El respeto por las ideas y la condición del prójimo es algo cada vez más escaso en el mundo y en Colombia. De modo que debemos valorarlo por partida doble: por lo que significa a nivel personal y por lo que representa en una sociedad aquejada por tan altos niveles de fanatismo y violencia.
Escribe/ Gustavo Colorado – Ilustra / Stella Maris
De niño, fue mi abuelo Martiniano quien me contagió para siempre el virus de la radio. Como buen campesino de su tiempo, el viejo se levantaba a las cuatro de la mañana a coger el corte –así le decían al hecho de iniciar la jornada de trabajo–, que empezaba con el ordeño de las vacas. Desde esa hora llevaba en bandolera, protegido por una funda de cuero, una radio Sanyo de esos fabricados para durar toda la vida, del que no se desprendía ni siquiera a la hora de acostarse, al punto de que la abuela Ana María solía decir que de no haber sido por la derrochadera de plata en pilas Eveready se hubiesen vuelto ricos.
A primera hora escuchaba un programa llamado Mañanitas Campesinas, cuya banda sonora era Esperanza, la célebre composición instrumental de Ibarra y Medina. De ahí en adelante seguía una sucesión de noticias y programas entre los que recuerdo La cabalgata deportiva Gillette, La Escuelita de Doña Rita, La Ley contra el hampa, La Castigadora y, claro, Kalimán, El hombre increíble, que al caer la tarde acompañaba con sus aventuras el cierre de la dura jornada transcurrida al sol y al agua.
Fue así como comprendí que la buena radio consiste ante todo en contar historias. Devoto temprano del fútbol, aprendí a imaginar jugadas memorables recreadas en la voz de Carlos Arturo Rueda C y Pastor Londoño Pasos. Escuchando las narraciones de ciclismo, descubrí que vivía en un país donde existían lugares con nombres como Bolombolo, Chiquinquirá o Manzanares.
Y también supe, cómo no, de los horrores de la guerra.
De modo que cuando, al empezar la década de los noventa, me invitaron a participar con notas culturales en Ecos 1360 Radio, una estación independiente de propiedad de la familia Salazar Sierra, no me hice de rogar. Me armé de valentía a la hora de enfrentar el micrófono, aunque tartamudeé lo indecible –todavía lo hago de vez en cuando– y me sudaban las manos. La primera vez a lo mejor hablé de alguna película presentada en el Cine Club Comfamiliar por esos días. Supongo que se trataba de Nueve Semanas y Media o de Pregúntale al señor Luna, cómo saberlo.
Como cualquier adicto, me quedé enganchado al vicio. Mientras aprendía un montón de cosas me encontré con profesionales del oficio como Albeiro Burgos, Andrés Botero, Juan Antonio Ruíz, dos Óscar Osorio, Ramón Echeverry, Oswaldo Parra, y en épocas más recientes a Hans Lamprea, uno de los últimos reporteros de botas pantaneras. Tampoco puedo olvidar a Marco Tulio Franco, un hombre que compensaba sus limitaciones con una tenacidad única para encontrar noticias.
¿Cómo olvidar que la emisora fue también escuela para muchos periodistas deportivos? Cada vez que pueden, comentaristas como Orlando Salazar, Hugo Ocampo, Danilo Gómez o Henry Carvajal así lo reconocen.
Con el paso del tiempo me dejé seducir por la tentación de comentar noticias, un buen recurso para auscultar con espíritu crítico nuestra abrumadora y a veces gozosa realidad. Para equilibrar un tanto esas cargas decidí orientar, con la complicidad de Patricia y Andrés, un programa llamado Ecos de la Cultura, en compañía de Alejandro Patiño Sánchez.
La emisora no era un descubrimiento para mí: en los setenta subí un par de veces sus escaleras, atraído por la curiosidad que me despertaba un programa de rock liderado por un muchacho llamado Carlos Alberto Cataño, hijo de Orlando Cataño Céspedes, el primer director y gerente de Ecos del Risaralda –el nombre inicial de la estación–. Fue a través de Carlos Alberto que descubrí a la banda de rock británica Queen, liderada por el legendario Freddy Mercury. Y, sorpresas te da la vida, el jueves 23 de febrero de 2023, cuando la emisora celebró su medio siglo de fundada, volví a encontrarme con el ya no tan joven roquero a través de la virtualidad.
Porque fue un 23 de febrero de 1973, seis años después de la creación del Departamento de Risaralda, cuando el dirigente político conservador Jaime Salazar Robledo fundó la emisora que desde entonces ha sido testigo y protagonista de la vida regional. Tan significativo ha sido su papel, que si alguien necesita rastrear hoy el quehacer político, económico, cultural, social y deportivo de Pereira y Risaralda en los últimos cincuenta años con seguridad encontrará en sus archivos una buena fuente documental.
Y aquí es necesario detenerse en un detalle. En el camino he conocido a muchos militantes conservadores que en la práctica son más liberales que quienes se consideran de izquierdas o incluso librepensadores. Lejos de cualquier ortodoxia o fundamentalismo, en su vida hay espacio para todas las ideas, incluso las de sus más viscerales contradictores.
A esa condición pertenecen personas como Jaime Salazar Robledo y sus herederos. A menudo me han formulado en la calle preguntas como la siguiente: ¿Cómo ha hecho esa familia tan goda para suportárselo a usted diciendo al aire lo que da la gana y fustigando a los representantes del poder local y regional?
Mi única respuesta es: respeto y eso no es un detalle menor. El respeto por las ideas y la condición del prójimo es algo cada vez más escaso en el mundo y en Colombia. De modo que debemos valorarlo por partida doble: por lo que significa a nivel personal y por lo que representa en una sociedad aquejada por tan altos niveles de fanatismo y violencia como la nuestra. Así las cosas, si hacer radio consiste ante todo en construir sociedad, Ecos 1360 Radio constituye un buen modelo a seguir. Por eso, a modo de tributo a su medio siglo en la memoria regional, quiero hacer manifestación pública de gratitud a la familia Salazar Sierra. A doña Rosa, a Patricia, Jorge, Jaime y los que se me olviden justo ahora.
PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada:


