Durante el Tercer Congreso Colombiano de Estudiantes de Historia, realizado en la Universidad de Caldas, el historiador Sebastián Gómez González respondió varias inquietudes relativas a esta disciplina. Su conferencia Unos montes con títulos de ciudades:El alto amazonas y sus tensiones ibéricas 1638-1777 clausuró el evento. Estas fueron sus respuestas.

Foto tomada de www.udea.edu.co

Sebastián Gómez González. Foto tomada de www.udea.edu.co

Por: Kevin Marín

Nos reunimos en un congreso y usted da la conferencia de clausura, ¿para qué este tipo de eventos?

Creo que estos eventos seguirán siendo importantes para los historiadores en formación porque es ahí donde existen muy buenas oportunidades de enterarse sobre lo que se está desarrollando en otros contextos académicos de la mano de gente joven que está aprendiendo y descubriendo este universo tan extraño que es el pasado. Me parece muy valioso que un estudiante de Cartagena entre en contacto con uno de Popayán, o que uno de Bogotá comparta con su par de Bucaramanga y que intercambien experiencias, que amplíen sus perspectivas de conocimiento sobre el pasado de las regiones que constituyen su país, que intercambien datos de archivo y referencias bibliográficas y, además, creo que este tipo de eventos son esenciales para tejer redes de trabajo y asumir compromisos académicos que son indispensables para la formación y para entender lo valioso —a pesar de lo difícil— que es trabajar en equipo. Yo tengo recuerdos imborrables sobre este tipo de eventos, aunque nunca fui participante asiduo. Los estudiantes de hoy son muy afortunados de contar con estos espacios, que en mis tiempos difícilmente se institucionalizaban, porque en ellos también se aprenden otras cosas necesarias como la solidaridad o el colegaje y se crean empatías y amistades que permanecen por muchos años. No sobra decir que, como en todos los eventos multitudinarios, es obligatorio divertirse y conocer las ciudades que hospedan el evento desde una perspectiva no turística. Ojalá que los departamentos, facultades y demás autoridades universitarias se percaten cada vez más de lo valioso que es contar con este tipo de escenarios académicos para los estudiantes, pues no es costoso realizarlos y los resultados suelen ser muy positivos.

¿Cuál es el panorama que se le presenta cuando piensa en la formación de historiadores?

El “panorama”, así como lo planteás, creo que es muy amplio, y en esa medida implica un buen número de retos que los profesores que enseñamos Historia en diferentes niveles de escolaridad debemos asumir para que los estudiantes comprendan de qué se trata esta hermosa disciplina. Aunque soy de los que cree que los historiadores siempre estamos en constante formación, así seamos veteranos o jóvenes, pienso en retos como estimular las reflexiones sobre el pasado, que los estudiantes de historia sean creativos al buscar alternativas de interpretación utilizando fuentes documentales diversas; pienso también en los retos de cultivar el ejercicio de la escritura coherente, mantener la curiosidad historiográfica y el contacto permanente con archivos y bibliotecas. También me parece demasiado importante alcanzar una adecuada disciplina en la lectura desde que se comienza el ejercicio intelectual en esta área del conocimiento que es muy amplia y llena de sorpresas.

¿Cuál considera que es la gran falencia de los programas de historia en la actualidad? ¿Hay algo de los currículos del pasado que sea necesario hoy? 

