistencia. Si la gente en Guambía se decidiera, pensaba, nosotros podríamos hacer lo mismo.

Con otros jóvenes líderes de la comunidad conformaron una célula clandestina. Ahí estaba Floro Tunubalá, quién sería elegido gobernador del Cauca mucho después. Estaban Mario Calambás, Jesús Antonio Tunubalá, Avelino Dagua, Samuel Tunubalá, Esteban Calambás y un tal Domingo que luego se volvió evangélico.

Víctor Daniel Bonilla, un mestizo solidario con las luchas indígenas, les apoyaba y asesoraba. El funcionamiento de este grupo era secreto y todos comenzaron a estudiar documentos políticos y a discutirlos. Uno de estos documentos era el título 1051 de 1912, la escritura pública que reconoce los predios del Valle del Gran Chimán como propiedad de los indígenas.

Y no aguantó, no aguantó cuando desde allá vio toda esa gente que descolgaba por la montaña, tanta fuerza, tantos años de humillación a cuestas, pero allí iba todo su pueblo caminando junto. Segundo no aguantó más y se puso a llorar con la madrugada.

Recorrían las veredas, los caseríos, los cultivos. Hablaban con todo el mundo y siempre planteaban el mismo tema: hay que recuperar la tierra, hay que meterse a las fincas de los ricos, así como están haciendo en otras partes. Fueron meses convenciendo a las juntas de vereda, al Cabildo, a los comuneros. Al final tuvieron dos semanas sin dormir manteniendo reuniones hasta que la gente dijo que sí, que vamos a recuperar.

Se convino que para evitar la represión la fecha de ingreso a la finca sería desconocida y solo los líderes de cada caserío iban a ser avisados pocas horas antes. La mitad de los dirigentes entraría con la gente a la finca, la otra mitad se ocultaría para evitar detenciones. Segundo quedó entre los que se fueron a ocultar.

La víspera del 19 de julio de 1980 en Guambía atardecieron con una sola voz: “Preparar ya. Es mañana”. A la una de la madrugada comenzó una romería de tres mil indígenas que bajaban la montaña en largas filas con linternas o lámparas de aceite, con morrales y comida, con machetes y palines. A las cinco rompieron los cercos de Las Mercedes, una gran hacienda de toros de lidia cuyos dueños eran amigos personales de varios Presidentes de la República. Lo que sucedió luego se conoce bien: peleas y desalojos, policías y jueces, aporreados y apaleados y encarcelados, marchas y plantones. Pero nadie iba a aflojar hasta no conseguir la tierra.

Segundo, que estaba arriba en lo alto de un filo viendo aquello, pensó esa noche que él había nacido, que él había venido a este mundo, sólo para eso. Antes, me dijo, no se conocía ni siquiera quiénes eran los guambianos en este país. Y no aguantó, no aguantó cuando desde allá vio toda esa gente que descolgaba por la montaña, tanta fuerza, tantos años de humillación a cuestas, pero allí iba todo su pueblo caminando junto. Segundo no aguantó más y se puso a llorar con la madrugada.

Dicen que “tombé” significa “viento” en la lengua de los Misak. El 16 de julio falleció Segundo Tombé Morales. Segundo Tombé, que es como decir dos veces el viento.