EL ERUDITO QUE AMABA EL COCORA

Pocas personas merecen con justicia que se les llame maestro o sabio, es probable que a este quindiano no le excedan ninguno de los dos títulos. Es posible también, que sin pretenderlo, haya topado con una de las pocas formas de la inmortalidad, habitar persistente en la memoria y corazones de sus amigos y estudiantes.

 

Escribe / Cristian Cárdenas Berrío – Ilustra / Stella Maris

 

“¿Quién eres?”

Oruga de Alicia

 

Intensidad es la palabra. Esa sería la mejor descripción de su ser. Hay quienes aprecian en su vida la extensión, así como suena, desean estirar su existencia hacia afuera y llenar con ella todo el espacio que puedan abarcar. Pero hay también quien prefiere la intensidad –esa forma poco comprendida de la ternura–, desean desplegarse hacia dentro, hacer de la profundidad filosofía, manera de ser en el mundo.

Espigado sin llegar a ser enjuto, de formas mesuradas sin caer en la tacañería de sí mismo, menos flemático que pícaro, amado por la mayoría, temido por algunos pocos, lo cierto es que la figura de Carlos Castrillón parece repartida a partes iguales entre la erudición y el tabaco. Al principio creí que el maestro De Greiff lo había prefigurado en sus poemas, que el profesor Castrillón era el pánida que se les escapó a los demás en medio del café y la guadua que habitan con insistencia el Quindio. “Fumívoro, nocturno, musageta…” ese es el profesor, pensé; mas tarde comprendí que no, que el personaje que mejor lo representa es la oruga sabia de Carroll, aquella que en medio de las volutas de su pipa ayuda a Alicia a comprender ese mundo al revés, que era la ficción de un clérigo británico, en el que terminó metida por perseguir un conejo obseso con la puntualidad.

Aunque en su juventud quiso militar en el partido de los bytes y los procesadores, y aunque esta pasión lo acompañó siempre –decía que reparar computadores lo desestresaba– pronto comprendió que el terreno mas peligroso y desconocido, por lo cercano, era la lengua materna. A ella dedicó el resto de sus días, a lo que con ella se podía realizar, a tributar en los altares de ese Dios arrogante que es el lenguaje, al menos como Hegel lo entendió, y es que destinarse a las palabras no es tarea fácil, yerra quien así lo piense. Por el contrario, las letras no suelen ser dóciles y agradecidas, sino crueles en su exigencia, ingratas con quien no las ama a cabalidad y mudas frente al filisteo. El maestro Castrillón les cumplió de manera comprometida y total, sin restricción ni horario, al punto de ser común intercambiar mensajes con él a altas horas de la noche o en las primeras horas de la madrugada. Muchos solíamos encontrar un correo enviado a las 2:00 am o 3:00 am con el esotérico requerimiento: “estás ahí”, porque su entrega y capacidad de trabajo eran inverosímiles.

La intensidad lo llevó también a la profunda convicción que Lao-Tse siglos atrás ya había postulado en El libro del Tao: “Ya existe demasiado ajetreo en la inmovilidad”. Casi nunca viajó, entiendo que solo salió una vez del país y entre quienes fuimos sus estudiantes es célebre el apotegma: “Placer que esté a más de dos metros no me interesa”. Dueño de una memoria y sensibilidad únicas, sabía que es posible conocer el universo entero desde el barrio donde se habita, como humanista lúcido era consciente de que el ser humano es el mismo animal peligroso en las carreteras y campos del eje cafetero, como en las estepas rusas o el MoMA de Nueva York y que, por tanto, el paisaje que más debemos estudiar es el propio; el problema radica en que muy pocos tienen la valentía de mirarse a la cara para llevar a cabo la confrontación con la propia existencia y sus miserias.

Amó también el paisaje del Cocora; ese cariño por lo natural es palpable en su pasión por el Haiku, género ecológico si lo hay. Este ardor es evidente no solo en la escritura de muchos Haikus, sino sobre todo por haber sido uno de los pioneros de este tipo de poesía en la región, así como uno de sus primeros traductores. Es muy probable que, sin las traducciones de haiku de Carlos Castrillón, este género no fuera lo que es hoy en día entre nosotros. Aunque en honor a la verdad no solo este género, la faceta de crítico literario es probablemente la veta más rica en la extensa producción del maestro y por esto reclama más que estas pocas líneas, por lo menos un extenso estudio, quien sabe como se hubiera sentido este gambeteador de homenajes que fue el profesor, al saberse elevado a la categoría académica de objeto de estudio. Tal vez sonría irónico desde su laberíntico archivo de apuntes, notas, estudios, tareas y un etc más que largo; vaya un dato para el incrédulo, Carlos es la única persona  a la que he conocido que tenía discografía comentada, toda su fonoteca estaba anotada, la que en mi disco duro reposa de jazz me lo regalo él, mas de 30 gigas y me dijo que luego me pasaba la otra mitad, ignoraba en ese momento que aún con esa mitad ausente me faltarían otras tantas gigas con los apuntes sobre las canciones, álbumes y grandes maestros, de esa música en la que el sentimiento afro aprendió a hablar en inglés.

Muchas cosas más se pueden decir del profesor Castrillón, pero como se sabe, toda existencia es inefable y toda forma de la biografía, así sea una breve nota, es una traición. Pocas personas merecen con justicia que se les llame maestro o sabio, es probable que a este quindiano no le excedan ninguno de los dos títulos. Es posible también, que sin pretenderlo, haya topado con una de las pocas formas de la inmortalidad, habitar persistente en la memoria y corazones de sus amigos y estudiantes.