A mi juicio, todo depende de los lugares de los que se hable para advertir qué currículos del pasado son necesarios en nuestra actualidad. La atmósfera académica colombiana, para el caso de la Historia, está experimentando un crecimiento muy positivo en términos de su profesionalización, aunque, generalmente, seguimos careciendo de enfoques que privilegien problemas históricos por encima de espacios y cronologías. A pesar de que existen esfuerzos contundentes al respecto, creo que, por ejemplo, en países como Estados Unidos, Inglaterra o Canadá, los estudios históricos han demostrado grandes alcances interpretativos y excelentes conclusiones que siguen vigentes o que se renuevan constantemente, y en muchos casos superan nuestros esfuerzos por comprender el pasado desde diferentes enfoques, incluso tratándose de temáticas propias de nuestra historiografía. Esto es debido a que la formación de los historiadores en aquellos países incluye el conocimiento de lenguas extranjeras, tradiciones historiográficas, filosofía, archivística y otros elementos disciplinares que son de gran ayuda para la observación histórica. Creo que en el pasado —y hablo de un pasado que en nuestro medio no es remoto— los historiadores en formación tenían más contacto con lenguas muertas como el latín, griego, arameo o siriaco; leían sobre teoría jurídica, filosofía clásica, moderna e historia del arte, y mantenían un fuerte vínculo con la literatura: quizás por eso, y es solo conjetura mía, son escritores muy buenos e inspiradores. En ese sentido me parece que nuestros programas de historia deberían ser más rigurosos en instigar el estudio de lenguas vernáculas; ofrecer enfoques y posibilidades de reflexión sobre Asia central, India, el sudeste asiático, extremo Oriente y todo el mundo islámico, solo por hablar de lo que hoy es más que básico en los itinerarios académicos de las grandes universidades del mundo. Siendo un poco más domésticos, en Brasil, que es un buen ejemplo debido a su cercanía con nosotros, un gran número de currículos incluyen historia de África, y no solo del África portuguesa, sino desde una perspectiva continental que abarca más de diez siglos, algo que ellos consideran fundamental para comprender de manera crítica y precisa su historia nacional. En México, por citar otro ejemplo, los estudios sobre Mesoamérica en tiempos prehispánicos, incluyendo el conocimiento sobre lenguas amerindias como el Maya, Náhuatl u Otomí, son bastante socorridos por los historiadores en formación, precisamente como herramienta de análisis para las distintas cronologías de su pasado. Nosotros, como historiadores colombianos, bien sea que estemos “en formación” o ya seamos profesionales, poco nos preocupamos por conocer sobre historia ecuatoriana, panameña o venezolana, sabiendo muy bien que el pasado de aquellos países está profundamente vinculado al nuestro. En síntesis, creo que la gran falencia de nuestros programas es la falta de diversidad temática, dado que las comparaciones son esenciales para la reflexión histórica y, además, porque vivimos en tiempos donde las posibilidades de enamorarse de temas y de indagar sobre problemas del pasado que son ajenos a nuestras realidades cotidianas son cada vez es más viables.

¿Cuál ha sido el gran avance de la historiografía colombiana?

Es una pregunta muy especial porque, desde hace varias décadas, la historiografía colombiana está en una fase de desarrollo que le ha permitido avanzar significativamente en varios aspectos. Así, creo que el hecho de haber superado aquella anquilosada perspectiva “nacional”, rotundamente centralista y monopolizada por militares mártires “que nos dieron patria”, es todo un mérito académico que habla muy positivamente de las cualidades de nuestra historiografía profesional realizada en los diferentes baluartes académicos ubicados en distintas regiones del país. Creo que otros grandes avances radican en que nuestro pasado se estudia de manera más plural, integrando excepciones y esquivando generalidades; que las reflexiones están muy bien acompañadas por el escudriñamiento en los archivos históricos; que la geografía histórica está muy presente en las interpretaciones sobre el pasado, que hay una revaloración de las fuentes (escritas, pictóricas, arquitectónicas, sonoras) que antes se consideraban estériles para los estudios. Pienso que hay un notable interés por la historia comparada y que, por ejemplo, una cronología como la que abarca el siglo XX cada vez está más inserta en los itinerarios académicos de los historiadores, aunque eso no quiere decir que los estudios sobre el “Antiguo Régimen” hayan caducado. Por el contrario, creo que asistimos a una revaloración del período virreinal desde múltiples perspectivas. Me parece que otro gran avance es que la faceta descriptiva con respecto a los documentos se esté superando y que las fuentes de todo tipo, sean primarias o secundarias, se aprecien de forma crítica y erudita. Aunque todavía nos falta muchísimo por recorrer, por comprender y por estudiar, pienso que nuestra historiografía ha avanzado y se ha convertido en un buen ejemplo de renovación en el contexto latinoamericano. Basta ver la calidad de los trabajos que se han publicado como libros o artículos: si se leen con detenimiento libros recientes como El gran diablo hecho barco. Corsarios, esclavos y revolución en Cartagena y el Gran Caribe, 1791-1817, de Edgardo Pérez Morales; o Un Nuevo Reino. Geografía política, pactismo y diplomacia durante el interregno en la Nueva Granada (1808-1816), de Daniel Gutiérrez Ardila, se observa que estos jóvenes doctores en historia han hecho una apuesta renovada por la forma en que emplean e interpretan las fuentes que, además, no necesariamente están escritas en castellano.

