Lo que más me gustaba de jugar fútbol era los partidos intercolegiados. Esa era la oportunidad para lucir lo que aprendíamos en los entrenamientos, pero sobre todo, era la oportunidad de conocer chicos.

Por: María Laura Idárraga Alzate

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Mi relación con el fútbol nació hace mucho tiempo cuando estaba pequeña y veía a mi papá madrear  frente al televisor. Recuerdo claramente que tenía una camiseta del deportivo Pereira y la usaba siempre que salíamos a ver jugar al equipo en el estadio Hernán Ramírez Villegas. Teniendo en cuenta que era una niña, desde esa época nunca he visto ganar al “depor”; al menos no un triunfo que amerite ser comentado, con el perdón de los hinchas furibundos.

También recuerdo el mundial del 98. Alguno que otro jingle mundialista, “tiro de esquina tarjeta debito Conavi” y los comerciales de Pintuco. En alguno de esos partidos, se reunió toda la familia para apoyar a la selección. Uno de mis tíos pintó con los dedos la bandera tricolor en mi cachete derecho, mientras en el balcón se exhibía como símbolo patrio. Yo lucía mi bandera y gritaba como todos al frente del televisor, cada vez que parecía haber un gol o simplemente porque sí. De eso se ha tratado el patriotismo en mi casa, del fútbol. Ni siquiera el 20 de julio o el 7 de agosto sacábamos la bandera. Todo se trataba de fútbol.

Años después, mientras decidía cuál sería mi deporte favorito, en el colegio empecé a practicar fútbol en el equipo. Todas las chicas estaban preparadas con sus uniformes pulcros, los guayos y canillas de marca, pero la verdad es que a mi no me importaba eso. Yo solo quería jugar, entender este deporte estratégicamente y golear, sobre todo eso, golear.

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En el equipo jugaba como defensa. Lo recuerdo porque casi nunca me dejaban bajar hasta el arco contrario. Así las cosas, yo solo me dedicaba a pasar el balón, quitarlo, atajarlo o botarlo cuando así se requiriera y tratar de animar las delanteras del equipo. Laura, la arquera, era una de las más preparadas. Usaba unos guantes blancos con negro que a mi se me antojaban muy masculinos, pero claro, en esa época (y ahora) se hacían tamañas distinciones deportivas. En mi casa todos estaban de acuerdo en que yo practicara los deportes que quisiera, sin importar que el fútbol fuera para los niños y las muñecas para las niñas.

 

Lo que más me gustaba de jugar fútbol era los partidos intercolegiados. Esa era la oportunidad para lucir lo que aprendíamos en los entrenamientos, pero sobre todo, era la oportunidad de conocer chicos. Como yo estudiaba en un colegio femenino (pero no de monjas), salir a competir y ver chicos era un gran privilegio. Cuando se acababa el primer tiempo, siempre se acercaban unos cuantos  a decirnos lo que estábamos haciendo bien o lo que nos hacía falta. En el barrio, los picaditos de fútbol los organizaban los chicos y, en mi caso, nunca podía jugar. Desde allí comprendí que el machismo jamás acabaría con mis deseos, así que armaban mis propios picaditos, con las chicas que se sintieran como yo, capaces de jugar fútbol sin importar lo que dijeran los demás.

Con el tiempo y el fracaso, comprendí que el fútbol no era mi deporte preferido pero sí el más emocionante. En la universidad, por ejemplo, se realizaban las competencias por facultades. Los partidos de fútbol estaban llenos de barras y animadores que terminaban por llenarme de energía y dar lo mejor en la cancha, por recocha o por diversión. La arquera de este equipo también era bastante animada. Era la capitana y la más “calidosa”, decían. Las demás parecíamos intentar realizar esfuerzos, muchas veces en vano, por acabar con los equipos más fuertes.

Hoy veo los partidos del mundial como si fuera la más aficionada. No sé cómo explicarlo ni entiendo con certeza el origen de esta emoción, pero ahora que lo pienso tiene mucho sentido. El fútbol, como casi todos los deportes, es pasión. Es gritar hasta perder la voz y abrazar a los nuestros como si estuviéramos en la cancha. Es sentir que la piel se eriza cuando el estadio entona al unísono el himno nacional o cuando los hinchas saludan a las cámaras de los noticieros mientras están disfrutando el mundial.

El Universal

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Aunque no me pongo la camiseta tricolor, siento que empiezo a comprender el sentimiento mundialista. Hasta hace poco me rehusaba a prender la televisión cuando transmitían un partido. Reconozco que me daba física pereza acompañar a quienes realmente lo disfrutaban, pero es que estar en un mundial es una cosa muy distinta. El fútbol llama al patriotismo, aún ms que el día de las elecciones  o los festivos, despierta las emociones más nobles y las más perversas, lastimosamente. Cuando pienso en la cantidad de personas que murieron o quedaron heridas o se accidentaron después de participar en riñas o estar en el lugar equivocado o bebiendo desabridamente porque la selección ganó, también me lleno de tristeza y vergüenza. Por eso cuando  pienso en fútbol hay sentimientos encontrados.

El fútbol y yo tenemos una excelente relación. Ahora lo disfruto en la soledad de mi habitación, cuando leo artículos o mentalizo las cámaras lentas de las mejores jugadas o las faltas que emiten en la televisión. Me deleito observando también la majestuosidad de los golpes, los tremendos goles de ciertos jugadores, pero sobre todas las cosas, los monumentales cuerpos de esos jugadores. Lo admito.

Ahora bien. Deseo que los próximos partidos de la selección, no sean motivo para comenzar una discusión o crear odios generalizados. Prefiero quedarme en casa y disfrutar en familia o con mis amigos, que adentrarme en las calles de la ciudad que más que ciudad  parece un infierno donde se tira maicena y espuma. De esta manera, no tendré que criticarle ni aguarle la fiesta a los demás.

Gracias a este mundial, el fútbol me ha proporcionado una manera de compartir tiempo y puntos de vista con quienes amo. Compartir felicidades, triunfos y derrotas en las redes sociales o conmigo misma. Sonreír más, abrazar deliberadamente, contagiarme de la fiebre mundialista. Gritarle al televisor como si en algún momento fuera a responderme. De eso se trata.

En tiempos de mundial es sin duda el mejor pasatiempo. Un privilegio.