Tomada de libreria.universia. net.co

Tomada de libreria.universia. net.co

Esto me parece muy valioso y creo que constituye un avance significativo toda vez que son esfuerzos por explicar ciertos tópicos del pasado echando mano de recursos que trascienden los regímenes de historicidad propios de nuestro país. Aunque también es preciso reconocer que los avances logrados hasta el momento en diferentes temáticas no hubieran sido posibles sin los estudios realizados previamente por nuestros historiadores “clásicos”, cuyas inquietudes por el pasado, amén de sus valiosas conclusiones, siguen siendo estimulantes para los estudios históricos que llevamos a cabo en nuestros días.

¿Qué no se ha historiado en Colombia?

Hay temas que no se han explorado con suficiente paciencia y otros que simplemente no se han estudiado. Creo que hay una cuestión bien interesante y poco explorada en relación a los espacios fronterizos, que en lo personal me interesa mucho. Me refiero a los límites geopolíticos actuales de nuestro país con Brasil, Panamá, Venezuela, Ecuador y Perú, que no se han estudiado con rigurosidad, por lo menos para períodos ubicados entre los siglos XIX y XX. ¿Quién se ha preocupado por las provincias más orientales de la actual Costa Rica que fueron, hasta bien entrado el siglo XIX, jurisdicción territorial de Panamá? Lo digo como un simple ejemplo que se me ocurre en este instante. Pienso también en que un campo como la historia ambiental está en mora de desarrollarse adecuadamente, considerando los notables y crecientes desarrollos que ha tenido en otros contextos historiográficos, incluyendo los latinoamericanos. Para nuestro país, la expansión cafetera, la explotación petrolera, la minería aurífera, la deforestación, la introducción de especies animales y vegetales foráneos, las variaciones climáticas o la polución atmosférica engendrada por el crecimiento de las ciudades, por citar solo algunos aspectos, son temas susceptibles de estudiarse bajo éste enfoque promisorio, pues hacen parte esencial de las condiciones materiales o “los límites de lo posible” —parafraseando a Braudel— para la vida de las sociedades. Pero volviendo a lo que subjetivamente contemplo como temas casi enigmáticos o prácticamente inexplorados, y sobre los cuales me gustaría leer (o escribir, según mis posibilidades), pienso en la historia de Mocoa y en el poblamiento de la cuenca del río Putumayo en el siglo XVII, en la biografía intelectual de Ezequiel Uricoechea; en las múltifacéticas incidencias de la familia Hodgson en el “Gran Caribe neogranadino” desde mediados del siglo XVIII; en la presencia de João Guimaraes Rosa como diplomático en Bogotá; en la historia de las relaciones comerciales y diplomáticas de Colombia con China; en una historia social de la Flota Mercante Grancolombiana… La lista puede aumentar bastante si cada historiador colombiano piensa en lo que está por escribirse, y así darnos cuenta de que todavía hay demasiadas cosas que pueden problematizarse históricamente y escribirse bien sin perder de vista la rigurosidad. Por fortuna, hay muy buena producción y cada vez se cuenta con más medios de publicación (revistas y fondos editoriales) interesados en difundir investigaciones a este nivel. No obstante, siempre queda pendiente aquello de la materia prima del historiador para esos temas: las fuentes. Hay que correr el riesgo de visitar archivos, rebuscar papeles y relacionarse con grandes acervos documentales que, hasta ahora, no se han leído con detenimiento ni se han aprovechado con las herramientas de investigación que nos proporciona la historia.

Ahora hagamos futurología, ¿qué cree que le espera a los historiadores de las próximas generaciones?

Honestamente, creo que les espera muchísimo trabajo en clave revisionista. Les (nos) espera derribar verdades que se han construido casi como dogmas historiográficos nacionales y regionales; muchas horas de trabajo en archivo, mucha lectura de clásicos y de novedades bibliográficas; van a tener que escribir muchas reseñas de libros que para entonces serán recientes, pues la producción editorial ha aumentado bastante desde hace 10 años y creo que seguirá creciendo; se tendrán que relacionar más directamente con lenguas como el inglés, francés, holandés, portugués, árabe y chino…Tendrán que asumir nuevas agendas de investigación y beber de otros enfoques… pienso en la ya muy famosa Legal History, y en las sugestivas interpretaciones y métodos que se vienen replanteando para la historia mundial y sus perspectivas regionales: Coonnected History, Entangled Histories; conocerán otros archivos por fuera del país, escribirán sobre la historia de otras latitudes; se enfrentarán a las teorías posmodernas que en unos pocos años habrán conquistado del todo las facultades de ciencias sociales y humanidades, volverán sobre Marx y sobre Braudel con una nueva visión del materialismo histórico (como suele hacerse hoy). Por supuesto todas las posibilidades informáticas los obligarán a manipular gigantescos cúmulos de información y, según viene ocurriendo en todas las áreas profesionales, incluso en las de mayor demanda, los historiadores tendrán que prepararse para un mercado laboral y un ámbito intelectual que desgraciadamente son muy competitivos. Por eso quienes opten por continuar por el camino académico, tendrán que alcanzar, al menos, un título doctoral. No obstante, también podrán acceder a una buena cantidad de fuentes y recursos bibliográficos para las investigaciones y tendrán una movilidad superior a la que hoy estamos acostumbrados. Bueno, es lo que puedo decir conforme a mi experiencia, y quizás me esté equivocando en este raro ejercicio de predecir el futuro.

Hay un artículo muy famoso y polémico de Frank Donoghue en el que concluye que las humanidades y, por extensión, las ciencias sociales, desaparecerán de las universidades, ¿está de acuerdo?

Los argumentos de Donoghue son muy bien elaborados, con una fuerte dosis de crítica, y creo que su libro clave The Last Professors. The Corporate University and the Fate of the Humanities (publicado originalmente en 2008), es una visión premonitoria de lo que viene ocurriendo en las facultades más opulentas del mundo anglosajón, me refiero a la mercantilización y a la paulatina desfinanciación de las instituciones de enseñanza superior, algo sobre lo cual Bill Readings e, incluso, el historiador Dominick Lacapra también han advertido analizando las agresivas circunstancias que plantea el capitalismo de mercado para los contextos universitarios públicos y privados del mundo. Es muy —pero muy— posible que las apreciaciones de Donoghue se extiendan y se acoplen muy bien a nuestro medio académico, que es un medio en el que curiosamente nos hemos familiarizado demasiado con una situación de crisis constante, una crisis crónica, valga la cacofonía, pero que ha llevado a que los profesores universitarios, particularmente los profesionales en humanidades, comiencen a pensar en alternativas para enfrentar los desafíos que han implicado las nefastas decisiones de los gobiernos frente a un tema de importancia nacional como la educación. Es allí donde las instituciones comienzan a ceñirse a factores de medición que, como lo hemos visto por estos días con el caso de Colciencias y sus decretos pontificios sobre la producción del conocimiento, erosionan (parafraseando a Donoghue) las esperanzas de seguir investigando seriamente en humanidades, particularmente en historia. Como historiador y profesor de una universidad pública (Universidad de Antioquia), me uno a las voces de inconformidad y a las acciones contra estas medidas.

Independientemente de si los historiadores deben ser partícipes de la actualidad política colombiana, ¿qué opinión le merece el hecho de que la Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas sólo esté integrada por dos historiadores, siendo los demás académicos?

Pues teniendo en cuenta las precariedades profesionales y la falta de reconocimiento de nuestra disciplina en nuestro país, creo que es muy positivo que al menos dos historiadores, que además son excelentes y rigurosos analistas sobre nuestra historia en el siglo XX, participen en esta comisión. No obstante, hay otros miembros que, si bien no se han dedicado profesionalmente a la historia, son académicos que leen historia, que conocen de historia y que son sensibles a los contextos y circunstancias que ha tejido la guerra en Colombia desde principios del siglo pasado. Así, me parece que es un asunto de primordial importancia para nuestro país el hecho de que ésta comisión sea rigurosa, pero también plural en términos de los argumentos que puedan plantearse, pues, sin duda, se trata de argumentos cultivados desde el análisis histórico, que es nuestro trabajo.

 

 *Sebastián Gómez González es profesor del Departamento de Historia de la Universidad de Antioquia. Historiador por la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín; Maestro y Doctor en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es autor del libro Frontera Selvática. Españoles, portugueses y su disputa por el noroccidente amazónico, siglo XVIII (Premio Nacional a la Investigación en Historia, Mincultura-ICANH. 2013) y editor de Trashumante. Revista Americana de Historia Social.